por Amigo Lobo
Ilustraciones: Carlos Barboza
1.Espada es triunfo

El Gallina nunca se metía en atados. Mi socio era un hueón como cualquiera de nosotros. Salía pa’ la pega antes de que saliera el sol, se partía la espalda todo el día trabajando, y volvía a la casa en la noche después de dormir dos horas en la micro. Por eso no estaba pa’ que le hincharan las pelotas justo después de comerse el único plato caliente del día.
- Puta huevón, me cambiaron a la Marcela – me dijo esa noche cuando me lo encontré sentado en la esquina del pasaje donde vivía.
- ¿Por qué compadre? – le contesté mientras le convidaba un cigarro.
- Si pa’ lo único que sirvo es pa’ traer plata a la casa, loco. Es la única hueá que me pregunta todos los días. No alcanzo ni a sentarme y ya está mi socia con la misma cancioncita. Que como se me ocurre no traer monedas, que no sirvo pa’ ni una hueá.
- Las minas cambian cuando son mamás, compadre. Mi viejo siempre decía que…
- ¡Ya me vai a salir con un sermón de tu taita, jajaja! Vamos pa’ onde Don Carter mejor será.
Y nos fuimos caminando pa’ donde Don Carter, que era el dueño del lugar donde nos juntábamos siempre, desde esa vez en que jugamos la final del campeonato de fútbol contra el Estrella Roja. Ese día perdimos el partido cinco a cero, pero en el minuto treinta el Gallina, picado porque le habían pegado todo el partido sin que el árbitro, que era el cuñado del arquero del otro equipo, se dignara a poner siquiera una amarilla, vino y le aforró un combo al Loco Nico, el líbero.
Ahí se armó la media casa e’ puta. Fue una de esas peleas en las que uno cuando es pendejo siempre sueña con estar. Todos contra todos, tratando de defender al amigo, pegándole a todo lo que se mueva. Al final nos robamos la copa, que quedó con un abollón porque mi viejo le pegó en la cabeza al árbitro con ella. Esa noche en el barrio hubo fiesta, Don Carter se rajó con las cervezas y a cambio nosotros le dejamos el trofeo de regalo, que desde ese día adornaba una de las esquinas, en una mesa al lado de la imagen de Santa Teresita.
- Buena, Don Carter – gritó el Gallina mientras hacía el gesto de estar bailando cumbia, con el que siempre saludaba a su compadre.
- Ya andai pelusiando ahueona’o – le contestó riendo, tirándole al mismo tiempo una lata de cerveza desde el otro lado del lugar, que pasó rozando por encima de nuestras cabezas, para dar finalmente contra la pared.
- ¡Estai cada día más ciego hueón, ya no le achuntai a nada! – respondió con una carcajada mi socio.
Siguieron con eso un buen rato, lanzándose tallas, cervezas, puñetes, y todo lo que estuviera a mano. Cada vez que se encontraban era el mismo hueveo. Los dos se conocían desde que eran pendejos, mucho antes de que yo y mi viejo llegáramos al barrio, así que nunca supe de dónde venía esa forma de saludarse. Pero como la pasaban bien con el jueguito y todos nos cagábamos de la risa un buen rato, a nadie en realidad le preocupaba saberlo.
- ¿Vamos por una manito e’ brisca, entonces? – dijo Don Carter, frotándose las manos.
- Nos falta uno, eso sí – respondí yo, buscando a ver si había algún otro conocido en el local.
- Ahí viene llegando el Marcelo – me dijo el Gallina apuntando a la puerta.
Don Carter separó una silla de la mesa y se dejó caer sobre ella, con todo el peso de su cuerpo, que era mucho, haciendo tremendo ruido: su forma de decir que había que sentarse. A veces tenía esos gestos, como de patrón de fundo, pero era buen chato.
Siempre fue el más grande de todos nosotros, y el más viejo, aunque ni tanto tampoco. El más seco pa’ los combos, eso sí, todos en el barrio lo respetaban por eso. Menos el Gallina, que era el único que siempre lo agarraba pa’l hueveo.
- No tomís tanto Don Carter, que después dai jugo arriba e’ la mesa – le dijo, con una sonrisa burlesca en la cara.
- Jajaja. Tú sabes que yo nunca doy jugo. No como vos, que te quedai dormido afirmando postes – le respondió fuerte Don Carter.
Y tenía razón. Él tomaba como cualquiera de nosotros, o sea caleta, y nunca se curaba. Tal vez porque era un tipo bien maceteado, o a lo mejor era algo genético. La cuestión es que podíamos quedar todos raja e’ curaos, y él seguía como lechuga. Por eso mismo le pusimos Don Carter: al final siempre era el encargado de dejar en la casa al más cocido.
- Espada es triunfo – fue lo último que le escuché decir, mientras daba vuelta su última carta.
Ahí fue cuando escuché el sonido de balazos y el ruido de la ventana rompiéndose. Después vi caer a Don Carter, con la mirada perdida, muerto.
2. Pelea de perros
El velorio fue un miércoles en su casa. Para ese día, todos sabían que los balazos habían sido del Toño, que era nuevo en el barrio, pero en poco tiempo se había encargado de llenar las calles de pasta base, dejar a varios bien cagaos con esa mierda, darle trabajo a todos los que quisieran ganarse la plata fácil y amedrentar a cualquiera que pretendiera enfrentarlo.
Pero Don Carter no era cualquier hueón. Una noche lo pilló vendiendo afuera de su boliche y en dos tiempos lo dejó sentado en el suelo, frente a varios de sus amigotes. En ese momento el Toño no se atrevió a hacer nada, porque sabía que tenía todas las de perder y se fue masticando la rabia.
Y es que a mi socio no le gustaban los traficas. Así que no le aguantaba ni una. Se las arreglaba para hacerle saber que en el barrio, en su barrio, no. Siempre decía que uno podía fumarse la hueá que quisiera, pero eso de andar ofreciendo droga a los cabros chicos era otra cosa. “Hacerse la plata cagándole la vida a estos pendejos, no es vida, compadre”, comentaba cada vez que veía a alguno de ellos con cara de angustia.
Pronto comenzó a correr el rumor de que andaba buscando a mi amigo pa’ vengarse de la humillación. No era de los tipos que dejaban pasar ese tipo de cosas. “Ni ahí con ese mate e’ huea” respondía nada más mi amigo cuando le comentábamos acerca del cuento que andaba circulando.
Por eso cuando el Toño apareció en el velorio, nadie entendía nada y todos guardaron silencio, y no por el fina’o, sino por miedo. Después de todo, el único que se había atrevido a pararle los carros estaba dentro del ataúd.
Ahí mi compadre Gallina cachó que había que hacer algo. Se levantó de donde estaba, me encargó a la Paulita, que estaba durmiendo acurrucada en sus brazos, caminó tranquilo hacia la puerta, pasó por delante del cajón, puso su mano sobre él y dijo algo en voz baja que nadie alcanzó a escuchar, se puso frente a frente al Toño y le dijo:
- Sal de aquí, hueón - y se quedó en silencio, mirándole a los ojos.
Mi viejo, que había sido boxeador cuando joven, siempre decía que hay peleas de perros grandes y peleas de perros chicos. “Cuando los perros ladran mucho, es pelea de perros chicos” exclamaba a menudo con una carcajada. Me acordé de él así de pronto, al ver al Toño y al Gallina parados en la puerta de la casa, y recordé también ese día en que Don Carter y mi yunta se agarraron a cornetes, justo fuera de mi casa.
La Valeska tenía un par de tetas que hipnotizaban a cualquiera y aunque era chica se gastaba el medio cuero. La mina era rica y lo sabía, así que también sabía cómo hacer que dos amigos se pelearan por ella. Le gustaba provocar ese tipo de atados, como de teleserie. Por eso esa tarde se encontraron dispuestos a sacarse la cresta.
No hubo advertencias, ni empujones, ni esas bravuconadas típicas de las peleas de giles asustados. Fue Don Carter el primero en pegar un puñete que mandó al Gallina, que siempre fue más chico y en ese tiempo además era un fideo, directo al suelo. Mi socio se levantó del piso comiéndose el dolor y golpeó al Don Carter justo en la nariz. Y así siguieron durante caleta e’ rato. El Gallina se llevaba la peor parte, así que de vez en cuando iba a dar a tierra, pero siempre se paraba, una y otra vez.
Al final, estaban los dos pa’ la corneta, cansados, golpeados y adoloridos, sin fuerzas para seguir pegándose. Así que se sentaron apoyados en la pared de la casa de mi vecino. Callados al principio, de repente Don Carter comenzó a reírse solo, despacio primero, en una gran carcajada después. El Gallina lo miró y no pudo evitar reírse también, como cuando a uno se le contagia la risa sin saber por qué y sin poder evitarlo. Cuando por fin ambos lograron detener las carcajadas, Don Carter dijo: “¡Lo chupa rico la hueona, eh!” Y se largaron nuevamente a reír.
Me quedé mirando entonces a la Valeska, que estaba gorda y con las tetas caídas, tratando de que sus tres hijos se alejaran de la puerta, donde el Toño y el Gallina seguían frente a frente, mirándose callados, sin mover un músculo.
De pronto, uno de los pendejos tuvo la mala idea de escaparse y correr justo hacia donde estaban ellos. La Valeska asustada salió detrás del cabro chico, y no tuvo más remedio que pasar entre los dos para agarrarlo de un ala. Con cara de terror miró al narco, como pidiéndole perdón por interrumpirlo, y se llevó a su hijo con una palmada en el poto que lo dejó llorando.
El Toño, con una sonrisa al ver la escena, decidió que era momento de marcharse y con un gesto de burla se despidió de mi compadre.
- Cuídate, Gallina.
3. Feliz Cumpleaños
Las cosas estuvieron tranquilas un par de meses después del funeral. Al Toño lo andaban buscando los ratis, así que estuvo desaparecido un tiempo. Y cuando volvió trató de pasar lo más piola posible, no le convenía hacer escándalo.
Mi socio se olvidó un poco del asunto y trató de seguir con su vida. No supe nada de él hasta que nos volvimos a ver para el cumpleaños de la Paulita, que invitó a su fiesta a mi hijo.
Estaba contento el Gallina, como siempre que veía a su hija feliz. Tenía una sonrisa de oreja a oreja y caminaba por toda la casa pa’ tirar la talla con los papás de sus invitados. Varias veces se puso a jugar con los cabros chicos, pinchándole los globos o tirándoles challa en la cabeza. Los pendejos lo salían persiguiendo, le hacían zancadillas o se le colgaban de las piernas, dejándose arrastrar varios pasos antes de que lograran tumbarlo. Cuando por fin lo llevaban al piso, se le tiraban todos encima gritando, le pegaban patadas en las costillas o trataban de meterle challa en la boca. Él se cagaba de la risa y contraatacaba haciéndoles cosquillas o lanzándolos uno encima del otro. Allí era cuando la Marcela tenía que intervenir para ordenar la cosa.
- Ya pues, ya pues. A jugar al patio – decía mientras les sacaba los niños de encima a mi compadre. – Y tú, para de ser tan cabro chico – retaba al Gallina, mientras le sonreía con una mirada cómplice.
Cuando él se puso a pololear con la Marcela los dos tenían siempre esa sonrisa. A veces no pescaban a nadie más, aunque estuviéramos carreteando todos juntos. Don Carter y yo nos cagábamos de la risa de lo embobado que andaba, y lo agarrábamos pa’l hueveo cada vez que lo encontrábamos sólo, sin ella.
- ¿Pa’ que tan enamorado hueón? – le tiró a boca de jarro Don Carter una vez en que nos estábamos tomando unas chelas.
- No pasa ná’ – respondió el Gallina, medio haciéndose el hueón y medio avergonzado.
- Si la Marcela no es ni tan rica – siguió burlón Don Carter.
En ese tiempo, si eso se lo hubiese dicho cualquier otro, el Gallina se habría enojado y de seguro habría respondido con una patá en la raja o un combo en el hocico. Pero con Don Carter se tenían confianza, la suficiente como para aguantarse ese tipo de huevadas. Además, que igual el loco tenía razón: la Marcela no era muy bonita.
- Puta huevón, me gusta porque lo paso bien con ella – respondió sonriendo mi compadre.
- ¡Viste que está enamorado este huevón! – me dijo Don Carter, y todos nos pusimos a reír a carcajadas.
Con el tiempo todo cambió. Nació la Paulita y las cosas se pusieron difíciles. Lo que ganaba el Gallina, como nos pasaba a casi todos, no era suficiente pa’ pagar las cuentas, y esa cuestión fue generando cada vez más discusiones entre ellos. Pero había momentos, como ese día en el cumpleaños de su hija, en que parecía que volvían a ser los mismos que cuando recién se conocieron.
- Papi, ¿podemos salir a la calle a jugar? - llegó a preguntarle su hija.
- Bueno, pero con una condición. Tienes que darme un abrazo primero.
El Gallina nos contó que iba a ser papá una noche en la que nos habíamos juntado para ver un partido del Colo-Colo. Todos lo felicitamos y brindamos varias veces de puro contentos que estábamos, hasta que Don Carter cachó que el loco estaba medio complicado.
- ¿Qué onda compadre, no esta’i contento con ser papá? – le dijo serio, como casi nunca.
- O sea sí, pero no sé que chucha voy a hacer hueón – respondió el Gallina, mirando a todos con cara de estar pidiendo ayuda.
En ese momento, ninguno supo que responder. Nos quedamos en silencio, sin saber que decirle, hasta que mi viejo, que también había ido a ver el partido con nosotros, se tomó la palabra.
- Mire, mijo – le dijo lentamente, mientras se tomaba un vaso de vino y le miraba fijo. Cualquiera puede tener una mujer, pero no cualquiera puede cuidar de una mujer. Lo que tiene que hacer es ser bien hombrecito y hacerse cargo de su polola y la guagua que viene en camino, nada más. Y déjese de huevadas que va a empezar el segundo tiempo.
Ni siquiera el Gallina pudo evitar reírse de la salida de mi papá. Seguimos viendo el partido y brindando cada cinco minutos todo el resto de la noche. Al poco tiempo mi compadre se fue a vivir con la Marcela y un par de meses después nació una niña.
- ¡Papá, papá! – entró corriendo desesperada la Paulita.
- ¿Qué pasó, Paula? – preguntó preocupado el Gallina, mientras abrazaba a su hija, que lloraba desconsolada.
- Yo no quiero que te mueras – sollozó la pequeñita.
- Pero, ¿de dónde sacaste que me iba a morir? – dijo él, tratando de calmarla.
- Es que el Toño dice que me voy a quedar sola, porque te va a matar – respondió asustada, mientras rompía nuevamente en llanto.
Al Gallina le cambió la cara en ese preciso instante. Se le llenó de rabia la mirada, el entrecejo y su boca se tensaron al máximo, y se le hinchó una vena en la frente, al tiempo que toda la cara se le puso roja, como si estuviera hirviendo. Dejó a la Paulita en los brazos de su madre y desapareció un momento del comedor en el que estábamos, para volver desde el patio con un palo bien largo.
- Con mi familia este huevón no se mete – gritaba al cruzar la puerta que daba a la calle.
4. ¡Aguanta hueón, aguanta!
Sólo una vez había visto así de enojado al Gallina. Fue cuando éramos niños, un poco después de que llegué a vivir al barrio.
Su papá era jinete, pero uno mediocre, nunca ganó una carrera. Así que era un tipo frustrado, amargo, que acostumbraba llegar borracho a su casa. Acostumbraba también golpear al Gallina y a sus hermanos con la guasca, ese palo con el que se obliga al caballo a andar más rápido. Mi amigo, cabro chico todavía, no tenía más remedio que bancarse las golpizas y comerse el dolor en silencio.
Un día su viejo llegó con los monos mientras el Gallina estaba jugando a la pelota con nosotros. Cuando terminamos nos fuimos pa’ su casa y llegamos justo cuando su mamá estaba cerrando la puerta. Llevaba lentes de sol cubriéndole la cara y se notaba que había estado llorando. Cuando la vio, mi socio corrió a su lado, sin entender todavía que pasaba.
- ¿Qué pasó mamá? – le preguntó, angustiado.
- Nada – dijo ella, esquivando la cara y apurando el paso. Voy a la casa de tu abuela, aquí a la vuelta.
El Gallina no quedó tranquilo con la respuesta y persiguió a su mamá hasta la esquina del pasaje. Allí la obligó a detenerse y discutieron un rato. De pronto ella terminó la conversación, quitándose los lentes y mirando a los ojos a su hijo, al tiempo que le decía algo que nosotros no alcanzamos a escuchar. Después se fue, dejándolo parado en la calle, solo.
- ¡!Ven pa’ acá hueón!! – gritó su viejo apenas cruzó la reja, caminando tambaleante hacia mi amigo, que seguía parado en la esquina.
Ahí fue cuando el Gallina reaccionó y, furioso hasta las lágrimas, con las manos empuñadas, lleno de rabia, salió corriendo hacia su padre para tratar de golpearlo. El viejo, sin asco alguno, vino y le aforró un combo a su hijo. En ese momento Don Carter y yo salimos corriendo. Él hacia la dirección correcta, yo fui a buscar a mi viejo.
Por eso cuando vi que el Gallina salió de la casa enfurecido, con el palo en la mano, hirviendo de rabia, no dudé en seguirlo.
Para cuando lo alcancé estaba frente a la casa del Toño, golpeando el auto del trafica y gritando como loco. “¡¡Sale conche’ tu madre!!”, decía una y otra vez. Yo me acerqué y traté de calmarlo, pero estaba como poseído, y con una fuerza descomunal me lanzó lejos de un empujón.
Justo en ese momento salió el Toño de su casa, con la actitud desafiante de siempre. Pero al verlo, el Gallina lanzó lejos el palo y, sin darle tiempo para reaccionar, se abalanzó sobre él, golpeándolo una y otra vez, a puñetes y patadas. El narco trató de defenderse como pudo, pero bien poco podía hacer para enfrentar a alguien en ese estado, apenas cubrirse la cabeza con las manos.
Pensando en que si no lo detenía, mi socio iba a terminar por matarlo, tomé al Gallina con todas mis fuerzas y lo saqué de ahí, al menos unos pasos. Fue el momento en que el Toño aprovechó para volver a meterse en su casa lo más rápido posible. Mi compadre, enfurecido todavía, volvió a buscar el palo para retomar los golpes al auto. A veces se detenía un momento, pero solamente para recoger piedras, que lanzaba contra las ventanas de la casa del traficante.
- ¡Cálmate, piensa en tu hija! – le gritó la Marcela, que llegó de pronto, sin que me diera cuenta.
Al escucharla, el Gallina pareció tranquilizarse un poco. Al menos botó el palo al suelo y dejó el auto tranquilo. La Marcela se acercó, lo abrazó, le dio un beso y luego se puso a llorar. Êl la abrazó también, me miró como pidiendo disculpas y comenzó a caminar de regreso a casa. Yo le hice un gesto de que todo estaba bien y me adelanté un poco, preocupado por mi hijo, que había quedado sólo en el cumpleaños.
Apenas había caminado unos cuantos pasos y escuché el sonido de disparos. Asustado miré hacia atrás y vi caer al Gallina. Junto a él la Marcela que comenzaba a entrar en pánico, inclinada sobre su esposo. Más allá el Toño, con el arma en la mano, se subía a lo que quedaba del auto y daba marcha atrás para salir del pasaje. Corrí desesperado hasta donde estaba mi amigo, y al llegar junto a él comencé a hablarle.
- ¡Aguanta hueón, aguanta! – le grité.
- Compadre… – me dijo apenas en un susurro. – La Marcela, la Paulita… – y ya no pudo decir nada más.
Mientras trataba de calmar a la Marcela y de cuidar de mi amigo, algún vecino llamó a los pacos, que llegaron luego de varios minutos, que para mí fueron demasiado largos. Ellos llamaron a una ambulancia, que demoró todavía más en llegar. Y de ahí nos fuimos al hospital.
El Gallina entró en estado de coma. Eso nos dijo el doctor que salió después de varias horas en la Posta.
- Recibió cuatro disparos y perdió mucha sangre. Nosotros ya hicimos todo lo posible, ahora depende de cuánto sea capaz de resistir- nos señaló.
Al escucharlo no pude hacer otra cosa que sonreír. “Este huéon no conoce al Gallina”, pensé de inmediato. Y es que mi amigo le había peleado a la vida desde que era pendejo, no se iba a rendir así nada más. Mi viejo me lo explicó ese día en que ambos llegamos tarde a tratar de defenderlo.
- Mijo, el Gallina ha soportado y visto cosas que a cualquier otra persona terminarían por destruir. Aprendió desde muy niño que no podía rendirse, por su vieja, sus hermanos, porque simplemente no puede aceptar quedarse en la mierda que le tocó.
Ha pasado un año desde que quedó en coma, y el Gallina todavía sigue dando lucha para quedarse con su Paula, la Marcela, y con sus amigos.
“Las únicas cosas que se le regalan a un hombre son el amor de madre, el cariño de sus hijos, la ternura de su mujer y la lealtad de sus amigos. Las mismas por las que vale la pena sacarse la cresta todo los días y dar la pelea”, decía el viejo.




21 Diciembre, 2009
7 Diciembre, 2009
5 Diciembre, 2009
11 Noviembre, 2009

2 Comentarios en "El Gallina"
putaaa el gallina tiene q comprarse un fierro no mas y haserla corta
Que hermoso cuento, ademas de desnudar todas las falencias ke tiene esta sociedad podrida, entrega un grna mensaje ke invita a seguir luchando, a no rendirse por pesada ke se vea la pista…
me dio un pequeño empujoncito en mi cuesta arriba.
gracias.
Comenta ahora!