Él tiene la clave para contener la epidemia de suicidios ¿cómo hará para no perecer en el intento de sacarla de si? Léalo en el 7° capítulo de “La fiebre suicida”

por Pablo Pinto Canales

“Usted es realmente estúpido ¿lo sabía?” Abrí los ojos para escuchar a la figura en gabardina sentada al lado de la cama donde yo reposaba los huesos. Sobre el velador, un cenicero aguantaba un cigarro humeante, y el hilillo gris se recortaba nítido contra el haz de luz que entraba limpio desde una ventana oval en la pared de la cabecera. El hombre lo tomó entre sus dedos y dio una gran bocanada. Mirando con su único ojo bueno la misma pared que daría a la calle, agregó “¿acaso creyó que podría engañarlos?” La otra esfera blanca escasamente parpadeaba. Antes de responder, me busqué la panza, descubriendo con alivio que seguía en su lugar. “Disculpe, Detective Muñoz, hace mucho que no me tocaba transportar documentos secretos” dije gozando de buen ánimo y me detuvo al instante una puntada. Estaba claro que ya no podía pretender. Los documentos estaban sobre una mesita. No había más en la habitación.

Cuando le conté lo que sabía, me miró y no dijo nada. Quizás esperaba más de mi, quizás pensó que yo tendría la respuesta a sus preguntas. Pero la realidad era esta: yo buscaba a un desconocido entre miles de personas. Sin referencia alguna, estaba destinado al fracaso. Y estaba confiando en una persona que veía por primera vez. Si me estaba equivocando de nuevo, esta vez sí me costaría la vida. Y deseaba morir un poco, lo reconozco. Entonces, como un hábil pescador, comenzó a trenzar las palabras como cuerdas frente a mis ojos, hasta que logré ver una red tan clara, que quise vaciarme los ojos y quedar ciego para siempre.

“Los Suicidas Colectivos quieren su cabeza. Créame, hicimos lo posible por despistarlos, pero no tardarían en dar con su paradero. Y era evidente que usted vendría hasta acá: sólo debían esperarlo. Creíamos que estaría a salvo en tanto nadie conociera su apariencia, pero hemos confirmado que nos equivocamos. Ellos saben quién es usted y le darán caza. Por eso estoy aquí: me han enviado para protegerlo. Quieren desvanecer todo rastro de la cura y aquí ya han hecho lo suyo: Evangelio está muerto.”

“Pero no lo han matado ellos, sino sus propios obreros. Como un virus han propagado ideas en sus cabezas y quienes alguna vez dieran su vida por encontrar la cura definitiva, hace algunos días se rebelaron contra el divino. Subieron hasta su oficina en lo más alto de la Torre Laboratorio y, como una jauría de hienas, lo descuartizaron, tirando luego los trozos de su cuerpo desde las nubes”

“La reacción en el bar no fue azarosa, sino su completa culpa. El gesto que hizo con su mano, en este lugar, es un modo de referirse al difunto Evangelio y comprenderá que ya nadie quiere saber de él. ¿Y su propia reacción lo sorprendió? Cuando cayó la industria de Clemencia, la cadena de la G.A.R reveló una nueva solución contra el mercado negro, con su eslogan “más alegría de vivir, menos ganas de morir” lanzaron consagración, un derivado de la metanfetamina a base de parafina sólida. Lo siento, pero es lo único que puede conseguirse ahora y su pastillero está lleno de ellas. Ya vio usted lo que puede hacer el estado eufórico. Y dicen que la fórmula salió de esta ciudad”

“Sabemos que la G.A.R y los SC estaban confabulados para deshacerse de Clemencia al saber de sus avances, no permitirían que se acabara el negocio, ¿no es cierto? Sin embargo, no sabemos si Evangelio vendería sus ideas a un mejor postor después de la muerte de su principal socio. Puede que sus investigaciones de la cura fueran sinceras, ¿o un simple montaje para conseguir un medicamento de mayor dependencia para la G.A.R? Es lo que debemos averiguar.”

“Ahora escúcheme bien, tenemos que introducirnos en la Torre Laboratorio. Creo que entenderá nuestro apuro. Usted ha demostrado comprender los documentos de una manera que nadie más podría hacerlo. No podemos prescindir de su ayuda. Es imprescindible que sea usted el que llegue a la oficina del Iluminado para terminar de descifrar la información que se pueda recuperar.”

Por fin una explicación y no podría haber sido peor ¡y sigo en el mismo lugar! Viajé miles de kilómetros con los documentos de un muerto con la esperanza de encontrar una respuesta y ahora que por fin la tengo me siento abatido por la verdad. ¿Cómo es posible tanta maldad? pobre Clemencia, intentó limpiar al mundo de sus demonios y fue consumido por ellos. Y ahora me debo seguir adelante hacia el último conocimiento existente sobre la cura. ¡Si no encuentro esa información, ahora sí que me mataré con ganas!

continuará…

TODOS LOS CAPÍTULOS DE “LA FIEBRE SUICIDA

1. CUANDO EL PAÍS EMPEZÓ A MATARSE

2. EL OJO SE CIERRA A LA ENTRADA DE LA LUZ

3. VIVIRÉ PARA CONTARLO

4. MI AMIGO NO ES NARCO

5. EN TREN A LA LUZ

6. UNA CALUROSA BIENVENIDA

7. ¿Esta es la verdad?

8. Esta si es la verdad