Muerto el padre Clemencia y reducida la Bendición al mercado negro, es necesario buscar el remedio a la fiebre en sus orígenes, salir de la hermética ciudad. Conozca como se inicia esta travesía en el 5° capítulo de “La fiebre suicida

Por Pablo Pinto Canales

collage antonellaRevisando con mayor tranquilidad las notas, di con un nombre, un tal Evangelio El Iluminado, residente en el otro lado del mundo, con el que Clemencia tenía contacto. Al parecer, el Iluminado sería relevante, y sus conocimientos necesarios para continuar con la investigación. De la poca información que comprendí, logré encontrar su dirección y algunas referencias sobre él, las que inferí de sus cartas al benefactor. Era un científico dedicado al estudio de la genética con bases en biotecnología molecular que estaba encargado de hacer las pruebas de los diferentes fármacos que Clemencia le hacía llegar. Un mercenario de la iglesia que debía ser sin duda el siguiente eslabón de la cadena. Y si el padre confiaba en él, quizás sería justamente el indicado para crear la cura.

Antes del amanecer, tomé mi equipaje improvisado y partí en dirección a la estación de trenes. Sólo pensaba en viajar, viajar y alejarme de los ojos vigilantes de quienes me buscaban. Debía convertirme en un ser anónimo y dar con el paradero del nuevo salvador. Pero, ¿qué le diría al encontrarlo?, sin una mínima descripción, la idea de su búsqueda parecía descabellada e incierta y ¿cómo justificaría los textos en mi poder? “…no, yo no tuve nada que ver, fue un amigo el que las consiguió…¿qué?, ¿qué donde está mi amigo?… bueno… el se suicidó poco después de hacerme llegar estos documentos, usted sabe, cosas de la fiebre ¿no?...”. ¡Qué ridículo sonaba!

Entrando por el enorme portal engalanado de la estación de trenes, me parecía estar ahí por primera vez. De hecho, nunca había salido de esta ciudad y, observando la decena de personas que apenas avanzaban por el lugar, no parecía ser producto del azar. Años atrás, el gobierno había transmitido un mensaje claro e inconsciente, “aférrate a la rutina y nada malo podrá sucederte”. De hecho, no existía tal cosa como las vacaciones lejos de la ciudad. Mucho más conocidos eran los días de licencia, producto del agotamiento laboral, que justificaban la completa ausencia de descansos concedidos entre jornada y jornada. Eso sí, cuando se trataba de entregarse a los excesos, al derroche de dinero en lujos innecesarios, al abuso de poder que engrandece a algunos, para eso sí que había tiempo, cada noche en todos los bares y negocios citadinos. Pero ya nadie quería conocer ese mundo fuera de estos límites y, en definitiva, no era siquiera necesario. El reloj giraba con la inercia del hábito. Y para mi, así lo fue, hasta que me vi involucrado en esta cruzada. ¡Qué hastío! Ni siquiera estaba seguro si valía la pena arriesgar todo por un ideal, pero ese todo no era más que poco o nada.

Entenderán que no me fue difícil conseguir un boleto a un precio reducido, que incluso siendo tal, me despojaba de casi todos mis ahorros. Tomé el tren bala de las cinco y treinta de la madrugada, preparado para viajar cerca de ocho horas hasta mi destino. El compartimento desierto tenía una temperatura agradable y sintiéndome por fin un poco más tranquilo, abracé mi bolso y me dormí profundamente apenas el tren comenzó a moverse. Logré descansar hasta que me despertó suavemente el sonido de la puerta corrediza. Una mujer de impermeable gris buscaba compartir mi cabina. La saludé cordialmente e intenté dar un vistazo al paisaje para no incomodarla, pero aún sentado junto a la ventana, no lograba distinguir los valles y pueblos. La velocidad me obligaría a mantenerlos como suposición, aunque podía deducir por la vestimenta de mi acompañante, que no encontraría precisamente sol en mi destino. Ella, silenciosa y cargando apenas un antiguo maletín de tela, se me sentó enfrente. Sus deseos de mirar por la ventana parecían superar la incomodidad del roce de nuestras rodillas. Siguiendo con mi idea de anonimato, procuré evitar su mirada para no alentarla a conversarme, pero ella no parecía interesada en mí.

Así pasaron las horas hacia el final del viaje, ella y yo tan quietos como siempre. En un momento se giró hacia su maletín y lo abrió con calma. Del interior sacó un revolver y con la misma tranquilidad me apuntó hacia la barriga. Miré el arma y luego sus ojos llenos de determinación. “Siempre supe que mi delirio por las faldas me mataría”, pensé para darme ánimos y adornar con un toque de gracia mi momento final. Cerré los ojos.

continuará…

Todos los capítulos de “La fiebre suicida

1. Cuando el país empezó a matarse

2. El ojo se cierra a la entrada de la luz

3. Viviré para contarlo

4. Mi amigo no es narco

5. En tren a la luz

6. Una calurosa bienvenida

7. ¿Esta es la verdad?

8. Esta si es la verdad