¡NUEVA HISTORIA! es el hombre contra si mismo en el primer capítulo de “La fiebre suicida“
por Pablo Pinto Canales
Ilustraciones: Armando Torrealba
No importa el año. Mi cabeza comenzaba lentamente a acostumbrarse a las exigencias físicas de la droga.
Tenía por seguro que poco a poco iría necesitando una mayor dosis, por lo que también se prolongarían los síntomas de asfixia que le sucedían a su consumo, pero eran por el momento tan fugaces, no más que un instante, que no alcanzaba a percibirlos del todo, lo único que notaba era la euforia que les seguía tan de cerca, la euforia que me envolvía del todo después de cada dosis de la bendición, que era quizás el único remedio o cura, quién sabe, para mi maldita fiebre suicida.
Nadie sabe exactamente cuando comenzó, pero se presume que coincide con la cadena de suicidios de los jóvenes de Tongoy. El balneario nunca se percibió tan oscuro como en aquella época, en que adolescentes sin una conexión en particular, sin un vínculo sectario, más que la amistad de la infancia, decidieran quitarse la vida uno tras otro; colgarse de una viga firme hasta morir. En ese momento, el gobierno investigó a fondo, pero no encontró nada. Y es que nada había para encontrar. Claro, se presumía la influencia del invierno como el motor principal de los hechos, pero cuando algunos meses después, el resto de la población de Tongoy siguió los mismos pasos, la cosa se puso fea y grave. El estado de cuarentena significó el aislamiento de la zona y la muerte definitiva del turismo y de su gente.
Se habló de una plaga que se extendería por el mar que bañaba las costas y la gente dejó de acudir a las playas. Pronto las ciudades ganaron fuerza en crecimiento y se sugirió el metal como el material del futuro. Bloques metálicos pasaron a reemplazar las antiguas fachadas de la capital y sus calles se llenaron de allegados que temían a la peste de las zonas rurales, que fue lo que llegó a concluirse luego sobre la seguridad de las urbes.
Los laboratorios, desde luego, atacaron de inmediato y lanzaron al mercado innumerables fármacos preventivos del mal, pero las personas seguían muriendo bajo sus propias manos. Y como no existía un modo único de quitarse la vida, ni advertencia que pudiese anticipar su ocurrencia, parecía más una artimaña de ventas que una cura definitiva.
Secretamente, la iglesia hizo sus movimientos y tras investigaciones científicas privadas, lanzó al mercado la bendición. Nadie sabe realmente qué es, ni cómo se creó, pero funcionó.
Un día de febrero, con el peor de los calores sofocando la ciudad y a sus masas habitantes, una figura de brillante sotana se alzó y reveló el medicamento. El Padre Clemencia expresó a los medios su “mayor alegría de poder entregar a los fieles una solución divina que logre alejar a sus demonios”, porque en el fondo, la respuesta final, era que la fiebre suicida no era una enfermedad: era la maldad humana cobrándose vidas una a una y he aquí la función de la iglesia y la conclusión definitiva.
De acuerdo, la bendición logró detener el avance de la fiebre (así dicen), pero ¡a qué costo! Si la fiebre era el mal, su remedio era sin duda el castigo. Asfixia y euforia por su uso en ocasiones llegaban al mismo desenlace original: el suicidio. Así, dejó de ser de uso popular preventivo y se volvió casi de uso exclusivo de los enfermos, porque antes de someterse a las exigencias del tratamiento, el mundo sano prefería simplemente enfermar y morir. No obstante, el gobierno se mostraba conforme con los avances, en tanto yo me desmoronaba al saber de mi contagio. Recuerdo que estuve a un paso de rebanarme la garganta con un vaso roto y me contuve. Luego no dudé ni un segundo en tomar la píldora. Me parecía el mejor uso para mi dinero de apostador de hipódromo, para no tener que gastar esos pesos en mujeres que me quitaran las penas de la soledad y de mi trabajo administrativo de segunda en una fábrica de cuerdas (que irónico, ¿no?).
No tenía mucho por qué vivir, ¡pero antes muerto que suicidado! Y así sobreviví estos meses. Con fe, asistí a grupos de terapia optimista en el consultorio y cada día pensaba en una razón menos para morir, cada día luchaba contra mis ganas de colgarme del techo soñando con no querer hacerlo más, pero bien dicen “no eres tú el que quiere matarse, sino el mundo el que te quiere ver muerto”.
Hoy por la mañana, el Padre Clemencia dictó una conferencia sobre sus avances farmacológicos en la creación de un nuevo milagro capaz de construir a largo plazo una barrera inmunológica contra la plaga, ¡hermanos, por fin seremos libres!, grité en mi cabeza, pero sus investigaciones habrían de quedar inconclusas luego de que un fanático de la plaga, un miembro del grupo radical protestante conocido como la SC o Suicidas Colectivos, se abrazara a él forrado en dinamita, para estallar junto con él y decenas de fieles dependientes, apenas saliendo del Edificio de la G.A.R.
Pero eso no es todo. Naturalmente, habiendo muerto el creador de la bendición y único conocedor de su fórmula, se desató la locura entre los más impulsivos, quienes en un acto de búsqueda desesperada de la bendición en casa del Padre Clemencia terminaron destruyendo y quemando el lugar y con él todas las esperanzas de los bendito-dependientes de encontrar una cura para el mal que nos persigue y contra el cual hemos luchado por años, sino es que décadas. En fin, espero sobrevivir. Y para empezar, no más televisión por el día de hoy.
continuará…

21 Diciembre, 2009
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11 Noviembre, 2009

1 Comentario en "Cuando el país empezó a matarse"
me gusto, sobre todo porque toma el caso de los jovenes de tongoy.
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