Por: Claudia Jara

Ilustraciones: Margarita Cavieres

1. El Raco

La sangre corre quemante, punzante. Sé que si no llego me desangraré en la calle solo, como un perro guacho. Después de todo me lo merezco. Sí, porque soy un guacho de la calle, del puente, de la caleta, un inadaptado social, un lanza. Y qué. La ganancia: 100 lucas y una herida a bala en el hombro izquierdo. La ganancia: una mujer ensangrentada en el suelo y un hombre a medio morir a mitad de la calle. Si no fuera por ti, maldito Zanahoria, ahora estaría con la Susana en el mejor motel de Bandera… pero ¡tuviste que tropezar!
La sangre se vuelve fría, pero debo llegar. La tía Meche es la única que me puede salvar. La micro se tambalea, y mi cabeza da tumbos. Siempre supe que era mejor trabajar solo. Si te mueres, te mueres solo, nada de testigos y si la cagas, la cagas solo. Pero esta vez estaba en deuda, no podía echarme la farmacia solo, pero… él se tenía que tropezar.
El semáforo está en rojo, la muerte está frente a mí, sobre mí. Pero no, debo llegar y sacar a la flaca a dar una vuelta al centro. La gente me mira – ¡Qué miras, conchetumadre! – Una guagua no se calla – ¡Callen a esa guagua! – Una hilera de agujas sube por mi brazo y un eco interminable penetra mis oídos,
-Es el Raco – me dice un viejo, lo miro impávido – Es el Raco, el viento del sur, que anuncia la muerte – me dice el viejo.
- Para hueón, que me bajo.
Uno, dos, tres,… las llaves, no tengo las llaves. Mi tía me abre la puerta, sin antes mirar por la ventana y poner la típica cara de horror que engendra cada vez que me ve.
-Pase mijito, ¿qué le pasó? – Cínica, pero esta vez no moriré.
-Tía: llame al tío – Mis pasos encandilados siguen las costuras del piso y me llevan al patio, allí está el viejo, moliendo uva para hacer chicha.
-Es el viento – me dice el viejo – el Raco, que te trajo por acá. Me siento a su lado, saco unas uvas del tambor, están amargas, como mi sangre, están amargas. La sangre corre, quemante, punzante, mi tía trae unas gasas, me saco la camisa, la herida es profunda, como mi mirada cuando salto como Rocambole, la sangre corre, quemante, punzante. El viejo me mira con recelo, sabe que tras mi mirada oculto la sangre de otros. Un silbido trepa las paredes, un silbido estremecedor: Es el Raco – dice el viejo. El Raco… – dice mi tía. Mataría por no volver a escuchar ese maldito nombre.
El tambor de uvas toma un color púrpura, espeso, nauseabundo. Mi herida aún sangra, la de ellos se estancó, entre el silbido del Raco y el hedor de las uvas en el tambor.

2. Bajo el Puente

La sangre se vuelve caliente; 1, 2, 3… comienza el viaje, las pupilas se dilatan, se contraen, se dilatan.
- ¡Pasa la bolsa Zanahoria!
El crepúsculo se confunde con el amanecer, los adoquines gimen, se retuercen, los toco, me quemo…

Nací en Bandera, al interior del Xenón, mi madre: una puta, mi padre: un cliente más. Ahí me lo pasé, de mascota de las putas a guacho indeseable, de guacho a pelusa, de pelusa a lanza del Mapocho.
La sangre se calienta, el neoprén hace lo suyo. Una mosca me habla.
- Maten a la mosca!!!.
Era libre, un buen lanzazo y un lugar bajo el puente bastaba. Al tiempo los asistenciales, ceguera, hambre de calle, adopción… tenía 13 años, unos tíos adiestrados, unos calmantes para la abstinencia y el río en mis pupilas. En la casa del parrón y de aguas estancadas la sangre se volvió fría, estúpida sin neoprén.
Entré al liceo y conocí a otros cabros, les enseñé a robar, al acto en sí le llamábamos mirar;
- ¡vamos a mirar!
Me hice famoso y volví a la calle, al puente, al río bañado en tolueno. Sacié mi hambre de calle con un atraco a mano armada; el botín: 50 lucas y una noche en el Xenón con las mejores putas. El botín: un hombre boca abajo entre mis piernas. El botín: mi primera ida a la peni. Tenía ya 19 años.
Salí a los 21 y un parrón a punto de parir esperaba por mí. Recorrí la ciudad, mi ciudad, abierta de par en par ansiando ser timada, la amé y la hice mía en cada esquina.

3. Darwin Muñoz se guarda en una maleta

Recorrí la ciudad, mi ciudad, abierta de par en par ansiando ser timada, la amé y la hice mía en cada esquina… Los faroles alumbraban a dúo una silueta vestida de rojo, me acerqué, le hablé al oído, solo un susurro bastó para hacerla mía y para que su vida estallara a un costado de la calle.
- ¡Retrocede! No dejes tus pechos estúpidos de niña en parto.
Su nombre es Susana, yo soy Darwin, el guacho de la caleta.
Arrendé una pieza en Bandera, desde la ventana podía ver las putas entrar y salir del Xenón. Eso me gustaba.
Comencé nuevamente con atracos simples, de pistola en mano pasé a la cuchilla; mujeres solas y una buena cartera, viejos ebrios y uno que otro almacén de barrio. Pasaron los años y el parrón de uvas negras reclamaba sangre.
Hice lo mío, timar. En mis pupilas dibujé los pasos: mediodía en Santiago, una farmacia vacía, sólo un hombre adornando el mesón. Afilé las ideas, pero estaba en deuda con el Zanahoria, después de todo, él había pagado para que la Susana se hiciera el remedio; no más guachos ni carne fresca para robar.
Miré de puntillas y sujetada de un alfiler mi cabeza dio tumbos, el neoprén aún seguía subtitulado haciendo de las suyas.
A lo lejos lo divisé, el vaivén de su cuerpo, retorcido en el fondo de un vaso de vino tinto me hizo recordar la caleta, lo quería, pero sabía que era mejor robar solo. Entramos, una mujer  exigía la dosis del día, un hombre nos miró de reojo. La Smith & Wesson se convulsionaba en mi bolsillo, olía la sangre. Tomé del brazo a la mujer y oprimí su cráneo, el Zanahoria trepó el mesón y saqueó, pero su cuerpo se paralizó y cayó en medio del suelo, el río entero bañó mis entrañas. Por un segundo supe que todo llegaba a su fin. Un disparo actuó sin premeditación, corrí en busca de las uvas en el tambor, subí a la micro, sin antes arrastrar una estela de muerte y escuchar el silbido del Raco.
El viejo me mira con recelo, sus manos tiemblan, mi tía me pone gasas en la herida, la Susana me espera en Bandera; no moriré.
Me Quito la camisa, escucho voces.
- Es el Raco – dice el viejo.
- Es el Raco – dice mi tía.
Inquirí su cuello, tomé una a una las visiones del viejo, mientras ella gritaba despavorida ante lo inminente. Se los dije: mataría por no volver a escuchar ese maldito nombre. La sangre del viejo se mezcla con el color de las uvas, los gritos se confunden en un solo eco.
El tambor de uvas toma un color púrpura, espeso, nauseabundo… Mi herida aún sangra, la de ellos se estancó, entre el silbido del Raco y el hedor de las uvas en el tambor.

FIN