Sobre la falta de pretensiones 

 

Chile es un país de nombre corto pero conversaciones largas. Los caballeros alegan porque sus señoras se quedan “comadreando”, los discursos son eternos y, a diferencia de Argentina, un café jamás alcanza para cerrar una conversación… acá por lo menos hay que contar un par de botellas de vino.

En este país verborrágico somos muchos los que hablamos, decimos: yo también quiero escribir. Muchos los que no miden la envergadura de la misión y se creen capaces de abordar una novela, un cuento o un buen chiste.

Queremos escribir y que nos lean, tenemos miles de cosas que decir, pero de a poco y al lote. Las musas tiene el pelo desordenado en Chile. No por nada ostentamos récords en números de blogs, usuarios de chat, y páginas de facebook: comunicación entrecortada, inmediata, muchas veces carente de meditación, pero comunicación al fin.

Este protoescritor nacional es el personaje pasado de vuelta, ese que no hay como callar. El que acodado en una mesa relata largas anécdotas, casi sin respirar: la tragedia de su tío, el asalto que sufrió la semana pasada, “no sabís lo que le pasó a mi amigo que andaba de viaje” o el cahuín del barrio de su mamá donde se supo que la vecina cincuentona tan tranquila, resultó ser hombre, a lo Miguel Ángel, de Villa Alemana. Todas buenas historias.

Historias que es urgente contar. Independiente de la identidad del escritor.

 

A pesar de la verborragia social, los medios de expresión, salvo en Internet, no acogen estas narraciones coloquiales: hay pocos diarios, pocas revistas, pocas editoriales, pocas librerías y pocos libros al año, menos de ficción y menos aun de bolsillo, desechables. La publicitada Feria del Libro chilena están llena de publicaciones baratas con licencia liberadas, clásicos de colegio que aportan sólo como contrapunto de la literatura que hoy se hace bajo un oneroso copyright.

Unamuno y Lope de Vega, alguna vez fueron actuales.

Las novelitas que se venden en los quioscos no pasan de la aventura romántica o erótica impresa en España o México, las historias urgentes permanecen en bares y esquinas, en la redacción de un diario o dentro de una clínica, están bajo una tonelada de flojera, amarrada a un enemigo peor: la baja autoestima literaria, el “no” previo, el fantasma del editor de una gran transnacional que probablemente botará el manuscrito al basurero. El capataz de algo así como una literatura industrial, obligada.

 

Discusiones deontológicas aparte, en Mondadientes apostamos por la literatura ligera, por la intriga, la acción, la trama profundamente simplista, el estilo propio como bandera meta generacional. No hay declaraciones de principios, ni ideologías. Hay locura sin poses y sentimientos sin reciprocidad. Acá hay acción, para quien ya no sabe qué hacer frente a su computador, para quien volver al libro es raro, para el alienado de la pantalla que ya chateó con todos sus amigos.

No más paredes cochambrosas ni caras macilentas, no más lugares comunes en una literatura urgente y ansiosa que no es de Chile, sino de la red.

No hay pretensiones. Internet se acaba cuando se apaga un computador. 

No se trata de escribir “Los Miserables” del siglo XXI ni de evacuar al nuevo Cortazar desde las páginas de Mondadientes –aunque podría pasar. Esto es acerca de escribir compulsivamente, soltar el huacho, echar afuera, asustar, provocar, calentar. Incontinencia narrativa, contar todo lo que hay que contar, reanimar la imaginación y las referencias, olvidarse de las presunciones de intelectualidad y de las oleadas de gravedad académica, los atavíos institucionales y ese maldito pudor que apaña majaderamente las plumas.

“Acá no hay grandes escritores, pero tampoco queremos ser menos”, dijo el payaso.

También se trata de leer en privado, de tener una pequeña historia propia y personal que retomar cada cierto tiempo, con cada entrega. Vivir una aventura real, paralela, que huele a pólvora y sexo que está sucediendo lejos de tu oficina o dormitorio.  No es necesario desenterrar neuronas caducas para entender el mensaje o el tema, se puede avanzar en el desarrollo sin tener que leer 3 veces cada párrafo, por lo recargado de ideas y profundidades de cartón piedra.

Es literatura de combate. De combate contra el tedio, contra el escritor demasiado académico, contra el snob amante de Proust, y los flacos de cotelé con libros de poesía bajo el brazo.

Mondadientes matará tu ocio digital a punta de balazos y cuchilladas, de paranoia futurista, robots asesinos y destinos funestos. También será tu editorial, para quienes se atreven a escribir.

Para quienes quieren emocionarse con un continuará….