El cadete se vuelve objetivo de caza para todas las mujeres “controladas” en el 12° capítulo de “El guiño eléctrico“
por R. Marvin
Ilustraciones R. Bronson
Salté los restos de la vitrina que aún caían sobre mi y resbalé con los pedazos de vidrio templado en el suelo. Sentí el zumbido de la bala sobre mi cabeza y me tiré detrás de un BMW nuevo al que cada impacto de bala remecía.
3… 4… 5… 6… Si era un revólver, era el momento de correr.
Me lancé corriendo a todo lo que daban mis piernas por la vereda de enfrente con la cabeza gacha. Me di vuelta para ver a Verónica.
Me apuntaba con un sorprendente autorevólver Ma.Te.Ba. 6 del 357 Magnum, un arma extraña y poco femenina, pensada para asesinos con recursos. Sin duda las nanomáquinas la ayudaban a cargar el peso del arma en sus delgados brazos.
Seguí corriendo agachado por la calle que daba al café donde recién conversaba, plácidamente, con mi ex proyecto de novia.
Me tiré detrás de otro auto, estaba cansado y dudé que Verónica me siguiera. La calle, que antes estaba llena de minas ricas comprando la última moda, había quedado desierta. Los balazos habían limpiado el ambiente.
Me acerqué al ángulo de los focos delanteros del auto para ver donde estaba mi bella agresora: Recargaba.
Un Wrangler de los grandes me sirvió de protección. Material de guerra, algo debía aguantar, pensé.
Un impacto limpio y certero roció mi cara con trozos de la mica de la luz del auto. “Siempre quise que una mina rica me persiguiera”, alcancé a pensar antes de ponerme en pie para seguir corriendo.
Los balazos sonaban secos cuando impactaban los autos que se balanceaban empujados por las fuerzas de las balas. Las 357 no son ningún chiste.
Mi ignorancia era mi perdición en ese momento.
No tenía idea de los alcances de mi reunión con Verónica. ¿Sería posible que a estas alturas todas las minas que utilizaban el sistema me estuvieran persiguiendo? No lo sabía con certeza. Lo mejor era huir hacía un lugar limpio de nanomáquinas: la casa del Cuerina.
Como buen fotógrafo rebelde, vivía en Ñuñoa. Solo y desordenado, no tenía ni los méritos ni el dinero para salir con una tipa con sistema de belleza incluido. Sus mujeres eran más bien del estilo peña folklórica, contraria a ese tipo de artilugios.
Lo malo: estaba lejos, muy lejos y el camino estaría rodeado de potenciales agresoras: estaba en un barrio bien, muchas mujeres hermosas, potencialmente, todas me podrían asesinar.
Una nueva oleada de balazos me sacó de mis elucubraciones. Verónica estaba cerca y mientras abría el barril para recargar su MaTeBa la miré: sus ojos tenían un halo azul, producto de las chipas que las nanomáquinas emitían en ciertos estados, pensé. Su rictus era seco, rígido. Los músculos de su cara eran una máscara, sus rasgos lindos y suaves, no tenían expresión. Era un maniquí disparándome.
Antes de que cargara con balas el tambor nuevamente me levanté. Mientras los vidrios estallaban a mi paso, logré alcanzar la lejana esquina y dar la vuelta. Fuera de la línea de fuego de Verónica, corrí por la calle mientras los oídos me latían. Comenzaba a molestarme el calor y la gente me miraba espantada por la velocidad de mis pasos.
De repente, justo frente a mi, de un estacionamiento salió un convertible recibiendo los beneficios del sol. Un Porsche 911 Targa, sin ser derechamente un convertible, su techo es abierto. Dentro, una viejecita de unos mil años en los mandos ¡Ella no estaba lozana a punta de nanotecnología!
De un salto me subí a ese trozo de ingeniería alemana y con la mejor de mis caras le dije:
- Tía, ¿me lleva al metro?
- ¡¡¡Quéeeee!!! -Lanzó la vieja ahogada, justo cuando un trozo de plomo de 38 mm, a 400 metros por segundo, destrozaba el espejo retrovisor.
La vieja era temeraria. No preguntó nada y aceleró. Más que asustada parecía entusiasmada.
Un par de balas resonaron tras el Porsche. Estábamos lejos.
- Deberías pagar la pensión alimenticia. -Temeraria y chistosa.
- Bueno, uno nunca sabe como van a responder las mujeres. -Repliqué tratando de respirar calmado.
- ¿Donde te dejo, guapo? -Temeraria, chistosa y coqueta.
- En una estación de Metro está bien. No reconocí la voz adolescente con que dije eso.
- Muy bien. Lo único: Creo que me merezco saber la historia, me tinca que es buena. -Temeraria, chistosa, coqueta y copuchenta.
- Mire, si usted me deja su nombre la invito a un café y le cuento todo, soy periodista y mis amigos dicen que no se aburren conmigo. ¿Le tinca?
- Bueno, guapo, le dejo mi nombre: Margarita Parra Durán, si me busca, me encuentra. Estoy en todos lados.
La reconocí. Era la vieja antropóloga loca, una socialité de la porfía y los grupos contraculturales con quienes organizaba, aun en estos tiempos, aquelarres y sospechosas reuniones para la fiesta de Walpurgis, las brujas y esas cosas. Además de ser la madre de Isidora Purdy Parra: mi activista muerta favorita.
- Heeee, ¿cuándo nos juntamos?
- ¿Tan rápido que quiere contarme?
- Yo siempre devuelvo mi favores, señora.
El peligro había pasado, ¿Acaso podía invitarla a conversar a la casa del Cuerina?
El departamento de mi socio era sucio, feo, escandalosamente machista y con algo de fascista mal entendido. Pero era mi única opción.
Lo que me quedaba.
No eran tiempos fáciles.
- Hee, mire: podemos ir a conversar a un lugar… libre de peligros… si me entiende.
- ¿Donde no hay ex pololas?
- Claro, el paraíso… o algo así… Sonreí.
- No estoy tan vieja como parecer jubilada, tengo cosas que hacer.
- Y yo cosas que decirle. –le estaba coquetando. Sea vieja o joven, nunca hay que ser evidente con una mujer.
Llegamos a un semáforo.
La avenida Bicentenario se abría amplia frente a nosotros. Como nunca, se extendían 700 metros sin obstáculos. Margarita pulsó el botón frente al reloj en el panel. Era el dispositivo de aceleración perfecta que monta cada Porsche con PDK. Podías ser tan mal chofer como Eliseo Salazar y acelerar perfecto. De manera robótica.
- Vamos entonces, guapo.
Sentí que mi espalda se hundía en el cuero, mientras un sonido ronco me inundaba.
4,7 segundos después rompíamos la barrera de los 100 km/hr.
Continuará….

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