El intrépido periodista de “El guiño eléctrico” enfrenta sus miedos cara a cara en el quinto capítulo.

por R. Marvin

Ilustraciones R. Bronson

Los OS-9 de Carabineros levantaron el cuerpo de mi casa a eso de las 11 de la mañana. A esas alturas, tenía resaca, estaba sediento y muy cansado como para sentir susto. Los contactos de un colega de policial me habían hecho más llana la seguidilla de acciones burocráticas que implica ser parte en un asesinato.

Curioso: la muerte requiere trámites, pero al muerto siempre lo “atienden” primero.

Durante las largas conversadas con el detective Pinto –le gustaba decirle “conversadas” a sus interrogatorios- se encargó de dejarme bien claro que no era solo cosa del Cuerina y mía, sino de varios más probablemente, porque alguien estaba tratando de intimidarme.

- ¿Se acuerda de la escena del Padrino en la que el productor de cine se encuentra con la cabeza de su caballo? -dijo el muy cinéfilo- es parecido. No hay nada que asuste más que la cabeza de algo… o de alguien.

Por lo menos la ley ya estaba enterada, o por lo menos eso me daba a entender este detective que cultivaba una sospechosa estética de CNI o quizá sólo era la moda vintage.

Como a las 12 llegué al diario solo para que me taparan a tallas: “¡¡era la otra cabecita!!” Decían desde economía. “¡¡Rica la mina!!” tiraban desde hípica, demostrando su poco ingenio. “¡¡Te quedó gustando la chupaíta!!” gritaban en deportes. Yo me hacía el cariacontecido o simplemente el sordo.

En el fondo del pasillo que separa la redacción, vi pasar dos espaldas altas, atractivas, fui a ver de que se trataba. Al llegar a la sala de reunión que ocupan como estudio los fotógrafos, todo el miedo que he sentido estos días se juntó y me dejó petrificado: Cuatro mujeres altas y ricas, con los collares caros que les controlaban la fealdad, esperaban con sus faldas cortas, botas cachondas y medias de bataclana: El diario estaba preparando un especial gráfico con las mejores mujeres controladas.

Superé el miedo, en parte, gracias a lo ricas que se veían las viejas. Seguro sería una galería con muchísimas visitas. Quizás podría quedarme a la sesión de fotos y sacar algo en limpio.

Hablé con el productor y los fotógrafos y logré que me dejaran a cargo del paraguas de luz. Al rato estaba trabajando con las tecnoputas encachadas digitalmente. Sin duda ricas: me venía una erección cada vez que olvidaba que me daban miedo. Por mi gravitante rol de sostenedor del paraguas, estaba muy cerca. El poco sueño, la caña y la paranoia comenzaron a escribir un guión.

Me fijé en sus caras: Esa piel que alguna vez fue arrugada y cobriza por los inviernos en Valle Nevado y el solarium, ahora lucía un lozano rosado pálido – según dictaba la última moda y gracias al sistema que también controlaba la pigmentación-. Sus rasgos eran firmes, decididos. Los rictus perfectos, las poses inigualables, como en sus mejores épocas, aunque ahora todas las fotos quedaban perfectas, era como fotografiar estatuas. Las imágenes resultaban en algo frío, ausente. Si hubiera un photoshop emocional, a estas fotos deberían darles una buena retocada.

Estaba absorto, con la vista fija en el rostros de una de las paleomodelos, cuando noté un levísimo y veloz tiritón bajo su ojo. Me pareció raro y le clavé la vista. En la misma zona vi un pequeño chispazo brillante. Me volvió a invadir el pánico. Pedí disculpas, fui a tomar agua y volví, tratando de parecer calmado.

La sesión terminó y las minas controladas fueron al baño/camarín a sacarse sus pintas de putas de televisión. Era el momento de investigar un poco más:

En la parte de atrás de la casa que alberga al departamento de fotografía del diario, hay una escalera chiquita por la que si, con talento y suerte, uno se asoma, es posible ver y escuchar lo que pasa en este baño/camarín. (Una vez echaron a un practicante por escuchar desde ahí una sesión romántica entre una editora y un fotógrafo. Esa vez sólo el testigo salió perdiendo.)

Mis treintas y seis años me pesaban a cada paso. Logré llegar arriba, hasta una posición que me permitía ver las cabezas de estas veteranas de las pasarelas.

Los hombres tenemos ideas delirantes sobre lo que hacen muchas mujeres juntas en un baño. Algo así como una reunión de gallinas que cloquean sobre los tipos que conocen, las dietas que hacen y cómo ejercer su rol divino de juezas de las vidas de los hombres como género. Algo muy lejano a lo que vi por la rendija: Era una escena maquinal, robótica, gélida. Ni siquiera se buscaban rollos o celulitis con esas miradas de arpías que sacan las damas cuando sienten envidia. Eran, básicamente, unos maniquíes desvistiéndose. La vista de sus estupendos cuerpos controlados, sus tetas paraditas y sus culos de durazno no lograba calentarme, así de frías se veían.

Cavilaba sobre eso cuando, sorpresivamente, entre las rejillas de la ventana del baño, apareció un enorme ojo azul e inexpresivo que me miraba. El susto me hizo soltar mi escalerita y caer, antes, alcancé a escuchar que una voz gastada de mujer, decía: “sabemos que sabes” .

Al parecer, no era yo el paranoico.

Continuará…

TODOS LOS CAPÍTULOS DE “EL GUIÑO ELÉCTRICO

1. VIDA SOCIAL

2. CRÓNICA ROJA

3. MINORÍAS SEXUALES

4. LOS HUMOS DEL ALCOHOL

5. PARA NADA PARANOIA

6. EL ÁRBOL AZUL

7. EL RETORNO DE LA DIOSA

8. TIRITONES Y TRANSISTORES

9. SOÑÉ QUE TE MORÍAS

10. AMOR TERRORISTA

11. PEQUEÑA RECETA PARA OLVIDAR

12. PDK (PORSCHE-DOPPELKUPPLUNG)

13. DIARIO DE COMBATE

14. VESTIDO CON FLORES

15. CRÓNICA DE UNA AGONÍA

16. PEQUEÑA Y OSCURA ENTRADA AL ABISMO

17. LAS SOMBRAS ESTÁN CERCA

18. CUANDO ENCIENDES LA LUZ

19. EL NOMBRE DEL CADETE

20. Dos peluquerías

21. La duración de un chispazo

22. El informe Bathory

23. UNA NUEVA HUMANIDAD