Por: Alan Meller
Ilustraciones: Matías Reyne

1. Conrrad Stadler
Caminaba con un chaquetón más oscuro que su sombra o una sombra más oscura que su chaquetón, no importa. Todo era tan oscuro en él como para provocar un estremecimiento al cruzarse en su trayecto, a cualquier hora, casi en cualquier lugar… Digo casi, porque al comenzar el relato, este personaje estaba en el único espacio en que no inspiraba miedo, respeto sí, pero no miedo. Stadler, Conrad Stadler, no creía en la ley, pero estaba en el Departamento de Policía de Trenton.
¿Qué hacía este policía drogadicto, que hasta los dieciséis años quiso ser boxeador, defendiendo la ley? ¿Por qué, si no creía en ella, había decidido unirse al cuerpo de policías?
Pero no hay tiempo para detenerse en esa historia… Stadler ya estaba arriba de su moto dispuesto a salir a la calle con la intención de hostigar a prostitutas, traficantes y timadores para echarse unos billetes al bolsillo. Su primera presa era Jazmín, la vieja alcahueta que le debía favores indefinidamente. Esta vez no iba en busca de dinero sino de información. Para ello decidió pasar a una habitación con Sophie antes. Sophie era tan vieja como Jazmín, conocedora de un par de trucos que Stadler siempre supo valorar. Ella conocía bien todos los rumores acerca de quién fuera que le preguntara. A él no le importaba si follaba o no con sus informantes. Ella siempre era de ayuda para Stadler.
Sophie entró provocativa. Dejó que su pelo estorbara entre su escote para acomodarlo tras su cuello apenas Stadler colocara la mirada sobre ella. Stadler no le quitaba los ojos de encima, en silencio hizo una mueca mezcla de sonrisa, desprecio, cariño y cansancio. Se dirigieron a la habitación Griega, la única con baño privado, una precaución que Stadler nunca dejaba de lado. La habitación tenía una gran cama a la que se llegaba subiendo dos escalones adornados con pequeñas columnas de yeso. El resto de la habitación tenía el aspecto de un edificio desgastado, cubierto de moho. Sobre la cama había una foto del coliseo romano, el acutal. Stadler se sentó en la cama y le pidió a Sophie que le baliara. Estaba cansado, necesitaba pensar, y le gustaba hacerlo mientras Sophie le bailaba. Intentaba desconcentrarse, olvidarse por unos momentos de la razón que lo condujo a ese lugar. Miró a Sophie que paseaba su mano humedecida con saliva y otros jugos por sus senos. Los senos de Sophie eran restos de la fama que alguna vez tuvo. Stadler la veía jugar con sus pezones como si viera a una mujer parando un taxi. Le pidió que parara. Ella se acercó y le puso el pezón izquierdo sobre la boca. Stadler colocó su mano abierta en medio del pecho de Sophie, le acarició un seno y la empujó hacia atrás. Del pantalón sacó su pistola.

2. Hank Fearless
Jazmín no le pudo advertir a Stadler. Lo intentó, pero Hank la apuntaba con un arma escondido detrás del pequeño bar de madera que había en un rincón del living. Hank lo tenía claro: sólo había espacio para uno de los dos en Trenton. Era él o Stadler. Stadler jamás le podría perdonar esa última jugada, ya no podía volver a errar. Involucrarse con Cristine no había sido buena idea. Stadler la amaba y desde pequeña la cuidó como si fuera su hermana.
Durante un tiempo Hank vendía tarjetas de crédito robadas. Una tarde, después de una mala venta que derivó en un conflicto con agentes encubiertos de la policía, Hank decidió retirarse de la escena por unos meses. Se iría a México, y se llevaría con él a Cristine. Stadler lo conocía y a pesar de su propia mala leche,y lo tenía por un tipo agradable. No era lo que prefería para Cristine pero ella se veía contenta. Fue el mismo Stadler quien advirtió a Hank sobre los policías encubiertos esa tarde. No era información gratuita, sino una forma de dote. Lo único que pedía Stadler a cambio era que cuidara a Cristine. Nada más. Pero Hank no fue listo. Joder a Stadler no era solo joder a un policía más, era joder a la policía y a la mafia a la vez.
Hank se escapó a México con Cristine. Pensaba quedarse unos meses en Ciudad Juárez, lo necesario para que olvidaran lo de las tarjetas de crédito en Trenton. Pero en Ciudad Juárez todo resultó mal.
Una noche, durante una riña en una cantina maloliente Hank casi pierde la vida. Toso comenzó por un juego de cartas. Hank estaba ganando dinero y se burlaba de sus contendientes con palabras sueltas en pésimo español. Eran hombres pequeños y parecían inofensivos por lo que Hank se confió lo suficiente como para timarlos. Pero quizo llegar demasiado lejos: apostó una noche con la mujer de uno de los mexicanos. El hombre, ofendido, trató de empujarlo pero Hank sostuvo sus manos y lo botó de la silla. Mientras caía, el mexicano se agarró de la chaqueta de Hank y de ella brotó, como del sombrero de un mago, un mazo entero de cartas. Hank dejó de reír y miró los rostros de los hombres, esperaba que nadie lo hubiese notado, pero había ases y reyes por todas partes. Buscó la salida con la mirada, pero antes de encontrarla, ya había recibido el primer puñetazo. Hank notó que lo golpeaban más suave de lo esperado, él podía enfrentar a tres hombres con esa fuerza sin problemas. Se levantó, tomó una silla y comenzó a golpear y botar uno por uno a los mexicanos que trataban de defenderse con lo brazos. Cuando ya estaban todos en el suelo un poco aturdidos, Hank se dirigió donde la mujer de la apuesta. Era una linda mexicana que miraba con miedo, como un cervatillo, toda la pelea. La tomó de la cintura, la pegó a su cuerpo, la besó, manoseo sus senos y con su mano apretó con fuerza el coño de la tierna mujer. El esposo miraba desde el suelo, aún aturdido, la escena. Se levantó con dificultad. Hank reía y le gritab:
- ¡Ehstá rwica su muher!
El mexicano caminó hasta la barra, el barman le puso en las manos una escopeta, con ella apuntó al gringo. La sonrisa en el rostro de Hank desapareció, y soltó a la mujer.
- Vamos, vamos, take it easy.
El hombre acercó la escopeta a la cara de temor de Hank. Los otros hombres se pusieron de pie y recobraron sus fuerzas quién sabe cómo. Tomaron a Hank de los brazos y comenzaron a golpearlo en el estómago.
- Te jodiste, cabrón, aquí a los guarros como tú los hacemos guacamole.
Lo golpearon hasta cansarse. Finalmente el de la escopeta le iba a disparar. Hank le imploró por su vida y esa fue la última noche que se vio su rostro en Ciudad Juárez.
Cristine quedó sola. Ciudad Juárez no es el lugar adecuado para una mujer sola. Hank lo sabía y Stadler también.

3. El Encuentro
Hank lo esperó escondido en el baño. Sabía que esta era la habitación preferida de Stadler. Escuchó cuando entró, escuchó los bailes de Sophie, no los veía pero podía recrearlos en su mente con facilidad. La puerta se abría hacia adentro por lo que Hank quedaría oculto tras la hoja cuando Stadler entrara al baño. Sophie no sabía que Hank estaba ahí, pero Jazmín, la alcahueta que estaba abajo junto al mostrador de la entrada, sí sabía que el estafador le había tendido una trampa al policía. No había alcanzado a advertirle a Stadler porque Hank la apuntaba desde el living cuando tuvo la única oportunidad.
Hank detrás de la puerta del baño de la habitación Griega, no se movía. Stadler, sentado en la cama mirando a Sophie bailar, sentía que algo lo molestaba, un olor extraño, pero no oía nada. Stadler escuchaba sin moverse, Hank seguía quieto. Segundos antes de que Stadler le pidiera a Sophie que pare de bailar, Hank golpeó accidental y levemente la puerta. Estaba nervioso y llevaba demasiado tiempo con el revólver empuñado, la mano le transpiraba y el revólver se resbalaba, calculó mal la distancia que lo separaba de la madera de la puerta, no fue más que un pequeño roce con el codo. Pero Stadler tenía todos los sentidos alerta. Fue cuando le pidió a Sophie que pare de bailar, le acarició un seno, la empujó hacia atrás y sacó su pistola del pantalón.
Hank supo que lo habían escuchado, advirtió los movimientos en el otro cuarto. Contuvo la respiración, apretó el revólver, había llegado el momento. Stadler se puso de pie frente a la puerta del baño y, sin abrirla, descargó su pistola tres veces seguidas sobre ella. Sophie había huido por la puerta a esconderse junto Jazmín a penas vio aparecer la pistola en las manos de Stadler. Ninguna de las balas alcanzó el cuerpo de Hank que observó las perforaciones en la puerta justo a la altura de su rostro. Descargó dos veces su arma y salió corriendo en la misma dirección de sus balas. Stadler esperaba a un costado y disparó. Hank saltó cubriendose detrás de la cama y disparó dos veces más. Stadler ya estaba en el suelo tirando hacia los pies de Hank, que se dio una vuelta y cuya última bala destrozó el único espejo de la habitación. El disparo final de Stadler rozó el hombro de Hank. Hubo un breve silencio. Incorporándose, se dieron cuenta que ambos habían agotado su municiones y arrojaron las armas inútiles a un lado. Hank tomó una silla, Stadler, una de las pequeñas columnas de yeso. Hank falló el golpe y recibió uno con la columna de utilería en los riñones, se dobló, le faltó de aire. Agachado como estaba corrió contra Stadler botándolo al suelo. Descargó tremendos golpes sobre su rostro, estaba por quebrarle la nariz cuando Stadler encontró la pistola y de un culatazo aplastó el pómulo de Hank que crujió. Aun no se recuperaba cuando Stadler lo pateó en el estómago.
Se siguieron golpeando porfiadamente por más de media hora. Primero con los puños sin lograr el daño que querían, siguieron rompiéndose en la cabeza todos los objetos de la habitación; se arañaron, se tiraron el pelo y terminaron dándose escupitajos y gritándose improperios para sus madres y toda su descendencia.
Cuando ya no hubo más que silencio, Jazmín se asomó a la pieza y vio a los dos hombres durmiendo sobre lo poco que quedaba de la habitación Griega.

21 Diciembre, 2009
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