Por Antonella Galarce
1. El oscuro árbol en su corazón

Autorretrato: Andrés Madariaga
-Que desgracia de trazo, Señor Madariaga. ¿Quiere usted ser para siempre un mamarracho, un pintor asalariado de la alta sociedad? ¿Dónde está su arte? Aquí no veo inspiración ¿Acaso no tiene algo que contar, que decir? Retírese inmediatamente y no vuelva hasta que me traiga un óleo decente. Aquí no estamos para esta clase de mediocridades…¿Entendido?
- Sí, señor.
A pesar que el dictador Lira había sido bastante indulgente, considerando su trato habitual hacia los estudiantes de la Escuela de Bellas Artes, Andrés sentía la desazón habitual que se despertaba en él al atardecer (”nunca lo lograré, nunca lo lograré”, resonaba la frase como un martillo en su cabeza).
Enfiló sus pasos hacia la salida de la Quinta Normal. Pensó por un momento en su desgracia de trazos, se arregló el bigote y el sombrero, se limpió los zapatos con un pañuelo pintarrajeado con óleos secos y se dirigió a la “Mansión”, como él gustaba llamar a la morada de Pedro Prado.
Seguro, Pedro tendría algo para calmar la sed terrible que ya comenzaba a instalarse en su garganta, en su alma.
- Soy un pésimo pintor, Pedro.
- Ya. No seas niñita, por favor. Tomémonos un trago. Tengo invitados ilustres más tarde, necesito mantener el ánimo arriba.
- ¿Quiénes vienen? Sabes que detesto a esos malditos poetas.
- Seguro les encantaría eso de “malditos”.
- Mira Petro, yo no tengo nada en contra de Tolstoi o Gorki, amo a los rusos ¡Los amo! – aseguró Andrés, con fervor.
- Es una buena inspiración y además son jóvenes aún…Dime ¿Qué tiene de malo que quieran hacer un grupo Tolstoiano? Ya hay algo similar en Santiago y con buenos resultados: dictan talleres, educan obreros, es un trabajo serio…
- No tengo nada contra sus principios o sus formas políticas, hasta las comparto. Es sólo que hacen ver todo tan relamido, sus formas son tan cursis… me refiero al tal Thomson.
- Fin de esta conversación – musitó Pedro con complicidad – El tiempo de los hombres dirá la última palabra y la historia quizás pruebe que Thomson es el brillante escritor que yo creo que es.
- Claro, y a mí nadie me recordará.
- ¡Qué ánimo el tuyo hoy! Arriba compañero, tómese otra copa, refunfuñar no lo hará ni mejor ni peor pintor.
Andrés obedeció y despachó una, tres, seis copas de buen vino tinto y dos de coñac. A pesar de que compartía un par de convicciones estéticas con Julio Ortiz, otro pintor de la Academia, se sintió hastiado de la tertulia inconducente. Empinó su tercer coñac y se deslizó hacia el patio para conversar telepáticamente con su extraño amigo el Ombú, un esplendido árbol centenario. Tocó la corteza con dedos largos y delgados y observó su mano. Sintió que si pudiera entrar en el fondo del árbol algo oscuro y pegajoso lo absorbería y le contaría secretos de su destino o del mundo.
No le diría nada del pasado, porque ese árbol ya lo había visto todo y como el tiempo es cíclico y todo vuelve a repetirse – las ambiciones de poder de los hombres, sus luchas y amores – él, con otra vida, con otro nombre, en otro Santiago, volvería a tocar y abrazar al Ombú. ¡Nadie se atrevería a arrancar jamás un árbol de esas dimensiones!
Pensó en Amanda. En como deslizaría sus dedos por la piel tan dulce de esa mujer, esta noche o cualquier noche fría parecida a esta.
Pensó en Pedro y en su torre roja, su faro, donde el séquito de poetas y literatos cumpliría su respectiva fantasia de morir (no por peste, ni aborto, ni accidente a caballo, las principales causas de fallecimiento en aquellos días), sino por voluntad propia.
Sin pensar más se alejó del Ombú. Amanda… ¿tendría clientes esta noche? ¿Tendría que esperarla?
Un miedo ridículo ya que Andrés, a lo largo de tres años, jamás había tenido que esperar por ella.
2. Círculos concéntricos
Oleo por Andrés Madariaga
La primera vez que Andrés vio a Amanda nuevamente después de años, estaba con Exequiel Plaza y el Loro Gilbert en una chingana. Una de las pocas que sobrevivía digna aunque semi clandestina, tras el cierre masivo de esas cantinas al aire libre.
Las semanas anteriores habían sido para el pintor un catálogo de frustración y aburrimiento. Encerrado en el ático que le servía de habitación y taller, Andrés pintaba, repintaba y pintaba encima, asesinando luego sus creaciones a cuchillazos.
El dinero se le escurría de los bolsillos y la situación de su hermana Elvira lo mantenía alerta. Elvira, que había sido criada para ser una perfecta dama de sociedad, aceptaba en silencio los insultos de su cuñada, una alemana que se negaba a hablar una gota de español.
La escena se repetía idéntica cada tres o cuatro días. Elvira, deshaciéndose por darle el gusto a la alemana loca, cocinaba un pastel, probando distintas preparaciones, ya que nadie sabía con certeza qué podría gustarle a Carlotte. Luego de pasar un rato considerable en la cocina, Elvira aparecía en el estar con una bandeja perfectamente servida con té, pastel, flores y, con su sonrisa más encantadora, hacía un gesto para que la alemana aceptara la “ofrenda”. Pero Carlotte respondía derramando el té en el vestido de su cuñada y tirándole el trozo de pastel por la cabeza, apuntando cuidadosamente a la cara, en medio de gritos histéricos, insultos en alemán, algunas palabrotas en español y el llanto ahogado de Elvira.
Andrés podía escucharlas desde el ático y bajaba corriendo al estar para interponerse entre las mujeres – recibiendo muchas veces la comida en su cara – e interpelar a Carlotte:
- Verrückte alte Frau, unverheiratete Frau! – o algo similar que resultaba como mostrar un crucifijo a un vampiro ya que la alemana se horrorizaba al ser llamada vieja y solterona en su lengua materna.
Andrés sabía que el Alemán, el esposo de su hermana, frecuentaba tugurios de baja reputación, trabajaba poco y que planeaba volver al sur. Sabía además, que había estado casado antes de venir a Chile, en el Perú y que por eso cambió su nombre germano por el mucho más simple Roberto. En las últimas semanas, Elvira había perdido la sonrisa y se veía cansada. Estaba embarazada por segunda vez y, criando a Roberto, su primogénito.
De tal manera, las pocas diversiones que tenía Andrés, consistían en:
1. Mirar fijamente a su sobrino, hasta que el pequeño soltaba una carcajada.
2. Calmar los brotes de histeria de Lotte en su mal pronunciado y peor conjugado idioma alemán.
3. Conversar con Juana, la extraña pero adorable cocinera que funcionaba como un barómetro. La viejecilla jamás fallaba: cuando Juanita decía que iba a llover, llovía. Cuando decía que haría mucho frío, ineludiblemente, los santiaguinos se congelaban. – Mira Andresito – decía – La luna tiene los cachos para arriba, eso quiere decir que va a llover en tres días más -.
Otras veces, se entrelazan en disputas del tipo:
- Estai muy flaco, Andresito – Le decía.
- Soy un adonis, mija. Usted no me ha visto en paños menores.
- Tú lo que necesitai es una mujer. Ya te estai poniendo verde. Hace un mes que estai ahí arriba encerrado, solo.
Así avanzaba el tiempo de Andrés, un día por vez, hasta que sus amigos pintores comenzaron a extrañarlo. Decidieron que lo que le faltaba a Andrés era algo de fiesta y bailoteo, parranda y señoritas. Llegaron a buscarlo y lo encontraron espantosamente ojeroso.
- Andrés, por qué no aplicas para la Escuela de Bellas Artes, acaba de abrir sus puertas y los profesores son muy buenos – le dijo el Loro Gilbert
- Podrías trabajar como retratista, hace mucho que no pintas por encargo – agregó Exequiel Plaza.
Andrés rió de buena gana con la idea (por deprimido que estuviera, Andrés siempre reía con carcajadas explosivas y sinceras) y puso fin a la conversación:
-Vamos, salgamos…¿qué panorama me tienen?
Y así, nuestro pintor se encontraba soportando la aguda voz de una cantora regordeta a la que el Loro Gilbert lanzaba besos, cuando la vio. Amanda estaba en medio de dos hombres de talla similar, vestidos con ropa casi idéntica. Uno de ellos tomaba insistentemente su mano que ella retiraba con una sonrisa. Andrés la miraba, fijándose en su cuerpo delgado y la palidez en su cara aristocrática, se veía muy cansada. No era especialmente bonita, pero había algo en ella… algo familiar. Cuando finalmente lo miró, Amanda abrió los ojos grandes y se sonrojó, apartando la mirada hacia la salida
Andrés vio una imagen: una gota de agua que caía en un lago oscuro formando circulos concéntricos.
Tironeó la pollera de Guadalupe, la dueña y señora de la chingana para captar su atención ya que la mujer no dejaba de moverse con un jarro de “clery” en la mano llenando los vasos antes de que los comensales levantaran la mano para llamarla. Tenía, además, un poder sobrenatural para detectar y apagar trifulcas antes de que empezaran.
-¿Qué quiere, mijo? – respondió la cincuentona, sin mirarlo
- ¿Quién es esa chica de allá?
Lupe lo miró a él y luego hacia donde apuntaba su dedo. Volvió a mirarlo con preocupación.
- Es una fulana, don Andrés.
- …
- ¡Una bataclana! Mire, yo usualmente correteo a este tipo de mujeres, usté sabe que en cualquier momento nos cierran, ando con el alma en un hilo. Pero esta chiquilla se hizo amiga de la Rosarito – dijo mirando a la cantora que no paraba de lanzar sus insoportables tonos de soprano.
- Rosario…
- ¡La Rosario pué! ¡Mi sobrina! Dice que esta muchacha le va a enseñar a leer y escribir. Yo no sé que vocación de puta pueda tener esta mocosita. Con suerte tiene 18 años, si parece un pajarito, ni habla.
Vació el contenido de su vaso y se acercó a la misteriosa mujer que, nerviosa, lo miraba acercarse. Notó que era mucho más bonita de cerca y lanzó su frase típica de conquista:
- ¿Nos conocemos?
Amanda tragó saliva y respondió mirándolo con los ojos muy abiertos:
- Sí, Andrés.
La canción finalizaba y el pintor sintió un enorme vértigo producto de la larga y aguda última nota, del litro de vino en su estómago, o quizás por otro motivo más secreto. Miró al Loro que abrazaba a Rosario, plantándole un enorme beso en la boca.
- ¡A ver! ¡Qué pasa aquí! – dijo doña Lupe, en tono policial
- Es que canta tan lindo su sobrina – respondió el Loro, mientras Rosario reía, chillona.
3. Cursilerías
pintura: Pedro Lira “La Carta de Amor”, óleo sobre tela 116 x 58 cm
Andrés notó que Amanda tenía más edad de la que aparentaba, que sus ojos eran muy oscuros y contrastaban con la palidez de su piel. Parecía inteligente.
- ¿Nos conocemos de…? – preguntó Andrés, manejando a la perfección el vaivén de nerviosismo.
- De San Fernando, Andrés ¿te acuerdas?
Era evidente que el pintor no tenía buena memoria, pero logró encontrar el rostro de Amanda en un sector incierto y borroso de su temprana adolescencia: paseos a caballo, Amanda de unos 9 años riendo con el pelo muy largo y suelto y el vestido completamente sucio porque jugaban a tirarse pasteles de barro. Eran buenos amigos.
-¡Eres tú, Amanda! – dijo y soltó un par de sus clásicas risotadas, mientras la abrazaba muy apretado.
- Andrés, me cortas la respiración, tengo suficiente con el corsé – le dijo Amanda al oído y al pintor ese sonido le provocó una vibración en la espalda que la hizo soltarla de inmediato.
- ¿Cómo es que llegaste aquí? ¿Tu familia…?
- Una tragedia griega, Andrés. Eso fue lo que me pasó.
-Tenemos tiempo para conversar – dijo el pintor y le puso una mano en la cintura para guiarla hacia una mesa desocupada. Dio unos pasos tras Amanda y se volvió para mirar a los hombres que estaban junto a la chica.
- Caballeros – dijo e hizo una exagerada reverencia a la que los hombres respondieron riendo y alzando las copas.
Se sentaron en una mesa y con una jarra de vino con frutillas en medio, Amanda comenzó su terrible monólogo. Una historia que no le había contado a nadie.
- Algo pasó, Andrés. La casa del fundo de San Fernando fue saqueada. Era públicamente sabido que mi padre apoyaba a Balmaceda y a San Fernando llegaron noticias confusas y tardías del suicido del presidente. Los días anteriores a esas noticias, los pasamos encerrados en la casa, sintiendo disparos, ruidos extraños. Cuando mi madre se dió cuenta de que la puerta principal tenía una marca rara, nos llevó a mí y a mis hermanas menores a la casa de mi tía (¿Recuedas a esa tía que andaba de luto eterno, enfundada en un vestido negro?) Se despidió y nunca más la volví a ver. Mis padres murieron y mi tía adoptó a las mellizas, que eran aún muy chicas. Nunca las volví a ver. A mí me mandó a un hogar de las monjas. De esos años no me acuerdo mucho, excepto de que tenía que rezar el rosario todo el tiempo y volver a empezar desde el principio si me quedaba dormida o me perdía. Lo único bueno era una biblioteca enorme donde me escondía a leer.
Amanda interrumpió un momento el relato para zampar una caña de vino al seco. Andrés sólo podía mirarla en silencio, impresionado.
- Ahora viene lo peor. Me hubiera quedado literalmente vistiendo y desvistiendo santos si no me hubieran adoptado. Un día, la madre superiora me llamó a su oficina, me explicó brevemente que un matrimonio (”una pareja muy acomodada”, los llamó) necesitaba adoptar a una niña, no demasiado pequeña. Él era un hombre bajo y gordo llamado Juan,que me pareció insoportable y ella una mujer muy joven, con cara de gringa. A los dos o tres días, estaba instalada con las pocas cosas que tenía en un cuarto inmenso con balcón hacia la Avenida República, con unos cincuenta vestidos en el ropero. Lo primero que hice al bajar fue preguntarle a Ester, mi madre adoptiva, si había una biblioteca.
- Tu padrastro, Juan, dice que la lectura es un vicio de flojos y que las mujeres deberían preocuparse de ir a la iglesia y del bordado antes de llenarse la cabeza con estupideces inventadas – respondió Ester y nunca más se volvió a hablar del tema.
Cuando tenía 16 años mi nuevo padre empezó a pasar bastante tiempo en la mansión, usualmente se emborrachaba hasta el desmayo, le gritaba a Ester (que era una mujer muy dulce y amable, como lo comprobaría después) y supongo que la golpeaba. Era un sádico. Comenzo a acorralarme cuando nadie estaba cerca. Lamentablemente ese fue el primer hombre que “conocí”, si entiendes a lo que me refiero. Al principio era horrible. Después ya no sentía nada, encontré una forma para salirme de mi cuerpo: miraba un punto en el techo y luego me veía, nos veía desde fuera y me iba volando por la ventana hacia el jardín. Debe sonar cursi.
Andrés seguía tomando vino con los ojos muy abiertos hasta que encontró por fin la voz:
-No suena cursi, creeme. – La mujer suspiró y continuó con el relato.
-Pasaron unos meses hasta que Ester, supongo que atraída por los ruidos que hacía el cerdo en mi cuarto, abrió la puerta una noche y nos vio. La vi palidecer. No dijo nada y cerró la puerta. A los pocos días, llegué de la iglesia y estaba sentada en mi cama, llorando.
- Mi papá me obligó a casarme con este monstruo de mierda – dijo y golpeó la cama con el puño cerrado. Sin saber que decir me senté al lado de ella, no sabía si abrazarla o no.
- Tú eres joven y muy linda Amanda, no creo que sientas algo por Juan… – Yo negué energicamente varias veces con la cabeza. Ester lloró algo más
- Yo ya estoy atrapada, pero tú tienes oportunidad, tienes que salir de aquí. – dijo y sacó de su escote una bolsita de tela.
- Es poco pero es todo lo que tengo. No sé si te habrás dado cuenta, pero Juan es el de la plata. Por algo me obligaron a casarme con él. – Nos abrazamos, sabíamos que no nos volveríamos a ver.
- ¿Y qué paso después? Dijo el pintor luego de varios minutos de silencio.
- Era poca la plata que me paso Ester. No te imaginas lo que fue estar en Santiago durante el invierno, sola en las calles, en tiempos de la peste. Veía personas igual de pobres que yo, que le mendigaban a los curas como yo, comiendo de la basura para luego enfermar, morir. Tanto le temí a la peste que no comí por semanas, hasta que un día me desmayé y desperté en la casa de la cantora que ves ahí.
Amanda apuntó a la chica que reía desvencijadamente junto al también pintor y mejor amigo de Andrés, Ricardo “Loro” Gilbert, apodado así por su incapacidad de callar y por decir siempre lo más desatinado.
- La Rosario es bien linda aunque un poco rara – dijo Amanda sonriendo y continuó
- Me escondió varios días en su cuarto sin que su tía se enterara, hasta que se dió cuenta de que lo que yo tenía no era peste, sino hambre. Me alimentó hasta que me recuperé pero como no podía esconderme para siempre, no halló nada mejor que prestarme uno de sus vestidos, arreglarme el pelo y llevarme donde Flavia Romanini, quizás la conoces por Lady Romanini, la regenta de una casa de remolienda secreta y muy lujosa. Esta señora me miró por todos lados, me encontró flaca y pálida pero me aceptó igual. Y así llegué a tener el oficio más antiguo del mundo. Nunca le conté toda la tragedia, pero es bien intuitiva la señora. Siempre me pasa a los clientes más borrachos pero despechados, los más inofensivos. Yo escucho atentamente sus historias de amor y les escribo cartas.
- ¿Cartas?
- Hago cartas a pedido para los enamorados. Hombres (y a veces también mujeres) me cuentan sus tragedias amorosas y yo me ofrezco a arreglarles el entuerto a cambio de un precio mínimo. Los escucho y escribo cartas perfectas. He reconciliado a un gran número de enamorados.
Andrés rió sinceramente y dijo:
- Eso si que es cursi.
- No creas, Andrés. Los hombres más complejos son los más torpes al momento de expresar sentimientos. Nunca saben lo que quieren y al final les sale todo al revés. Yo los ayudo a sumar dos más dos y ese es mi verdadero oficio: escribo cartas de amor para otros.
En ese momento, irrumpió en la chingana Augusto Thomson y sus amigotes. Se acercaron a la mesa de Andrés y Amanda.
- Si no es Andrés Madariaga – dijo Augusto sin mirar a la chica.
- Augusto Thomson, siempre un gusto – respondió Andrés, irónico.
- Augusto D’Halmar – corrigió. – He sido rebautizado por la poesía.
- Ah – dijo Andrés y se volvió para seguir la conversación con Amanda.
- Nos vamos al sur, Madariaga, formaremos una colonia bajo los principios del maestro Tolstoi.
“Excelente”, pensó Andrés. “Me haría muy bien una temporada de vacaciones en el sur”.
4. De lo que se conoce como amor
oleo por encargo de un aristócrata pintado por Andrés Madariaga
Despertó al amanecer. La luz azul-grisácea se colaba por las cortinas de la habitación dando un aspecto fantasmal a la mujer que dormía profundamente a su lado. La piel de Amanda parecía transparente y en el muslo derecho estaba estampada la marca verdosa de uno de los pulgares del pintor. Andrés nunca había conocido a una mujer de piel más blanca que aquella.
Sintió un dolor punzante en medio de la frente que lo hizo recordar la monumental borrachera de la noche anterior. Recordó también la mezcla de ternura e indignación que le producía Amanda y decidió levantarse y partir. Pero era muy temprano, el tranvía no funcionaba a esas horas y no tenía ganas de caminar.
Siempre trataba de enfrentar y analizar el primer problema que se le presentaba durante la mañana. Su confusión de hoy era esa: ¿Qué sentía por Amanda? No eran celos por la coquetería esencial de su amiga de infancia, tampoco la amaba – lamentablemente, conocía muy bien el significado de ese amor terrible que es como jugar a los dados con un verdugo – pero le preocupaba que el desapego no fuera mutuo… ¿Y si ella insistía en enviarle cartas de amor ridículas? ¿Y si él insistía en alejarse y volver, en tratar de ser honesto con Amanda y consecuente con su propia premisa de libertad? Pero el placer de tocar los muslos de Amanda – no de otra o de cualquiera, sino de ella – de besar sus labios y toda su piel lisa como una tela en blanco era irresistible, sentía como si pudiera dibujar otra vida distinta más plácida, en ella.
Se paseó por el recuerdo de Ernestina, de cómo hubiera podido vivir y morir junto a esa mujer, si no hubiera existido un pequeño problema: era casada. Y no simplemente casada, sino que unida por todos los sacramentos a uno de los hombres más poderosos de Chile.
El pintor tenía 19 años cuando su hermana Elvira le presentó a Ernestina y a su marido. Andrés no creía en idioteces como el “amor a primera vista”, pero ahora, recordando a Ernestina despues de tantos años, con Amanda durmiendo a su lado, pensó que algo de realidad había en ese lugar común de los románticos.
La historia pasó más o menos así: Andrés fue contratado para retratar al esposo de Ernestina. El caballero – por sus negocios en el salitre – viajaba constantemente al norte del país y el pintor comenzó a recibir, en esas ausencias, invitaciones para tomar el té y conversar. A solas.
Sin saber cómo ni cuándo, se encontró enredado en las sábanas de Ernestina, pidiéndole que escaparan juntos a cualquier lugar. La mujer lo adelantaba bastante en edad, pero no tenía hijos y eso a Andrés le parecía lo mismo que si fuese soltera. Desde luego, Ernestina no accedió a la propuesta de escapatoria, pero siguieron viéndose, revolcándose con la misma premura y miedo del primer minuto. Y como todo tiene final, llegó el día en que el esposo no le comunicó a Ernestina que su viaje duraría menos de lo esperado y ¡plaf! se abrió la puerta del dormitorio. Andrés tuvo algo de tiempo para ponerse los pantalones, mientras el marido, despechado, corría a buscar su rifle de caza en la planta baja. Se salvó de una muerte segura, pero no del infierno de la sociedad capitalina, que condenó ferozmente su actitud tan poco cristiana.
Sus padres quisieron enviarlo en el primer barco a Europa, pero Andrés se negó rotundamente. “Bueno para nada”, “vago”, “pecador de mierda” fueron algunos de los improperios más amables que le lanzó Agustín Madariaga, su padre, quien además le exigió que pescara sus “cuatro pilchas” y dejara inmediatamente el hogar paterno.
- Desde ahora eres un guacho, cabro de mierda. No esperes ni un peso de mi herencia. – Fueron las dulces palabras de despedida de don Agustín.
El pintor le envió una nota apurada a su hermana Elvira: “La desgracia que cae sobre Ernestina y sobre mí es producto del buen nombre y del excesivo dinero de su marido. Nustro padre no entiende que la vida da vueltas y que desterrar a su propio hijo en nombre del dinero y los comentarios ajenos es un error”, decía en parte la carta. Elvira lo recibió en la casa nueva donde vivía con su flamante esposo alemán. En esa dirección recibió el óleo que había hecho del esposo de Ernestina junto a una nota: “Nunca te olvidaré, Andrés”.
- Y yo me cuidaré de no recordarte, Ernestina – Pensó el pintor .
Rompió la nota y se dirigió consecuentemente a todas las cantinas, casas de remolienda, tugurios, salones de apuestas, casas de citas y chinganas que pudo encontrar. Además de trabar amistad con otros pintores jóvenes, Andrés conoció en profundidad a rubias, pelirrojas, morenas, gordas, bajas, flacas, feas y bonitas. Hasta que una madrugada se encontró directamente con la cara de Elvira cuando abrió la puerta principal de la casa de calle Yungay. Nunca había visto a su hermana tan seria.
- ¿Qué estás haciendo, Andrés?
- Me dispongo a dormir – dijo el pintor con el tono más formal que pudo impostar.
- No me refiero a eso… ¡¿Qué estás haciendo con tu vida?! – gritó Elvira – ¿No ves el daño que te haces? ¿Cómo puedes ser tan tonto? Lo de Ernestina ya pasó, ¡Ya basta! ¡Deja de emborracharte, córtate esa barba, toma un baño y empieza a pintar, que para eso si eres bueno!
Andrés siguió al pié de la letra las recomendaciones de su hermana mayor, aunque volver a pintar se le hizo difícil. Se encerró en su cabeza y en su ático por casi un año.
El ruido de gente y coches en la calle le hizo volver al presente, volver a Amanda. Ya había avanzado la mañana y se levantó silenciosamente. Rozó el hombro de la chica con su bigote.
- Quizás nos volvamos a ver – murmuró.
Una vez afuera, compró el Mercurio porque ese día publicaban “El Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento – lo estaba siguiendo desde el primer capítulo – y se sorprendió de ver una nota en las primeras páginas que decía:
“Un grupo de muchachos artistas proyecta salir para el sur con el fin de fundar una colonia inspirada en las teorías de Tolstoy. Es de presumir que los colonos intentarán vivir desnudos, nutriéndose en las selvas de raíces, animalitos y peces crudos. Es de lamentar que Eva haya sido excluida de esta comunidad: seguramente los colonos habrían tenido la ocasión de formar, con ella, moralizadores cuadros plásticos”. Andrés rió de buena gana. Por lo que tenía entendido, el Mercurio estaba con las noticias atrasadas: los colonos ya se encontraban instalados en San Bernardo (no habían podido establecerse en el sur) nutriéndose quizás de qué. Aunque sin invitación, el pintor decidió trasladarse al lugar para despeinar un poco a los místicos. Según Pedro Prado, los colonos leían a Tolstoy cada amanecer, en una especie de rito para comunicarse con la naturaleza.
- Puras leseras – pensó Andrés y también pensó que sería una excelente oportunidad para olvidar un tiempo a Amanda.
5. La Colonia Tolstoiana
pintura: “El Rancho” oleo sobre tela por Andrés Mesa
“Nadie es célebre en su tiempo. Falta la perspectiva. Faltan cien años de filtro.”
Joaquín Edwards Bello
Pese a que la labor de amasar el pan fue encomendada al escultor Canut de Bon, un extraño fenómeno hacía que la masa saliera petrificada del horno de barro que el mismo escultor había construído.
-A mí me parece que esto es una obra de arte- dijo Andrés mientras lanzaba el pan hecho piedra al cielo y lo volvía a agarrar con una mano. Amenazó con lanzarle el pan al Loro Gilbert que desempacaba las múltiples provisiones: varios litros de vino y coñac, viandas y un sinúmero de tortillas de rescoldo, además de frutas y verduras.
-Para Andrés, que esa cosa me puede romper la cabeza.
- Doy gracias a Tolstoy por tu espíritu previsor.
-Sí, con todo lo que alegaste durante el camino, ahora das las gracias, mal agradecido.
-Eres una madre benefactora, Ricardo. Mis disculpas.
- Ya, cállate, en serio.
- Te falta tu litro diario de coñac, que mal humor…¿Qué diría el maestro Tolstoy?
Se encontraban solos en medio de una de las dos habitaciones del rancho en San Bernando, propiedad de Manuel Magallanes Moure. En el patio había un pozo y una gran tina de madera, además de un huerto fallido: las pocas hortalizas figuraban mustias, amarillentas. Ricardo destapó una botella de coñac y le dio un par de generosos sorbos mientras se acercaba a Andrés que miraba hacia el patio desde el umbral.
-Ya. Me siento mucho mejor. Parece que Ortiz de Zárate es mejor pintor que agricultor.
-Sin duda, Loro. ¿Dónde están los demás comensales?
-Rezándole a Tolstoy o algo por el estilo.
En ese momento irrumpió en la puerta principal Augusto D’Halmar, exclamando:
- ¡Si no es el al pintor de brocha gorda junto rompehogares !
- Gilbert y Madariaga reportándose, necesitamos vacaciones- dijo Andrés
- ¿Vacaciones?- preguntó Augusto en tono exagerado, fingiendo estar ofendido.
- No nos vas a venir con el cuentito de la vida mística y de cultivar la tierra, D’Halmar. Tu huerto es cosa del pasado.
- Así que me llamas por el apellido de mi abuelo. Bienvenidos sean, entonces. Y bienvenida sea la comida…a decir verdad estamos bastante escuálidos.
Los demás artistas reforzaron las palabras de Augusto porque al momento en que él las pronunciaba, engullian grandes trozos de tortilla de rescoldo, frenéticos. El Loro Gilbert protegió con su chaqueta la botella de coñac para quitarla de la vista de los hambrientos. Andrés rió disimuladamente.
Al atardecer, cuando ya todos se encontraban satisfechos y medio borrachos, comenzó el ritual tácito de lanzar citas de memoria, nombrar al autor y tirar otra:
- “Estoy siempre conmigo, y es este Yo quien me atormenta” – empezó D’Halmar.
- Tolstoy, desde luego -Dijo Fernando Santiván y siguió- “Esta vida es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama”.
- Baudelaire. “A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”- dijo el pintor Pablo Burchard
- Jaja, Edgar Allan Poe- gritó el Loro Gilbert saliendo de su borracho estupor para luego volver a cerrar los ojos.
- Ya pues, Loro, otra frase – dijo Santiván en voz baja, como si temiera despertar a algún fantasma.
- Sí, espera, estoy pensando…”A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un sólo instante”.
- “Para triunfar en la lucha por la vida, el hombre ha de tener o una gran inteligencia o un corazón de piedra”, como los panes de nuestro querido escultor aquí presente – habló Andrés.
- Pero no dijiste el nombre de mi autor, Andrés- protestó el Loro Gilbert apuntándolo con la botella de coñac al tiempo en que se desarmaban las patas traseras de la silla de mimbre en la que estaba sentado. Cayó de espaldas y el ruido quebró la quietud del atardecer. Empuñó la botella en alto para que no se quebrara y se mantuvo así, sentado el suelo entre risas y quejas de dolor.
Rieron y entre todos levantaron al Loro que parecía peso muerto. Dieron por finalizada la sesión de frases y refranes porque se dieron cuenta de que estaban a punto de no distinguir sus propias manos. Encendieron varias velas y siguieron conversando y bebiendo hasta el amanecer.
Andrés se apartó un poco del grupo para ver el amanecer estival. Le rondaba una extraña sensación de trascendencia, muy inusual en él. Augusto se sentó a su lado, visiblemente borracho.
- ¿Cómo está la bataclana tuya esa? ¿Cómo se llama?- le dijo
- ¿Por qué te interesa tanto mi vida sentimental D’Halmar? ¿Te gusto acaso?
- Sí, un poco. Aunque no me agradan los hombres irresolutos.
- Vete al infierno.
- Si supieras medir, Madariaga, si supieras calcular, no estarías siempre con esa nube negra sobre tu cabeza. Te preguntas si acaso es tu culpa que la elite te desprecie o si la culpa es de tu padre por despreciarte ¿verdad? No es la alta sociedad la que te mira en menos…¡Eres tú el que la detesta! Tienes que saber que desde San Bernardo a Curacautín somos todos huérfanos. Yo seré grande, Andrés y ¿Sabes por qué?
- ¿Porque escribes bonito?
- No. Seré grande porque creo que lo seré. Dentro del espacio que me separa de mi reflejo en el agua no hay dudas. Soy uno sólo.
Andrés abrió y cerró varias veces la boca, tratando de protestar o de decir cualquier cosa. No le gustaba quedarse sin palabras y ahora se sentía vacio de sentido, como al principio de un mundo muy antiguo. Sintió los sonoros ronquidos de D’Halmar que ya dormía plácidamente en el banquillo del pórtico enfrentando el tibio sol que recién salía. Andrés pensó que en un par de horas más, D’Halmar moriría de calor ahí sentado y decidió no despertarlo. También pensó que el arrogante escritor tenía razón: “Serás grande, D’Halmar” – dijo. “Yo probablemente no lo lograré antes de morir. Pertenezco a otra especie”.
6. Los Premios
oleo: Plazoleta de Santiago por Ricardo Gilbert
Andrés cerró la puerta trás de él y sintió la casa extrañamente silenciosa. Caminó por el pasillo sombrío, subió las escaleras y tocó con golpes suaves la puerta de la habitación de su hermana. Nadie contestó. “¿Elvira?” preguntó Andrés, quien le abrió era alguien muy parecido a Elvira, pero con la actitud profundamente modificada. Vestía camisón y bata, el cabello castaño y largo hasta la cintura flotaba suelto y enmarañado, los ojos hinchados, enrojecidos. Bajo el camisón había una barriga prominente y saludable, que contrastaba con las ojeras que enmarcaban los ojos.
Sin hablar, Elvira revolvió algunos papeles en su tocador hasta que encontró una hoja escrita, arrugada, y la sostuvo en alto. Andrés dejó en el suelo la maleta y leyó la carta: en castellano mal parido, el esposo de Elvira se despedía sin muchas razones. Unos negocios de los que debía huir, la histeria de Lotte por dejar la ciudad, el inexplicable odio de la alemana hacia su cuñada. Más que una carta de despedida, era una breve nota de escape.
El pintor abrazó a su hermana que lloraba en silencio. “Estaremos bien”, dijo con el tono más convincente que pudo encontrar.
Desde ese momento, el tiempo pareció suspenderse para Andrés; las cosas, las personas y lugares mostraban marcas del paso de los días, pero él permanecía inmóvil, congelada su imagen como en una fotografía. Se sentía muerto.
Volvió por accidente a la Academia de Bellas Artes: tenía serios problemas para pintar el cuerpo humano, sus desnudos siempre habían sido desastrosos. Pedro Gil, su primo, le presentó a un estudiante de la Escuela de Medicina junto a un macabro plan: estudiaría anatomía in situ, colándose durante las noches en la morgue de la Escuela. A pesar de lo tétrico de la idea, Andrés se sentía extrañamente a gusto entre los muertos, los dibujó a lo largo de todo un mes, todas las noches, iluminándolos con velas, muerto de frío. Aprendió concienzudamente las proporciones, midiendo y haciendo escalas, hasta que fue descubierto.
Una noche, alarmado por la luz que se filtraba por debajo de la puerta, el Decano de la Escuela de Medicina se armó de valor y de un pesado fierro e irrumpió en el salón: “¡¿Quién está ahí?!”, gritó.
El pintor pensó que finalmente su carrera artística había terminado. Pedro Lira lo citó en la Academia tres días después y le pidió que llevara sus últimos dibujos y pinturas a la reunión. A Andrés, aquello le pareció muy curioso, por no decir inquietante.
- ¿Planea trabajar en funerarias, Señor Madariaga? – dijo Pedro Lira, sin levantar la vista de los papeles, en su despacho.
- No, señor.
- ¿Qué hacía entonces con los difuntos en la Escuela de Medicina?
Andrés palideció. Lira lo miró y rompió en carcajadas.
- Me parece una idea grandiosa, Madariaga -dijo mientras observaba los dibujos de Andrés- Fenomenal. El Decano de Medicina es mi amigo y accedió a que nos instaláramos una vez por semana a estudiar anatomía en esa Escuela. Usted se reintegra a la Academia a partir de mañana y tendrá un espacio para colgar sus óleos en los Salones de Pintura.
Se sucederieron los premios. Varias menciones honrosas, primeros y segundos lugares. Llovían los encargos de retratos. En ese tiempo nació su sobrina Ana y trató infrucuosamente de hablar con Amanda, quien se negaba a verlo y le devolvía los mensajes que él le enviaba a diario, sin respuesta. El tiempo seguía suspendido.
Se encontró en una Fiesta de la Primavera – un carnaval improvisado, organizado por los universitarios – con Rosario y el Loro Gilbert, abrazados y felices. Tomó a Rosario del brazo y se la llevó a un lugar un poco más silencioso para interrogarla sobre Amanda.
- Creemos que está embarazada, Andrés. Pero no dice nada, se pone fajas, actúa como si nada sucediera. Estoy preocupada. La semana pasada la ayudé a ponerse el corsé, que apenas le cabe, y vi una herida horrible en su espalda. Cuando le pregunté qué era eso, me empujó y me ordenó a gritos que jamás volviera a tocarla.
El pintor corrió las varias cuadras y escalones que lo separaban de Amanda y, pese a los gritos y amenazas de Flavia Romanini, la regenta, entró en la habitación de la mujer sin anunciarse. Amanda escribía tranquilamente cerca de la ventana. Andrés cerró la puerta trás él, como si lo persiguieran.
Se quedaron en silencio por varios minutos, observándose. Amanda tenía el cabello completamente blanco. Se acercó a ella, tomó uno de los mechones plateados entre sus dedos y la besó suavemente. La chica se resistió al contacto y lo apartó de ella amablemente.
- No podemos hacer esto, Andrés, las cosas han cambiado.
- Tienes razon… ¿Casémonos? Podríamos casarnos, he ganado premios, tengo suficiente dinero ahora y podría adoptar a…
- Estás loco, sal de aquí.
- Pero, Amanda…
- ¡Sal de aquí! – gritó varias veces la chica, empujando a Andrés hacia la puerta. El pintor puso una última resistencia en el umbral.
- Volveré a buscarte – y le robó un beso largo y violento. Luego, recibió un portazo en la cara.
Casi un mes después, Andrés recibió visitas inesperadas muy tarde en la noche. Era el Loro Gilbert y Rosario que lloraba como una magdalena.
- ¿Qué pasa?
- Es Amanda – dijo Rosario entre un ataque de hipo – se hizo un aborto ¡se está muriendo y no deja que nadie se le acerque!
- Ricardo, ubica a mi primo ahora, que busque su amigo médico y me encuentre en la dirección de Amanda. Conoces al vecino de enfrente, él te prestará un carruaje ¡Rápido! Tú, Rosario, vienes conmigo.
Llegaron a la casa de remolienda. Las chicas, sin clientes, lloraban abrazadas. Flavia apuntó en dirección a lo alto de las escaleras, de donde venían unos gritos ahogados, contenidos, de dolor. Andrés saltó de dos en dos los escalones y vio a Amanda acostada en su cama, delirando de fiebre, cubierta por sábanas ensangrentadas.
El pintor sintió como se aceleraba el tiempo y observó los relojes cayendo desde el techo.
7. Yo pago todo
“La Mujer de los Alfileres” de Pedro Lira
Los meses anteriores y su ritmo aletargado se desvanecieron. Mientras los relojes caían y se quebraban sobre el cuerpo moribundo de Amanda. Andrés creyó, que toda su vida culminaba en ese punto: observó cómo los acontecimientos habían sido dispuestos de tal manera que el conocimiento de su propia alma finalizaba ahí. Sin espacio para el espanto, el pintor supo exactamente lo que debía hacer.
Los adoloridos gritos de Amanda lo devolvieron a la habitación pobremente iluminada y se dio vuelta para mirar a su primo y al médico que observaban la situación, horrorizados.
- Hay que actuar pronto – dijo Andrés en perfecta calma y sus palabras movilizaron al joven médico que, temblando, inyectó una dosis de morfina.
- Es todo lo que puedo hacer, Andres – dijo el médico con voz grave, tras una breve inspección del cuerpo de Amanda – por lo que veo, esta mujer tiene sífilis y no sé como detener la hemorragia.
- Pedro – llamó Andrés a su primo – anda en carruaje a mi casa y despierta a Juanita, nuestra cocinera, explícale la situación y vengan aquí lo más pronto posible.
El pintor se concentró en la expresión de Amanda y acercó su frente a la boca de la muchacha, comprobando con alivio que aunque débilmente, aún respiraba.
Hurgó en el escritorio de Amanda y encontró una hoja de papel. Se puso a dibujarla con tinta y pluma, era lo único que podría mantenerlo cuerdo y esperó.
- ¡Andresito! – chilló al fin la cocinera, que traía una olla tapada y caliente conteniendo un menjunje – ayúdeme pues mijo, no se quede ahí, tiene que hacer que esta chiquilla tome unas tres copas de esta agüita de ortiga.
Amanda se encontraba en un universo paralelo mucho mejor, a momentos abría los ojos y sonreía un poco. Aunque se atoraba, el pintor consiguió que la mujer bebiera el menjunje que trajo Juanita.
- Cámbiele el camisón y póngale sábanas limpias, mande a que quemen éstas que están con sangre, ya va a ver que su amiga se va a poner mucho mejor – dijo Juanita al notar que el pintor perdía el aplomo y comenzaba a llorar por primera vez en muchos, muchos años.
El 26 de diciembre de 1908, Amanda despertó con una sensación de alegría que pensó perdida. “Estoy viva” murmuró con algo de incredulidad. Se incorporó en la cama y vió al pintor que roncaba sentado en una silla, rodeado de dibujos. Apartó suavemente el cabello desordenado que caía sobre sus ojos con lo que Andrés despertó de un salto. Comenzaron a reír a carcajadas. Se abrazaron, lloraron y rieron por casi media hora, hasta que Andrés habló:
- Feliz Pascua. Te tengo un regalo – dijo y le entregó un cuaderno grande, con encuadernación de terciopelo oscuro y su nombre grabado en letras plateadas – Me entretuve leyendo tus relatos sentimentales mientras tú te entretenías con la morfina…
- Gracias – dijo Amanda, riendo y llorando al unísono.
- Irás a vivir conmigo. Un buen amigo médico me recomendó los vapores de mercurio para tratar la sífilis. Es la última moda en Europa. No será bonito, ni muy agradable, pero te permitirá quedarte conmigo un rato más.
- Andrés, eso es muy costoso, yo no quiero…
- Por el momento somos millonarios, Amanda. No te aseguro que siempre será así, porque todo pasa, tanto lo bueno como lo malo. Además, no por nada me llaman “Pachá” Madariaga: suelo despilfarrar buenas cantidades de dinero, pero mi hermana Elvira me ayuda a cultivar el ahorro y tú me ayudarás a tener los pies sobre la tierra y la cabeza en las nubes.
- Tienes un don especial para hablar tonterías, por eso te amo.
Y así transcurrieron varios años sin sombras, ni demonios. Sin conflictos, la familia Madariaga, que hoy definiríamos como “disfuncional o no-nuclear”, navegó tranquila y alegremente por los vaivenes de la precaria economía del artista. Amanda logró vender algunos cuentos de amor que se publicaron en un periódico. Roberto y Ana, los sobrinos de Andrés, siguieron asombrándose durante mucho tiempo por la cabellera blanca de Amanda y entendieron a corta edad que era mejor no preguntar por el paradero de su padre, el alemán. En los periodos de prosperidad, Roberto pudo jugar con una cámara fotográfica Kodak y Ana intentó infructuosamente aprender a tocar un gran piano de cola que Andrés empeñaba en los días de pobreza y devolvía a su sobrina cuando se vendía alguna pintura.
El mercurio logró detener la enfermedad de Amanda y aunque Andrés nunca logró que su amiga de infancia accediera a casarse con él, vivieron en concubinato por el resto de la vida que les quedaba. Pero lo pecaminoso no era eso, sino más bien los gruñidos de placer profundo y elemental que salían de su habitación cualquier día y a cualquier hora. Frente al natural temor de contagio que sentía Amanda, el pintor le repetía que era más probable que muriera de borracho que de sífilis e intentaba preparar planes de matrimonio, a los que Amanda volvía a negarse y terminaban riendo de su extraño y precario amor.
Luego de una corta, aunque auspiciosa carrera como novelista sentimental, Amanda murió por sobredosis de morfina. Nunca sabremos si la sobredosis fue preparada intencionalmente o sucedió por accidente.
Lo que sí podemos saber con certeza es que un par de meses después, vino la pobreza y junto con ella la fiebre tifoidea. Andrés enfermó gravemente y cuando la asistencia pública, con su fatídica bandera amarilla pasó a recogerlo, el pintor tuvo tiempo para calmar el horror de sus sobrinos y se asomó a unas de las ventanillas del vehículo; agitando las manos les gritó: “Suban no más niños, que yo pago todo”.
El 19 de mayo de 1920, los pintores Waldo Vila y Lucho Vargas, que se encontraban en una clase nocturna, recibieron un mensaje urgente del hospital que solicitaba que alguien de la Escuela de Bellas Artes fuera a identificar a un pintor fallecido. Cerca de medianoche, los artistas se encaminaron al depósito de cadáveres para encontrar ahí, vistiendo una camiza a rayas y unos pantalones, descalzo, a Andrés Madariaga.


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