El Cadete ya no está solo en esta peligrosa aventura que lo ha llevado a profundas transformaciones. Lea como los fantasmas de su pasado afloran en el 20° capítulo de “El guiño eléctrico”
por R. Marvin
Ilustraciones R. Bronson
- Y qué tal, caballero… ¿le gusta su corte de pelo?
El maricón me miró por el espejo con un poco de risa. Me miraba en menos: me acababa de rapar.
- Sí, gracias, ahora soy un oficinista nazi… o punk…o milico, que al final son la misma weá.
- ¡Ay! Parece que es upeliento el caballero, dijo chistosa un maricón más viejo que rapaba al Cuerina.
- Ahora aféitenlos y pónganles base. Si queremos estar seguras, ya no hay más hombres acá.
- ¿Qué chucha está hablando, señora?
- Sí, lo decidí. Estamos en guerra y ustedes deben camuflarse. En un rato más serán mujeres.
El Cuerina estalló en risa.
Yo me levanté a pesar de que el maricón aun me repasaba la pelada.
-¿A ver? ¿Cómo es el chiste?
- Es una idea fácil y creo que logrará confundir a los soldados de la Skunk.
- Pero… ¿¡ mujer!? Yo pensaba ocupar bigote, ¡cambiar la pinta!
- ¡No estamos hablando de los pacos, idiota! Si te quieres esconder no debes ser tú. Tienes que ser algo muy diferente. -La vieja daba órdenes duras.
No sabía si hacer caso. El miedo me paraliza, me hace sentir electrizado, al punto del colapso.
Como antes.
Antes de que me llamara Cadete.
El peso que sentí sobre mis cejas era señal de que nuevamente quería llorar.
Llorar por hacer lo correcto y errar.
Por tener una buena intención y fracasar. No por culpa del gobierno, ni de la economía.
Por mi propio fracaso.
Como con mi padre. Haberle fallado cuando creí hacer lo correcto.
Él tenía una peluquería.
No como esta. Chica y para hombres, tenia dos sillas antiguas, revistas porno en las esquinas y tiras de cuero para afilar cuchillas.
La peluquería de mi padre.
De Higinio Marciano.
- ¿Cuánto puede durar? Pregunté resignado.
- Tú eres el periodista. ¿Cuánto te demoras tú en hacer de esto un escándalo?
- Creo que ya no tengo trabajo. -Dije estúpidamente.
Una bofetada con gruesos anillos de vieja atravesó mi cara. Las piedras hacen que duela más una cachetada de una madre.
- ¡Imbécil! Lo importante ahora es conseguir pruebas y protección. Solos no somos nada frente a esos comandos… -Me miró fijo, con rabia-, ¡No son humanos!
- Vamos a vestirnos. -Increíblemente lúcido, el Cuerina tomaba la iniciativa.
- Ya, pasen por acá. -Dijo el maricón viejo.
En Recoleta. Entre el Cementerio General y Avenida Perú. Ahí estaba la peluquería. Yo tenía diez años. Vivía sólo con mi padre. De día peluquero de gañanes y vividores, los sábados en la noche, boxeador de los buenos.
Era un mediano ágil y alto. Peleaba por afuera y se movía bien. Tenía un puro golpe de knockout, un swing de derecha largo. El trayecto que recorría desde su hombro hacía la cara del adversario lo volvía pesado.
Cuando lo acusé estaba en su mejor momento.
Entremos en un closet de esos que parecen un dormitorio. Había ropa de mujer y zapatos de taco alto, zapatillas de mujer, todas cosas de vieja.
Es muy raro que quiera ser una joven y no una vieja, pensé… yo…
yo… soy hombre.
- Jajajaja. -El Cuerina disfrutaba poniéndose una falda larga, en conjunto con unas botas sin taco. Parecía más un punkie algo viejo y con ponchera.
- Mientras no hablen mucho estarán bien. No creo que en la comparación de imágenes de ustedes que tengan estos comandos, los puedan identificar así. Tampoco creo que busquen mujeres feas.
Me puse una peluca castaña, con un corte de pelo tipo Lady Di, mientras me fumaba un cigarro sin sacarlo de mis labios. Un payaso muy triste me devolvió la mirada por el espejo.
Yo estaba en la peluquería con mi viejo. Me dejaba mirar las revistas “El Pingüino”, con la que se reían los adultos. Ahí ví mi primer par de tetas.
Mis pies colgaban de una de las sillas de barbero en el local sin clientes.
Mi padre se revisaba cicatrices de la cara en el enorme espejo principal.
Cinco hombres de ternos café oscuro y corbatas de colores entraron haciendo temblar la puerta de vidrio esmerilado.
- ¿Cómo estai Marciano? -Hablaba el más chico, que parecía más seguro de todos.
- Bien gracias, Chute.
- Le andai aforrando a medio mundo en el Club México. Te he visto güenas peleas, bien güeñas, debo decir.
- Gracias, Chute, cuando ando confianzúo, todo sale bien.
- Sipo, tenis mucha confianza parece. -El tal Chute se acercaba a mi padre. Era más chico, más débil, pero hizo retroceder dos pasos a mi papá.
- Quizá sea bueno que se te pierda por un rato. -Apagó su cigarrillo en un frasco de colonia que se incendió con una fragante llama azul.
- ¿Se te ocurre algo, Chute? -A pesar del miedo, mi padre no perdió la calma en la voz sino que se le hizo más grave.
- Sipo. Es que tenemos un cabro que viene bien, pero a vos no te aforra. Y te tiene que aforrar. Eso le va a dar confianza. Lo podís tomar como que le estai regalando tu confianza a este perico. -Dijo con una sonrisa mientras miraba la llama azul que se consumía rápido.
La conversación se aclaró ante mis ojos infantiles.
- Mira yo soy un gallo tranquilo, pero gallo al fin. Conversemos esto afuera.
Pensé que mi papá no quería que lo viera perder. Resignarse.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Pensé en tratar de salvar a mi papá. Pensé en qué hacía metido con esos gallos. ¿Cómo era posible que llegaran a hablarle así?
Él era boxeador.
El vértigo de no saber qué es lo correcto me llenó la boca de saliva.
Había que empezar a tragar.
Una sensación muy parecida a la que tengo ahora, 26 años después, en otra peluquería.
Cuando salieron junto a mi padre, yo llamé a Carabineros.
Con mi voz de diez años expliqué que en este momento se estaba arreglando una pelea de boxeo. Con “unos caballeros mafiosos”.
Di la dirección de la peluquería.
Delaté a mi padre.
Los maricones ahora nos aplicaban una cosa que se llama base. Nos tapaba los restos de barba. Mi piel se aclaraba.
El Cuerina ya parecía una señora joven casi bonita. De esas que uno sorprende un día jueves a las 11 de la mañana en la feria o el supermercado. Era un buen trabajo el de los maricones que nos travestían que encontraron en él la idiosincrasia de la dueña de casa.
Mi yo mujer era una flaca triste.
De esas que parece que fuman mucho y piensan más.
Las que uno suele ver paseando solas por los parques, con una sombra eterna en sus ojos.
- Ya, chiquillas, ahora nos podemos mover. Sería bueno ir a ver al profesor ese de la Universidad de Chile. Quiero saber qué cosas ha averiguado. –Ahora, la vieja tenía todo el liderazgo.
- Vamos, dijo el Cuerina con voz ronca. Doña Margarita lo miró feo.
-¡Hable como señorita!
- Bueno ya, dijo el Cuerina con voz de tony.
Después de mucho tiempo me reí.
- Vamos señora Margarita. -dije suave.
- Así sí. De cualquier manera procuren no hablar mucho.
Cambiamos el Porsche por un Volvo S80 D5 que la señora fue a buscar a un edificio cerca de la peluquería.
Unas viejas que van a comprar.
Alegremente.
Salimos del Salón de belleza ya de noche. Era un barrio caro y bien iluminado, aun quedaban algunos cafés abiertos, pero la gente ya se movía a sus casas.
Pasamos horas paseando, espiando mujeres de esas que usaban el sistema de belleza de la BDD, tratando de detectar si nos miraban, tentando un poco a la suerte desde dentro del Volvo.
Éramos más mujeres de lejos y dentro del auto que desde pocos metros.
La noche ya estaba afuera.
Las calles pronto serían territorio de las sombras.
- El profesor Pérez ya no está en la universidad, dije.
- ¿Dónde nos escondemos? –me di cuenta que el Cuerina por primera vez se sentía ansioso. El chiste ya se había contado.
- Esta noche trataremos de ponernos en contacto con lo que queda del Movimiento Pro Retorno de la Diosa, las compañeras de la Isi que detuvieron junto contigo. Mañana haré eso mientras ustedes visitan al profesor. Ahora a un motel, señores, ¿conocen alguno?
Esto lo conversábamos en el auto, a oscuras, estacionados de madrugada en la Plaza Pedro de Valdivia.
Encendí un cigarro pensando en qué volteadero sería el más cercano.
El auto se sacudió con un fuerte golpe en el capó. Le siguieron tres golpes más. Dos en el techo y uno en la maletera. Cuerpos pesados.
Pasos…
El Cuerina susurró con voz de mujer.
- Son ellos.
Traté de escrutar la oscuridad mientras doña Margarita encendía las luces del auto. Las luces del Volvo iluminaban, más allá del peligro, unos tranquilos árboles.
Los vidrios traseros del auto estallaron hacía adentro con una explosión.
Mientras me los pedacitos de vidrio volaban a mi alrededor, vi los pies del Cuerina saliendo por una ventana.
- ¡¡Lo tienen!! Alcancé a gritar…
Continuará…

21 Diciembre, 2009
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4 Comentarios en "Dos peluquerías"
Nooo el cuerina nooo. Pucha yo creo que igual los podían sentir “hormonalmente”. Digamos que seguían pasao a hombre.
¡Buena! .espero que siga tan entre como hasta ahora.Creo que será difícil llegar el mehollo del asunto.Que venga luego el próximo capítulo
Toda la inmensa situación me tiene los pelos de punta.Espero anhelante el capítulo siguiente.
¡Muy buena! Loco ,terrible de entretenida,ojalá aparezca prontito el capitulo próximo.
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