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	<title>Mondadientes &#187; La fiebre suicida</title>
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	<description>Ficción de sobremesa</description>
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		<title>Esta sí es la verdad</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Jul 2009 16:45:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mundomonda</dc:creator>
				<category><![CDATA[La fiebre suicida]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo que parece una serie de coincidencias, probablemente son los engranajes de una maquinación lejos de la imaginación febril de un suicida común. Lea el inesperado último capítulo de &#8220;La fiebre suicida&#8220;
por Pablo Pinto Canales

Salimos con Muñoz cerca del amanecer por la azotea del edificio y desde esa altura pude ver, con los primeros rayos del sol, a qué [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>Lo que parece una serie de coincidencias, probablemente son los engranajes de una maquinación lejos de la imaginación febril de un suicida común. Lea el inesperado último capítulo de &#8220;<a href="http://www.mondadientes.cl/category/mondadientes/la-fiebre-suicida/">La fiebre suicida</a>&#8220;</h3>
<p style="text-align: right;"><strong><em>por Pablo Pinto Canales</em></strong></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.zastavki.com/" target="_blank"><img class="size-full wp-image-394 aligncenter" title="explosion" src="http://www.mondadientes.cl/wp-content/uploads/2009/07/explosion.jpg" alt="explosion" width="550" height="440" /></a></p>
<p>Salimos con Muñoz cerca del amanecer por la azotea del edificio y desde esa altura pude ver, con los primeros rayos del sol, a qué se refería con la Torre Laboratorio, ¡Era una enorme chimenea en el centro de la ciudad que se perdía por encima de las nubes! Ya entiendo por qué desaparecía durante la noche: no tenía ventanas, era un cilindro gigantesco de carbón que habría servido de prisión para los miles de trabajadores furiosos que cobraran la justicia en sus manos. Sabrá Dios qué cosas se vieron forzados a hacer. Pobres.</p>
<p>Saltando por los techos tendríamos la seguridad de llegar a salvo hasta nuestro destino. Probablemente, agentes encubiertos de los SC que vigilaban todas las calles no sospecharían que nos movilizábamos por esta vía. Saltando por las alturas, en línea recta no nos demoramos demasiado en acercarnos a la Torre que era aún más sorprendente a esta corta distancia. Agazapados en la terraza más cercana, pudimos observar al menos una veintena de guardias rodeando su perímetro. Parecía ser una medida de seguridad para que los revolucionados obreros no ingresaran a la Torre y causaran destrozos. Por la planta baja estaba totalmente descartada nuestra entrada. Sin embargo, a cierta altura podía observarse una hilera de ventilas del sistema interno y podríamos llegar hasta ellas, con una cuerda, coraje y algo de suerte.</p>
<p>No lo pensé dos veces y tragué dos consagraciones sin ser visto por el detective, quien al notar mis convulsiones supo lo que había hecho. Me tomó por los brazos y sostuvo hasta que pasó el efecto. Reconozco que sentía una bomba en la cabeza, pero pronto llené de aire mis pulmones y me puse en pie. “Atrás” dije lleno de energía y tomando carrera salté varios metros por los aires hasta pegarme a la rejilla. Amarré con ganas la cuerda y se la aventé a Muñoz, quien aún sin salir de su sorpresa, se deslizaba como un mono hasta donde yo estaba, para luego liberar el nudo del otro extremo. Estábamos dentro. Antes de seguirlo arrastrándome tras sus pasos eché un vistazo a la proeza. ¡Había saltado casi siete metros en caída! ¿Sería este el secreto de Dan Osman? Que en paz descanse.</p>
<p>Muñoz guiaba la marcha por los tubos hasta que decidió descolgarse en una oficina que parecía segura. Con el mayor de los sigilos y revólver en mano abrió apenas la puerta y espió al pasillo: Sin movimiento. Sabíamos que el edificio debía estar deshabitado, pero no sabíamos si algún guardia estaría haciendo rondas en su interior. Como las luces aún permanecían encendidas, seríamos fácilmente descubiertos y estaríamos encerrados (recordemos que no había ventanas). De ningún modo podríamos evitar nuestra captura y habríamos fracasado. No podíamos correr riesgos; sólo teníamos una oportunidad. Siempre atento a las cámaras de seguridad, Muñoz dio finalmente con los elevadores, casi celebrando su descubrimiento. Rápidamente, llamamos uno y nos montamos presionando el “260”. Cuando el ascensor se detuvo en el doscientos treinta y nueve supimos que algo no andaba bien. “Puta mierda, olvidé la central de seguridad”, dijo el tuerto buscando una cámara oculta tras el panel numérico. Deberíamos haber bajado al primer piso a cerciorarnos que no hubiese vigilantes en la central de cámaras, pero ya era demasiado tarde. Sin demora abrimos la puertilla en el techo metálico y buscamos nuestra salida al exterior: deberíamos subir los pisos restantes por las escaleras. Una vez arriba trancaríamos la puerta y ya pensaríamos en cómo salir. ¿O no saldríamos con vida?</p>
<p>Veinte pisos por las escaleras. Debía darme fuerzas. Eché la mano al bolsillo con la intención de tragar otra consagración, pero Muñoz me detuvo, “no abuse, podría detener su corazón”. Me sentí un asqueroso adicto y corrí tras sus pasos, escalando peldaños hasta reventar de cansancio. Pero logramos llegar arriba, a una puerta doble, dorada, mágica, que parecía contener los secretos del universo detrás de sus ribetes. Giré ambas manillas y con una sinfonía de diez cerrojos, la puerta se abrió, revelando una habitación circular totalmente blanca y luminosa. Sin luz artificial, se llenaba plenamente por el sol a través de sus paredes vidriadas y transparentes. En el centro había un computador y un sillón, ambos igual de blancos.</p>
<p>Me acerqué y toqué algunas teclas. En pantalla apareció claramente CONTRASEÑA.</p>
<p>- ¿Cómo entramos? -pregunté a Muñoz.</p>
<p>- Pensé que Ud. sabría. -Respondió el hombre preocupado.</p>
<p>- Evangelio es muy evidente, intente con ILUMINADO. -Dijo mirando por encima de mi hombro. Seguí el consejo del detective.</p>
<p>- ERROR, QUEDAN 2 INTENTOS.</p>
<p>- Mierda. -Dijo Muñoz.</p>
<p>- Por favor, deben estar cerca, ¡piense! -Las manos me sudaban y creía escuchar los pasos subiendo las escaleras, tecleé CLEMENCIA. Nuevamente “ERROR, QUEDA 1 INTENTO”. Maldita sea, si no descubríamos la contraseña, toda la información se perdería para siempre. Entonces saqué las carpetas y busqué tirando las hojas por los aires, ¡tenía que estar ahí! Tic tac, tic tac.</p>
<p>Cada carta enviada por el Iluminado tenía un número al principio. Qué estúpido. La primera vez que las leí me había parecido una numeración sin sentido “carta 1, carta 8, carta 3, carta 3…”, pero ahora entendía ERA UNA CLAVE. La digité en el orden siguiendo las fechas de los encabezados, un total de veinticinco dígitos, CONTRASEÑA CORRECTA. Gritamos y nos abrazamos con Muñoz. Entonces, pude ver sobre su hombro, a pasos de la puerta, una figura conocida que casi me hizo desmayar: Raúl.</p>
<p>Solté a Muñoz en un intento por interponerme entre ambos, pero no parecía asustado. De hecho, retrocedió algunos pasos hasta donde estaba Raúl y se quedó al lado de la puerta, como si la custodiara. Esto no estaba bien. En el intertanto, Raúl, con una actitud extrañamente calmada se acercaba hacia mí.</p>
<p>- Tranquilo, escúchame. -Decía tan centrado y cuerdo que parecía ser otra persona.</p>
<p>- Raúl -dije con mucho miedo aún lejos de él -estabas muerto.</p>
<p>- Así debía ser, por lo menos para ti y para ellos. No esperaba que nos encontráramos acá, maldita sea.</p>
<p>Parecía lamentarlo de verdad. No entendía nada, Entonces ¿no debí haber venido? Raúl se quedó quieto y miró hacia el infinito.</p>
<p>- Sabía que esos documentos te bastarían para ir atando cabos hasta llegar aquí. Claro que en el fondo de mi alma deseaba que te deshicieras de los documentos y olvidaras tus delirios científicos y místicos para siempre.</p>
<p>- ¡¿De qué mierda estas hablando, Raúl?! -ya me estaba enojando. Él, absorto, con la cara casi quebrada en llanto, no podía siquiera mirarme al decir las siguientes palabras.</p>
<p>- Tú eres el Padre Clemencia. Tú eres Evangelio, El Iluminado. Todos ellos eres tú, ¡tú eres el creador de la bendición y de la cura! -Me gritó y cayó al piso. ¿Qué? ¿¡QUÉ?! debía estar bromeando…¡tenía que estar bromeando! Reí  histéricamente.</p>
<p>- Eso es imposible, enfermo mental ¿Qué carajo le pasó a tu cabeza? ¿Acaso no queda nada ahí dentro que te haga pensar? ¡Clemencia y Evangelio están muertos! ¿Cómo voy a ser yo uno de ellos? ¡¿Cómo voy a ser yo los dos a la vez?! -tomé a Raúl de la polera y lo levanté del piso, furioso. Quizás esta vez lo ayudaría a tirarse por la ventana. Miré de reojo al detective. Muñoz que seguía en el mismo lugar, buscando alguna reacción, pero no negaba lo dicho por Raúl ni intervenía de modo alguno. Lo solté y me lamenté con un llanto desolado y mudo, ¿Qué es lo que pasa?</p>
<p>- Es verdad que yo fui el primero en enfermar, de hecho, fui el primer caso confirmado de fiebre suicida, eso no lo sabías. Antes de enfermar con la fiebre, de arruinar tu vida, tú eras un científico brillante, un genio. Al verme abrumado como estaba, tomamos una decisión: yo sería tu principal sujeto de pruebas. Así, hiciste lo imposible por ayudarme y lo lograste: descubriste la bendición. Sabías, sin embargo, que este descubrimiento podría costarte la vida y lo enmascaraste en una organización, la G.A.R ¿Nunca te preguntaste lo que significa? Gen Aislado Raúl. Sí, lo lograste. Entonces, te apartaste de las primeras filas y dejaste a cargo a Clemencia. Los enfermos necesitaban creer en un remedio místico, mientras te encerrabas en esta torre a buscar la cura definitiva, pero ésta no apareció nunca. Pronto la fiebre se fue expandiendo y la bendición no fue suficiente para detenerla. Por otra parte, el grupo de los Suicidas Colectivos, estaba un paso detrás de ti, intentando echar tierra encima de cada descubrimiento. Nunca han querido que la fiebre acabe y pronto convencieron a las cabezas de la G.A.R del mercado gigantesco que tenían en sus manos. Cuando el peligro llegó al límite y el complot era inminente, decidiste abandonar el proyecto en manos de otro fantasma, Evangelio el Iluminado, y tú mismo accediste a contraer la fiebre para proteger tus descubrimientos de las manos malvadas. Lamentablemente, ocurrió el atentado contra Clemencia. Y bueno, el resto ya lo sabes.</p>
<p>Escuchaba todo lo que Raúl decía y fragmentos de memoria susurraban en mi mente, ¿podía ser cierto?</p>
<p>- Lo habías hecho muy bien, amigo mío. Realmente habías logrado despistarlos. Sólo tú sabías donde quedaba la Torre Laboratorio. Envié la ayuda que pude con una mujer anónima para no ponerte en peligro. -La mujer del tren, pensé inmediatamente.</p>
<p>- Pensé que ella trabajaba para usted -dije mirando a Muñoz.</p>
<p>- Ese fue su error. No estábamos seguros que usted fuera el hombre que buscábamos, pero usted mismo despejó todas mis dudas en el hospital. Eso es la suerte. Estar en el lugar preciso en el momento justo. Sabrá que yo sólo tomaba algo en aquel bar, intentando recolectar información sobre la muerte de Evangelio. Al día siguiente nos marcharíamos, pues todo parecía haber acabado. Entonces, apareció usted y yo sólo decidí ayudarlo, desinteresadamente. Que hermosa coincidencia, ¿no? -Terminó de decir sin disimular su sonrisa.</p>
<p>- Hijo de puta -Grité corriendo hacia él</p>
<p>- ¡Ep! quieto ahí -dijo desenfundado su revólver. Me detuve.</p>
<p>- Ya tenemos lo que queremos. -Dijo el corrupto detective -Los archivos de ese computador ahora están en manos de la G.A.R. Ellos sabrán qué hacer con su sabiduría. -continuó. Raúl me miró</p>
<p>- Ahora que tienen lo que quieren y te dejarán tranquilo con una condición: debes deshacerte de los documentos físicos. -Miré las hojas repartidas por todos lados.</p>
<p>- ¡¿Es esto lo que quieren?! -grité contra Muñoz. -¡Pues ahí está! ¡Ya! -Y los lancé, esta vez hacia el cielo azul. Los papeles cayeron y volaron lentamente, alejando para siempre la receta olvidada de la bendición, pero Muñoz no cesaba de apuntar.</p>
<p>- Cuanto lamento decirles que no será tan fácil. Debemos eliminar todo rastro de la investigación y eso los incluye a ustedes: el primer sujeto de la fiebre y el creador del fármaco. Pero no se preocupen, que no morirán en mis manos. Por fin cumplirán su sueño suicida junto a otros tantos hombres y mujeres que en este momento están en la base del edificio forrados en explosivo plástico. Lamento tener que dejarlos, pero prefiero ver todo desde los aires. -Dicho esto saltó a través de los cristales, liberando un paracaídas oculto. Con determinación saqué mi propio revólver y le di una y otra vez, descargando todos los tiros entre la cabeza y la espalda, reventando su cuerpo en una estela de sangre.</p>
<p>Miré a Raúl sin entender por qué había venido, pero contento de tenerlo ahí. No podía recordar todo lo que me había contado, pero estaba seguro que era verdad y eso me bastaba. Comenzamos a escuchar las explosiones sacudiendo el edificio, los cristales estallando, la estructura cediendo bajo su propio peso, los suicidas entregando su vida por una causa equivocada, los bolsillos de los poderosos más llenos, las mentes de los enfermos más perdidas y como un murmullo, el llanto de todos los que morirían hoy, mañana y en adelante, hasta que la G.A.R decidiera que fue suficiente. Sin siquiera ponernos de acuerdo, saltamos al vacío. Por fin, me sentí libre. Y pude volar.</p>
<h2 style="text-align: center;">FIN</h2>
<h3 style="font-size: 1.17em;">TODOS LOS CAPÍTULOS DE “<a href="http://www.mondadientes.cl/category/mondadientes/la-fiebre-suicida/">LA FIEBRE SUICIDA</a>“</h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/cuando-el-pais-empezo-a-matarse/">1. CUANDO EL PAÍS EMPEZÓ A MATARSE</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/el-ojo-se-cierra-a-la-entrada-de-la-luz/">2. EL OJO SE CIERRA A LA ENTRADA DE LA LUZ</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><span><a href="http://www.mondadientes.cl/vivire-para-contarlo/">3</a></span><a href="http://www.mondadientes.cl/vivire-para-contarlo/">. VIVIRÉ PARA CONTARLO</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/mi-amigo-no-es-narco/">4. MI AMIGO NO ES NARCO</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/en-tren-a-la-luz">5. EN TREN A LA LUZ</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/una-calurosa-bienvenida/">6. UNA CALUROSA BIENVENIDA</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/¿esta-es-la-verdad/">7. ¿Esta es la verdad?</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/mondadientes/la-fiebre-suicida/esta-si-es-la-verdad/">8. Esta si es la verdad</a></h3>
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		<title>¿Esta es la verdad?</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Jun 2009 01:14:35 +0000</pubDate>
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Él tiene la clave para contener la epidemia de suicidios ¿cómo hará para no perecer en el intento de sacarla de si? Léalo en el 7° capítulo de &#8220;La fiebre suicida&#8221;
por Pablo Pinto Canales
“Usted es realmente estúpido ¿lo sabía?” Abrí los ojos para escuchar a la figura en gabardina sentada al lado de la cama donde yo reposaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal">
<h3>Él tiene la clave para contener la epidemia de suicidios ¿cómo hará para no perecer en el intento de sacarla de si? Léalo en el 7° capítulo de &#8220;<a href="http://www.mondadientes.cl/category/mondadientes/la-fiebre-suicida/">La fiebre suicida&#8221;</a></h3>
<p class="MsoNormal" style="text-align: right;"><strong><em>por Pablo Pinto Canales</em></strong></p>
<p class="MsoNormal"><span><img class="alignright alignnone" style="float: right;" src="http://www.mondadientes.cl/wp-content/uploads/2009/suis7.jpg" alt="" />“Usted es realmente estúpido ¿lo sabía?” Abrí los ojos para escuchar a la figura en gabardina sentada al lado de la cama donde yo reposaba los huesos. Sobre el velador, un cenicero aguantaba un cigarro humeante, y el hilillo gris se recortaba nítido contra el haz de luz que entraba limpio desde una ventana oval en la pared de la cabecera. El hombre lo tomó entre sus dedos y dio una gran bocanada. Mirando con su único ojo bueno la misma pared que daría a la calle, agregó “¿acaso creyó que podría engañarlos?” La otra esfera blanca escasamente parpadeaba. Antes de responder, me busqué la panza, descubriendo con alivio que seguía en su lugar. “Disculpe, Detective Muñoz, hace mucho que no me tocaba transportar documentos secretos” dije gozando de buen ánimo y me detuvo al instante una puntada. Estaba claro que ya no podía pretender. Los documentos estaban sobre una mesita. No había más en la habitación.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Cuando le conté lo que sabía, me miró y no dijo nada. Quizás esperaba más de mi, quizás pensó que yo tendría la respuesta a sus preguntas. Pero la realidad era esta: yo buscaba a un desconocido entre miles de personas. Sin referencia alguna, estaba destinado al fracaso. Y estaba confiando en una persona que veía por primera vez. Si me estaba equivocando de nuevo, esta vez sí me costaría la vida. Y deseaba morir un poco, lo reconozco. Entonces, como un hábil pescador, comenzó a trenzar las palabras como cuerdas frente a mis ojos, hasta que logré ver una red tan clara, que quise vaciarme los ojos y quedar ciego para siempre.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>“Los Suicidas Colectivos quieren su cabeza. Créame, hicimos lo posible por despistarlos, pero no tardarían en dar con su paradero. Y era evidente que usted vendría hasta acá: sólo debían esperarlo. Creíamos que estaría a salvo en tanto nadie conociera su apariencia, pero hemos confirmado que nos equivocamos. Ellos saben quién es usted y le darán caza. Por eso estoy aquí: me han enviado para protegerlo. Quieren desvanecer todo rastro de la cura y aquí ya han hecho lo suyo: Evangelio está muerto.”</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>“Pero no lo han matado ellos, sino sus propios obreros. Como un virus han propagado ideas en sus cabezas y quienes alguna vez dieran su vida por encontrar la cura definitiva, hace algunos días se rebelaron contra el divino. Subieron hasta su oficina en lo más alto de la Torre</span><span> </span><span>Laboratorio y, como una jauría de hienas, lo descuartizaron, tirando luego los trozos de su cuerpo desde las nubes”</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>“La reacción en el bar no fue azarosa, sino su completa culpa. El gesto que hizo con su mano, en este lugar, es un modo de referirse al difunto Evangelio y comprenderá que ya nadie quiere saber de él. ¿Y su propia reacción lo sorprendió? Cuando cayó la industria de Clemencia, la cadena de la G.A.R reveló una nueva solución contra el mercado negro, con su eslogan “más alegría de vivir, menos ganas de morir” lanzaron <em>consagración</em>, un derivado de la metanfetamina a base de parafina sólida. Lo siento, pero es lo único que puede conseguirse ahora y su pastillero está lleno de ellas. Ya vio usted lo que puede hacer el estado eufórico. Y dicen que la fórmula salió de esta ciudad”</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>“Sabemos que la G.A.R y los SC estaban confabulados para deshacerse de Clemencia al saber de sus avances, no permitirían que se acabara el negocio, ¿no es cierto? Sin embargo, no sabemos si Evangelio vendería sus ideas a un mejor postor después de la muerte de su principal socio. Puede que sus investigaciones de la cura fueran sinceras, ¿o un simple montaje para conseguir un medicamento de mayor dependencia para la G.A.R? Es lo que debemos averiguar.”</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>“Ahora escúcheme bien, tenemos que introducirnos en la Torre Laboratorio. Creo que entenderá nuestro apuro. Usted ha demostrado comprender los documentos de una manera que nadie más podría hacerlo. No podemos prescindir de su ayuda. Es imprescindible que sea usted el que llegue a la oficina del Iluminado para terminar de descifrar la información que se pueda recuperar.”</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Por fin una explicación y no podría haber sido peor ¡y sigo en el mismo lugar! Viajé miles de kilómetros con los documentos de un muerto con la esperanza de encontrar una respuesta y ahora que por fin la tengo me siento abatido por la verdad. ¿Cómo es posible tanta maldad? pobre Clemencia, intentó limpiar al mundo de sus demonios</span><span> </span><span>y fue consumido por ellos. Y ahora me debo seguir adelante hacia el último conocimiento existente sobre la cura. ¡Si no encuentro esa información, ahora sí que me mataré con ganas!</span></p>
<p class="MsoNormal"><em>continuará&#8230;</em></p>
<p class="MsoNormal">
<h3>TODOS LOS CAPÍTULOS DE “<a href="http://www.mondadientes.cl/category/mondadientes/la-fiebre-suicida/">LA FIEBRE SUICIDA</a>“</h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/cuando-el-pais-empezo-a-matarse/">1. CUANDO EL PAÍS EMPEZÓ A MATARSE</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/el-ojo-se-cierra-a-la-entrada-de-la-luz/">2. EL OJO SE CIERRA A LA ENTRADA DE LA LUZ</a></h3>
<h3><span><a href="http://www.mondadientes.cl/vivire-para-contarlo/">3</a></span><a href="http://www.mondadientes.cl/vivire-para-contarlo/">. VIVIRÉ PARA CONTARLO</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/mi-amigo-no-es-narco/">4. MI AMIGO NO ES NARCO</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/en-tren-a-la-luz">5. EN TREN A LA LUZ</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/una-calurosa-bienvenida/">6. UNA CALUROSA BIENVENIDA</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/¿esta-es-la-verdad/">7. ¿Esta es la verdad?</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/mondadientes/la-fiebre-suicida/esta-si-es-la-verdad/">8. Esta si es la verdad</a></h3>
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		<title>Una calurosa bienvenida</title>
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		<pubDate>Sat, 30 May 2009 15:26:05 +0000</pubDate>
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Por Pablo Pinto Canales
El tren se detuvo y mi corazón volvió a latir. Escuché las puertas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>Tras la muerte del padre Clemencia y con él el secreto del antidoto antisuicida, nuestro cruzado abandona la ciudad por prmera vez en su vida tras los pasos de un obscuro benefactor en el 6° capítulo de &#8220;<a href="http://www.mondadientes.cl/category/mondadientes/la-fiebre-suicida/">La fiebre suicida</a>&#8220;</h3>
<p class="MsoPlainText" style="text-align: right;"><strong>Por Pablo Pinto Canales</strong></p>
<p class="MsoPlainText"><span><img class="alignright alignnone" style="float: right;" src="http://www.mondadientes.cl/wp-content/uploads/2009/suicidio6.jpg" alt="" />El tren se detuvo y mi corazón volvió a latir. Escuché las puertas corredizas abriéndose de par en par celebrando la llegada al destino final. Seguía vivo y no entendía por qué. Bueno, tampoco entendía por qué iba a morir, pero lo había aceptado de tan buena gana. Quizás era el alivio que buscaba para evitarme los próximos días que podía adivinar llenos de problemas y peligro. Abrí un ojo y eché una mirada alrededor. Estaba solo y frente a mi yacía el revolver y un pastillero de señorita. Que detalle. Me incorporé algo decepcionado (después de todo era una buena oportunidad para morir, recordémoslo una vez más, soy un enfermo suicida) y tomé el arma fría y cargada (aún sigue siendo una buena oportunidad, pensé), y luego el pastillero ¡lleno de bendiciones, aleluya! (toma una pastilla imbécil, ¿o quieres una bala de boca a nuca?) y tragué dos de golpe. Soporté la asfixia recostado en uno de los asientos y luego corrí con mi bolso como si me esperaran para una fiesta, ¡pero qué alegre estaba! Claro que todo se esfumó cuando al descender del tren me vi solo frente a la mole de metal, cuando la gente que bajó antes que yo, ya se había escabullido por sus corredores largo rato atrás. Ciudad gris, solitaria y oscura. Y yo que pensé que la luz estaba al final del camino. Qué infantil.</span></p>
<p class="MsoPlainText"><span>Miré la ciudad desde la boca negra de una callejuela, esperando que se revelara alguna pista clara, un haz de luz que me señalara mi destino, pero todo era brea cubierta de metal. Y sin indicaciones en las paredes, como si nadie precisara de orientación. Con los cojones en la mano, empecé a adentrarme, como un gato cagado avanzando en una perrera. El revólver que guardaba entre chaqueta y pecho me transmitía una sensación mínima de seguridad, aún cuando nunca en mi vida había tirado más que piedras al mar. Paso tras paso, fui buscando señales de Evangelio. Paredes prácticamente lisas, puertas abandonadas cada decenas de metros y ventanas a alturas insólitas, sólo alimentaban mis fantasías de estar perdiéndome en un laberinto de gigantes, en una maqueta ¿y si así fuera? Lo averiguaría al entrar al siguiente lugar, el único hito iluminado y sonoro entremedio de la angustiosa noche que me devoraba.</span></p>
<p class="MsoPlainText"><span>La blanca puerta de madera se abría apenas en la banda de metal. Una hilera de faroles tiesos y oxidados me habían dirigido a este lugar o al menos eso creía yo. Podía escuchar murmullos, voces de muchas personas hablando a la vez o de una persona hablando con mil voces. Intenté espiar por la ranura, pero limitaba completamente mi visión, ¡realmente estaba aterrado por lo que podía develar! Tenía la sólida impresión que gritaría espantado por lo que vería ahí dentro, que me arrepentiría de abrir esa puerta, blanca, única, esa entrada al cielo que me cegaría por mi insolencia. Dios, estaba delirando.</span></p>
<p class="MsoPlainText"><span>Entré de una vez. Sí, había personas allí ¡cientos de personas! Hombres y mujeres que mascullaban palabras encorvados sobre mesas pequeñísimas con las cabezas reunidas en el centro. Resultaba difícil saber si las mesas eran tan pequeñas, o las personas tan grandes, pero algo allí no cuadraba. Por lo menos, las lámparas que descendían de los cielos sobre cada mesa, las nubes de humo elevándose y el olor a alcohol sudado en el aire me convenció de que debía tratarse de un bar, ¡tan enorme que toda la ciudad debía estar reunida! Y allí estaba el dependiente, tras una barra que se perdía en la inmensidad del galpón hacia el fondo y sí, fuera de dudas, era un oso de traje gris. Lo bueno es que hasta el momento a nadie parecía importarle mi presencia ¿o sería que no la habían notado? No me extrañaría en vista que estaban dedicados a su discusión, que parecía más un monólogo cruzado, pues todos hablaban a la vez y nadie parecía escucharse. Incluso cuando se detenían a tomar no disminuían su verborrea, porque lo aseguro, vi a muchos beber y hablar al mismo tiempo. Me preguntaba si en este tumulto estaría también quien yo buscaba.</span></p>
<p class="MsoPlainText"><span> Me acerqué con mi mejor cara de local y levanté mi mano con el índice tieso, gesto universal para pedir “uno” o para pedir la palabra o para indicar hacia arriba. En este caso, el tipo detrás de la barra se acercó y me agarró con ambas manos de la camisa, creo que levantándome un poco del suelo. Miré nervioso alrededor para ver si alguien intervendría y pude notar como otros que estaban cerca podrían hacerlo (colocaron sus ojos sobre nosotros dos sin nunca detener el palabreo). Juro que intenté aclarar el malentendido. Y culpo a la tensión del momento de lo que ocurrió a continuación.</span></p>
<p class="MsoPlainText"><span> Tomé la cabeza del tipo con ambas manos y presioné sin compasión sus ojos con mis pulgares. Me soltó gritando y llevándose las manos a la cara, incluso retrocedió, pero no lo perdoné y le estallé una botella en la cabeza,<span> </span>¡podía sentir energía pura en cada parte de mi ser!, ¡yo era la luz! Cuando me vi libre, giré llamando con las manos al que quisiera medirse conmigo, “¡no les tengo miedo, hijos de puta!” grité con ganas y rebotó entre las paredes el eco de mi coraje por encima del murmullo. No supe como cayeron sobre mí, pero pude sentir todo el aire abandonar mis pulmones bajo una montaña humana. Pronto perdería el conocimiento. Luego, ¡dos tiros al aire!, carajo, ¿se me soltaría el revólver?, porque de seguro me habría volado el estómago. Una figura me cargó sobre su hombro hasta el exterior, y yo seguía preguntándome si iba regando mis tripas sobre su pecho.</span></p>
<p class="MsoPlainText"><span> </span></p>
<p class="MsoPlainText"><span><em>Continuará…</em></span></p>
<h3>Todos los capítulos de &#8220;<a href="http://www.mondadientes.cl/category/mondadientes/la-fiebre-suicida/">La fiebre suicida</a>&#8220;</h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/cuando-el-pais-empezo-a-matarse/">1. Cuando el país empezó a matarse</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/el-ojo-se-cierra-a-la-entrada-de-la-luz/">2. El ojo se cierra a la entrada de la luz</a></h3>
<h3><span style="font-weight: normal;"><a href="http://www.mondadientes.cl/vivire-para-contarlo/">3</a></span><a href="http://www.mondadientes.cl/vivire-para-contarlo/">. Viviré para contarlo</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/mi-amigo-no-es-narco/">4. Mi amigo no es narco</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/en-tren-a-la-luz">5. En tren a la luz</a></h3>
<h3><a href="http://www.mondadientes.cl/una-calurosa-bienvenida/">6. Una calurosa bienvenida</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/¿esta-es-la-verdad/">7. ¿Esta es la verdad?</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/mondadientes/la-fiebre-suicida/esta-si-es-la-verdad/">8. Esta si es la verdad</a></h3>
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		<title>En tren a la luz</title>
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		<pubDate>Sun, 03 May 2009 22:13:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>mundomonda</dc:creator>
				<category><![CDATA[La fiebre suicida]]></category>

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		<description><![CDATA[Muerto el padre Clemencia y reducida la Bendición al mercado negro, es necesario buscar el remedio a la fiebre en sus orígenes, salir de la hermética ciudad. Conozca como se inicia esta travesía en el 5° capítulo de &#8220;La fiebre suicida&#8220;
Por Pablo Pinto Canales

Revisando con mayor tranquilidad las notas, di con un nombre, un tal [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Muerto el padre Clemencia y reducida la Bendición al mercado negro, es necesario buscar el remedio a la fiebre en sus orígenes, salir de la hermética ciudad. Conozca como se inicia esta travesía en el 5° capítulo de &#8220;<a href="http://www.mondadientes.cl/category/mondadientes/la-fiebre-suicida/">La fiebre suicida</a>&#8220;</strong></p>
<p class="MsoNormal"><strong><em>Por Pablo Pinto Canales</em></strong></p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.mondadientes.cl/wp-content/uploads/2009/04/suicidio4.jpg"></a></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"><img class="alignleft alignnone" style="float: left;" src="http://www.mondadientes.cl/wp-content/uploads/2009/suicidio5.jpg" alt="collage antonella" />Revisando con mayor tranquilidad las notas, di con un nombre, un tal Evangelio El Iluminado, residente en el otro lado del mundo, con el que Clemencia tenía contacto. Al parecer, el Iluminado sería relevante, y sus conocimientos necesarios para continuar con la investigación. De la poca información que comprendí, logré encontrar su dirección y algunas referencias sobre él, las que inferí de sus cartas al benefactor. Era un científico dedicado al estudio de la genética con bases en biotecnología molecular que estaba encargado de hacer las pruebas de los diferentes fármacos que Clemencia le hacía llegar. Un mercenario de la iglesia que debía ser sin duda el siguiente eslabón de la cadena. Y si el padre confiaba en él, quizás sería justamente el indicado para crear la cura. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Antes del amanecer, tomé mi equipaje improvisado y partí en dirección a la estación de trenes. Sólo pensaba en viajar, viajar y alejarme de los ojos vigilantes de quienes me buscaban. Debía convertirme en un ser anónimo y dar con el paradero del nuevo salvador. Pero, ¿qué le diría al encontrarlo?, sin una mínima descripción, la idea de su búsqueda parecía descabellada e incierta y ¿cómo justificaría los textos en mi poder? <span> </span><em>“&#8230;no, yo no tuve nada que ver, fue un amigo el que las consiguió&#8230;¿qué?, ¿qué donde está mi amigo?&#8230; bueno&#8230; el se suicidó poco después de hacerme llegar estos documentos, usted sabe, cosas de la fiebre ¿no?..</em>.”. ¡Qué ridículo sonaba!</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Entrando por el enorme portal engalanado de la estación de trenes, me parecía estar ahí por primera vez. De hecho, nunca había salido de esta ciudad y, observando la decena de personas que apenas avanzaban por el lugar, no parecía ser producto del azar. Años atrás, el gobierno había transmitido un mensaje claro e inconsciente, “<em>aférrate a la rutina y nada malo podrá sucederte</em>”. De hecho, no existía tal cosa como las vacaciones lejos de la ciudad. Mucho más conocidos eran los días de licencia, producto del agotamiento laboral, que justificaban la completa ausencia de descansos concedidos entre jornada y jornada. Eso sí, cuando se trataba de entregarse a los excesos, al derroche de dinero en lujos innecesarios, al abuso de poder que engrandece a algunos, para eso sí que había tiempo, cada noche en todos los bares y negocios citadinos. Pero ya nadie quería conocer ese mundo fuera de estos límites y, en definitiva, no era siquiera necesario. El reloj giraba con la inercia del hábito. Y para mi, así lo fue, hasta que me vi involucrado en esta cruzada. ¡Qué hastío! Ni siquiera estaba seguro si valía la pena arriesgar todo por un ideal, pero ese todo no era más que poco o nada. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Entenderán que no me fue difícil conseguir un boleto a un precio reducido, que incluso siendo tal, me despojaba de casi todos mis ahorros. Tomé el tren bala de las cinco y treinta de la madrugada, preparado para viajar cerca de ocho horas hasta mi destino. El compartimento desierto tenía una temperatura agradable y sintiéndome por fin un poco más tranquilo, abracé mi bolso y me dormí profundamente apenas el tren comenzó a moverse. Logré descansar hasta que me despertó suavemente el sonido de la puerta corrediza. Una mujer de impermeable gris buscaba compartir mi cabina. La saludé cordialmente e intenté dar un vistazo al paisaje para no incomodarla, pero aún sentado junto a la ventana, no lograba distinguir los valles y pueblos. La velocidad me obligaría a mantenerlos como suposición, aunque podía deducir por la vestimenta de mi acompañante, que no encontraría precisamente sol en mi destino. Ella, silenciosa y cargando apenas un antiguo maletín de tela, se me sentó enfrente. Sus deseos de mirar por la ventana parecían superar la incomodidad del roce de nuestras rodillas. Siguiendo con mi idea de anonimato, procuré evitar su mirada para no alentarla a conversarme, pero ella no parecía interesada en mí.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-TRAD">Así pasaron las horas hacia el final del viaje, ella y yo tan quietos como siempre. En un momento se giró hacia su maletín y lo abrió con calma. Del interior sacó un revolver y con la misma tranquilidad me apuntó hacia la barriga. Miré el arma y luego sus ojos llenos de determinación. “Siempre supe que mi delirio por las faldas me mataría”, pensé para darme ánimos y adornar con un toque de gracia mi momento final. Cerré los ojos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><em>continuará&#8230;</em></p>
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<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/¿esta-es-la-verdad/">7. ¿Esta es la verdad?</a></h3>
<h3 style="font-size: 1.17em;"><a href="http://www.mondadientes.cl/mondadientes/la-fiebre-suicida/esta-si-es-la-verdad/">8. Esta si es la verdad</a></h3>
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