Las palabras de Isidora Purdy Parra revelan la agonía de Verónica, una activista encubierta en la BDD enviada por ella. En el 15° capítulo de “El guiño eléctrico“
por R. Marvin
Ilustraciones R. Bronson
Es tiempo de salir de la sede de la organización. Todos los reportes indican que estamos bajo cercana y severa observación. Hay autos siempre estacionados cerca, jardineros, gásfiters y oficinistas pasan mirando hacía la casa.
Mis viajes dentro de la ciudad deben ser restringidos.
Siento que me observan.
Ahora comprendo el sutil mensaje escrito con las vísceras del gato de mi madre.
Están sobre mí.
Sobre nosotras.
Sobre todas.
22 de marzo
Ya estoy en mi casa materna.
Sé que no estoy segura, pero el pan con palta al desayuno me hace sentir protegida.
Es el sonido de la leche caliente cayendo sobre el café.
Son cosas que escuché y sentí cuando era una niña cuando estaba segura, protegida.
Era inocente.
Tatiana está en una clínica cara. En la UTI.
Antes de ingresar grabó un video.
Es el resumen de sus días de agonía.
A modo de subtítulos tiene varios indicadores vitales en gráficos dinámicos.
Es fácil de hacer, electrodos USB para medir el ritmo cardiaco, un esfigmomanómetro bluetooth, un termómetro digital y el software adecuado. Mucha gente prefiere hacerse sus propios exámenes antes de caer en manos de los médicos.
Está sola.
Flaca y demacrada mira a la cámara, estática.
Sus ojos, son enormes, hundidos. Tiene una gruesa frontera roja que delinea sus párpados.
Está un poco azul.
No sé si es un efecto de la grabación.
No sé si es su enfermedad.
Está azul.
Respira suave, muy rápido, es muy rítmico.
Incluso cuando habla se siente ese sonido constante. Casi como si no fuera su respiración.
“A una semana de los resultados de mis primeros exámenes ya sé que voy a morir”, dice.
En el extremo izquierdo abajo, en la pantalla, su pulso acompaña la escena con un ritmo veloz. Histérico.
De repente, su brazo azota su cara.
Es un espasmo.
Retrocedo el video.
En el momento del espasmo. Su ritmo cardiaco cae a cero. Su presión arterial se dispara. Sus ojos se pierden. Tatiana, en ese preciso momento, simplemente no está.
No puedo no llorar.
Yo la mandé a eso. Yo soy parte de ese espasmo.
23 de marzo
He visto 33 horas seguidas el colapso de Tatiana. Me transmite sus sensaciones, su angustia. Me desgarra. Me oprime. No puedo dejar de mirar, si apago la pantalla es como dejarla sola, Como dejarla morir.
Ya está muerta, ya la apagaron.
Al comienzo aun hablaba. Desolada, comentaba sobre sus fiebres repentinas. “Mi temperatura sube súbitamente, es casi como un orgasmo, como si mi cuerpo liberara todas las hormonas de una vez, después me enfrío rápido, me congelo. Siento que muero.”.
Lloro.
Sus pulsaciones suben y bajan en la pantalla. Marcan ritmos distintos. Cuando es atacada por el calor su pulso se eleva, sus ojos se abren, sus venas se marcan. Tres segundos después languidece en una oleada de frío intenso, su respiración decae, cierra los ojos.
Frank Sinatra canta “I got you under my skin” de fondo.
Los abre.
Un brillo azul ilumina las cuencas casi vacías. Sólo un instante.
No la deja morir.
No aun.
Cada vez que le habla a la cámara me interpela. Soy su líder y la mandé a morir.
En sus palabras no hay reproche ni quejas. Solo tristeza.
Muere creyendo que es la primera. Que con su muerte no sacamos nada en limpio, que no pudo evitar nada.
En la imagen se ve cuando un equipo de técnicos se la lleva.
Su cámara grabó como se enfriaba su cama vacía luego que se la llevaron.
Dos días después murió con su cuerpo fuera de control en una clínica del barrio alto.
Diagnóstico algo torpe: hipertensión arterial.
Una mujer de 24 años. Muerta por hipertensión arterial. Su corazón yacía lacio y mustio. Había bombeado demasiado.
Nadie la reclamó
Solo la compañía BDD.
Antes de grabar el video, Tatiana mandó el último informe.
En parte era un diario de su enfermedad.
Primero era picazón en todo el cuerpo, justo antes de dormir.
La segunda noche esa picazón era una fiebre intensa, sentía máquinas por todo su cuerpo. Con un rayador de su cocina rascó la carne hasta quedar en carne viva. Ni el dolor pudo evitar la sensación de tener algo adentro, de ser torturada desde el interior.
De la picazón a los espasmos.
La certeza de perder el control.
No poder predecir ni tu próxima inhalación. Ni el movimiento de tus brazos y piernas.
Tú cuerpo como prisión.
No puedo evitar llorar. Tampoco lo pude predecir.
Lo más importante es está en el resto de su informe.
Las nanomáquinas utilizadas con las mujeres chilenas son autónomas y autorreplicantes. Su central de control puede ordenar la aplicación de nuevos algoritmos. Para dejarlo claro: estas cosas se mandan solas, pueden recibir órdenes y al mismo tiempo crean réplicas de si mismas, utilizando proteínas humanas. Degradan tejidos para sacar sus propios materiales de construcción.
Más grave aun.
La central de control no está separada nunca de sus iguales. Están todas conectadas. Y, a su vez, todas conectadas con una gran central de BDD.
La tecnología de comunicación es militar. Salió de los laboratorios de la Skunk Research. Fue pensada para comunicar unidades de combate en todo el mundo, en tiempo real.
Alguien pensó que era mejor utilizarlo en cosmética. Con mujeres.
En rigor la BDD puede comunicarse inmediatamente y en tiempo real mediante redes múltiples. Utilizaban desde frecuencia radiales, hasta el agua que beben las mujeres en tratamiento. Todo, eventualmente, puede ser un mensaje para una central de control. Desde un pulso electromagnético hasta la composición química de un helado que te comes.
Todo.
Todo es un mensaje para las mujeres que utilizan un sistema. Ellas a su vez, son parte de una red de mujeres dominadas por BDD y Skunk Research.
Un ejército.
Continuará…


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