Los organismos biocibernéticos están tan cerca que El Cadete que ya los puede tocar… y golpear en el 21° capítulo de “El guiño eléctrico

por R. Marvin

Ilustraciones R. Bronson

Aun miraba para atrás cuando una garra fría y húmeda me tomó por el cuello.

El asqueroso tacto de un guante de goma, rechinante, negro, rígido.

Con fuerza.

Mientras la presión que ejercía en mi cuello aumentaba hasta hacerme zumbar los oídos, sentí que mis ojos iban a estallar. Mi lengua ocupó toda mi boca.

Todas esas sensaciones me distrajeron de lo principal:

Yo ya estaba fuera del auto. Mis pies, con un zapato de señora menos, colgaban sobre el Volvo.

Miré a mi captor y vi las antiparras negras, un brillo rojo y una respiración pesada y distante que parecía ir al compás de los latidos de mi corazón, forzados a salir por mis orejas.

Es un tipo bien grandote con muchas bolsas colgando, pensé con algo de risa. Mi mente mantenía cierta calma.

Traté de patearlo en el pecho que, según alcancé a ver mientras apuntaba, era grande y ancho.

No era el mismo tipo de horas antes, el que vimos en el departamento del Cuerina.

¡El Cuerina!

Pataleaba mientras el hijo de puta me ahogaba y traté de buscar con los ojos a mi compañero.

Vi otra cosa.

Casi por detrás del hombro del mono culiao -me sorprendí del trato que daba a mi agresor-, un monstruo de unos dos metros, desproporcionado, negro y brilloso de fluidos lanzaba a doña Margarita hacía uno de los árboles de la plaza.

Al chocar, sus vértebras cervicales colapsaron con un crujido seco y preciso.

Lo que dura un chispazo.

Tuvo que ser cosa del susto, pero se me ocurrió pegar un combo.

Pegé justo entre dos mangueras que se cruzaban en su cuello. La mano soltó en algo la presión, lo sentí medio perdido.

Otro combo.

Caí con fuerza a los adoquines de Pedro de Valdivia.

Eso lo vi en la tele, le dicen Krav Magá. Un combo en el cuello que nadie aguanta.

Algo me quedó de mi padre.

El mono culiado –se había bien ganado el apodo- se apretaba su propia garganta ahora.

Era alto y deforme. De negro. Estaba cubierto de vejigas y bolsas que colgaban de su traje de combate.

Empecé a correr.

Me di la vuelta y lo que vi superaba toda dimensión de sorpresa que me pudiese quedar.

Subido a un árbol, el Cuerina intentaba, ágilmente, trepar para no ser alcanzado.

Abajo, dos monos culiaos trataban de subir. Lo viscoso de sus trajes no les ayudaba.

Seguí corriendo mientras miraba.

Había dos más: perros, pensé.

Del tamaño de un puma o un león, por cierto más grandes que un perro grande, bufaban y se movían rabiosos.

Eran como personas imitando perros, en cuatro patas, con bolsas y mangueras, gordos y pesados. Uno de ellos se volteó hacía mi.

Sus ojos negros enmarcaban a por lo menos dos docenas de narices.

Narices humanas.

Con mocos y de distintos tamaños. Al comienzo me costó entender lo que eran. Me estaban oliendo. Por lo menos cincuenta metros más allá.

¡Puta, perros!

Traté de doblar hacía el poniente, atravesando la plaza. Siempre hay una botillería abierta, muy cerca de donde estaba el cine.

El Cuerina se podía salvar solo.

Los tiene locos, traté de creer.

Sentí la respiración pesada tras de mi.

Me alcanzaba.

El Cuerina se balanceaba desde un pino hacía el puente de la plaza, trataba de apuntar para lanzarse.

Cayó como acróbata.

Los años de práctica como curado habitual, pensé.

Salió corriendo como lanza hacía la botillería, un faro lleno de esperanzas.

Ya llegaba a la esquina cuando uno de los perros culiaos se me abalanzó.

Alcancé a agarrarme de unas mangueras que le colgaban del cuello mientras me ladraba con un tufo horrible.

Mocos y baba me chorreaban por toda la cara.

Cuando grité, toda esa mierda me entró por la boca.

Mientras empujaba con las piernas, agarré fuerte las mangueras.

El aire se llenó de un fuerte olor ácido y metálico.

Estaba empapado por líquidos, le había arrancado unas vejigas externas.

Aullaba.

Cayó a un lado.

Mientras me resbalaba para tratar de correr, vi un par de narices humanas.

Vivas, moviéndose.

El crimen de Isidora Purdy Parra estaba resuelto.

¿Se resolvería el mío?

Dos autos se detuvieron. Tipos sorprendidos porque había bultos en su camino.

Los monos culiaos sacaban a su herido. Desaparecían con la luz.

Sólo se alcanzaba a percibir una sensación de su huída.

Unas ramas moviéndose.

Pasto aplastado.

Un reflejo en los adoquines mojados.

Nada importante.

No había nada.

-¿Le pasa algo? El tipo del auto se había bajado. En el contraluz de los focos, sentí su sorpresa y miedo.

-No se preocupe, es que es una loca.

El Cuerina improvisaba antes que yo me repusiera y me tomaba del brazo.

Estaba bien.

-Vámonos Verónica. Dijo mientras me levantaba.

Simplemente parecíamos un par de travestidos borrachos, en su vómito.

Por lo menos era más creíble, más usual, menos agresivo. La gente en estos tiempos no suele creer en la agresión. Como si los Derechos Humanos guiaran a la humanidad.

Caminamos como ebrios por la noche.

-Vamos a ver a la señora. El tono fúnebre era tácito.

Una pequeña mancha de sangre en un árbol era lo que quedaba.

Quizá más temprano, cuando nos gritaba, esa sangre circulaba por sus mejillas, quizá por sus párpados… quizá…

-¡¡Vamos, tenemos que arrancar!!

Una elegía muda que repasaba mis momentos con Doña Margarita, se rompió como un encantamiento.

Atrás sólo quedaban sombras.

Una de ellas era mía.

Continuará…

TODOS LOS CAPÍTULOS DE “EL GUIÑO ELÉCTRICO

1. VIDA SOCIAL

2. CRÓNICA ROJA

3. MINORÍAS SEXUALES

4. LOS HUMOS DEL ALCOHOL

5. PARA NADA PARANOIA

6. EL ÁRBOL AZUL

7. EL RETORNO DE LA DIOSA

8. TIRITONES Y TRANSISTORES

9. SOÑÉ QUE TE MORÍAS

10. AMOR TERRORISTA

11. PEQUEÑA RECETA PARA OLVIDAR

12. PDK (PORSCHE-DOPPELKUPPLUNG)

13. DIARIO DE COMBATE

14. VESTIDO CON FLORES

15. CRÓNICA DE UNA AGONÍA

16. PEQUEÑA Y OSCURA ENTRADA AL ABISMO

17. LAS SOMBRAS ESTÁN CERCA

18. CUANDO ENCIENDES LA LUZ

19. EL NOMBRE DEL CADETE

20. Dos peluquerías

21. La duración de un chispazo

22. El informe Bathory

23. Una nueva humanidad