por Francisco Pardo
ilustraciones: Cristián Campos

1. Uno
En parte por las patadas y los golpes tirados al aire junto a otros cien mientras girábamos por el centro del galpón Víctor Jara, salí de Bad Brains con esas ganas confusas, con la pulsión de la sangre. Y la puta que lo parió, porque perdí un par de lucas y una bolsita y eso sí que es tragedia a esta hora y con las fotos que palpitan en mi cabeza.
Pensé que se había ido, que tanta sangre había sido suficiente.
Pero fue en la mitad del concierto cuando supe que todavía estaba ahí, en el preciso instante en que los negros jah dejaron la mierda de reggae y se lanzaron con el hardcore. Y eso de tirarme al centro con la intención de romperle la boca al de la polera de Black Flag fue la previa al segundo en que efectivamente mi pie izquierdo hacia contacto con su cara. Y claro, la botella de pisco tibio antes de entrar… pero los cortes en el tiempo, la sensación de que alguien presiona rebobinar o adelantar y me roba segundos o minutos es aterradora. Miré al de la polera como si todo fuese una película y en un picado al piso le dije sin decirle “son cosas del fútbol, loco”. Cuando vi la sangre corriendo por su cara volví a Pichilemu. La sangre siempre me devuelve a Pichilemu.
Tenía 15 ó 16 años. Con otros pendejos jugábamos a que éramos los Bad Brains, mientras la diminuta radio soltaba esas canciones de un minuto y medio que nos gustaban. Mi vecino, el Negro Fabián, tenía la única funeraria del pueblo y fue él quien nos regaló el cassette que escuchábamos una y otra vez.
Un día me dijo que si quería ser su ayudante en la funeraria, que me pagaba cinco lucas por pega. Cuatro horas más tarde ocurrió mi primer contacto con la muerte. Le avisaron que en Puente de Fierro había fallecido una vieja de un paro. Se supone que era un pueblo al interior y partimos con el station y el ataúd. Era de noche, llovía y el barro hacía que patináramos sobre el camino, transformando a mi vecino en piloto de rally. Llegamos al pueblo de una calle y sin luz. La gente reunida afuera de una de las casas nos indicó que era el lugar, y sin perder tiempo el Negro –metro noventa y cinco, corte en la mejilla, ciento diez kilos- entra y me llama. Era una casa de mierda, y la vieja estaba sobre la mesa de lo que se podría llamar comedor, hinchada de muerte, rodeada de velas y viejas con velos que rezaban el Ave María. En menos de un minuto estábamos solos con la muerta. “Sácale la ropa mientras traigo el ataúd con los vecinos”, me dijo como quién dice pélate estos tomates. Comencé por una pierna. La tomaba con delicadeza, pensando estúpidamente que la vieja estaba ahí, en el cuerpo, y que de alguna forma le podía molestar lo que estaba haciendo. El Negro volvió y miró cómo hacía lo solicitado. “No veí que está muerta pendejo. Muerta. Mira”, dijo y luego fue hasta su cara, la levantó un poco y rompió el murmullo de los Ave María en el pasillo, con una bofetada que su mano de ocho kilos plantó en la mejilla de la vieja. “Muerta”, repitió. Recuerdo que desde ese día la carne se convirtió simplemente en carne.
El Negro era así, puta madre. Además de tener la única funeraria de la zona y esperar las fiestas como cabro chico espera la navidad por el aumento de fallecidos, trabajaba en la morgue del hospital y era un reconocido matarife. La muerte era lo suyo y de a poco se fue convirtiendo en lo mío. Me fascinaba verlo faenar chivos. Sus controlados movimientos, perfectos, sincronizados; cómo se mezclaba su sangre fría con la caliente del animal, cómo el afilado cuchillo que siempre cargaba rajaba los animales vivos.
Recuerdo que no le gustaban los chanchos y la primera vez que mató uno lo acompañé. Sabía que debía clavarle un punzón en el corazón. Así que lo amarramos (en una especie de crucifixión en un tablón) y el Negro tomó el punzón, lo puso bajo el cogote del cerdo y lo empujó con todas su fuerzas. El chancho soltó un quejido de profundo dolor, uno que nunca he vuelto a oír por más que busque la forma de repetirlo. “Parece que no le apunté”, dijo riendo mientras tomaba otro sorbo de la caja de vino e insistía por segunda, tercera y cuarta vez. Los quejidos del chancho eran tan placenteramente insoportables que el Negro decidió terminar el asunto con un hachazo en plena frente del animal. El chancho crucificado cubierto de sangre, finalmente moría de un traumatismo encéfalocraneano.
Pero nada me daba tanta satisfacción como verlo trabajar en la morgue. Era uno de los ayudantes, el que abría los muertos y luego los cerraba. Cuestión complicada en un hospital de pueblo donde las herramientas gastadas ya no cumplen su función. Por eso me dijo una noche que fuera a la carnicería del cojo Mauro y le dijera al viejo que el Negro le pedía la sierra por un par de horas. A los veinte minutos estaba de vuelta. Nunca había visto en primerísimo primer plano cómo trabajaba el Negro en la morgue. Ese día tomó la sierra para cortar huesos, la miró por un par de segundos, encendió un cigarrillo, sintonizó una cueca en la destartalada radio y comenzó a aserrucharle el cráneo al muerto con los ojos desorbitados. Los afilados dientes se hundían en la cabeza y la sangre salpicaba los azulejos mientras el cigarro colgaba de la boca del Negro con estilo. Al terminar tomó la sierra, la envolvió sin limpiar en papel de diario y me dijo que la fuera a devolver. Nunca lo hice.
Todavía tengo la sierra y las ganas de repetir la escena. También los incontrolables deseos de sangre que creí olvidados, mientras salgo del Víctor Jara camino hacia un bar de Brasil y en mi cabeza gira una y otra vez el tormentoso tema de Bad Brains.
2. Dos
Cualquiera podía ser el elegido esta noche. La sed de cerveza y sangre ya estaba instalada, más bien reflotada, y un candidato apareció a la salida del galpón Víctor Jara. Era un flaco que vendía autoadhesivos de Bad Brains y unos fanzines fotocopiados llenos de presunta literatura de bares y punk.
Odio a los putos escritores. Odio sus putos fanzines de cuarta.
El flaco era de esos y por lo tanto se lo merecía, pero sería muy fácil y la sed quedaría trunca. Necesitaba algo más arriesgado, más estimulante. Crucé la calle y enfilé por Avenida Brasil jugando a las casualidades.
Encendí un cigarro y recordé el comienzo de “Pum, pum! Bang, bang!” de los Ezquisitos, “la noche era nocturna”, dice y me pareció que esta noche lo era. Y nuevamente la sensación de que habría un corte en el tiempo, el zumbido, como hace unas horas cuando rompí la boca de uno en el recital de Bad Brains sin haberlo decidido. Zzzzz. Ahora avanzo dos cuadras y sólo recuerdo haber caminado una. Maldición. Necesito una cerveza. Zzzzz. Entro a un bar y ya tengo una botella vacía en la mano y tres cigarros muertos en el cenicero. Puta madre que pare esto. Debo calmarme o estallar. Estallar. Estallar. Estallar. A lo palestino, pienso, y mi ligera sonrisa invita a una flaca de negro a sentarse en mi mesa coja. La imagino como el chancho crucificado que mató el Negro Fabián con un hacha, hace años en Pichilemu. “Por qué no vai a pedirte un tema de Nina Simone”, dice a sólo un vaso de cerveza de la borrachera. Lo primero que me vino a la cabeza fue preguntarle qué mierda estás diciendo, pero entre el ruido de la música y el miedo al zumbido sólo atiné a levantar mi botella de Escudo vacía, haciendo un salud.
Miré por sobre su hombro y vi por la ventana de la puerta una polera de Black Flag con sangre. Era el tipo del recital con la boca todavía rota y cinco amigos que lo acompañaban. “Vamos a fumarnos un caño. Allá, en el fondo”, le ordene a la flaca para zafar. Ella levantó una de sus cejas, miró hacía el lugar que le indiqué y dijo “vamos, pero antes acompáñame al baño”. Caminamos por entre el atestado bar, perdiéndonos en la masa.
Recién ahí me percaté que los gritos que llenaban el bar no salían de los parlantes, sino que de una mina y su banda de minas. “Niña con frenillos, se llaman” dijo ella y no sé si era en serio o la maldita jugaba con mi cara de duda. Luego tomó mi mano para que la siguiera al meadero.
Entramos. Las dos mujeres que estaban conversando junto a un lavamanos me apuntaron con sus cuatro pies, mientras la flaca de negro me empujaba hacia un water particularmente limpio. Y de nuevo el zumbido. Interferencia, falla en la transmisión. La estática de la ciudad en mi mal cerebro de plasticina. Zzzzz. Ahora estoy tomando la cerveza del principio y veo tres colillas en el cenicero. Zzzzz. Ahora la flaca me dice “por qué no vai a pedirte una de Nina Simone”. Zzzzz. Ahora la miro en el piso junto a la taza con un pequeño charco de sangre naciendo de su oreja derecha. Zzzzz. “Me llamo Sofía”, responde sin sangre en la oreja a una pregunta que no recuerdo haber hecho.
******
“Apaga el cigarro y ven a la cama Sofía”, dijo Pedro desde el deshecho rectángulo, pero ella abrió la ventana y puso un disco de Nina Simone. La fría humedad de allá afuera la trajo de vuelta aquí, a la pila de platos sucios acumulados en el lavaplatos, a los ceniceros colapsados. Aún sentía el olor de Pedro en sus manos y su cabeza todavía palpitaba como si sístole y diástole fuesen palabras vivas, palabras que latían al momento de ser pensadas.
Clic, clic, clic, decía Nina por lo parlantes y luego aparecían risas parisinas y un piano que hacía de perfecta música de fondo para volver. No había notado lo del cigarro en sus manos ni que apuntaba con sus tetas a la calle y que unos tipos del camión de basura le gritaban que estaba rica. Sólo era la noche, la humedad y el clic, clic, clic de Nina. “Just in time”, cantaba ¿Pero para qué? ¿Para volver a la cama, y luego inventarse una rutina y desocupar la cabeza lavando loza? “Just in time, Nina, just in time para qué”, repetía
Todavía tenía rabia contra su jefe y la forma en que la despidió. Podría haberla llamado a su oficina y haberle dicho “no necesitamos personas que no quieran ni sepan el trabajo”. O, “no gracias, estoy hasta el pico con que no me asciendan, así que debo despedirte como una torcida forma de equilibrio karmático”. Cómo decían los punkies cuando tomaba chelas con ellos al frente en la plaza Brasil, de agilada a agilada y media.
Pero el muy hijo de puta pensó que era mejor hacer una escenita en su escritorio ante todo el mundo y de esa forma dejar en claro que a esa oficina se viene a hacer las cosas bien, no a revisar facebooks y el reloj a ver si de esa forma los palitos caminan más rápido. Lo que más le dolió era lo de incompetente. Sabía que era una palabra dicha por un viejo gordo y calvo que hasta le daba lástima, pero la forma en que lo dijo, marcando el acento, fue una patada en el estómago.
Y se vio recogiendo su pocas cosas, un corrector, los clips que aprovechó de robar, su autoestima entre las carpetas con informes a medio terminar, un tazón de la U que le regaló Pedro y por aquí no ha pasado Sofía. Sólo se despidió del portero, Temio, como empezaron a decirle sus amigos cuando paró de tomar, porque él sí sabía. No es algo que se puede empalabrar, pero entre ellos había una sensibilidad especial, era algo como, “sí, ambos sabemos que la gente que trabaja aquí y tira las colillas al piso cuando yo acabo de barrer es una mierda, pero estamos juntos en esto”. Porque ella era la única que se preocupaba de apagar el cigarro y tirarlo en el basurero y para Temio eso no era eso, si no que otra cosa. La colilla en el basurero era la metáfora de todo.
El frío le puso la piel de gallina. Cerró la ventana, abrochó su blusa y decidió que no quería volver a la cama con Pedro ni lavar los platos. Sólo deseaba salir de ahí. Y una cerveza. Dos. Tres. Bajar los cuatro pisos corriendo hasta la plaza Brasil y meterse en un bar cualquiera para tapar el maldito olor de Pedro con el del cigarro. “Just in time, Sofía, just in time”, se fue repitiendo mientras cruzaba la plaza y le hacía el quite a cientos de tipos que salían de un concierto en el galpón Víctor Jara.
3. Tres
¿Cómo decirle a Pedro que el asunto no daba para más? ¿Cómo se le dice a un hombre que su dulzura es precisamente lo que más odiaba de él, que lo único que quería era un poco de dolor? Sofía sabía que no lo entendería. Apenas ella lograba comprenderlo.
Las preguntas le inundaban la cabeza mientras caminaba por la plaza Brasil y encendía otro cigarro. Pasó junto a los juegos y recordó aquella borrachera, cuando se lanzó cabeza abajo por ese resbalín con forma de volcán. Lo simple que era emborracharse un martes por la tarde y tirarse cabeza abajo por un resbalín. Tuvo ganas de esos días, de no pensar en mañana ni en la gravedad que a veces toman las cosas con el tiempo. “¿Flaca, tení fuego?, le preguntó uno de mechas paradas que venía del Víctor Jara. Sofía buscó el encendedor y se topó con el celular que vibraba y el nombre de Pedro en la pantalla. No quiso contestar.
Caminó por Brasil hacia San Pablo buscando una cerveza. Repasando la tonelada de pisadas tejidas en estas veredas desde que llegó de Copiapó hace algunos años, a ese minúsculo departamento en Esmeralda cerca de San Antonio dónde viviría sola por primera vez. En realidad estaba acompañada de un gato, parte del amoblado y una cocina y refrigerador que su tía santiaguina le dejó al mudarse.
Le puso gato al gato porque sabía que cada felino tiene un nombre al que no le hace caso y la habilidad para estar donde le dé la gana. Le gustaba eso. Estar dónde le daba la gana gracias al maravilloso talento de pasar desapercibida. El atávico juego de las escondidas. Todos los días, como la mujer invisible, llegaba luego de su monótono y recién perdido trabajo al pequeño departamento frente a la plaza del Corregidor, luego compraba una Coca cola en la botillería del primer piso para rematar la botella de Capel, encendía la luz, la tele, y después subía el volumen tal como cuando era chica para ahogar las discusiones de sus padres.
Y la señal le devolvía una teleserie, y luego las noticias y quizás alguna película. Pero eso ella no lo veía. Sólo escuchaba mientras encendía un cigarrillo y rellenaba su piscola de mitad de semana. El ruido la abriga. A veces pensaba en comprar una grabadora y salir por las calles guardando conversaciones, micros, autos, gritos, los chirridos de los carros de fruta, las cuecas de la Posada, chiflidos, guaguas, ambulancias, y luego tirar todo al computador y hacer algo con eso. “Una banda de sonido”, decía bajito mirando la virgen del San Cristóbal desde la ventana del living con una piscola en la mano. Le gustaba subir al cerro después de la lluvia para observar la ciudad desde arriba, para tratar de entenderla en el juego de las escalas.
Lo más entretenido, lejos, era el teleférico. Esas cápsulas setenteras donde folló por primera vez en Santiago, sólo porque podía hacerlo. Todavía sonríe cuando recuerda la historia: el nerviosismo de su compañero. El miedo a que “esta hueá se caiga”. Ella miraba la ciudad bajo el gris filtro mientras se lo metían apresuradamente, y aquella secuencia removió algo en ella porque luego de 36 rápidos segundos no era la misma. Sexo y ciudad eran dos palabras que desde ahora le hacían mucho sentido juntas. Por eso luego del teleférico se lanzó por más. Llegaba a su diminuto departamento y hacía el ejercicio de agarrar un mapa de Santiago y subrayar con destacador los lugares transitados. Su particular cartografía mental. Las verdes líneas marcaban la geometría de sus pasos presos por la cuadrícula. Pentágonos, circuitos no definidos. Ponía alfileres donde tenía sexo. Se dio cuenta de las fronteras que sus pasos sugerían, pero que inevitablemente terminaban en el murmullo de su living vacío. En la soledad de su cocina habitada por un gato con nombre genérico.
Sin darse cuenta estaba parada frente al bar Bahía, casi en la equina con San Pablo. El recuerdo le da sed, así que entró como en el lejano oeste y caminó sin titubear hasta la caja. La vieja señora a la que nunca le preguntó el nombre no había cambiado en nada. Raíces blancas en su pelo rojo, velas, incienso y el mini altar a San Expedito entre la tele y los cuchuflís. Hay pequeños momentos en los que Sofía logra sorprenderse. Por ejemplo ese, cuando en la tele dicen teléfono y respondiendo al llamado, el celular en su bolsillo comienza nuevamente a vibrar. Está segura de que las máquinas y los aparatos conversan.
“Hola, somos Niña con Frenillos”, dijo la vocalista de una banda devolviéndola al bar que luego se llena de acordes y gritos y algunos que otro “mijita rica”. Sofía abrió la Escudo y tomó un sorbo largo. Y enciendió un cigarro. Y bailó un poco y luego bebió otro sorbo, otro más y de nuevo un cigarro. Prefiere meterse entre la gente que tomar sola, comprar otra cerveza que ir donde Pedro, y seguir bailando y fumando hasta que las canciones se terminan; y un poco ebria y cansada, prefiere hablar con el de chaqueta roja que le sonríe. “Hola”, dijo Sofía y se sentó en su mesa. “Vamos a fumarnos un caño. Allá, en el fondo”, dijo él de la nada y a Sofía le pareció que era una orden a la que accedió por que tenía ganas de borrarse y porque con dos litros de cerveza el de chaqueta roja tenía un leve aire a Jhonny Deep.
Pero antes, dijo ella, acompáñame al baño y le tomó la mano que de pronto él sintió entre la gente como un salvavidas que alguien lanza al que se hunde en la mierda. La sed de sangre que cargaba desde la salida del recital en el galpón Víctor Jara dio paso por un instante a un sentimiento extraño, algo así como ternura. Sus largos y femeninos dedos lo condujeron a la última taza del meadero. Improvisó sacando el caño de su bolsillo porque el zumbido, ese maldito zumbido le empezaba a llenar la cabeza y a transformar la ¿ternura? en violencia. La pulsión de la sangre palpitaba como una locomotora en sus sienes, un golpeteo desesperante que ya no le permitía escuchar, sólo veía a Sofía mover sus labios mientras todo se teñía de rojo, sus manos, las paredes del baño, sus recuerdos; olía sangre y su boca inundada por el sabor del yodo fue el límite porque en ese punto se dio por vencido y la tomó de la nuca, le sujetó el pelo y con una fuerza desconocida, le destrozó el cráneo contra la taza del water. Lo último que oyó Sofía en su vida fue un ruido seco que para él fue lo más hermoso que había escuchado jamás. Sintió un placer indescriptible recorriéndole la carne, una borrachera de endorfinas intoxicante coronada por la belleza del cuerpo inmóvil de Sofía tirado en el piso junto a la taza. Pero luego de de ese clímax, de esos breves segundos ya perdidos, la conciencia gatillada por el púrpura charco de sangre naciendo de una oreja derecha despertó su instinto de supervivencia y el deseo de salir de ahí, ahora. Sabía que sólo una persona lo ayudaría en esos momentos. Por eso buscó en su chaqueta el teléfono y bajó por el directorio tan rápido como se lo permitieron sus ansiosos dedos hasta la N de Negro. De Negro Fabián.
4. Cuatro
Fue para el 18 de septiembre del año pasado que volvió a ver al Negro Fabián. No tenía noticias suyas desde que se vino de Pichilemu, hace un par de mundiales de fútbol. Pero nunca olvidó esos días cuando trabajaban juntos en la funeraria o cuando lo acompañaba a la morgue a ver cómo abría y cerraba los muertos. Durante aquellas fiestas patrias fue a una carnicería en Departamental y la sorpresa de verlo tras las vitrinas repletas dio paso a un saludo cómplice. Como si sólo ellos supieran algo que los demás ignoraban. Un apretón de manos y un abrazo fue la forma de reconocerse y comprender que el lenguaje de la sangre estaba ahí. El Negro le dio su teléfono, dos kilos de carne de regalo y le dijo que “cualquier cosa que necesitara lo llamara”. Y esta era una de esas cualquier cosa.
-Aló ¿Negro?
-Quién habla.
-Soy yo, Franco… de Pichilemu.
-¡Pendejo! Tanto tiempo Franquito ¿Y me llamai ahora pa decirme que no te gustó la carne? – dijo riendo el Negro con su típica voz carraspeada.
-Necesito tu ayuda- disparó Franco de inmediato con un tono de voz que dejaba en claro la gravedad del asunto – La maté, Negro. Estoy con una mina muerta en un baño y no sé qué hacer.
-¿Me llamai a esta hora pa agarrarme pa’l hueveo pendejo?
-No es broma Negro. Tú sabes mejor que cualquiera que con estos temas yo no jodo.
-¿Pero de qué me estai hablando? ¿Quién está muerto?
-Una mina Negro, la maté.
-¿Pero cómo? A ver espérate un poco ¿Estai seguro de que está muerta?
-Sí, no sé… supongo– dijo Franco nervioso. No se mueve y de la oreja le sale un hilito de sangre.
-¿Respira?
-No sé… No creo.
-Respira sí o no, pendejo. Nada de no sé ¡Respira sí o no!
Franco puso sus dedos bajo la nariz de Sofía para comprobar el flujo de aire. -No respira, Negro.
-Está muerta entonces. Dónde estai.
-En un bar… en un baño.
-¡¿Pero cómo se llama el bar, pendejo de mierda?!
-¡No sé Fabián! Pero está casi en la esquina de San Pablo con Brasil. Es amarillo por fuera.
-Estoy ahí en veinte minutos.
Franco sintió un ligero alivio interrumpido por un ansioso golpe en la puerta del water. El silencioso trabajo de los arrollados primavera al paso en la avenida Brasil, cobraba su primera víctima en el baño de mujeres del bar Bahía, quien repetía los apresurados golpes en la puerta. Si la situación no hubiera sido tan estúpidamente grave, a Franco le hubiese parecido un perfecto sketch del Jappening con Ja (¿Imito la voz de una mina? ¿Digo miau?) Sin embrago, el hilito de sangre que seguía saliendo de la oreja de Sofía le quitaba el chiste al asunto.
-Está ocupado– dijo con la voz más suave que encontró en su repertorio.
-¡¿Te podí apurar?! El otro water está malo y lo necesito urgente- agregó la mujer.
-Es que me voy a demorar un rato- respondió Franco ya decididamente imitando una voz femenina que al parecer surtió efecto porque la mujer detuvo el golpeteo como si aquellas palabras cargaran un secreto lenguaje de género. Y enseguida Franco encendió un cigarro para ordenar sus ideas y se sentó sobre la taza del water con sus pies casi tocando el pelo de Sofía que yacía en el piso. Hasta ese momento no la había mirado detenidamente. Pensó que era hermosa, que aquella calma de cadaver le confería un halo de pureza o de transparencia que sólo recordaba haber visto en los pollos que asfixiaba con sus manos cuando era niño, o en los gatos y perros que mataba ya un poco más grande para salvarlos de una vida de inconsciencia. Dio una larga bocanada a su cigarro y con una de sus manos apartó delicadamente una hebra de pelo que estaba pegada a la boca de Sofía. Sí, era muy hermosa. Tenía una boca pequeñita, pero deseable. Y la diminuta poza de sangre hacía perfecto contraste con su piel blanquecina. Hubiese dado lo que sea por tener una polaroid y perpetuar el instante. Retratar la desconcertante belleza de la carne inerte. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un chorro de agua que caía furioso sobre el lavamanos. Supuso que no habría nadie más en el baño y tímidamente salió de la caseta y caminó, decidido, a la puerta. La cerró por dentro. Faltaban sólo algunos minutos para que llegara el Negro Fabián, aunque los segundos y minutos eran conceptos extraños en estos momentos. Miró su reloj. Eran las cuatro de la mañana en punto y el ruido al otro lado de la puerta dejaba en claro que la fiesta no pararía.
Fue hasta el lavamanos, metió sus manos bajo el chorro y se lavó la cara. Su reflejo en el espejo le devolvió un rostro pálido con ojos enrojecidos. Las pupilas se le cerraban cuando intentaba enfocar la telaraña de hilos rojos que cubrían sus ojos. Por el espejo vio a Sofía tirada en el piso, a la hermosa Sofía tirada en el piso. Su celular lo interrumpió.
-¿Aló, pendejo?
-¡Negro! ¿Llegaste?
-Estoy entrando al bar ¿Dónde está el baño de minas?
-En el fondo…cerca del wurlitzer.
Diez segundos después, Fabián golpeaba la puerta. Supo que era él porque recordaba sus tres golpes secos cuando llegaba a algún lugar. Franco abrió apenas la puerta para dejarlo pasar y una mina quiso colarse, pero las miradas censuradoras de ambos hizo que la mujer ni siquiera hiciera el amago de entrar. Al instante, Fabián pegó por fuera de la puerta un post-it amarillo con la frase “baño malo!” en letras rojas.
No se abrazaron, ni se dieron palmadas en la espalda, nada. El Negro entró con una mochila que se quitó de inmediato y puso en el suelo. La abrió y sacó una tira de bolsas de basura negras, un envase de cloro, una mota gigante de guaipe, un corvo de milico y una sierra para cortar huesos. Hasta ese momento Franco no había imaginado cómo Fabián lo iba a ayudar a librarse de una mina muerta en un baño del barrio Brasil. Pero claramente el Negro tenía todo fríamente planeado.
-Desde este momento me vas a hacer caso en todo ¿Entendiste? En todo. Sin peros ni ideas. Lo que yo te diga, tú lo haces.
-A Franco le dieron ganas de mandar todo a la mierda, salir del baño y desaparecer -¡¿Pero que vai a hacer con esas weas?!- dijo sorprendido.
-Mira pendejo, hay dos opciones. O te las arreglai solo o lo hacemos a mi pinta. Elige.
A veces el silencio es una tremenda respuesta. Así que por omisión el Negro comenzó con su trabajo de experto. Estiró varias bolsas de basura en el piso junto al lavamanos, le dijo a Franco que lo ayudara a poner a Sofía sobre los plásticos, encendió un cigarro y tomo la sierra. Sólo faltaba la radio a pilas vomitando una cueca para que todo fuese igual a cuando lo acompañaba a la morgue de Pichilemu a ver cómo abría los muertos. La sierra atravesó el cuello de Sofía como si fuese una sandía. Sus dotes de matarife estaban intactos. Luego el Negro tomó la cabeza huérfana y la metió en otra bolsa que Franco tenía en sus manos. En ese segundo sus miradas se cruzaron. Y ahí estaba. El placer de la muerte, el éxtasis de los huesos fracturados por una herramienta, el inexplicable placer que gatillaba el olor de la sangre. Todo estaba ahí. En aquel espacio entre las pupilas dilatadas de ambos.
Y para Franco lo que vino después fue parecido a ver una película. Era él amarrando las negras bolsas con los brazos adentro, era él quien luego metió las piernas en otra y seguía siendo él cuando en una tercera introdujo el tórax. Pero lo veía todo de afuera, como si fuese otro el que lo hacía.
La frialdad en las órdenes que entregaba el Negro resultó en un trabajo digno del mejor de los asesinos. El piso apenas manchado, fue empapado de cloro y repasado con una mota de guaipe que borró toda evidencia. No había rastro de sangre, ni de muerte y menos de Sofía. Franco sintió una sensación extraña en el estómago. Pensó en lo fácil que es borrar toda huella de una persona en ¿20 minutos? Pero no había tiempo para pensar. Había que salir de ahí, con cuatro bolsas de basura en los hombros.
Dos y dos, así se las repartieron. Abrieron la puerta y una ola de humo, ruido y humedad los golpeó. Agacharon la mirada y caminaron decididos por entre la gente como dos empleados que hacen la limpieza de los baños. A media cuadra del bar estaba la maleta gigante del Chevrolet Opala del Negro. Tiraron las bolsas adentro, subieron y partieron.
Fabián apenas habló mientras recorrían la madrugada santiaguina por las calles del centro camino a la Panamericana. No le preguntó como había sucedido todo, ni qué era de su vida. Franco encendió la radio y un cigarro sólo por hacer algo. No sabía donde iban, pero supuso que el Negro tenía todo planeado. “Déjala ahí” le dijo a Franco cuando pasó por una cueca en la radio Cooperativa.
-¿Sabí como se llama esta cueca?- dijo el Negro – Siete homicidios ¿Viste pendejo? Hasta con banda sonora- y se despachó una de sus ruidosas carcajadas.
Tomaron la Panamericana en esa hora cuando es muy tarde o muy temprano. Franco buscó otra cajetilla de cigarros en sus bolsillos y se tropezó con el caño que nunca alcanzó a fumar con Sofía. Lo prendió de inmediato y le dieron ganas de que esto fuese el principio de un viaje al sur, que la ciudad fuese un mal recuerdo, una mala caña. La radio tocó una de Camilo Sesto justo cuando giraban en Departamental hacia la cordillera.
-¿Pa dónde vamos Negro?
-A la carnicera donde trabajo.
-¿Y qué se supone que vamos a hacer ahí? – dijo ansioso Franco.
-Tú, sígueme ¿Cómo se llamaba la mina a todo esto?
-Sofía.
-Lindo nombre. Como Sofía Loren. Puta que es rica esa viejita.
Pararon el Opala frente a la carnicería Tres Erres, cerca del Estadio Monumental. Bajaron con las bolsas y se fueron al fondo del galpón, donde estaban las máquinas, junto a una pequeña cocina con una ventana que daba a la cordillera.
-Ponte la tetera pa que tomemos desayuno- dijo el Negro. Hay unos huevos y pan también- agregó.
Franco prendió la cocina y puso la mesa. Le encantaba poner la mesa como corresponde, con sus cuchillos y servilletas, y el azúcar y el café, y todo como debe ser. Era una de las pocas cosas que no tranzaba. De pronto escuchó un ruido de máquinas. Franco sacó la cabeza de la cocina y vio cómo el Negro abría las negras bolsas, sacaba las partes de Sofía y las introducía por un embudo de metal que conducía a una sierras. Era la máquina para hacer carne molida. Franco se metió nuevamente a la cocina. Desde ahí escuchaba el ruido limpio de la sierra que luego era ahogado cada vez que pasaba una pierna o un brazo. No quería escuchar aquel ruido. Se concentró en el de las burbujas a punto de explotar en el fondo de la tetera. Puso una paila y le tiró encima cuatro huevos que ayudaban a sofocar aún más la bulla del cuerpo triturado, mientras se freían. Justo cuando el agua soltó el hervor, apareció el Negro.
-¿Y?, ¿Estamos con el desayuno?- dijo.
-Siéntate- respondió Franco. Y luego vertió el agua en las tazas y puso la paila sobre la mesa. Estaban frente a frente con la ventana a un costado. El sol comenzó a aparecer por la cordillera.
-Puta que me gusta Santiago en las mañanas- dijo Fabián. Nada que ver con esa mierda de Pichilemu.
-Nunca le había puesto atención al amanecer. Parece que jamás había visto uno aquí- respondió Franco.
-¿Viste pendejo? Aprendiste dos cosas nuevas hoy: que el sol es mucho mejor al principio y que nunca debes comprar carne molida en una carnicería- dijo el Negro mientras revolvía el café y soltaba una densa carcajada.




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