por Natalia Araya
Ilustraciones: Matías Reyne
1. Año Nuevo

Este año nuevo de 2098 no fue mucho mejor que mis últimos 20. El trabajo me consume el cuerpo y hay muchas cosas que no parecen tener sentido. Se supone que alguna vez esta fecha fue una ocasión para celebrar. Aunque no hay con qué, ni dónde, ni ganas de celebrar, por alguna razón, los informativos sociales transmitidos a voz en cuello por los “cacahaña” nos siguen invitando a celebrar que aun estamos vivos.
Como nací después del Gran Apagón, cuando cayeron todos los servidores mundiales y los archivos de la humanidad se perdieron, sólo conozco los años nuevos que puedo recordar, además los uso para llevar la cuenta de mi edad como la mayoría.
La celebración fue en la Alameda, el espacio libre más amplio y limpio de la ciudad. Casi todos los habitantes de Santiago vivimos cerca de esta explanada de cemento y rocas que hierve con el sol del verano.
Se supone que antiguamente había árboles que sombreaban este espacio, pero hace por lo menos 30 años que los árboles se extinguieron: se usaron de combustible, igual que el papel. Mi madre me contaba que alrededor de 2070 desaparecieron los últimos árboles que ella conocía y yo jamás he visto madera viva. Tengo muy guardados algunos objetos hechos de árbol que he encontrado como el cuerpo de un lápiz de una madera gris que tiene marcados los dedos de mucha gente. Relleno su tripa con hollín y mi orina para escribir estas letras que ocultaré hasta que alguien necesite saber lo poco que creo que sé. Estoy seguro que podemos acumular suficientes recuerdos para volver a ser algo como los antiguos. Para entender que pasó y que deberíamos hacer.
Para celebrar, todos los miembros de la comunidad que se pueden desplazar, llegan a la Alameda. Antiguamente se prendía un gran fuego, pero la escasez de combustible obligó a extinguir esa costumbre y hoy en día hacemos linternas que no son mas que cuencos con un puñado de grasa de perro o ratón y unas hebras de pasto seco sumergido, pero todas juntas se ven muy lindas. Hay un grupo que hace sonar tambores y trastos, un instrumento que siempre suena distinto, compuesto de elementos que producen sonidos diferentes al percutirlos, muchos sacados de la mina Basural Renca, donde yo trabajo.
En los festejos, cada uno lleva su propia comida o, si tiene dinero, puede comprar bolitas de carne de cerdo a los Inostroza, una familia que se ha mantenido unida desde que todo sucedió, encerrados en sus tierras por las que pasa un río. Viven bastante lejos, cerro arriba en una quebrada, pero cada cierto tiempo bajan para vender carne de chancho. Dicen que en tiempos del saqueo, se atrincheraron, reunieron a todos sus familiares y se defendieron, que juntaron de todo y que aún tienen. Producen verduras, chanchos y pollos, y cuentan que al parecer tienen un par de árboles que dan frutos comestibles. Nadie puede ingresar a su territorio que está rodeado de tres corridas de cerco compuesto de fierros y objetos punzantes, entre las cuales se pasean perros rabiosos. Hay el rumor de que cuando alguien muere intentando ingresar a la mala a su propiedad, lo mezclan con la carne de chancho.
Para la celebración del año nuevo un grupo de ellos baja al centro a vender bolitas de carne molida asada (mucho mas sabrosa que el acostumbrado bistec de quiltro al que estamos acostumbrados) a cambio de monedas plásticas. Los Inostroza son personas bajas y gordas, no conozco a nadie tan gordo como los Inostroza: tienen un pliegue bajo la barbilla y otro bajo los brazos, ademas de barrigas prominentes y unos tremendos muslos apoyados en unas rodillas que se juntan; las mujeres tienen pelos por todo el cuerpo y en general son de carácter bastante irascible: si alguien no tiene dinero y ronda su puesto de carne, lo insultan y corretean a palos. Aun así, están rodeadas de muchachos que quieren irse a vivir con ellas y hacerles una guagua para asegurar su futuro.
Cuando anocheció y bajó un poco el calor, me junté con la Mary en la Alameda. La Mary es mi compañera, nos conocimos en el trabajo. Yo fui a entregar varios kilos de plástico extraído de la mina y ella me los recibió. Era una más de los clasificadores de la planta Sheraton, donde derriten el plástico para convertirlo en monedas y otros objetos.
Hasta hace 30 años atrás esta planta usaba combustible para sus procesos, fueron ellos los que extinguieron la madera. Después de paralizar varios años en que la comunidad pasó por una crisis, instalaron un embudo solar, un sistema de espejos (también sacados del basural y las ruinas) que concentra el calor del sol en un punto donde depositan el plástico que es constantemente removido para producir una pasta. Ser de los que remueven esta pasta es uno de los trabajos mejor remunerados y más peligrosos de Santiago: sucede a menudo que la gente se marea con los vapores y el calor y cae a la melcocha ardiendo que en pocos minutos lo consume, hasta dejarlo como un chicharrón. Los administradores de la planta intentan evitarlo para no perder el material contaminado por humano chamuscado pero aun así, por lo menos una vez al mes se sabe que alguien cayó en la pasta.
Hace unos cinco años atrás, cuando apenas era un mocosillo lampiño de manos suaves y empezaba a trabajar en la mina, me encontré con la Mary al otro lado del mesón de entrega, era un poco mayor que yo, de pelo castaño y manos pequeñas. Era invierno y noté sus pezones y su mirada inteligente. Apenas me miró. Trabajaba seria en el material recogido, tomaba cada pieza con la punta de los dedos, y hacia tres montones: plástico solido, envoltorios, y bolsas de nylon. Junto a ella había un tambor de lata oxidado, en el que depositaba todo lo que no servía: tierra, piezas metálicas, trozos de textiles, huesos, etc. Ese desecho después era repasado por los rastrojeros que les daban distintos usos.
La tarde siguiente también estaba la Mary tras el mesón, pero esta vez cuando entré, pareció turbarse, su cara se puso roja y sus pestañas lisas, que normalmente apuntaban al piso batieron un poco mas rápido, ventilando sus mejillas granate. Yo era joven pero ningún despistado, había crecido junto a mi madre que siempre se las arregló buscando la compañía de hombres que pudieran ayudarla o alojarla. No la veo desde que tenía 12 años, cuando me dijo:
- Supongo que ya te las sabes arreglar solo, te están saliendo pelitos en todas partes y cambiando la voz, yo a tu edad ya me estaba buscando un hombre y una casa para vivir. Ahora te toca a ti arreglártelas solo.
Mi mamá era como una niña, había nacido un par de años antes del Apagón, sus papás murieron en la pandemia y ella siempre se las había arreglado sola, se enseñó las cosas de la vida viviendo, yo creo que era feliz y buena.
Siendo testigo de sus amores aprendí todo lo necesario para conquistar a la Mary: le tiraba piropos, la miraba a la cara para que bajara la vista, la invitaba a salir hasta que un día me dijo que sí, que nos juntáramos el domingo a pasear al borde del río. Terminamos en mi rancha haciendo el amor y nunca más se fue. La acompañé a buscar sus cosas donde su mama y sus hermanas que vivían en una casa ruinosa y oscura del centro y se instaló en la mía. Aún me recibe lo recolectado algunos días de la semana y sigue viéndose igual de rica con su mandil de cuero detrás del mesón.
Para este año nuevo nos juntamos en la Alameda, nos comimos unas bolitas de carne asada que le compramos a una Inostroza vieja que nos clavó una mirada fija enmarcada por su única y gruesa ceja. Bailamos un poco y compramos un poco de hierba, un pasto caro que cuando se fuma en pipas produce un algo de sueño y relajo, además de cierta alegría que hace todo mas llevadero. Generalmente lo venden para las celebraciones y una pequeña porción del porte de una de mis uñas cuesta lo mismo que una bola de carne Inostroza, lo mismo que gano en un día de trabajo.
Nos sentamos en una roca rodeada de lámparas con un vaso de fermento de raíces en la mano a mirar a la gente bailar y reír, un espectáculo bastante inusual.
- Te tengo un regalo – me dijo la Mary y se rió como una niña – Iba a esperar que llegáramos a la casa pero no me aguanté, tenía que contarte.
- ¿Lo tienes acá?
- No. Es una pelota de fierro con nombres y dibujos que Lincoyán llevó creyendo que era de plástico solido, creo que te va a servir para tu investigación.
- ¿Qué investigación? – pregunté haciéndome un poco el tonto, ante lo que estalló en carcajadas ronroneantes.
- ¿Tan pajarona crees que soy? Tengo súper claro que tu colección de objetos es un especie de investigación. Lo que tu quieres mi amor, es saber bien lo que pasó, como llegamos a esto y qué son todas estas cosas que desenterramos a diario.
Dimos un par de vueltas más y nos fuimos a la casa, apenas podía contener mi ansiedad o hablar de otra cosa. Quería ver esa misteriosa pelota de fierro.
Era lo que yo pensaba y más. Anteriormente me había topado con pedazos no demasiado deteriorados de mapas en el basural, los limpiaba y guardaba con cuidado pero nunca había comprendido bien como armarlos hasta que la bola llegó a mis manos: era un mapa redondo, una representación del planeta hecha en fierro con relieve, en su superficie podía leer claramente los distintos nombres de las tierras y las aguas. Me pasé toda la noche comparándola con los retazos que había juntado en estos cinco años de trabajo en la mina, ubiqué Santiago que está en la parte de abajo y me di cuenta de que estamos muy cerca del agua. Esa fue mi mayor sorpresa ya que la sequía es uno de los principales problemas de nuestra comunidad ¿y si nos fuéramos todos a vivir junto al agua?
Entonces, desde hoy comienzo este diario escrito al reverso de estos pedazos de mapa. Aquí reconstruiré, con la mayor cantidad de certezas posible, lo que pasó, cómo fue que llegamos a esto, qué había antes y qué hay en otras partes del mundo porque no creo que seamos lo únicos.
2. Imágenes de Chile

Voy a exponer todo lo que sé al minuto de comenzar este relato, que es más o menos lo mismo que saben todos:
Hasta 2050 todo el mundo estaba conectado, se comunicaba e intercambiaba productos. Este sistema funcionaba con un combustible que ya no existe, se llamaba petróleo. Cuando digo “todo el mundo” sólo estoy repitiendo una expresión porque nadie sabe realmente en qué consistía, dónde estaban las tierras, las personas y qué hacían, pero la noción general es que había mucho más mundo que Santiago. La gente se desplazaba en “autos”, estos armatostes de fierro que están regados por todos lados: muchos son dormitorio de palomas o están apilados en las afueras de la ciudad armando grandes murallas, los pusieron ahí para cerrar la ciudad en tiempos de la pandemia. Este petróleo era extraído de minas, como en la que trabajo yo. Pero un día se acabó.
Al mismo tiempo una comunidad del norte, que era como el gobierno del mundo, secuestró los “servidores”. No sé bien que es eso pero acabó con la comunicación y los archivos de la historia ya que en esos “servidores” se guardaba la memoria de la humanidad. Esto sucedió en 2057 y desde entonces todo es una suposición en base a lo que sabemos directamente y los recuerdos de los sobrevivientes.
Mi madre tenía dos años para esa fecha. Lo que vino después fue una década de desastre: Las instituciones administrativas y de orden público desaparecieron, la gente moría como moscas de enfermedades que se suponían controladas: diabetes, alergias, vejez, morían los hipertensos, cundieron las infecciones transmitidas por ratas e insectos.
Se dejó de enterrar a los muertos, simplemente los lanzaban al basural o los apilaban y cubrían con tierra creando montículos en algunas partes de la ciudad. Parecen pequeños cerros cubiertos de verde pasto, pero a sus pies asoman huesos. Si alguien se aventura y sube, la superficie colapsa y esa persona se pierde para siempre en las blanduras de esta estructura inestable de huesos humanos apenas rellenada por lo que quedó de la descomposición de la carne.
Gente de los alrededores de Santiago quería ingresar a la ciudad buscando un supuesto bienestar en la compañía de otros abandonados a su suerte, pero los ciudadanos cerraron las entradas con lo que pudieron (como los autos inutilizados) y cualquiera que intentara ingresar era asesinado irremediablemente. Cuando alguien sano moría, sobretodo en estas circunstancias, era aprovechado al máximo: su carne para comer, su piel para vestir y su grasa para quemar. A los enfermos se les tenía pánico, aun se les tiene. Con toda la gente que murió y la locura que sobrevino, se perdió lo que quedaba de historia.
Todo lo que se podía quemar se quemó, y todo lo que se podía comer se comió, salvo los perros que se reproducían y sobrevivían con una facilidad imposible para nosotros. Cuando eso sucedió ya solo quedaban un par de cientos de personas ocupando la ciudad y un día se reunieron. Era 2065, habían pasado 8 años desde que todo comenzó. Se creó una pequeña organización social, se distribuyeron las mejores casas y se organizó un sistema en el que el plástico, como único elemento compuesto de petróleo, se transformó en objeto de valor, también porque es un material transformable y con él se puede hacer monedas, cuencos, placas para construir, zapatos y otros objetos útiles. La planta Sheraton es el lugar donde se procesa el plástico y la sede de esta organización dirigida por Pol Machuca y un consejo de personas con algunos conocimientos.
Pol Machuca aun vive: es un viejito calvo de algo más de 60 años, al que le debe quedar poco tiempo. Es muy alto pero camina encorvado y tiene una enorme cicatriz que nace en la mitad de su craneo y baja en diagonal por el cuello pasando detrás de la oreja. Esta administración social tiene un sistema humano de comunicación: los “cachaña”, unos tipos delgados que recorren la ciudad a pie y repiten a gritos cientos de veces un mensaje parándose en las esquinas. Son alrededor de 15, su vida útil como cachaña es corta ya que a los pocos años se quedan sin voz y los trasladan a algún oficio dentro de la planta.
Los padres de mi madre murieron durante esos diez años de pandemia: su madre pariendo un hermanito que no sobrevivió y su padre infartado poco después. Mi mamá quedó sola en la ciudad a los ocho años. A veces alguna mujer la cuidaba un tiempo hasta que la enfermedad o el hambre hacían que la lanzara nuevamente a las calles. Vivió en autos abandonados con otros niños, en túneles subterráneos donde casi pierde un brazo por una mordedura de rata: tuvo que esconderse mucho tiempo hasta que las secuelas de esa infección pasaran, porque las personas, temerosas de cualquier manifestación de enfermedad, quisieron matarla y tirarla al basural.
En la mina, cuando se abre una nueva zona de faenas, hay que pasar un par de meses retirando huesos humanos y lo que queda de sus órganos desecados y podridos antes de llegar al filón, que es la zona donde está el plástico acumulado por quien sabe cuántos años antes del Gran Desastre.
El trabajo escarbando en el basural es duro. Muchas veces me corto las manos con vidrios o latas camufladas y sucias. Me ha pasado que estas heridas se infectan: una vez se me puso verde el pulgar, pensé que lo perdería pero la Mary me cuidó: todas las noches me abría la herida y la apretaba, el dolor era insoportable pero de a poco el verde retrocedió, me salvé pero me quedó medio hundida e insensible esa parte de la mano.
Con la Mary vivimos juntos en mi rancha, una pequeña construcción cercana a la mina y lejos del centro, entre el río y un cerro. Yo llego caminando a mi trabajo en un par de minutos, la Mary se demora más caminando junto al río. Comencé a construir esta rancha a los 15 años, cuando entré a la mina. Me habían asignado una casa en el centro pero me demoraba mucho en llegar al trabajo, además era un casa vieja, oscura, hedionda e infestada de cucarachas, ratones y palomas. Mi rancha es más pequeña y menos solida, pero está limpia y lejos de plagas y la locura de los vecinos. La construí con un par de planchas de plástico, latas onduladas y vidrios de autos. Originalmente cubrí el suelo con piedrecillas redondas que recolectaba en el trayecto a mi trabajo y algunos cueros de perro, pero la Mary ha ido tejiendo un piso con hebras de pasto seco que recoge en el suyo. Dice que las piedritas le hacen doler los pies.
Tenemos dos piezas, en una cocinamos y comemos, en la otra dormimos. En el interior he ido juntando distintos objetos de no-plástico que recojo del basural (está absolutamente prohibido robar plástico, nos revisan cada vez que salimos de la mina): espejos, sillas, chaquetas, platos más o menos enteros, cuchillos y tenedores, flores de mentira, tarros de lata oxidada para guardar cosas, me traje un asiento hueco igual al que hay en las casas de centro, es para hacer caca así que lo puse encima del hoyo, a un par de metros de la rancha. Traerlo del basural fue un tremendo esfuerzo, me rompí la espalda y llegué tan tarde en la noche que la Mary pensó que me había pasado algo. Además de objetos útiles, me traigo cualquier cosa que tenga letras y que pase la inspección.
Son tantos cachureos que la Mary me pidió que este verano construya una pieza nueva para guardarlos.
Además de este lápiz de madera, los retazos de mapa y mi nueva bola del mundo, mi objeto mas preciado es un libro. Lo encontré ayer dentro de una caja plástica del mismo tamaño. Cuando la levanté me pareció que pesaba demasiado y al interior me encontré con este libro perfectamente conservado. La tapa decía “Imágenes de Chile”, en el momento no lo quise abrir con mis manos inmundas así que me lo llevé para la casa. El guardia que me revisó a la salida dijo:
- ¡Pero esto es papel!
- ¿Y qué? No está prohibido sacar papel.
- ¡Pero es mucho papel!
- Yo lo necesito
Pude ver la codicia en sus ojos. Sabía que muchas veces estos brutos se quedaban con el plástico que encontraban saliendo de contrabando en los bolsillos de los escarbadores, que lo juntaban y entregaban para ganar un par de fichas al margen. Pero el trabajo pesado había hecho que desarrollara un cuerpo fuerte, así que tras medirnos con la mirada en silencio me dejó pasar siguiéndome con la vista. Sabía que me traería problemas.
En casa pasé cuidadosamente las suaves páginas, sabiendo que era un tesoro lo que tenía entre las manos: no conocía a nadie que poseyera un libro, era como estar frente al último sobreviviente de una especie. Contenía imágenes muy realistas de cosas que jamás he visto: una exuberancia vegetal que nunca había siquiera imaginado, y agua, mucha agua. No como la cafesosa que corre por el río, ni por los pequeños esteros de quebrada, sino torrentes translúcidos y blanquecinos descendiendo por laderas emboscadas. Uno de los paisajes me resultó conocido: era Santiago y los cerros del fondo, pero con una capa blanca en las cimas y edificios relucientes, la juventud de las mismas ruinas empolvadas que conozco. Eran edificios con vidrios de arriba a abajo, autos que circulaban relucientes por las calles y se veían zonas verdes con árboles. También tenía imágenes de un lugar muy seco, más que la pampa detrás del cerro que por lo menos en invierno verdea con un leve pasto que en verano se seca y se cosecha para usar de combustible.
Había escuchado hablar de Chile. Era algo así como una gran comunidad de muchas ciudades cercanas, a la que Santiago pertenecía.
Me puse a pensar en qué tan lejos estaría la comunidad más próxima, quizás los restos de otra ciudad. Podría ser que estuvieran mejor, que tuvieran agua, árboles y alimentos, quizás tenían libros y recuerdos. Pero cómo saber cuanto me demoraría en llegar allí. Resolví subirme al cerro de punta cuadrada y ver si se veía algo, probablemente siguiendo la línea de la carretera.
Estaba perdido en estas elucubraciones cuando alguien golpeó la lata que hacía de puerta.
La Mary, que estaba en la pieza de la cama trenzando hebras, se levantó asustada, no era frecuente que alguien llegara a visitarnos, menos en la noche y sin gritar su nombre desde fuera.
Tomé una tosca que usaba para afirmar la puerta y la abrí. Dos hombres enormes y cuadrados, preguntaron por mí.
- ¿Juan Serón?
- Si, yo soy. ¿Qué buscan?
- Somos de seguridad de Sheraton, nos informaron que tiene un libro y Pol Machuca quiere verlo.
- Lo quemé – mentí – para eso lo traje.
- ¿Está seguro?
- Claro que sí, hacía tiempo que no teníamos una comida caliente.
- En pleno verano… con este calor… – dudó el que hablaba.
- Qué puedo decirle, el quiltro crudo es harto malo.
- ¿Vio lo que decía el libro?
- Estaba deteriorado, apenas se notaba nada, y solo lo quería pa’l fuego.
- De todas formas Pol Machuca quiere verlo. Mañana antes de ir a la mina acérquese a la planta y pregunte por él, lo estará esperando.
- Muy bien ¡Qué honor! – mentí otra vez con la mejor de mis sonrisas – ¡Qué emoción!
La administración social no era violenta, tampoco era muy difícil controlar a un par de cientos de personas hambrientas deambulando por las ruinas de una ciudad abandonada y saqueada, pero se sabía que desincentivaban cualquier interés privado por explorar el pasado, querían que la escasa información pasara siempre por ellos.
Cerré la puerta con calma y cuando me di vuelta la Mary estaba pálida detrás mío, con los ojos rodeados de sombras oscuras como ojeras que bajaban desde su ceño.
- Tengo miedo – dijo alterada
- ¡Shhhhht! ¿O acaso crees que ya se fueron? Se escucha todo afuera – susurré mientras mis perros empezaban a ladrar desesperados. Los hombres seguramente estaban dando la vuelta a mi rancha.
- Quiero que entierres todo.
- Tranquila, no pasa nada, a lo más me van a preguntar que sé, y tampoco es mucho.
- En la planta sabemos muy bien lo que pasa con los que la administración estiman peligrosos o curiosos ¡Los trasladan a trabajar revolviendo la pasta hasta que se caen en ella!
- Veamos qué pasa mañana – dije mientras abría la puerta para ir a hacer callar a los perros. Afuera pude escuchar como se alejaban cuatro pies pesados por el sendero.
3. El Líder

Esa noche casi no pude dormir. El calor dentro de la rancha era insoportable y el olor de los cueros mezclado con el de nuestra transpiración me perturbaba. La Mary, a mi lado, parecía hervir: tenía un sueño inquieto, cada tanto se daba vuelta y murmuraba, sus muslos estaban húmedos y calientes, cada vez que me tocaba la sentía pegajosa. Con los pies busqué el contacto de la lata fría y con eso me dormí. Soñé que el río se llenaba de agua: verde, translúcida y blanca como la del libro, podía verla desde mi rancha, se sentía suave y fresca cuando entraba en ella. En mi sueño, la Mary y yo nos bañábamos y salíamos blancos y lisos como guaguas, alrededor se escuchaba el canto del agüita en las rocas y nada mas.
Cuando desperté, la Mary vaciaba agua en un cuenco para preparar café con unas semillas tostadas: es una bebida amarga y quemante, pero despeja la mente y es mejor que el agua barrosa y cruda que puede matarte. Además tenía listos berros y pencas fritas en grasa corriente con una pequeñísima porción de chicharrones de los Inostroza: una grasa blanca de chancho con trocitos ínfimos de carne crocante.
Ese día caminamos juntos a la planta Sheraton. Para mí fue extraño hacer ese recorrido por el lecho pedregoso del río bajo la luz blanca de la mañana, en lugar de al final de la jornada tirando el carro cargado, amarrado a mi pecho por el sendero que va de la mina a la planta para entregar el plástico recolectado.
Tras cruzar la monumental entrada, despoblada a esa hora, la Mary se despidió con un beso y cara de preocupación:
– Tranquila tontita, no va a pasar nada. Probablemente solo quiere que le diga lo que vi en el libro.
– Pasa a verme cuando te desocupes.
Preguntando llegué a la oficina de Pol Machuca, después de subir más de diez pisos de escaleras. Cuando llegué, uno de los tipos cuadrados que me habían visitado la noche anterior estaba sentado en una silla junto a la puerta. Me recibió con una sonrisa rechinante. Abrió levemente la puerta y gritó hacia el interior.
- Juan Serón, escarbador de la mina de Renca – y miró en espera de una respuesta tras lo cual abrió de par en par y me dejó pasar.
Pol Machuca tenía su escritorio en el centro de una gran habitación con ventanas por tres costados, se sentía una agradable brisa que recorría todo el lugar y se podía ver la ciudad, los cerros y el río.
– ¡Bienvenido! – Dijo el viejecito calvo poniéndose de pie del otro lado de su escritorio de lata verde martillada.
– Con estos calores tengo que mover mi escritorio todo el día para que no me llegue el sol y me seque como momia ¿Me ayudas a mover esto un poco hacia ese rincón? – dijo tomando una punta de la mesa y mirándome a los ojos con expresión alegre. Me convidó un vaso de agua con hojas.
– Imagino que la caminata y los 10 pisos lo dejaron seco. Es duro subirlos con este calor pero me niego a trasladarme más abajo, así me obligo a hacer ejercicio que es lo único que me mantiene saludable y cuerdo – como vio que desconfiaba de las hojas flotando en el agua, explicó:
– Es menta, un pastito que crece como maleza con poquita agua, vaya a verme a mi casa, si quiere le convido unas matitas, es refrescante y digestivo, arregla la peor chicha de raíz.
Supongo que esperaba algún chiste en respuesta pero la verdad es que no se me ocurría nada. No podía quitar los ojos de la cicatriz que bajaba por su calva y cuello como si un gusano avanzara por debajo de su piel en dirección a su pecho. Atrapó mi vista, fija en el cordón y me puse rojo.
– No se apene. A mucha gente le pasa lo mismo cuando ve mi marquita, pero estoy seguro de que todos llevan cicatrices, algunas peores, sobre todo los que sobrevivimos a los tiempos más duros. Ésta es del año del desastre, yo tenía 33 años y una familia que por desgracia no sobrevivió. Estuve muy enfermo y en una me dieron por muerto, me lanzaron a una pila de cadáveres y partes humanas, para dinamitarnos y enterrarnos. Tiraron una mecha (un cordón grueso que quemaba fácil) que quedó justo sobre mi cabeza; la encendieron y a medida que el fuego iba avanzando hacia la carga explosiva pasó por mi craneo y el dolor me despertó, fue tanto que salí corriendo y aullando, buscando con qué apagar el ardor. Sentí la explosión a mis espaldas y caí inconsciente, pero me salvé a pesar de que se podía ver mi cráneo en toda la línea de la quemadura, así que puedo decir que este cordoncito es lo de menos al lado de lo que podría haberme pasado.
– ¿Nunca se pregunta si hubiese sido mejor morir en esa explosión?
– ¿Mejor? No lo creo. Antes del desastre yo era uno más entre miles ¡millones! Trabajaba para sobrevivir a penas; si consideras que el mundo es hostil hoy debieras haberlo visto antes, era terrible: el que podía te explotaba. No solo tenía jefe en el trabajo, sino que debía la vida en deudas que jamás habría podido pagar, había tantas leyes que un hombre jamás experimentaba siquiera la sensación de la libertad, las personas deambulaban malhumoradas, ambiciosas, violentas… era como vivir en guerra. Había mucho de todo pero ninguna posibilidad de disfrutar nada. Ahora somos pobres y esforzados, pero estamos tranquilos ¿o no?
– Pero para eso tuvo que morir mucha gente…
– El mundo antes de la hecatombe estaba sobrepoblado. Todos vivían mucho más de lo que la naturaleza mandaba, de lo que el mundo, que finalmente es el ecosistema que nos sostiene, era capaz de aguantar. Niños con problemas mortales, llegaban a adultos ¡y se reproducían! Todo con métodos artificiales que funcionaban como un castillo de naipes: el dinero mantenía la tecnología en su sitio, la tecnología mantenía la salud, las energías como el petróleo mantenían el dinero. El dinero también mantenía la comida y la gente ya no supo más como autoabastecerse, siendo que desde que el hombre es hombre cada familia se había podido proveer de lo necesario. Había muchas más piezas en la baraja que no vienen al caso, pero fue cosa de que una fallara, una se doblara o faltara y todo se fue a la mierda. Fue el precio de vivir en un mundo artificial, ficticio, irreal, falso, una ilusión de bienestar, una fantasía. Ahora en lo que dura una vida quizás no podremos hacer lo que antes una persona hacia en un año, nuestras vidas son más simples y esforzadas pero hemos vuelto al origen, a la esencia luchadora del ser humano solo, enfrentado a la naturaleza, que debiera ser suficiente o no merecemos habitarla.
Estaba empleando muchos términos que desconocía pero lo dejé seguir, parecía estar perdido en sus recuerdos y en la rabia fría y contenida que estos le provocaban. Me costaba un poco seguir el hilo de sus ideas, jamás había estado con una persona tan vieja y con tantas nociones nuevas para mí ¿Qué tantas cosas hacía antes la gente? ¿Cuáles eran esas posibilidades? ¿Qué es un castillo de naipes? ¿Un ecosistema? ¿Una hecatombe?
– Pero eso es harina de otro costal –otra frase misteriosa para mi- yo te hice venir por otro motivo. En el informe diario de la min, ayer venía el comentario de que te habías retirado con un libro de papel y tenía deseos de hojearlo.
– Encantado, pero desgraciadamente lo quemé. Tampoco tenía mucho, estaba en mal estado como le dije a su … secretario, anoche cuando fueron a mi casa a invitarme a esta reunión.
– Extraño. El comentario del informe decía que lucía perfectamente conservado y mi secretario no pudo constatar humo en su residencia. – dijo clavándome sus pequeños ojos azules fieros como los de un guarén, la amabilidad se había esfumado, pero permanecía esa fiereza enrabiada que su propio discurso le había provocado.
– Qué puedo decirle… quizás la cubierta lucía relativamente bien, pero el interior era un poco de papel amarillo y tieso que se consumió en un par de segundos, apenas suficientes para sancochar unos bistecs.
No me creyó, pero hizo como si lo hiciera. Me miró unos segundos directo a los ojos, inclinado sobre su escritorio. Sonrió, apoyó las dos manos en la mesa y se puso de pie. Se acercó a la ventana que daba al sur y miró inmóvil el paisaje durante unos diez minutos. Aproveché de curiosear su escritorio: tenía varios lápices de madera como el mío rellenos con trozos de carbón, algunas hojas de papel lavado que seguramente salieron de la mina o rescató de alguna ruina. En ellos había sobretodo números y algunos nombres, no vi el mío en ninguno. Además de eso había objetos confeccionados de plástico derretido: un cuchillo, los vasos en los que bebimos, y un extraño objeto con siete alambres verticales y en ellos ensartadas cuatro bolas redondas cada uno con numeros. Iba a tocarlo pero me sobresaltó su voz:
– Es un calendario, ahí llevo la cuenta de la fecha y los años que han pasado. Cada bolita es un día, todo eso junto es un mes de treinta días. Quizás algún día te explique como funciona. ¿Te gustaría cambiar de trabajo? – Había abandonado la contemplación y avanzaba lentamente hacia mí. Parecía más alto, revitalizado y erguido, su silueta oscura recortada contra la luz de la ventana, era como si la vejez y la enfermedad lo hubieran abandonado de golpe, había algo de incontestable y siniestro en sus hombros.
– ¿Dejar la mina? ¿Para hacer que? – Podía escuchar la voz de la Mary en mi cabeza previendo mi muerte como un chicharrón en la pasta de plástico derretido.
– Quizás podrías venir a trabajar en la administración, ya que tienes inquietudes intelectuales… siempre hay algo que necesita vigilancia, alguien que tome decisiones. El departamento de vivienda podría necesitar a alguien en buen estado físico que se atreva a recorrer las ruinas mas lejanas buscando espacios útiles y habitables, materiales utilizables… Es una labor en la que te podrías topar con detalles interesantes del pasado para ir ganando sabiduría, estoy seguro de que llegarías a entender por qué estamos mejor ahora.
Estaba dejando fuera de la tentadora oferta, que la exploración de ruinas también podía conducirte a alguna trampa mortal: derrumbes, pozos al infinito, jaurías de perros bravos, y el ocasional orate asesino.
– Suena interesante don Pol…
– Dime Pol, por favor.
– Suena interesante Pol, tendría que conversarlo con mi compañera porque tenemos un sistema bien montado y eso significaría cambiarme de casa, ausencias prolongadas…
– El otro departamento que siempre está escaso de personal es alimentos. Es un lugar difícil para trabajar porque es bien poco de lo que disponemos, pero seguramente podrías aprender rápido y ascender en la administración. Además es un buen rubro para ponerse creativo.
Comprendí que lo que quería era tenerme cerca, vigilado, bajo control.
– Pol, solo por curiosidad ¿Cuál es el problema en que me interese por el pasado?
– ¡Uh! ¡Hijo! – dijo riendo – en realidad no es un problema que tú te intereses por el pasado, el problema son las verdades a medias. Con todas estas ruinas grandiosas se tiende a idealizar la época antigua, pero piénsalo de esta forma: ¿adonde condujo esa época? Al desastre total. Estaban tan equivocadas nuestras autoridades y sabios… ¡y lo estuvieron por siglos! La vida es muy simple, sólo hay que vivirla, no es bueno crearle nudos que no tiene. Déjame contarte algunas cosas: ¿Sabes cuantos somos en esta comunidad? Exactamente 652 personas al día de hoy, podrían haber más en los sectores inexplorados de la ciudad pero bajo esta administración hay 652. Antes, sólo en esta ciudad, habían 10 millones. ¿sabes cuánto es eso? Diez mil veces lo que somos ahora y más, mucho más. Sobrevivir era una batalla constante, se creía que el conocimiento era la gran cosa, que haría que condujéramos mejor nuestro destino… el saber. ¡Ja! La acumulación de conocimientos terminó por funcionar como un cáncer que corrompió la sociedad desde su base, la ambición no sólo era por conocimiento, también era por poder, por tecnología, ¡un sinsentido, hijo mío! Aunque el trauma doloroso del Gran Desastre casi nos aniquila, sobrevivimos, quedamos los que teníamos que quedar, fuimos elegidos, no por el azar, sino por la biología, por la evolución. No debemos retomar la misma senda, tenemos que hacer una nueva. Soy un convencido de que la gente sólo necesita un propósito en la vida y mucha libertad. Tú tienes un trabajo que te mantiene ocupado y una mujer, probablemente tendrán hijos, algunos sobrevivirán otros no… esos son tus propósitos. ¿Para qué quieres más? Esa ambición es la peligrosa, esa ambición es cancerígena, y los tumores hay que sacarlos sin matar el organismo, la vivisección se practica desde el origen de la humanidad…
No estaba seguro de haber entendido lo que me decía, pero sabía que en el fondo había una amenaza: Él es el guardián de este orden y yo no debía interponerme.
– No sé como sabe que me interesa el pasado –dije un poco ofuscado, quizás con el gesto apretado– pero la verdad es que no pasa de la simple curiosidad, un pasatiempo. Me encanta mi vida como es: amo a mi mujer y me entretengo en mi trabajo. Aun así voy a considerar las posibilidades que me ofrece, nunca está de mas un cambio –mentí.
– “La curiosidad mató al gato” un viejo dicho que se mantiene actual, para que reflexiones. Me parece muy bien, amigo Juan, en la administración siempre hace falta gente inquieta, yo no voy a vivir para siempre y necesito un equipo que me suceda. Sobre cómo sé de tus aficiones: como le decía somos a penas 652, es tan fácil saber todo de todos… ¡ese sí es conocimiento útil! Ese conocimiento nos protege. Le recomiendo que emprenda el camino a la mina para que no le toque caminar tanto bajo el sol de mediodía, no queremos que se insole y le pase algo. Cuando tenga su decisión, venga a verme.
Nos despedimos con un apretón de manos y me dirigí al mesón de la Mary. Le conté de las nuevas opciones de trabajo que me ofrecían, escondiendo mis más profundas preocupaciones. Le hice ver que Pol Machuca me consideraba alguien con inquietudes intelectuales y que podía ser útil en la administración. No se si me creyó, pero me miraba con sus ojos cafés abiertos y húmedos, mientras rodeaba mi cintura con sus manos enganchadas.
– Conversémoslo en la noche ¿ya? Tengo que llegar a la mina sino va a ser un día perdido
– Todavía tengo miedo.
– Tranquila, no pasa nada, lo más probable es que me quiera tener más cerca pero nada más, no nos van a hacer nada, si tampoco he hecho nada malo.
Le di un beso con lengua y me fui.
Mientras caminaba por el lecho del río repasaba mentalmente la extraña conversación con el mítico PolMachuca. Me había develado abundantes detalles del pasado, pero muy distintos a las brillantes imágenes de Santiago y de agua que vi en el libro. Pensé en mi madre, en los horrores de su infancia, en como marcaron su personalidad a pesar de ser una niña y se me ocurrió que a este hombre le había tocado mucho más duro, hasta el hueso, como la quemadura de su cráneo. Que quisiera evitar que averiguara cosas me resultaba aun más estimulante, ya no podría contener mi curiosidad. Seguramente subir al cerro para mirar a lo lejos no sería suficiente, decidí emprender un viaje, tomar mis cosas y partir, quizás la Mary querría venir conmigo…
Estaba sumergido fantaseando en lo que me encontrría siguiendo por la ruta, más allá de los autos apilados, cuando sentí un crujido a mi espalda: alguien caminaba por las piedritas a un par de metros de mi, miré sobre mi hombro y no vi a nadie. El crujido me acompañó hasta la mina.
4. Los extramuros

Esa noche con la Mary juntamos todas las fichas plásticas que pudimos en un saco de cuero. Ella juntó granos, grasa, charqui de perro y pasto seco. Yo armé un atadillo con cueros, zapatos y ropa hecha de lona encontrada en el basural con cordones de pelos de perro finamente trenzados. También envolví mis trozos de mapas y el libro.
Ese día cuando llegamos del trabajo tuvimos una intensa discusión. Yo ya había decidido que lo mejor era partir, que no me iba a conformar con vivir en esa ciudad precaria sabiendo que posiblemente, no muy lejos, había otras comunidades, con más agua, quizás en mejores condiciones, con mejores vidas. Comunidades donde la gente no se partiera el lomo cada día hurgueteando en el pasado sin poder jamás sacar una conclusión. La conversación con el líder de Santiago me había terminado por convencer: ese hombre jamás me dejaría tranquilo, por lo menos no hasta que supiera que mis inquietudes estaban aplacadas, que me tenía de su lado o que me conformaba con mi destino de ignorancia dentro de los limites de su ciudad.
La Mary insistía en que dejáramos todo “hasta aquí no más”, que quemara mis mapas y me olvidara de mi obsesión.
– No debería haberte regalado esa pelota para el año nuevo. No has vuelto a ser el mismo desde entonces. ¿Porque no podemos retomar nuestra vida normal? Olvídate de esas leseras, esto que ves es lo que hay. ¿Acaso no somos felices los dos? ¿Qué más necesitas?
– Pero Mary, ¿no te das cuenta? Es probable que en otras partes la vida no sea tan dura, que no tengamos que comer perro y escarbar en la basura con las manos. Podríamos vivir junto al agua, comer fruta de árboles, pescar… – Le mostré las imágenes del libro donde un hombre sonriente sostenía unos animalitosbrillantes parado junto a olas de agua espumosa, al lado otra imagen mostraba un plato humeante con los animalitos fritos: “Congrios del pacífico, Pacific Cusk-eel”
En realidad no logré convencerla con mis argumentos de que irse era lo mejor, pero cuando se dio cuenta de que yo partiría de todas formas decidió seguirme.
– No me voy a quedar sola aquí. Si te vas, me voy contigo, pero sigo pensando que no es una buena idea.
Pasamos la noche en vela, en silencio uno junto al otro en nuestra cama que nunca la había sentido tan cómoda, a ratos sentía que ya extrañaba mi rancha y la seguridad aparente de mi comunidad. Un poco antes del amanecer, cuando la noche se vuelve profundamente oscura antes de tornarse azul, nos levantamos, desayunamos y cerramos lo mejor posible. Amarré mis cinco perros en una fila y los llevamos con nosotros como provisión y protección. Llegamos a la Alameda antes que las primeras personas comenzaran a salir de sus casas y emprendimos hacia el oeste con nuestros perros y los bultos. Fueron horas de caminar entre las ruinas solitarias, el sol se demoró en salir esa mañana, por lo que la jornada no fue ten pesada, de todas formas había ideado un sistema de parasol individual que se apoyaba en los hombros, con alambres y trozos de lona sacados del basural, el de la Mary decía “D-3” con letras grandes. Almorzamos a la sombra de un muro, sentados sobre bloques de concreto polvoriento y alambres, nunca me había alejado tanto del centro. En mi imaginación, estos lugares estaban poblados de peligros y animales rabiosos, gente enferma, cadáveres y podredumbre. En cambio era un lugar tranquilo, con hebras de pasto creciendo en los rincones de las ruinas, un viento renovador silbaba y remolinos de polvo se levantaban en las calles. La Mary estaba como inspirada o alegre.
– Me empieza a gustar esto de viajar, yo pensé que a estas alturas ya íbamos a estar muertos.
Pasamos la primera noche al interior de una antigua construcción de cemento más o menos entera, por lo menos tenía techo y tres paredes, encendimos un pequeño fuego y comimos algo de nuestras provisiones secas, después acompañamos a los perros para que cazaran algunos ratones antes de volverlos a atar. Estábamos muy cansados y nos dormimos inmediatamente sobre los cueros desenrollados que había llevado calentándome la espalda todo el día.
Despertamos de buen humor y sedientos. Llevábamos agua en cantimploras metálicas pero no demasiada, necesitábamos encontrar un arroyo pronto o la mañana siguiente sería intolerable.
A eso del medio día encontramos la barricada de autos apilados que bloqueaba la entrada a los márgenes de la ciudad desde tiempos de la pandemia. Detuvimos la marcha a los pies de la torre y nos invadió el desaliento: eran metros de chatarra oxidada imposible de escalar. Quizás nosotros podríamos vadearlo pero ¿y los perros? Dejarlos atrás no era opción. El sol apenas se filtraba por la pared de vehículos, podía imaginarme su espesor y por primera vez desde la mañana anterior – que ya parecía un pasado remoto – se me ocurrió que lo mas sensato sería volver. Nos sentamos a descansar a la sombra de este obstáculo infranqueable que frustraba nuestras ilusiones y liberamos a los perros que se daban un festín con los ratones, murciélagos, palomas y lagartijas que emergían de las oscuras profundidades de lata y polvo. Mientras masticaba un poco de charqui seco intentando tragar sin gastarme la poca agua que nos quedaba a esas alturas, trataba de imaginar como habrían hecho para construir esta barricada: en ese momento debe haber quedado mucha más gente que la que hay ahora en Santiago, estos barrios deben haber estado llenos de personas desesperadas, hambrientas, enfermas que veían llegar hordas de miserables desde los campos… Estaba perdido en estas elucubraciones cuando vi al Tuli en la parte más alta de la pila de autos.
El Tuli era uno de mis perros más nuevos, busquilla e inquieto, un negro de pelo corto y patas largas que desde que había alanzado estatura de adulto había revolucionado mi canil y se había impuesto a los otros perros: ahora comía primero, tiraba primero y si alguno se le acercaba mucho lo mordía en el cuello hasta derribarlo. Ahora el Tuli me miraba desde lo alto con aires de suficiencia y triunfo, sentado sobre la ruma de chatarra que me frenaba.
– ¡Tuli! ¡Tuli! ¿Cómo llegó hasta ahí este perro de mierda?
– Llámalo para que baje y lo seguimos, así vamos a dar con la pasada que encontró.
– Pero tiene la panza llena de ratones medio vivos todavía, ¿con qué lo voy a atraer?
– Hazle cariño a los otros perros, yo lo sigo para ver por donde baja. Con lo celoso y matón que es, no va a resistir que le hagas cariño a los otros y a él no.
Los ojos de la Mary brillaban bajo sus pestañas tiesas. Nunca me había dado cuenta de que los desafíos la removían y excitaban, solucionar problemas, vencer dificultades. “Una verdadera sobreviviente” diría Pol Machuca. Seguimos su plan y pronto la Mary volvió con el Tuli que venía desesperado, gruñendo y ladrando para imponer su derecho a ser acariciado antes y más que los otros perros.
– Hay una rampla como a 500 metros de aquí, sube en diagonal hasta la parte más alta.
– Así lo hicieron… Así subieron estos autos hasta arriba. ¡Vamos! Muero de curiosidad por mirar al otro lado.
La rampla estaba construida con techos de autos y a esa hora hervía con el sol. A medida que ascendíamos mis zapatos de suela de plástico comenzaron a derretirse y sentía que se me pegaban a la piel. Nos descalzamos justo a tiempo y atamos unos cueros a nuestros pies para seguir subiendo. Arriba la vista erasublime, nunca imaginé algo así. Hacia el oeste se extendía un gran valle bordeado de cerros, se veían manchones verdes a pesar de ser pleno verano. La carretera se extendía infinita, internándose entre los cerros. Las ruinas de la ciudad terminaban poco más allá de las barricadas y me pareció ver brillar agua por ahí. A mi espalda: la ciudad y tras ella las montañas familiares que se veían mas pequeñas y púrpuras. Las ruinas se veían interminables, grises y desordenadas, barridas por el viento y los recuerdos y los fantasmas.
El paisaje me recordó a lo que veía cuando estaba metido hasta el cuello en el basural y levantaba la cabeza de mi trabajo para estirar la espalda: apoyando la cabeza en los brazos veía la superficie irregular y removida como si fuera un mundo desolado en miniatura que se extendía infinitamente con sus secretos y ánimas desperdiciadas. Me volví hacia la Mary y la encontré llorando. Su piel estaba quemada por el sol y cubierta de polvo, las lagrimas dejaban un rastro húmedo en sus mejillas.
– ¿Qué pasa mi amor?
– Esto está hecho para que la gente no suba, ¿cómo vamos a bajar? – Me di cuenta de que lo que la acongojaba era dejar atrás definitivamente, sin retorno, la ciudad y su seguridad, lanzarse al vacío arrastrada por mi o verme partir para siempre. Ya había tomado una decisión pero no era feliz con ella. Vi que miraba directamente a los pies del muro de tres autos de espesor, hacia el lado de afuera: miles de esqueletos se arrumaban formando una pequeña pirca macabra, era lo que quedaba de los que quisieron entrar, huyendo de quien sabe que.
Bajar nos tomó toda la tarde. Empezamos por seguir a los perros que se metían a los autos por los techos y las ventanas y parecían más abajo, uno de ellos, el Rucio, se devolvió hacia la rampla y nunca más supimos de él. Tuvimos que bajar apoyándonos en las latas oxidadas que sobresalían. Para descansar los músculos del agotamiento y el vértigo, metíamos las piernas por alguna ventana y recobrábamos el aliento, hasta que la Mary repetía.
– Terminemos rápido con esto por favor, tengo la sensación de que alguien me va a tirar las patas desde adentro cada vez que hacemos esto.
Cuando llegamos a la ruma de huesos, el sol estaba casi horizontal y las latas comenzaban a enfriarse con lastimeros crujidos y golpes, podíamos sentir el golpeteo de los animales al interior, en una ocasión casi me desplomo asustado por un grupo de murciélagos que emprendía su correría nocturna. Por mi trabajo en la mina Basural Renca estaba acostumbrado a los restos humanos, a patear craneos empolvados con restos de cabellos aun pegados, pero la Mary se puso a tiritar cuando se acabó la chatarra y debimos empezar a movernos por la pendiente inestable de los esqueletos. Los perros, mucho más livianos y ágiles se demoraron 10 minutos en tocar tierra mientras nosotros nos hundíamos a cada paso. En una de esas mi pie pasó de largo por una pelvis ancha y se me ocurrió la solución. Como pude me senté sobre ella y le alcancé otra a la Mary junto con una cuerda de pelos.
– Amárrate a este hueso, póntelo en el poto, como un asiento – me miró como si me hubiese vuelto loco – hazme caso, en serio.
Con las pelvis amarradas y las piernas levantadas nos deslizamos a saltos por los esqueletos, sonaba un cloqueo casi musical. Finalmente nos estrellamos contra el suelo, la tierra solida y horizontal nuevamente. Nos revolcamos abrazados, agotados y secos, aun con las pelvis ajenas amarradas, nos reímos como cabros chicos.
– Tenemos que encontrar agua y un lugar para pasar la noche - dijo la Mary poniéndose en pie y desatándose del hueso anónimo mientras recuperaba su atado que había lanzad desde varios metros de altura para hacer más fácil el descenso. Recién ahí me di cuenta de que tenía una mano lastimada.
– No es nada, solo me corté con una lata – Era mucho mas que un corte: tenía la palma de la mano cruzada por un tajo profundo, entre la tierra y el polvo pegoteado con sangre podía ver los tendones blancos.
– ¡Pero Mary! ¿Cómo no me dijiste nada?
– Quería que bajáramos rápido, además ¿qué podrías haber hecho allá arriba?
– ¿Te duele?
– Para nada, me molesta un poco, pero no me duele.
– Busquemos agua, rápido
Emprendimos la marcha por el camino pavimentado, nuestras ojotas de cuero eran mucho mas cómodas que los zapatos de plástico y avanzamos mucho, mientras caía la noche me sentía más desesperado por encontrar agua, había que limpiar esa herida rápido. Ya era de noche cuando un repiqueteo cantarín me indicó que habíamos encontrado agua corriente: al lado del camino había una zanja cubierta de pasto verde y al fondo de éste corría un hilillo de agua en dirección contraria a la que nosotros llevábamos, es decir, no venía de la ciudad.
Encendí un pequeño fuego ahí mismo, sobre el camino y extendí los cueros para que la Mary se recostara, ya no hablaba, estaba muy cansada, insolada y seguramente debilitada por la herida y aguantar el dolor todo el día.
Los perros estaban felices recorriendo los alrededores en busca de animalitos, estaban más gordos que hacía dos días. Con una antorcha en la mano fui hasta el riachuelo y recogí agua en uno de los cuencos que la Mary había embalado junto a las provisiones, se veía clara y pura. Con ella limpié la herida de la Mary y todo su cuerpo cubierto de tierra hasta que comenzó a tiritar. La abrigué bien y preparé un caldo con charqui y granos, pero me costó mucho que comiera algo.
– Me cuesta tragar, quizás en la mañana.
Nos acurrucamos junto al fuego y los perros. Despertamos mejor pero la jornada anterior había hecho estragos en nuestros cuerpos, estábamos adoloridos y quemados, la Mary estaba herida y con la garganta inflamada. Hervimos mucha agua y bebimos hasta la saciedad, nos terminamos la sopa de la noche anterior y comimos berros que encontré creciendo primorosos junto al agua. Nos tomamos media mañana de descanso antes de emprender la marcha.
Caminamos todo el día por el pavimento, el esterillo seguía junto al camino y su sonido nos mantenía alegres y esperanzados. Los perros nos seguían felices y satisfechos, para ellos esto era una aventura de abundancia, nosotros esperábamos que pronto lo fuera también. La mano vendada de la Mary sangraba a ratos, pero mi mujer demostraba ser toda una sobreviviente, jamás se quejó, jamás se detuvo, aun cuando sé que estaba sufriendo. Hacia el anochecer el paisaje comenzó a cambiar: ya no íbamos por plano sino que subíamos y bajábamos cuestas y la temperatura era menor. Ya casi era de noche cuando la Mary me sacudió un brazo. Frente a nosotros había un árbol: igual a los que había visto en el libro, ¡un árbol! Con ramas y hojas, y un gran tronco, en torno a él crecía una suave hierba verde, nos acercamos lo más rápido que los músculos agarrotados nos lo permitieron. Levantamos ahí nuestro campamento y un par de metros más allá sacrifiqué al primer perro: el Cuato que tenía las patas cortitas y el poto gordo, le costaba seguir el paso de los otros y necesitábamos carne para reponernos de las tres jornadas de marcha que habían hecho estragos en nuestra fortaleza. Lo degollé con un corte certero y le sostuve la cabeza mientras se desangraba, por suerte ya era de noche y no tuve que mirar sus ojos. Amarré a los demás para que no se comieran la carne fileteada que dejé tendida en unas rocas junto al árbol para que el sol de la mañana la secara, tendríamos que pasarnos un día entero ahí para que se convirtiera en un charqui aceptable. Asamos al fuego una pierna entera, por primera vez en mi vida quemaba madera, se veía hermosa convertida en brasa roja.
A mitad de la noche me levanté para hacer callar a los perros que estaban un poco conmocionados con el olor de la sangre del Cuato y se gruñían, mordían, tironeaban. Estaba disciplinándolos cuando un resplandor llamó mi atención. En la ladera de un cerro cercano iluminado por la luna, brillaba un fuego “¡Humanos!” pensé. Me quedé mirándolo hipnotizado y resguardando el sueño inquieto de la Mary que a ratos tenía espasmos, contracciones de sus brazos y piernas.
Hacia el amanecer vi una figura moverse por la carretera hacia nosotros. La Mary seguía durmiendo a saltos, me escondí en la zanja a esperar: un hombre se acercaba, cubierto de cueros harapientos, cuando estuvo cerca pude ver que era un anciano que caminaba con bastón. A unos 200 metros se puso a gritar.
– Soy un hombre inofensivo ¿que buscan por estos lados? ¿Aló?
Me asomé lentamente y saludé con la mano. Temía que fuera un loco desquiciado, que nos quitara los perros o nos matara para comer.
– Hola, soy Carol, vivo cerro arriba, a la entrada del túnel, vi su fuego en la noche y no pude resistir venir a saludar, no es mucha la gente que circula por estos lados.
Se escuchaba bastante cuerdo. Me presenté y le conté de mi travesía, le dije que buscaba otra comunidad para establecerme con mi mujer.
– ¡Ah! Yo salí por lo mismo hace varios años atrás, ya no sé cuantos. Ese deschavetado de Pol tenía una dictadura desastrosa. ¿Todavía vive ese viejo psicópata?
– Si, sigue donde mismo.
– ¿Qué le pasa a tu mujer?
– No sé, es raro que no haya despertado.
– Algo he aprendido de medicina, tengo una buena colección de libros si quieren subir a mi casa más tarde, déjame verla.
– Tiene un tajo en la mano.
La observó detenidamente.
- ¿Ves esa sonrisa extraña que tiene? Es un síntoma de tétano, una infección terrible. Lamento decirte que tu mujer se va a morir pronto.
5. En un túnel

Carol tenía razón, la Mary despertó a medias esa mañana Tenía fiebre y la herida seguía sangrando. Las contracciones de sus brazos y piernas se intensificaron y pronto todo su cuerpo convulsionaba en espasmos brutales que la levantaban del suelo.
Carol guardó silencio la mayor parte de la mañana mientras yo intentaba despertar a la Mary, le mojaba la cara o le masajeaba las manos. El anciano me ofreció ayuda con los perros, los acompañó a cazar para que no se comieran mis provisiones, acarreó e hirvió agua y me preparó algo de comida. Pasado el medio día se disculpó, dijo que iba a su casa y volvía. Casi no le contesté, no podía creer que mi mujer se estuviera muriendo. A ratos se relajaba y volvía en si, me miraba con los ojos brillantes y estiraba una mano para acariciar mi rostro.
- ¿Por qué lloras?
- Porque nunca había estado en un lugar tan bello – decía apuntando las hojas verdes que hacían sombra sobre su lecho.
- ¿Esto es un árbol? Es hermoso, pensé que me iba a morir sin ver uno. Parece que no fue tan mala idea salir de Santiago finalmente.
- Vino un anciano mientras dormías, vive aquí cerca, el también salió de Santiago hace años atrás.
- Ten cuidado Juan, puede ser un desquiciado. Estoy muy cansada, voy a aprovechar el día para descansar, mañana seguimos caminando ¿si?
Carol volvió de su casa. Traía unas pelotas de colores, unos saquitos y una pala.
- Son frutas, duraznos y ciruelas, salen de árboles que me imagino jamás has visto. Traje también algunos medicamentos para que no sufra tanto tu mujer, desgraciadamente contra el tétanos no hay cura posible.
Molió en un mortero unas semillitas hasta formar una pasta y me dijo que se las pusiera bajo la lengua a la Mary.
- Es adormidera, amapola, le va a ayudar con el dolor y los espasmos.
Cortó algo de fruta y me dio, no tenía hambre pero no pude resistirlo: era dulce y ácida, tenía un aroma y sabor que jamás había imaginado. Guardé un poco para la Mary por si despertaba. La pasta comenzó a hacer efecto a media tarde y el cuerpo de mi mujer se relajó, la sonrisa macabra de su cara aflojó y recuperó un poco la conciencia.
- Mira Mary, este hombre trajo comida ¡Fruta de árboles! Es muy rica, tienes que tratar de probarla. – Puse un pedazo pequeño y molido en su boca que a apenas puedo aplastar contra el paladar y tardó mucho en tragar.
- ¿Estoy soñando? Tengo la sensación de estar soñando.
- Es la amapola – dijo Carol.
- No mi amor, estas un poco enferma y te dimos un remedio para que no sientas dolor, pero pronto vas a estar mejor, tienes que ser fuerte y tratar de comer un poco.
- No quiero Juan, déjame así, hazme cariño. Este lugar es hermoso, estas hojas son hermosas, el ruido del agua es hermoso. Como en el libro. Y ese sabor, no sé que era pero es muy bueno, no pensé que hubiera comida así, si no me doliera tanto tragar… tu sabes que te amo ¿cierto?
- Si mi amor, yo también te amo.
Pasó el resto del día en ese estado medio delirante pero feliz. Carol se sentó con los perros a acariciarlos, buscaba agua y picaba fruta. Logré que la Mary comiera un poco más antes de que cayera en un sueño profundo después de la puesta de sol, que la hizo muy feliz. No volvió a despertar. A media noche su cara se contrajo en un rictus indescifrable y murió.
Tenía su cabeza entre mis brazos, apoyada en las piernas y pude sentir como se hacía pesada y se hundía como buscando la tierra.
Me acosté junto al cuerpo de mi mujer y me dormí como tantas otras noches, abrazado a su tibieza que se escapaba entre los cueros, a pesar de que la cubrí herméticamente para mantenerla por más tiempo. Desperté al alba con un sonido rítmico. La Mary estaba azulosa y fría, sus manos comenzaban a endurecerse. El ruido era Carol, que con el torso desnudo cavaba una fosa un par de metros más allá. Me quedé abrazado al cuerpo yerto de mi mujer hasta que Carol terminó de cavar y se sentó en una roca a beber agua. Habló sin mirarme:
- Te traje algunas cosas previendo este momento, me imagino que preferirías estar solo, pero me gustaría hacerte las cosas más fáciles. Traje ropa de tela que perteneció a mi mujer, es suave y bella, y también algunas flores de mi jardín, y unas plantas, amapolas, de donde salen esas semillas que le dimos ayer y que la hicieron tan feliz. Es una flor hermosa y delicada pero la planta es aperrada, aquí va a estar perfecto, junto a tu mujer.
No pude responder. Me levanté lánguido y desnudé el cuerpo menudo de la Mary que brillaba demasiado blanco bajo el sol. La vestimos con una tela suave y translúcida y entre los dos la depositamo en el fondo de la fosa que Carol habia cavado. La cubrimos con flores azules y moradas. Se veía hermosa, el paisaje, el árbol y el pasto eran hermosos, todo era demasiado bello y ella no tenía los ojos abiertos como para verlo. Quería despertarla y que se viera vestida con esa ropa tan especial, que mirara la hermosa mañana y las flores.
No pude cubrirla con tierra, Carol se encargó. A ratos se me aceleraba el corazón ¿y si no estaba muerta? ¿Y si despertaba y se encontraba bajo un metro de tierra y se ahogaba? Recordaba su rigidez y me calmaba. La Mary estaba muerta. Muerta, muerta, muerta. Por culpa de mi viaje estúpido, por mi culpa, por seguirme a mi y a mi sueño, ella sabía que era una mala idea. Y ahora estaba muerta.
- Consuélate con que vio este árbol, comió frutas y te amó. Ayer era muy feliz, Juan, consuélate. No hay nada que hubieses podido hacer, ella quería estar contigo y murió feliz y en tus brazos. Fue lo menos malo, tranquilo.
- Lo sé, lo sé. Voy a seguir viaje luego, si me quedo aquí me voy con ella.
- Vamos a mi casa unos días.
Caminamos dos horas cerro arriba, Carol llevaba el bulto de la Mary, nos siguieron los perros silenciosos, parecía que tenían conciencia de la tragedia. La casa de Carol quedaba a unos metros de la entrada de un túnel del que no se veía salida. Llegamos a media tarde y la cubrían las sombras. Era una rancha de madera y latas, mejor construida que la mía, probablemente había usado alguna vieja ruina para instalarla. La rodeaba un jardín con flores y árboles, más árboles aun, unos pájaros gordos escarbaban entre las plantas y un esterillo pasaba a pocos metros. Todo esto debería haberme excitado como a un niño pero no podía sentir nada más que pena y un peso inmenso en mis pies, ojalá la Mary estuviera aquí para compartir esto conmigo. Entramos a su casa que estaba llena de extraños objetos y plantas boca abajo colgando del techo.
- Te voy a hacer algo de comer y después trata de dormir un poco, mañana te voy a mostrar mi biblioteca.
- Gracias. ¿Tú qué?
- Biblioteca, colección de libros, tengo varios cientos.
Me sirvió un plato con una bolitas verdes y otras mas pequeñas transparentes con una cosa plana, blanca y amarilla.
- No sé que esto dije – casi llorando de angustia.
- Las verdes son arvejas, una legumbre, yo voy a comer lo mismo, no te asustes, las cultivo aquí afuera. Lo otro es quinoa, una plantita muy antigua y aperrada que cultivaban los antiguos de los antiguos, tengo todo el cerro lleno de quinoa, hace muy bien. Eso que ves encima es un huevo de galllina frito, las gallinas son esos pajaros gordos que viste afuera, se comen y sus huevos también, son exquicitos, desgraciadamente en invierno hay menos, así que hay que aprovechar mientras tanto. Come te hará bien.
Los sabores me inundaron, las texturas me sobrepasaron, cuando el amarillo del “huevo” se desparramó brillante y suave sobre la “quinoa” rompí en llanto, lloré mientras masticaba y tragaba algunos granitos de quinoa se devolvieron por mi nariz. Terminé de comer y seguía llorando con hipos. Tenía razón, siempre la había tenido y la Mary había muerto ayudándome a comprobarlo. Carol comió en silencio sin levantar la cabeza, me mostró un camastro con cueros para que me recostara, era suave y acolchonado. Lloré toda la tarde. Pensaba en la Mary, en su cama de tierra fría y húmeda, en su carne tersa descomponiéndose, en los insectos entrando y saliendo laboriosos por su boca, por mi boca, por su boca mía. La imaginé atrapada en ese cuerpo, desesperada, llamándome en silencio mientras yo me revolcaba en estas mullidas blanduras. No sé cómo, me quedé dormido llorando y desperté desorientado y afiebrado en medio de la noche oscura. Algunas brasas brillaban en un hogar y Carol roncaba en un camastro a mi derecha. Salí de la rancha, la luna iluminaba el valle, podía ver el árbol donde dormía mi mujer a dos horas de distancia, donde dormiría por siempre sola, donde la dejé sola. Me volvió el llanto incontenible. El Telín se me acercó meneando la cola, con la cabeza gacha, se sentó a mi lado mirando el valle y mi rostro alternadamente, me senté junto a él y lo abracé.
- Quédate conmigo Telín, no te vayas a morir tu también.
Como comprendiéndome, apoyó su hocico en mi hombro y así nos quedamos hasta que amaneció y el sol pegó de lleno en la rancha. Un viento frío salía del túnel y refrescaba la mañana de verano. A pesar del hombre, los árboles,los perros, las gallinas, la comida y el éxito de mi misión, me sentía más solo que nunca, más desamparado que nunca. Algo minúsculo de este mundo, algo invisible y culiado se había llevado a mi mujer. No sabía como volver a ser uno, solo uno contra el mundo.
Carol salió de la casa con la misma pala con que había cavado la fosa para enterrar a la Mary.
- Acompáñame, después desayunamos.
Fuimos a abrir uno de los lados del esterillo para que el agua inundara el jardín.
- Este es mi huerto, aquí hay de todo para comer, mucho mas de lo que necesito, lo que sobra se lo doy a las gallinas y lo que sobra de ellas se lo doy a mis perros, que son para compañía, no para comer. Debes saber que solo en Santiago viven de esa forma. Fue la codicia de Pol Machuca lo que los llevó a eso, su paranoia, su miedo insuperable. Esa fabrica maldita… para qué quiere plástico, de qué le sirve el plástico. Si no fuera por su afán de poder, de tener una industria… aun tendrían árboles en Santiago, y comida digna, y sombra y animales… pero no, ese pobre diablo medio psicópata, que siempre había sido un postergado, un mediocre, vio en la desgracia la posibilidad de cumplir su sueño de poder, su ambición de dirigir un pequeño ejercito de hombres asustados, azuzados por un propósito estúpido… el plástico… a quien se le puede ocurrir que tiene algún valor especial… hay que ser tarado.
Escuchaba su perorata entrecortada por jadeos mientras lo veía mover montoncitos de tierra dirigiendo hábilmente el agua a voluntad.
- Estoy regando muchacho, las plantas, igual que nosotros necesitan agua. Ahora esperamos y volvemos a dejarlo como estaba, todo cerrado para que la tierra lo absorva. Vamos a comer algo.
En una placa metálica sobre el hogar había dos masas blancas redondas, infladas.
- Es pan, lo hago de quinoa, en esa fuente guardo un poco de masa cruda con agua, eso me sirve para que se infle así. Tengo mucho que enseñarte… si quieres te puedes quedar conmigo, aprender, y cuando yo me muera te quedas con mi casa y mi cultivo…
- Quiero llegar al agua, al mar.
- Te entiendo, yo también fui. Te quedan varios días de caminata, tienes que entrar al túnel, es oscuro y frío, nada agradable, pero del otro lado te vas a encontrar con muchas sorpresas. Vive gente en la costa, El mar está más alto que antaño pero no influye mucho. La gente come peces y algas, cultivan y crían animales. Fuman yerba y miran el movimiento del mar. Es muy lindo, pero te va a resultar muy nuevo creo.. si no te hayas, vuelve y puedes heredarme, yo ya soy muy viejo y me gustaría enseñar lo que he aprendido, dejarle mis libros a alguien, no me gustaría que mis huesos se secaran sentados a la mesa y todo se pudriera y las plantas se comieran mi casa conmigo adentro. Pero bueno, si es el destino…
- Muéstreme su biblioteca, Carol, por favor.
- ¡Ah! La biblioteca. Claro, tengo literatura, los clásicos de ayer y de siempre: Shakespeare y el Quijote, García Marquez y Fuguet, Proust, Pound, Elliot y Parra. Además tengo atlas llenos de mapas que me imagino que te van a interesar, diccionarios y enciclopedias, revistas, manuales, y un largo étcetera.
Después de comer “pan” con un fruto verde de unos árboles altos, tomar una dulce infusión de hojas y comer fragantes frutas, me llevó a una sala junto al hogar, las paredes estaban cubiertas de estantes con miles de libros, de todos los tamaños y colores.
- Te dejo solo. Revisa lo que quieras pero ten cuidado con las páginas a veces se salen de puro viejos que están. Cada vez que saques uno, después lo vuelves al lugar donde estaba. Soy un poco maniático con el orden de mi biblioteca. Yo me voy a las labores campesinas, que mi huerto no puede pasar un día sin mi, me necesita como yo lo necesito a él.
Al principio me sentí un poco mareado, tanto papel, tantos libros, yo había crecido en un mundo donde eran objetos valiosos por su material y peligrosos por su contenido… y aquí, en este rincón medio mágico y solitario, lejos de toda ruina tenía cientos a mi disposición. Me pasé el día leyendo párrafos sueltos, muchas veces no entendía las alusiones y las palabras me quedaban grandes, hasta que me topé con un “diccionario enciclopédico”: una lista de palabras y su significado que me atrapó por dos horas. En algún momento Carol me llamó para comer: otro plato de quinoa y unos granitos amarillos, en vez de huevo venía un pedazo de carne blanca.
- Eso es gallina, pollo en realidad, el hijo de la gallina. Tienes que irte familiarizando con estas cosas si vas a conocer el mundo. – sonaba alegre – tus perros quedaron fuera de la reja para que no se coman mis pollos pero están felices jugando con los míos, comiendo ratones.
- ¿Has leído todos esos libros, Carol?
- Si, por las tardes. Me gustaría tener más.
- ¿Hay más?
- Siii, hay millones de libros en el mundo, no sé donde estarán pero cuando era joven sabía que era imposible contarlos. Tampoco me interesaban mucho en esa época, había otras entretenciones. Pero ahora me dan una paz irreemplazable.
- ¿De donde los sacó?
- Me los traje de algunos viajes, te sorprendería la cantidad de casas abandonadas que hay no tan lejos de aquí, están llenas de tesoros, quizás ya más deteriorados, pero años atrás era cosa de caminar y estirar la mano.
Terminamos de comer y volví a la biblioteca. Así pasé dos días encerrado con el papel y las letras, cada vez más entusiasmado con las posibilidades del mundo. La muerte de mi mujer empezó a quedar en el pesado, la muerte en general empezó a tener otro significado: los libros estaban llenos de muertes trágicas o masivas, genocidios, asesinatos, enfermedades dramáticas y la humanidad siempre parecía resurgir, como el pasto en el valle. Cómo las amapolas.
Durante la cena de la segunda noche, mientras comíamos lo que Carol me dijo que eran “papas” y pollo otra vez (el mismo pollo) y hojas tersas (”lechugas”), le dije:
- Creo que mañana me voy a la costa, pero volveré, voy a ser tu aprendiz y moriré aquí al lado de la Mary.
- ¡Qué lindas palabras nuevas! ¡Y qué precipitado! ¿Estas seguro que no quieres esperar un poco?
- No. prefiero aprovechar el impulso que sus libros me han dado. Dígame lo que debo hacer.
- Vamos a preparar un equipo de viaje, tendrás que cruzar el túnel, mejor que salgas temprano para que al final del día estés del otro lado, no quieres dormir dentro, está lleno de obstáculos, hay varios esqueletos y muchos murciélagos, nada bonito, y es oscuros, llévate a tus perros para que te ayúden y te voy a hacer una antorcha, no te puedes perder, es recto. Una vez del otro lado sigue caminando, hay otro túnel pero es cortito, en unos cuatro o cinco días debieras llegar a Viña, o lo que queda de Viña. Es una comunidad que vive junto al mar. Diles que arrancaste de Santiago. Para ellos el mito es que es una gran tragedia, trata de verte limpio y cuerdo sino van a pensar que eres un desquiciado.
A la mañana siguiente Me entregó un atado con provisiones, perfectamente acomodado para la espalda y me pasó un libro “El Quijote para escolares”
- No te paso el original para que te den ganas de volver. Disfrútalo, te estaremos esperando con la Mary, le voy a llevar más plantitas. Buena suerte muchacho.
- Gracias Carol.
- El Telín, el Pocho y la Marta, los tres perros que me quedaban estaban excitados por emprender el viaje pero su ánimo decayó cuando nos enfrentamos a la boca negra y ventosa del túnel, me siguieron de mala gana hasta que la luz a nuestras espaldas se perdió y quedamos rodeados de negrura.
6. El chapuzón
Lo Prado. Así me dijo Carol que se llamaba este túnel. La carretera corría encerrada por sus paredes indescifrables. El Telín iba pegado a mi pierna. Los cuatro marchábamos en un silencio profundo, apenas interrumpido por el crujido de objetos invisibles bajo nuestros pies: ¿hojas secas? ¿Esqueletos de lagartijas y ratones?
Carol había empacado una buena porción de grasa mezclada con pasto seco para que pusiera en una antorcha de palo rematada por una jaula de metal oxidado, me dio también otra caja metálica agujereada con brasas incandescentes dentro:
- No te va a durar mucho, prende tu antorcha lo antes posible. A medida que el palo de la antorcha se vaya carbonizando bajas la jaulita de hierro, si lo cuidas debiera durarte dos o tres días antes de que se queme todo el palo. Cuidado con las manos y con que se te apague porque vas a quedar ciego como un topo sin luz allí dentro.
- ¿Como un qué?
- Un animalito subterráneo. Puede que te de mucho miedo el túnel pero en realidad no hay nada que te pueda lastimar salvo tú mismo si te caes y te hieres. Hay ratones, murciélagos, lagartijas, palomas, arañas y basura, nada terrible, algunos autos también. Anda muchacho, conquista tu libertad.
Noté que tenía lágrimas en los ojos.
- Antes de que llegáramos nosotros, ¿hacía cuánto que no compartía con otros seres humanos, Carol?
- Uuuuu. No hablaba con un hombre hace unos 10 años creo. Ya, ándate, ojalá que vuelvas. Yo cuidaré el lecho de tu mujer.
Mis ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad del túnel y creía que podía ver algunas formas, pero todo se veía azuloso e incomprensible ante mí. Quería sentarme para acomodar la antorcha y seguir caminando pero no me atrevía ni siquiera a apoyar el bulto de mi espalda en el crujiente suelo. A tientas, de memoria, amarré los perros en línea para que no se dispersaran o volvieran donde Carol.
Como pude saqué una porción de grasa y pasto y la puse en la antorcha, dejé caer una brasa sobre esto y poco a poco empezó chisporrotear mientras una luz naranja se extendía lentamente entorno a nosotros, cada vez más intensa. Pronto, todo el puñado de combustible ardía con una llama baja y densa, derritiéndose dentro del hueco de mi antorcha como una gran vela. Pude sentir como se agitaba un pequeño mundo a mi alrededor: ratones pasaron corriendo sobre mis pies y los murciélagos del techo ignoto se revolvieron en su sueño. Probablemente el último en encender una luz en este lugar fue Carol hace un par de décadas atrás. Tenía ganas de hablar con el viejo ahora, me maldecía un poco por no haber aprovechado de hacerle miles de preguntas que ahora, solo en la oscuridad, se agolpaban en mi mente.
Lo que crujía a mis pies era barro seco y hojas, probablemente un aluvión de barro había corrido por este lugar en algún minuto y ahora era una capa de tierra reseca y cuarteada en formas geométricas, pequeños montoncitos de una materia blanca y seca se repartían por toda la superficie: caca de murciélago. La luz de mi antorcha no alcanzaba para ver el techo, pero por el murmullo afelpado de los cuerpos de esos mamíferos voladores, podía hacerme la idea de que no estaba tan lejos.
Caminamos animadamente varias horas, era difícil llevar la cuenta del tiempo sin ver la luz del día. El rugido de mi estómago me indicó que probablemente pasaría ya del medio día cuando nos topamos con una forma extraña, de lejos se veía como un pequeño domo. Era un auto sepultado hasta la mitad por el barro, sólo asomaba su techo y ventanas. Increíblemente, aun conservaba los vidrios. Los perros se inquietaron, los desamarré y los dejé acercarse para que se dieran un festín con los cientos de ratones que salían de su interior. No sé que me llevó a asomarme por las ventanas hacia el interior del vehículo. Aunque por mi trabajo estaba acostumbrado a esos espectáculos, metido en esta negra soledad, la sorpresa me hizo caer de poto y por primera vez desde que entré al túnel, perdí la calma al sentir el suelo resquebrajarse bajo mis manos: tres esqueletos medio sepultados por el barro descansaban dentro del auto con sus calaveras sonrientes y nidos de ratones entre sus costillas desnudas, las luces movedizas de mi fuego hacía que las sombras de sus cuencas y dientes bailaran y les dieran una cierta vida, muy distinta de la que probablemente alguna vez tuvieron. Me alejé gateando de espaldas, aplomado por el pesado bulto de provisiones, el Telín se acerco ante mi alarma, de su boca corría un hilillo de baba oscura, probablemente teñida por la sangre de las alimañas que estaba cazando. Le acaricié el lomo para calmarlo.
- Solo fue un susto Telín, no pasa nada, estoy bien, anda a jugar.
No me hizo caso y se sentó al lado mío a lamerse ruidosamente el hocico y las patas, mientras yo recuperaba la compostura. Estaba en eso cuando sentí un leve movimiento entre los pelos de mi pierna medio desnuda: algo caminaba sobre mi piel, quizás algún bicho que quería averiguar si estaba muerto y era materia disponible para digerir. Acerqué la antorcha y encontré una araña del porte de la palma de mi mano trepando por mi pierna. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Me incorporé de un saltó y me sacudí el bicho, saqué un poco mas de grasa y pasto y lo puse en la antorcha para revisar mis ropas y equipaje, quería asegurarme que ningún otro animal estuviera curioseando por mi anatomía. Si la Mary hubiese estado ahí me habría ayudado, hubiese revisado mi pelo, me hubiese calmado a pesar de que su corazón también estaría latiendo, quizás más ruidosamente que el mío. Su corazón latiendo… recordé que su corazón no latía más, que los animales que la visitaban para probar un pedacito de ella estarían dejando larvas en su carne, repasando todos los recovecos que yo tan bien conocía, imaginé que en un tiempo más luciría como los esqueletos dentro del auto y que probablemente la oscuridad de su tumba era mucho más profunda y sofocante que esta. Me odié por sentir miedo ante una araña tan pequeña, ante un par de restos humanos como los que tantas veces había visto en el basural. Los ojos del Telín pegados en mi rostro brillaban con el fuego de la lámpara, de pronto movió rápida la cabeza y atrapó la araña que había quedado desconcertada en el suelo a sus pies, masticó rápido recogiendo los labios para meter todas esas patas batientes al interior de su boca, no sé si le pinchaba o le daba asco, pero masticaba con cuidado. No pude evitar una carcajada.
- ¿Qué no harías por mi perro tonto? Eres increíble. Mastícala bien, eso es, me salvaste de una arañita. Jajaja Que tontera… sigamos caminando.
De ahí en adelante el camino se volvió más difícil: el barro ya no estaba esparcido liso sobre la superficie sino que se había arremolinado en numerosos autos que se habían estrellado unos contra otros y formaban un laberinto de lata y terrones. Muchos de estos autos eran tumbas de antepasados que encontraron la muerte en un accidente quien sabe cuándo. Los principales habitantes actuales eran ratones, miles de ellos que huían despavoridos de sus actividades diarias ante la llegada de mi luz. Desde los espejos y distintos recovecos de los autos salían tremendas telas de araña cubiertas de polvo, era muy difícil esquivarlas y a veces sentía el suave contacto de sus hilos en las piernas, la cara, los brazos, y me desesperaba pensando que llevaba un colgajo de pequeñas bestias de ocho patas.
Comí caminando, no quería detenerme. Carol había empacado unas galletas de granos, una vez más me sorprendía con extraños sabores que jamás había probado. Desgraciadamente no estaba ahí para preguntarle que era, otra pregunta más que no le había hecho.
Sentía la fatiga de mis piernas, probablemente ya era de noche porque los murciélagos se inquietaban y revoloteaban sobre mi cabeza, pero no me atrevía a recostarme entre el barro y las alimañas así que decidí seguir caminando. A veces hacía una pausa y me sentaba sobre mi bulto para comer provisiones, recargar la antorcha y darles agua a los perros. Tenía mucho sueño y las piernas me dolían como si me clavaran fierros calientes. En algún momento comenzó a correr un viento frío en dirección contraria a la que yo llevaba, el mismo viento que sentía junto a la casa de Carol, ese viento que refrescaba las mañanas soleadas mientras Carol regaba su huerto. Quizás estaba amaneciendo, probablemente ya había pasado la noche y comenzaba un nuevo día, debía estar por la mitad del trayecto o más.
Tantas palabras nuevas, pensaba mientras el viento metía polvo en mis ojos, secaba el sudor que cubría todo mi cuerpo y refrescaba mis piernas agotadas. Seguí caminando contra el viento que tenía un olorindescifrable y húmedo, mientras pensaba en los libros, en la biblioteca de Carol, tantas cosas nuevas, tantas letras, tanta gente inquieta. Como hipnotizado seguí caminando y pensando en lo que había leído, imaginando los personajes y los paisajes: esos lugares remotos poblados de ideas y artefactos que ya no existían sino como descomposición, pero en los libros estaban tan vigentes como siempre, ahí galopando por caminos, disparando contra pechos, conduciendo por carreteras, comprando en negocios, asistiendo a escuelas, escuchando profesores, eligiendo presidentes, alcaldes siendo ridículos, policías siendo corruptos, amigos traicionando, maridos engañando, mujeres maquilladas, cientos de licores diferentes siendo engullidos, vestidos y calzados llenos de detalles caminando por calles súper pobladas, perros y gatos de cuidada genealogía, pájaros en jaulas, edificios, teléfonos, computadoras, máquinas para cocinar, para escribir, para iluminar, barcos en ríos y mares, vehículos para volar, intentaba imaginarlo todo, las fotos de la enciclopedia me daban una idea y de ahí en adelante mi fantasía completaba los espacios en blanco, pero todo estaba en la biblioteca de Carol, a mi espalda, junto a la Mary. Pero delante mío estaba la gente, ese mar, el destino de ese mundo, el destino real, no la prisión que Pol Machuca había construido en Santiago.
No se cuantas horas pasaron, dejé de preocuparme por lo que ocurría a mi alrededor, sólo caminaba y pensaba, era como una ola de sueños delirantes que me inundaban la cabeza, mientras mis piernas daban pasos inconscientes. A la antorcha le quedaba poca madera. Los perros estaban cansados pero me seguían incondicionales. En algún momento sentí que la luz en torno a mi ya no era solo naranja, que no solo la llama de mi antorcha alumbraba el suelo bajo mis pies que descendía sutilmente desde hacía un par de horas. Los murciélagos comenzaban a agitarse sobre mi cabeza nuevamente, varias de sus cacas habían dado sobre mí, probablemente la noche comenzaba a caer nuevamente. Fue el viento el que me sacó de la hipnosis. De pronto levanté la cabeza y me di cuenta de que a un par de metros el túnel terminaba, se abría una boca idéntica a la que me había tragado hace quien sabe cuánto tiempo. Frente a mí se extendía un valle cubierto de árboles altos y sin ramas de cuya copa salía una mecha de hojas, el sol ya se había puesto tras los cerros y el cielo estaba pintado de un naranjo rosa que rápidamente pasaba a púrpura y azul ante mis ojos. La carretera estaba medio cubierta de vegetación abundante y podía escuchar agua fresca corriendo por ahí cerca. Era un estero que bajaba por una quebrada aledaña al túnel.
Corrieron lágrimas por mi cara empolvada y mis ojos se limpiaron acostumbrándose a este nuevo paisaje.
Encontré un lugar perfecto para acampar sobre el camino, avivé por última vez el fuego de mi antorcha y encendí una fogata con algunos palos que Carol había empacado pensando en que pasara la noche al interior del túnel. Casi arrastrándome me acerqué al arroyo junto a mis perros, bebimos hasta la saciedad y nos bañamos en el agua gélida. Los cuatro estábamos cubiertos de guano y con los pies adoloridos y sucios. Encontré mucha madera y con ella hice una gran hoguera, me envolví en cueros y mirando ese maravilloso fuego me dormí.
Desperté con el sol pegándome en la cara. Había dos niños mirándome y cuando abrí los ojos, ellos y yo dimos un grito de miedo. Se fueron corriendo por un camino perpendicular a la carretera que no había visto la noche anterior.
Me levanté y desayuné parte de las provisiones que me quedaban. Volví al arroyo para asearme concienzudamente, para que la gente no pensara que era un desquiciado y me tuviera miedo. A media mañana, ya había metido brasas nuevas en la cajita y emprendía renovado la caminata con las piernas agarrotadas por la extensa jornada dentro del túnel. A medida que descendía por el valle fui encontrando casas. Numerosas casas de las que salía leves humaredas, señales de fogatas, señales de humanos. Me encontré con otro túnel, no se parecía en nada al Lo Prado: este era corto, podía ver la luz del otro lado y no habían autos con gente muerta u hordas de ratones.
No me volvía a topar con los niños que me asustaron en la mañana, pero hacia el final del día, entre dos cerros, vi algo que me dejó pasmado: agua azul, mucha agua azul, ¡El mar! Aun estaba lejos, quizás a un día de caminata pero ya lo veía, ahí estaba frente a mí, eso que sólo había visto en libros, una tremenda cantidad de agua, moviéndose constantemente. Esa noche acampé sobre la carretera, podía ver en los cerros las luces amarillentas de otros fuegos: casas humanas a mi alrededor. En otras circunstancias, me habría acercado a cada uno de ellos pero mi corazón estaba acelerado y sólo podía pensar en llegar al agua, tocarla, zambullirme, y no quería distraerme conversando con otras personas.
Casi no podía dormir. Me sentía como niño excitado. El poco rato que concilié el sueño, soñé con congrios que me hablaban con medio cuerpo fuera del agua, soñé con mis pies metidos en el mar helado, con la Mary riendo desnuda y su piel mojada brillando al sol. Desperté poco antes del alba y me lancé cerro abajo a paso apresurado, seguido por mis tres perros fieles. Ni siquiera me detuve a medio día a comer. A medida que avanzaba el mar estaba más cerca y a ratos podía verlo, enrome y ondulante.
Era media tarde cuando divisé la comunidad a pocos metros, me topé con algunas casas construidas sobre el camino de las que salían personas a mirarme pasar, era gente de piel muy morena con la que cruzábamos una mirada fugaz mientras yo seguía caminando con mi paso frenético rumbo al mar. Pronto me encontré rodeado de un gentío ruidoso y semi desnudo que deambulaba entre casas de construcción ligera, se veían pocas ruinas y muchos árboles y plantas, niños se cruzaban en mi camino corriendo, podía escuchar un rugido ensordecedor, ¡Era el mar! La carretera llevaba derecho a la orilla donde el mar lamía la ladera de los cerros con lenguas repetitivas de olas espumosas como en mis sueños. Me despojé de casi toda mi ropa, lancé el bulto al suelo y corrí a meter mi cuerpo al agua seguido por mis perros que ladraban y saltaban mojándose las patas. Corrí por el borde admirando las olas enormes, mucho más grandes de lo que las había imaginado y sentí miedo de perderme entre la enormidad líquida y ahogarme. Entré poco a poco mientras las olas, inusitadamente poderosas, me botaban sobre el trasero. Me volvía a levantar y trataba de avanzar, así seguí hasta que el agua me llegó a la cintura y una ola reventó sobre mi cabeza revolcándome. Me costó encontrar el suelo con los pies e incorporarme para salir corriendo. Los perros me miraban desesperados desde la orilla y tras ellos una multitud se había congregado. El revolcón me hizo tragar agua y por primera vez me di cuenta de a qué se refería la enciclopedia con “agua salada”: tenía un sabor acre, rasposo que me hizo toser mientras a tropezones me alejaba de las olas, estaba extasiado, demasiado feliz y mojado como para prestar atención a las miradas atemorizadas de la gente.
Cuando logré salir del agua estaba agotado y embriagado de agua salada, felicidad y recuerdos, además de un poco aturdido por las cientos de miradas sobre mí. Me tiré de rodillas sobre las suaves piedrecillas del borde y dejé que los perros me olfatearan y lamieran mis piernas mojadas. Riendo hablé a los que estaban más cerca.
- Se que debo verme como un desquiciado, pero no tengan miedo, vengo desde muy lejos caminando y sólo estoy cansado. Con mi mujer queríamos llegar hasta el agua, al mar, pero ella murió en el camino hace 10 días. Estoy muy feliz de estar aquí, aunque no sé donde estoy -Estallé en llanto.- Por favor no teman, no estoy loco, solo cansado y feliz.
- ¿De dónde vienes? – Dijo una mujer con un niño que se escondía entre sus piernas.
- Crecí en Santiago, pero escapé porque la vida allá es muy miserable, llevo mucho tiempo de viaje, no sé cuánto. – Cuando dije “Santiago” un murmullo recorrió el grupo de personas.
- No sabíamos que todavía quedara gente en Santiago, pensamos que se habían muerto todos o que estaban locos.
- Yo les puedo contar que ha sido de Santiago y los santiaguinos, pero con calma. ¿Puedo quedarme acá un par de días?
- Se puede quedar con nosotros –Era una pareja de adolescentes tomados de la mano que me miraban ansiosos. – En la noche venimos a la playa y puedes contarnos de Santiago.
La gente comenzó a dispersarse, los veía caminar entre las casas y hablar con otros mientras me apuntaban. Yo seguía de rodillas en la “playa” con mis perros y mis bultos alrededor. La arena se pegaba a mi piel aunque ya estaba casi seco. Los adolescentes me ayudaron con los bultos y me condujeron entre las casas.
- Yo soy la Sara y este es el Mauri. Somos pololos y vivimos juntos. Nunca habíamos conocido a alguien que no fuera de Viña.
Su casa era una especie de ramada con una sola pieza cerrada – Para el invierno – me explicaron. El resto era un agradable espacio a la sombra de unas hojas grandes e hilachentas – de palmera – con mesas y sillas, cachureos y algunas plantas.
La Sara era medio rubia pero su piel era tan oscura como la de las demás personas en la comunidad. Me dieron agua fresca que sacaron de unos cuencos que guardaban bajo tierra y me pasaron un cilindro.
- Es hierba enrollada ¡fuma!
- ¿Hierba? Nosotros la fumamos en pipas en ocasiones especiales.
- Aquí crece por todas partes, fuma.
Ante la insistencia fumé un par de caladas y sentí como el relajo me invadió el cuerpo. El aroma me hizo recordar la última vez que había fumado: durante el año nuevo con la Mary, cuando me regaló la pelota/mapa. Comencé a contarles la historia desde ahí, le hablé de la Mary, de mi trabajo, de mi rancha, de la planta del Sheraton, del basural y los metros de esqueletos, de los que morían derritiendo plástico, de la absoluta escasez de árboles.
Los jovencitos morenos me miraban con sus ojos amarillentos abiertos de par en par. Les conté todo lo que sabía del pasado de mi sucia ciudad, les hablé del Pol Machuca y que comíamos perros, de como me había ido una mañana con la Mary, les describí los kilómetros de ruinas desoladas y la torres de autos y huesos. Lloramos los tres cuando les conté de la muerte de la Mary y de la casa de Carol y lo que había sido para mí encontrarme con toda esa abundancia. Los perros estaban echados a nuestros pies, y la Sara acariciaba el pelaje de la Marta con su pie desnudo. El Mauri había ido a buscar una fuente con frutas.
- Uvas.
Les conté del túnel, qué no sabía cuánto había caminado, de los niños que me habían despertado al otro lado.
- Deben ser los hijos de la Carmencha, ella vive al lado de la boca del túnel, no conocíamos a nadie que lo hubiese atravesado, sé de gente que entra un par de metros, pero jamás había escuchado que alguien lo atravesara. No estábamos seguros de que hubiese algo al otro lado.
Estábamos conversando sobre el túnel cuando sentimos voces fuera de la casa. Se había congregado una multitud.
- Nos vienen a buscar para que vayamos a la playa. En las tardes se junta mucha gente junto al mar y comemos pescado, mariscos, fumamos, hacemos música, conversamos hasta que se hace de noche. Hoy tú eres la novedad, el tema de conversación. Vas a tener que repetir todo esto muchas veces.
Y así fue y se repitió durante los próximos días o semanas, en realidad no sé cuánto tiempo pasó, porque los días transcurrieron tranquilos.
Me enteré que en ese lugar había una gran ciudad, como Santiago pero junto al mar. Que en algún minuto hubo un terremoto y una gran ola barrió con gran parte de ella, después de eso el mar quedó mucho más alto. Todavía, varios metros al interior del agua, se podía ver la punta de algunos edificios. Mucha gente se salvó subiéndose a los cerros. Al igual que en Santiago, en algún minuto quedaron incomunicados y desabastecidos de todo lo que consideraban importante y sobrevino una pandemia, sin embargo ellos no cerraron sus fronteras y a pesar de que muchos murieron, los que llegaron de fuera los reemplazaron y fundaron esta comunidad que llamaron Viña. Vivían del mar, sacaban peces, algas y mariscos, algunos tenían huertos como los de Carol y por todo el pueblo había árboles y arbustos que les daban frutas como esas uvas. Todos eran jóvenes, no pude ver a ningún anciano.
- La gente muere pasados los 40 años, sabemos la edad porque contamos los inviernos. Nadie dura más. No sabemos por qué, pero después de esa edad la piel de las personas se pone delicada y empiezan a perder la vista y poco después mueren. –Me explicó la Sara un día que me contó que ya quería tener hijos. – Ya tengo 16 años y creo que me llegó la hora de empezar a criar.
Su aplomo me recordaba a la Mary, tan decidida, tan enamorada. ¿Por qué no nos tocó vivir en una comunidad feliz y relajada como esta? Habríamos sido felices, fumando y pescando y mirando el mar y comiendo fruta con los pies metidos en las olas… Yo tenía apenas unos pocos años más que estos niños pero me sentía como un anciano, como Carol se debe haber sentido a mi lado.
Al principio me dediqué a disfrutar del mar, de las muchachas que querían saber si se me paraba como a los morenos de Viña, de las frutas y los congrios – ¡probé los congrios y eran fantásticos! – de las ruidosas reuniones del atardecer en la playa donde ya no era yo la novedad sino que se hablaba de un grupo de hombres que había inventado un bote, querían llegar a las ruinas en él y cada tarde se aventuraban contra las olas, a la hora de la marea baja hasta que una un poco más alta los volteaba, al día siguiente volvían con su bote mejorado y todos se paraban en la playa para ver su nuevo intento de navegar. Yo ya era uno más de ellos, bronceado, salado, drogado. Pero a mi mente volvían porfiados la Mary y Carol, esperándome solitarios al otro lado del túnel, con su biblioteca, sus plantas y sus recuerdos. Extrañaba a la Mary. Su olor. Ninguna mujer tenía ese olor a papel húmedo que tenía su cuello.
- Está terminando el verano – dijo un día la Sara. Está todo seco.
- Creo que me voy a ir. Voy a volver donde el viejo al otro lado del túnel, al lado de la tumba de mi mujer. Quiero leer y cultivar. Creo que no quiero estar con tanta gente. Igual podré venir alguna vez, no es tan lejos, pero me siento como un extranjero triste entre tanta gente feliz. Quiero ver las amapolas.
La Sara y el Mauri se miraron.
- ¿Podemos ir contigo? Construiremos nuestra propia casa junto a la tuya y te ayudaremos. Yo sé cultivar y tú nos puedes enseñar a leer. Como dices tú, no es tan lejos. Queremos tener hijos y no queremos morir jóvenes. Déjanos ir contigo.
Y así fue como me hice de nuevos compañeros de viaje. En una semana habíamos reunido semillas y otras provisiones, yo había atado a mis perros, equipado mi antorcha y acomodado el bulto diseñado por Carol a mi espalda, listo para emprender el viaje de regreso a ti.
7. El mundo afuera
La Sara y el Mauri caminaban entusiasmados. Cada vez que veíamos alguna construcción o un hilillo de humo entre el bosque me decían quien vivía ahí, que hacía, toda su historia. La Sara se entretenía mostrándome las plantas y árboles que nos topábamos, diciéndome los nombres y si tenían algún uso práctico.
- Me cuesta creer que hayas crecido sin vegetación. ¡Debe ser muy raro!
- Santiago es una ciudad muy rara. La gente que vive ahí se siente como sobreviviente y pasa cada día como si fuera un triunfo. Hay que trabajar duro para obtener lo mínimo, y sin embargo están todos convencidos de que en el resto del mundo todo es peor. Como si pudiera haber algo peor que vivir en ese basural desolado, bregando cada día por una chispa de plástico que te permita comprar un poco de carne decente.
Llegar hasta la boca del túnel nos tomó cuatro días, cuesta arriba era bastante más difícil y entre tres las paradas eran más largas: cocinábamos conversando bajo alguna sombra, fumábamos algo de hierba, perdíamos la noción del tiempo y cuando el fuego perdía sus llamas recién nos dábamos cuenta de que era hora de continuar. Ya no era solo yo el de las historias: los chicos tenían muy claro su pasado y lo contaban con naturalidad. No sólo me introdujeron en las menudencias de la vida de todo el vecindario de esos cerros, también me contaron de grandes incendios que los arrasaban cada cierto tiempo, de arremetidas furiosas del mar, de niños nacidos con tres piernas o sin cabeza, de exaltados que perdían el juicio y asesinaban a un par de personas antes de suicidarse, del Palomo, un tipo que creyó un día que un dios le hablaba y caminó mar adentro y nunca salió ni el agua devolvió su cuerpo.
En la tarde del cuarto día llegamos a la boca del túnel. Decidimos prepararnos bien y entrar al día siguiente. Esa noche nos quedamos donde la Carmencha, una señora que vivía junto al túnel con muchos hijos de distintas edades, dos de los cuales me habían asustadoesa primera mañana después de que cruzara. Algunos eran adultos ya y tenían sus propias familias, otros eran adolescentes y otros poco más que bebés. Nadie tenía muy claro a cuantos había parido directamente ella, pero a todos se los conocía como los hijos de la Carmencha. Era una pequeña comunidad muy bulliciosa de unas treinta y tantas personas donde la Carmencha era la reina absoluta. La Sara y el Mauri la saludaron con efusivos abrazos y me presentaron.
- Este es un arrancado de Santiago, se llama Juan Serón.- Me abrazó los hombros de una forma que más pareció un estrujón. Era una señora baja y gruesa, con tremendas tetas blandas que terminaban junto a sus codos. Tenía unos brazos grasos que apretaban como tenazas y unos ojos enormes y negros con pestañas rectas y medio claras haciéndoles sobra. No se veía para nada como una anciana mientras se movía por su granja entre gallinas y niños que se cuidaban entre ellos.
- ¿De Santiago? ¿Y qué anda haciendo por aquí?
- Quería conocer el mar. –Respondieron por mí los chicos al unísono.
- ¡Ay pero que dulzura! Pasen, pasen. Nos sentó en una mesa en un rincón oscuro de su casa de barro. Las paredes emanaban frescor y me quería quedar ahí muchas horas, descansando los ojos y la mente, quizás echar una siesta, pero la voz cascada de la mujerona no me dejó.
- ¿A ver? ¿En qué andan chiquillos? –Los niños expusieron su plan ante la cada vez más fruncida expresión de la Carmencha.
- ¿Y pa’ que se quieren ir de Viña? ¿Y por qué al otro lado? ¿Por qué no se instalan aquí en un cerro?
- En verdad es que estamos un poco aburridos po’ Mencha. Si tampoco es como que tengamos mucha actividad aquí, muchos desafíos. Queremos ver cómo nos va en otra parte, y vamos a estar acá al lado, más cerca de ti que de nadie. –Yo no había escuchado antes estos argumentos, me estaba enterando de que lo que querían era una vida más difícil, más excitante, descubrir algunas verdades. Por primera vez me sentí un poco identificados con estos adolescentes playeros y enamorados que algo habían visto en mí como para adoptarme. La discusión entre ellos tres siguió mientras un sopor me invadía, habíamos comido un pan maravilloso y blanco con queso, una delicia que hacen de la leche. Resultaba que la Carmencha era de verdad una mujer a la antigua. Esta casa había sido la casa de generaciones de antepasados suyos que siempre vivieron en el campo de la misma forma, a los que la crisis no les afectó. La Carmencha solo había continuado su vida tal como siempre había sido. Tenía animales de todo tipo que usaba para distintas cosas, muchos cultivos e hijos. De tanto en tanto bajaba a Viña a ver a alguien o a buscar algo que le hiciera falta. Todos la conocían y la respetaban y ella despilfarraba frases cariñosas entre todos. El sonido de su conversación me había adormilado un poco así que su pregunta me sobresaltó:
- ¿Como se llama la persona que vive al otro lado, a la casa del que van? –Los niños le habían contado de Carol y probablemente toda mi historia sin que yo me diera cuenta.
- Carol. Se llama Carol. Me contó que alguna vez vino a Viña hace varios años, estuvo aquí un tiempo y después se devolvió e instaló una pequeña granja del otro lado del túnel. -Respondí
- Si lo conocí. Carol, claro que sí. Era un churrazo. Se estuvo quedando aquí algunos meses a la ida y otros a la vuelta. El pobre estaba cagado por una mina, así que al final se fue. Se podría haber aguachado por acá digo yo. –Y se rió con toda la cara, como una niña. Un pequeño de unos cinco años, cruzó la habitación corriendo y de pronto me pregunté si alguna de sus muchas crías no sería hijo de Carol. No me atreví a preguntarle, pero me ruboricé bajo su mirada risueña clavada en mis ojos.
- El tipo me dejó dos cabros chicos y se llevó un saco de semillas. Qué bueno saber que las usó bien. Y pensar que ha vivido todo este tiempo aquí, a un par de kilómetros.
- ¿Usted nunca se ha metido en el túnel Carmencha? –Le preguntó Sara con los ojos muy abiertos
- Es un cementerio ese lugar mijita. Está lleno de muertos y ratones, todos los días sale una brutalidad de murciélagos, después de ver eso, imposible. Cuando yo era chiquitita por ahí circulaba gente y autos. Cuando empezó a quedar la cagá, la gente seguía pasando a oscuras en sus autos hasta que empezaron a chocar y nadie llegó a rescatarlos. Con el tiempo los que entraban se devolvían porque ya no se podía pasar tantos autos que había, y un año que llovió con locura y los cerros se hicieron barro blando corrió un aluvión por dentro y ya nadie más entró, no hacía mucho que había sido el maremoto en Viña. Uno podría pasar por arriba del cerro pero habría que ser como las cabras pa’ trepar tanto. Además ¿pa’ qué? Si yo estoy bien aquí. –Siguió sacando suculentos manjares que llevaba a la mesa acompañados de chichas y licores. Esta mujer estaba llena de secretos y conocimientos que podrían salvar a todo Santiago de la miseria en que estaba, pero al mismo tiempo pensaba que por nada en el mundo intentaría volver a ese basurero infernal, finalmente era como si toda esa gente llevara décadas muerta ya, era sólo que aun no se habían enterado.
Partimos al día siguiente, descansados y con la panza llena. Antes de salir pasé a la letrina de la Carmencha y vacié las tripas como nunca antes en mi vida, sentí que quedé liviano y vacío.
Ante la boca del túnel los chicos se pusieron nerviosos, se quedaron en silencio, casi se podía escuchar la voz de la Carmencha “es un cementerio ese lugar”. Me habían contado suficientes historias de fantasmas y monstruos como para tener claro que en su imaginación todo era posible, y este era el desafío más espeluznante que habían enfrentado. Por el contrario los perros parecían entusiasmados de incursionar nuevamente en la negrura del túnel y perseguir ratones. Yo también ya me sentía como un veterano al lado de la Sara, el Mauri y su infinita ingenuidad.
Cada cierto tiempo me sobresaltaba de alegría al pensar en el momento de contarle a Carol que la Carmencha había tenido dos hijos suyos, ¡que tenía hijos! Cruzamos el túnel en dos días completos, contando las veces que sentíamos a los murciélagos emprender la cacería. Medio más que yo a la ida. Esta vez hicimos algunas paradas más extensas, en una ocasión hicimos una fogata para cocinar e iluminar un poco más. Vimos claramente los miles de ratones alados apretujados en la bóveda, y pudimos distinguir los autos atravesados y algunos esqueletos en sus interiores. La Sara escondía la mirada en el cuello del Mauri, pero la verdad es que así, bien iluminado todo se veía menos aterrador, más normal, casi cotidiano si estuviéramos en Santiago.
Salimos al amanecer del tercer día. La casa de Carol estaba iluminada completamente por el sol a un par de metros de la abertura. Algo no estaba igual. El jardín parecía desbocado, entremezclado con pasto y hierbas secas, las uvas habías llegado hasta la casa y comenzaban a cubrirla. Por un instante pensé que Carol se había ido, que ya no vivía aquí. Las gallinas rondaban la hierba asalvajada del huerto, seguidas por sus pollitos peludos. Entré casi vomitando el corazón, pensando en la ausencia de Carol y en la integridad de la biblioteca.
Lo primero que vi fue a Carol sentado frente a la mesa con la espalda apoyada en la pared. La piel se le había pegado a los huesos y tenía la boca abierta. Probablemente llevaba varias semanas muerto, no había mal olor porque las ventanas estaban abiertas, pero podían verse pequeños orificios en su piel por donde seguramente habían nacido moscas o entrado gusanillos. No se veía demasiado podrido ni tan dramático como una calavera calva, era Carol, el mismo Carol pero muerto. Tenía las manos entrelazadas y apoyadas sobre la mesa, como si esperara algo, bajo ellas había tres cuadernos. Antes de tomarlos eché un vistazo a la biblioteca que estaba intacta. Los chicos habían salido tan pronto vieron el cadáver y me esperaban en el patio abrazados. Salí a decirles que me dieran un rato y que después me ayudaran a enterrarlo. Con cuidado tomé uno de sus cuadernos y sus manos no se movieron, quedaron suspendidas en el aire en la misma posición que tenían. Dos cuadernos eran diarios de vida, igual que este que llevo yo, y el tercero eran datos prácticos sobre el cuidado de los cultivos y los animales, sobre las especies comestibles, las medicinales y las venenosas, recetas de cocina, labores según la estación del año, instrucciones para la construcción de viviendas, sistemas de riego y la confección de objetos útiles como aperos de viaje y antorchas. Bajó los cuadernos había una hoja con una anotación dirigida a mí:
Querido Juan, no sé si volverás pronto. Lo que sí sé es que me queda poco y que prefiero pensar que si regresarás y te harás cargo de mi casa y mis huesos, quizás con una mujer nueva, o quizás no vuelvas nunca. En todo caso te dejo un pequeño manual para ayudarte a llevar todo esto de la mejor forma posible y que seas tan feliz como he sido yo lejos de la influencia del delirio de Pol Machuca. También te dejo mis diarios de vida donde encontrarás muchas respuestas a las preguntas que te inquietan y te tienen viajando con desesperación. No eres el único, siempre hay alguien que anda buscando saber cómo fue, yo conocí a un hombre así que venía de muy lejos y fue quien me dio la suficiente paz como para echar raíces. Te dejo también mi biblioteca, mantenla ordenada y cuando veas que algo está muy deteriorado trata de copiarlo, salvarlo de alguna forma. Si buscas bajo la tapa del cajón que sirve de asiento en la biblioteca, vas a encontrar muchos cuadernos como estos que te dejo aquí pero en blanco para ello o para que hagas tu diario en algo más digno que esos retazos en los que te he visto escribiendo. En un libro hay una receta para hacer papel, a mi no me resultó, si lo encuentras, haz la prueba, quizás tú sí puedes.
Si el que lee esto no es Juan, no importa, deja esto donde lo encontraste para él, o sigue las instrucciones.
Cuida el fuego muchacho.
Carol Alberto Machuca Robledo“
¿Machuca? ¿Serían parientes? Seguro todo eso estaba en sus cuadernos pero lo primero era enterrarlo. Costó mucho sacarlo, bajo él había una mancha pegajosa que lo adhería a la madera. Cuando logramos despegarlo nos dimos cuenta de que era bastante liviano pero no había como enderezarlo, sus piernas describían un ángulo recto y sus brazos estaban extendidos y sus manos entrelazadas tal como había quedado. Busqué las palas (la misma con la que Carol había enterrado a la Mary), lo pusimos sobre un cuero y lo arrastramos cerro abajo, hasta el boldo. Había trasladado todas las amapolas de su jardín a ese lugar y en esta época ya estaban secándose, esperaba encontrar en su cuaderno una instrucción para cuidarlas. Cavamos un hoyo con la forma del cuerpo de Carol, como el perfil de una silla y lo enterramos de lado a un par de metros de la tumba de la Mary. Los niños se volvieron a la casa, yo me quedé toda la noche bajo el boldo, mirando el paisaje donde vivirían eternamente las dos personas más importantes de mi vida, me tranquilizaba un poco saber que la Mary ya no estaba sola, que ya no estaba lejos. A media noche la luna salió enorme tras los cerros revelando brillos azulosos en el valle y el boldo, parecía un sueño. A la mañana siguiente, muy temprano, antes de que el sol pegara completamente contra la casa llegué de vuelta. Los chicos habían dormido afuera por respeto o miedo y me miraron curiosos mientras me veían hacer el ejercicio de abrir y cerrar los canales de agua para que se regara el jardín como había visto hacer a Carol alguna vez. La Sara se lanzó a sacar pasto y malezas y el Mauri la siguió.
Así pasó el invierno, organizamos los cultivos e incorporamos algunas especies que la Sara traía desde Viña. Levantamos una segunda casa a poco metros de la primera siguiendo las instrucciones de Carol y sobrevivimos hasta el verano siguiente. Desde ese primer año muchas cosas han pasado: He ido un par de veces más a Viña, pasé una cuerda para transmitir mensajes y enviar o recibir cosas desde donde la Carmencha, la Sara ha parido a cuatro chiquillos, dos de los cuales viven y son sanos niños. Algunas personas más se han venido a vivir a este lado del cerro buscando alivio para sus pieles cansadas del sol y las amapolas han florecido quince veces. Paradójicamente me vuelto el líder de esta nueva comunidad, algo así como era Pol en Santiago. Imagino que Pol habrá muerto ya, a veces pienso que me gustaría saber que fue de esa gente, no ha llegado nadie de Santiago en todo este tiempo como para que me ponga al día. La biblioteca de Carol me ha dado este estatus: cada vez que alguien necesita saber algo acude a mí y yo trato de resolverlo. Pero lo más importante es que finalmente tengo respuesta para eso que quería aclarar cuando me empecé a inquietar dentro de mi piel y emprendí esta aventura que no me llevó tan lejos: “Entonces, desde hoy comienzo este diario escrito al reverso de estos pedazos de mapa. Aquí reconstruiré, con la mayor cantidad de certezas posible, lo que pasó, cómo fue que llegamos a esto, qué había antes y qué hay en otras partes del mundo porque no creo que seamos lo únicos.” Y la encontré en los diarios de Carol.
Carol era, efectivamente, primo de Pol Machuca, se conocían de niños y Carol vio su transformación. “Pol era un tipo mediocre, un simple vendedor de seguros con trabajo de nueve a cinco, siempre engominado y encamisado, atrapado en su traje de poliéster y las correas de su maletín. Era un tipo amargado, en más de una ocasión le pegó a la Jessica, su mujer, sus hijos no lo hacían feliz, pues para él eran sólo bocas que alimentar, como los pajaritos desesperados en el nido que esperan que vuelva la mamá con un gusanito. Los vio morir a todos en la pandemia y en lugar de perder la cordura y llorar fue como si hubiesen roto sus cadenas, como si pensara que la vida le estaba dando una nueva oportunidad. Lo vi con mis propios ojos arrastrar cadáveres al río para envenenar las aguas, para que la gente se muriera más rápido, quería que lo ayudara, decía que si no lo hacíamos terminaríamos comiéndonos entre nosotros, que si queríamos sobrevivir teníamos que ser pocos. Lo vi azuzar a las masas para deshacerse de los enfermos, fomentar el pánico hacia la gente que venía de afuera, organizar grupos para levantar defensas con los autos viejos. Parecía una máquina paranoica, casi no dormía, tenía alimentos guardados en la montaña y siempre se veía fuerte y sano por lo mismo. Cuando me fui estaba organizando un sistema monetario basado en el dinero de plástico. Decía que quería hacer un nuevo paraíso basado en el esfuerzo de todos esos sobrevivientes, estaba convencido de que el trabajo genera riqueza por sí solo. Al tiempo dejé de escucharlo, su discurso era un delirio que mezclaba ideas sacadas de todas partes: malformaciones marxistas, retazos de Hobbes y Smith, espejismos monarquistas o aristocráticos darwinistas, todo mezclado con un ansia de poder patológica que le hizo perder cualquier asomo de pudor y decencia que alguna vez tuvo. Como sabía que a mí no me convencería puso a uno de sus gorilas cabeza de corcho a seguirme. Por eso me fui. Era tanta su ambición que jamás permitiría una voz disidente dentro de la ciudad, menos aun alguien de su propia sangre. Tomé todo el papel que pude cargar y me fui. Durante mucho tiempo temí que alguien aun me siguiera, pero con los años me he dado cuenta de que por muy fuerte que fuera su delirio criminal, no es más que una prisión que lo tiene atrapado en su ciudad fea y decadente, sin futuro ni realidad. El mundo está aquí afuera.”
Es un poco más complejo contar lo que de verdad pasó con el resto del mundo. Cada persona que sepa algo puede narrar una parte distinta, nadie tiene la historia completa, porque cuando todo pasó, la historia dejó de escribirse y solo quedó en la cabeza de los que saben que son como las piezas dispersas de un puzzle. Carol conoció a un tipo especial cuando recién estaba instalado aquí. Un viajero que venía del norte, de los mismísimos Estados Unidos.
“Hoy llegó un tipo harapiento caminado por la carretera. Sucio y con los ojos medio desorbitados, con pocos dientes aun en su boca, la piel curtida y el pelo amarillo desteñido como pelos de choclo. Hablaba un español muy malo, por suerte aun recuerdo algo del inglés que me enseñaron en la básica, cuando existía ‘la básica’. De lo que entendí: su nombre es Stuart, lleva años viajando, viene desde Estados Unidos y quiere llegar hasta Patagonia, porque cree que ahí está el paraíso. Está un poco loco pero me parece que es inofensivo así que lo dejaré quedarse.
***
Stuart estaba tan cansado que anoche casi no conversamos. Engulló la comida que serví , se deshizo en agradecimientos, se tumbó en el suelo y se durmió. Hoy se levantó a media mañana como con resaca y avergonzado, su cara estaba más calmada y mientras me ayudaba con el riego me contó su historia: Era un desterrado de Chicago, Estados Unidos. Allá había pasado algo parecido a Santiago pero a mayor escala y con más planificación. Los gringos, viendo venir la crisis energética y en consecuencia de toda la economía, habían acaparado alimentos, recursos energéticos y habían cerrado algunas ciudades, como Chicago, levantando un sistema que las hacía relativamente autosuficientes, para eso fue necesario que cortaran todo vínculo con el exterior, para que no se les viniera el mundo encima, literalmente, y así fue como liquidaron Internet y el sistema de comunicaciones globalizado, acabando con el mundo como lo conocíamos hasta entonces. En estas ciudades, especies de bio domos, la población está científicamente controlada para no sobrepasar la capacidad de carga biológica del ecosistema artificial que tienen montado, por lo que tienen un mecanismo de genocidio organizado en el que se eliminan primero a los enfermos contagiosos, después a los enfermos crónicos, los bebes que nacen con problemas o enfermos, después los orates, después los viejos. Entre los orates salió Stuart. Cuando le avisaron que ’su vida ya no era compatible con la de su comunidad’ pidió el exilio en lugar de la muerte y se lo concedieron. Desde entonces que ha venido viajando en dirección sur guiado por un manoseado mapa rutero que lo llevó a conocer el Amazonas y las tribus que viven como en los libros sin apenas notar que el hombre blanco retrocedió. Antes pasó por Centroamérica, o lo que queda, saltando de isla en isla con un pueblo de navegantes. Cruzó la cordillera, arrancó de un pueblo caníbal, y un sinfín de aventuras que cuenta demasiado excitado como para entenderle con mucho detalle. Espero que se quede un par de días más para que me cuente.”
Stuart estuvo casi dos semanas con Carol, fabricó para él varios ingenios como la piedra atada a un molino de viento que al girar muele grano, un molino que aun usamos. Stuart estaba bastante desquiciado, partió al poco tiempo hacia el sur, andaba en busca de la “Panamericana” cuyo rastro había perdido al toparse con las barricadas de autos de Santiago.
Esa es más o menos la historia del acontecimiento, pero en realidad he llegado a la conclusión de que poco importa cómo fue que pasó, más me importa saber que mucha gente sobrevivió, y no sólo eso, sino que vive bien, quizás hasta mejor que antes, que nos costará movernos por el mundo, comunicarnos, guardar registros, pero por lo menos el mundo está sano fuera de Santiago, y ahora yo vivo en el mundo junto a lo que queda de mi mujer que duerme bajo las amapolas esperando el día en que me vaya con ella, y sé que si estuviera aquí, estaría feliz con la cincuentena de personas que se han congregado entorno a nuestra nueva casa. El mundo está aquí afuera y ahora vivo en él.



21 Diciembre, 2009
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1 Comentario en "Santiago 2098"
definitivamente la vida esta fuera de santiago tamos deacuerdo y vamos a vivirla!!
te felicito! exelente narración me encanto
sigue, sigue
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