Los condenados al suicidio sobreviven a punta de fuerza de voluntad y bendiciones en el 2° capítulo de “La fiebre suicida“
por Pablo Pinto Canales
Ilustraciones: Armando Torrealba
A eso de las diez de la mañana, me despertó una llamada telefónica de Raúl. El pobre enfermo estaba todo histérico y deseoso de juntarse conmigo para compartir algo, no sé qué. En realidad, le entendí bastante poco entre tanto alboroto y concluimos que para su tranquilidad (y la mía, según él) viniera de inmediato a mi departamento.
Raúl fue la primera persona cercana a mí que vi desfallecer ante la plaga. El cambio drástico en su comportamiento pasivo fue el primer indicio de que algo no andaba bien. Recuerdo con claridad aquella tarde que, llorando, llegó hasta mí, desconsolado al saber que estaba infectado con la fiebre (su examen de dilatación de pupila dio positivo). Al poco tiempo, escasamente lograba conectar ideas reales, era irreconocible, aunque nunca fue muy lúcido, debo señalar. Yo que no quería dejarlo a la deriva, lo alenté a inscribirse en un grupo de terapia optimista que lo ayudara a distraerse y a no darse el tiempo ni la energía suficiente para terminar con su vida, aunque sabía que sólo se trataba de una medida transitoria; el proceso degenerativo era irreversible.
Lamentablemente la enfermedad ya había arrasado con su mente cuando se creó la bendición y el tratamiento estaba fuera de su alcance. Nuevamente recurrió a mí (nos habíamos distanciado) y nuevamente le tendí la mano. No dejaba de pensar que podía ser yo el que estuviera en su lugar y no demasiado tiempo después así fue. Raúl insistió en que me inscribiera en su grupo y como juguete nuevo me exhibió durante algunas semanas. Claro que yo lo dejé hacerlo. No se puede regañar a un niño deficiente mental, ¿o sí?
Para el momento que terminé de ducharme, desayunar y bendecirme aún no había señales de Raúl. Sinceramente si antes podía esperarse cualquier cosa de él, y en términos de puntualidad nunca destacó, ahora con la fiebre en su mente todo era posible. Desde terminar sepultado bajo una micro, hasta protagonizar una balacera intencionada con carabineros, pero nada se compararía a lo que vendría luego.
El insistente sonido del timbre me devolvió a la realidad. Ahí estaba Raúl, esperando impacientemente a que abriese la puerta con su aspecto desgarbado y su actitud de mil identidades. No tuve tiempo de saludar, pues entró galopando al interior de mi casa, buscando un lugar donde sentarse y sin decidirse por ninguno. Aún de pie, se paseaba de un lado para otro y miraba por la ventana, inventaba palabras y volvía a mirar de reojo. Pude ver en su expresión, en su mirada desconectada, que ninguna dosis del fármaco lograría sacarlo de este estado. Comencé a llamarlo por su nombre hasta que logré captar su atención. Si bien logré que se calmara un poco y que de manera más civilizada tomara asiento, tiritaba de ansias por contarme la sorpresa. Fue en ese instante cuando sacó una gran carpeta rebosante de papeles, mientras balbuceaba nerviosamente, una y otra vez, algo sobre la bendición y el incidente en la casa del Padre Clemencia.
Tomé la carpeta entre mis manos, sabiendo lo que encontraría adentro, quizás esperando no encontrarlo, pero al mismo tiempo deseándolo con vehemencia. Ante mis ojos tenía los frutos de años de estudio, de miles de horas dedicadas a una sola causa. No sabía si golpear o besar al demente de Raúl, quién al ver mi expresión no paraba de reír con toda clase de chillidos. Opté por golpearlo.
continuará…


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