
Resbalando con los trozos de cerámica rotos por los disparos, traté de correr, agachado. Me acordé de Steve McQueen, cuando corría en zigzag para evitar los balazos nazis. Difícil hacer zigzag en un pasillo.
Retumbaron dos disparos más en el pasillo. Sentía un silbido y un soplido caluroso en las orejas. Otra vez me había salvado.
Entré corriendo en la oficina. El doctor Pérez, ese Einstein de la Unión Española estaba en el piso, contrahecho, con los ojos arrancados de las cuencas.
-¡¡Doctor!! –grité, aun sabiendo que estaba muerto.
Dos disparos más atravesaron la pared. Uno dio en el extinguidor rojo del fondo, igual que el soplido congelante de Superman, un chorro blanco comenzó a llenar el laboratorio.
Eso me ayudó.
En la niebla blanca, química, sentí los pasos de los dos monos culíaos. Sus bototos deportivos chirriaban en el piso blanco.
La luz del pasillo dibujaba sus siluetas en la neblina antiincendios.
Yo, me mantenía agachado, tratando de moverme sin meter bulla.
Eran flacos y altos, miraban y olfateaban en todas direcciones buscándome.
Tomé un cilindro chico y plateado. Parecido a las de las pistolas de gas. “Nitrógeno líquido” rezaba bajo la marca: Indura. Producto nacional, pensé mientras lo abría hundiéndole mis llaves al cilindro.
Me abalancé hacía los monos, apuntando el soplido gélido a sus cabezas. Uno se llevó las manos a la cara y ahí se le quedaron, pegadas: una mano y una pistola con brazo adheridas a la máscara, ahora opaca, de uno de los monos. El otro, sorprendido, intentó apuntarme, pero me tenía demasiado cerca.
Puse el cilindro de gas helado bajo su barbilla, abrazándolo como un boxeador cansado.
Su cabeza quedo quieta, dura.
Mi padre…
Un uppercut de película antigua me salió del brazo derecho.
La cabeza del mono cayó hacia atrás, su cuello estaba congelado. Se desplomó en cámara lenta, como se cae un curado que pierde el equilibrio, sin oponer resistencia.
El otro seguía tratando de despegar su mano-pistola y su mano-mano de la máscara fea.
Le metí lo que quedaba del nitrógeno -ya no liquido- en una de las vejigas que colgaban donde debería estar su guata. Se quebró un poco, como cuando a alguien le ponen un puñete en los bajos. En medio de la niebla me sentí tomar el control. Pensé en pegarle una patada karateca a ver si lo partía en dos.
Mejor arrancar.
Corrí por el pasillo a todo lo que me daban las piernas. La certeza era una: algo extraño había pillado el profesor Pérez, lo habían matado por eso y me estaban esperando.
Salí como si nada por el patio de la Escuela de Medicina. Las minas que estudian para doctoras y las que le pegan a la enfermería me miraban: un pelado que caminaba asustado por el patio de la facultad.
Debo haber parecido un tipo en quimioterapia.
El Cuerina andaba en La Reina, lo habían dateado: en la calle Pintor Onofre Jarpa aun quedaba una casa de seguridad de las extremistas feministas. Hacía hora fumando un pito con unos escolares en la Plaza de La Reina. Mientras les contaba chistes cochinos…
-Un preso estuvo 12 años en la cárcel. Sin mujer, sin nada, no lo dejaban ni pajearse.
Los pitos hacían reír a los escolares antes del final del chiste.
-12 años acumulando el Kino, won!
Los escolares con los ojos rojos, no paraban de reir.
-Sale de la cárcel y va inmediato donde putas, contrata una, le pide una mamada y en dos segundo se va cortado… ¡pero altiro!
- ¡Hahahahahaaaaa! -los escolares como hienas.
-“Ya” dice el preso, “otra altiro, ahí tienes la plata” le dice a la puta…
Hienas.
-La puta movía la boca, como que probaba el moco del preso.
Las hienas se caían de la risa.
-“¿Pero qué haces? ¿Lo estai probando?”
- “Espera, espera, dice la puta… mmhhhhmmmhh, es que no todos los días se degusta un doce años.”
Las hienas pararon de reir, en lugar de reír con más ganas como esperaba el Cuerina
- Aweonaos, se nota que no saben nada de vinos, won.
El Cuerina, picado, se fue a buscar la casa por Onofre Jarpa hacia arriba, era una calle muy larga.
Cuando ya había contado cinco cuadras subiendo vio un detalle. Un Land Rover antiguo, grande y polvoriento, lleno de minas, todas más o menos ricas, todas con cara de enojo…
Acá es. Acá tiene que ser…
- Alooooo!!! Aloooooo!!
Las minas lo miraron enojadas, para ellas era otro caliente más, el subproducto de dos mil años de falocracia.
- Perdón, señoritas… -al Cuerina le tiritaba la voz. Muchas minas juntas siempre le han puesto nervioso.
No por nada estudió internado.
- Heee, bueno, saben… no sé si la conocen… a esta señorita… no sé si les suena… algo…
-¡¡¡¿¿Quién??!!! -Respondió un rubia flaca, bonita, a la que de lejos se le ve lo violentamente enojona que es.
- Esteeee… la marihuana fumada le pasaba la cuenta al fotógrafo.
- ¿Quién pues?
- Isabella… no, no
- No sabemos quién es, ándate mejor, esto es privado.
- No, no, esperen… Isidora…
-…
- Isidora… Purdy…Jaiva!
- ¿Qué, weon?
- No, perdón. -El Cuerina colapsaba en su seguidilla de errores: Isidora Purdy Parra!!
Todas las minas lo miraron al mismo tiempo. Ahora recién se ponía difícil la cosa…
- Qué pasa con ella, weón? -disparó la rubia de mal genio.
- Heee, bueno, esteeee, nosotros, bueno, yo y mi amigo, estuvimos con su mamá…
- ¿De qué estai hablando weón? -La rubia se bajó de un salto del polvoriento Land Rover.
- Es que estuvimos ahí cuando la mataron, cuando murió doña Margarita… -El Cuerina no era el mejor contando historias.
- La señora Margarita se cayó en la ducha, se dislocó el cuello y se clavó la llave del agua en la nuca. Salió en todas partes.
- Heeee, no, no es lo que vimos nosotros. No nos meteríamos a la ducha con esa señora…
- Mira ¡mejor ándate, weón!
- Nosotros sabemos quien la mató ¡¡Fueron los mismos que mataron a Isidora!!
El Cuerina, una vez más había logrado su objetivo.
- Pasa a la casa, conversemos…
Continuará…

21 Diciembre, 2009
7 Diciembre, 2009
5 Diciembre, 2009
11 Noviembre, 2009

O Comentarios en "En medio de la niebla"
Comenta ahora!