G26Por R. Marvin

Ilustración de R. Bronson

Un gusano, brillante y rojo se mueve por el techo blanco. Avanza en línea recta con convulsiones exasperantes – suaves y lentas-. Por la el centro.

Lo miro desde mi cama. Acabo de despertar.

Las ventanas abiertas muestran el camino a un bonito día. Sol y ladridos de perros.

El gusano rojo sigue avanzando. Su tacto brillante es viscoso.

Los reflejos de la ventana en su exterior, aumentan y disminuyen de tamaño.

Parece a punto de reventar.

Afuera es un buen dia.

A pesar del gusano.

La manchita, larga y roja, se abre paso lento por el techo.

El horror me impide respirar: no puedo moverme.

Afuera el cielo está azul y se ve que es un buen dia.

El gusano sigue avanzando por el techo. Recto, limpio.

Se detiene justo encima de mi cara.

Estoy lejos, pero puedo verme, aun entres las sábanas, reflejado en la viscosidad roja.

Se retuerce lento, se enrosca y comienza a desprenderse del blanco del techo raso.

Ahora, cuelga sobre mi. No puedo ni siquiera voltear la cara.

Tras las ventanas niños juegan.

Cuelga y se acerca a mi. Muy poco de su cuerpo sigue adherido al techo blanco.

Me veo reflejado en lo que debería ser su cabeza.

¿o su culo?

Cae veloz sobre mi boca y revienta. El gusto amargo del óleo me llena la boca. Siento la extraña sensación de tener mi boca llena de pequeños engranajes… trato de escupir.

-Tranquilo, cumpita, si es sopita…

La voz del Cuerina.

Me incorporo mientras abro lo ojos. Me llega una cachetada de olores. Meado, vino vinagre y cazuela. Estoy sudando y el Cuerina intenta meterme otra cucharada en la boca. Casi al rape y con un blusa rosado pálido, de mujer, me miraba armado con su pozo lleno de sopa de letras…

-¿Qué chucha? Justo comencé a recordar, el golpe de doña Margarita en el árbol, el calor de una pelea. Unos matorrales moviéndose tras una pelea en la Plaza Pedro de Valdivia.

-¿Dónde estamos, won?

-En una hospedería del Hogar de Cristo. Pensé que sería difícil que nos encuentren acá. Tenías 5 lucas en tu cartera, con eso pagamos y compramos algunas cositas. Dormiste harto, caleta.

-¿Hace cuento fue la pelea, le contaste a alguien?

Hace dos noches. Tuvimos que pagar más para que no te echaran en el dia, pero como tabas tranquilito., yo aproveché de hacer un par de amigotes. Me dijo y comprendí que ya se había estado tomando algunos pencazos.

-¿Hay algo pa tomar?, pregunté y me dio más sed.

-Acá hay un poquito de jote, ta rico, queda mejor con esas bebidas baratas -me pasó un vaso hecho con la parte baja de una botella plástica-, pero ándate con cuidado, tragaste mucha baba de “mono culiao”…

Lo tomé y el color y mi reflejo en la botella, la espuma roja… el gusano.

Unos viejos barbones, morados y con olor a meado me veían, desde lejos.

Me di cuenta que estaba vestido de mujer.

Aun…

¿Qué chucha vamos a hacer?

Miré de nuevo a los viejos y comprendí que el Cuerina tenía razón. Probablemente acá no nos buscarían.

También me di cuenta que era una gran oportunidad para terminar con todo. Conseguir para curarse en el dia y olvidar todo lo que alguna vez fue un problema.

Mi ex que no se quita y que aun siento llorar sola.

La familia que no existe, pero pena.

Las cuentas que no pago.

El trabajo que debo acordarme de dejar…

Un vida mejor.

Miré de nuevo a los viejos. Uno me miraba con cara de caliente.

-Lo que es yo, won, ya me tiene medio aburrido el jote. Quiero una piscola, dijo El Cuerina.

-Sí, tenemos que irnos… está weá no me la gana. Nicagando. Por más que todas las mujeres locas y ricas del mundo me persigan para eliminarme, igual tengo que hacer lo que uno hombre tiene que hacer…

- ¿Jugar a la pelota? el Cuerina me descolocaba. Antes era un sabio, luego el mismo idiota con el que jugaba Polla Gol…

-No weón, pegarme un revolcón con una mina… rica en lo posible… de vez en cuando, terminé por aceptar. Tenía que reconocer que en pocos lugares se descansa tanto y tan bien como en una hospedería del Hogar de Cristo, debe ser el tufo a pichi y a vino del ambiente, estimé.

-Bueno, qué hacemos?, han pasado tres dias ya que arrancamos, ¿estarán en mi departamento?

-No creo, no son organismos oficiales, no creo que se les haga fácil mantener un cerco, menos donde no se ha cometido ningún crimen aun.

-Vamos, pero altiro! La sed y las ganas de ver sus revistas porno alentaban al Cuerina.

-Andamos súper lindos de travestis, tenemos que conseguir ropa.

-Robémosla acá poh, a mi me queda el look indigente, es como cuando era granch…

-Grunge, weón…

El Gato, un conocido curadito de Bellavista dormía al lado, cada tanto tiraba arañazos y maullaba, en sueños. Su abrigo le quedaba grande, era para mi.

Se lo quite silencioso, mientras el Cuerina le sacaba los hediondos pantalones a un viejujo de barba. Los había elegido bien, de verdad eran un poco grunge.

Yo encontré en una cama unos pantalones de tela, llenos de manchas de pintura, no eran a medida, pero con un cordel no se me caerían. Zapatillas hediondas, bototos de abuelo.

-Vámonos! Yo también tenía sed.

En la casa de mi amigo fotógrafo comimos lo que había, charqui y aceitunas amargas, se los mandaba su madre desde Illapel.

-Son cosas naturales, a las minas les encanta, es sofisticado. El Cuerina hablaba con la boca llena y me miraba con ojos contentos por la cerveza abierta a su lado.

Antes de llegar, pasamos a mi casa. El Cuerina logró rescatar tres camisas, dos pantalones y dos chaquetas, volvía a mi uniforme de periodista pobre.

-¿Se te ocurre algo?

-Busquemos al profesor, debe haber avanzado algo. Quizá haya pillado alguna falla, algo que podamos aprovechar.

Los largos pasillos que deban al laboratorio del doctor Pérez, bajo la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, son blancos. Algo verdes gracias a la eterna luz fluorescente. Metros de desamparo bajo esa luz pálida y fría.

El Cuerina intentaba contactarse con lo que quedaba del ejército de Feministas Tecnoecológicas, por las casas jipies de La Reina y Peñalolén. Por allá abundan las brujas, dijo cuando partió.

Nunca he destacado por mi olfato periodístico, pero al avanzar me di cuenta que había algo raro en el eterno olor a éter de este laboratorio perdido.

Caminé más lento.

Sentí detrás, dos ligeras respiraciones.

Me miraban, avanzaban.

Todo mi cuello, se paralizó, el gusto frio del pánico me atacaba nuevamente.

Seguí avanzando.

El clásico chasquido de una pistola cuando se amartilla, el mismo que uno escucha en las películas.

Me doy vuelta rápido mientras me agachó. Por si acaso.

Dos monos con pistolas en vez de manos me apuntaban con cañones humentas. Tras de mi cayeron baldosas quebradas.

Me acordé del sueño de Verónica.

Continuará…

TODOS LOS CAPÍTULOS DE “EL GUIÑO ELÉCTRICO

1. VIDA SOCIAL

2. CRÓNICA ROJA

3. MINORÍAS SEXUALES

4. LOS HUMOS DEL ALCOHOL

5. PARA NADA PARANOIA

6. EL ÁRBOL AZUL

7. EL RETORNO DE LA DIOSA

8. TIRITONES Y TRANSISTORES

9. SOÑÉ QUE TE MORÍAS

10. AMOR TERRORISTA

11. PEQUEÑA RECETA PARA OLVIDAR

12. PDK (PORSCHE-DOPPELKUPPLUNG)

13. DIARIO DE COMBATE

14. VESTIDO CON FLORES

15. CRÓNICA DE UNA AGONÍA

16. PEQUEÑA Y OSCURA ENTRADA AL ABISMO

17. LAS SOMBRAS ESTÁN CERCA

18. CUANDO ENCIENDES LA LUZ

19. EL NOMBRE DEL CADETE

20. Dos peluquerías

21. La duración de un chispazo

22. El informe Bathory

23. Una nueva humanidad

24.Sobre el escritorio

25.Magia