Lo que parece una serie de coincidencias, probablemente son los engranajes de una maquinación lejos de la imaginación febril de un suicida común. Lea el inesperado último capítulo de “La fiebre suicida“
por Pablo Pinto Canales
Salimos con Muñoz cerca del amanecer por la azotea del edificio y desde esa altura pude ver, con los primeros rayos del sol, a qué se refería con la Torre Laboratorio, ¡Era una enorme chimenea en el centro de la ciudad que se perdía por encima de las nubes! Ya entiendo por qué desaparecía durante la noche: no tenía ventanas, era un cilindro gigantesco de carbón que habría servido de prisión para los miles de trabajadores furiosos que cobraran la justicia en sus manos. Sabrá Dios qué cosas se vieron forzados a hacer. Pobres.
Saltando por los techos tendríamos la seguridad de llegar a salvo hasta nuestro destino. Probablemente, agentes encubiertos de los SC que vigilaban todas las calles no sospecharían que nos movilizábamos por esta vía. Saltando por las alturas, en línea recta no nos demoramos demasiado en acercarnos a la Torre que era aún más sorprendente a esta corta distancia. Agazapados en la terraza más cercana, pudimos observar al menos una veintena de guardias rodeando su perímetro. Parecía ser una medida de seguridad para que los revolucionados obreros no ingresaran a la Torre y causaran destrozos. Por la planta baja estaba totalmente descartada nuestra entrada. Sin embargo, a cierta altura podía observarse una hilera de ventilas del sistema interno y podríamos llegar hasta ellas, con una cuerda, coraje y algo de suerte.
No lo pensé dos veces y tragué dos consagraciones sin ser visto por el detective, quien al notar mis convulsiones supo lo que había hecho. Me tomó por los brazos y sostuvo hasta que pasó el efecto. Reconozco que sentía una bomba en la cabeza, pero pronto llené de aire mis pulmones y me puse en pie. “Atrás” dije lleno de energía y tomando carrera salté varios metros por los aires hasta pegarme a la rejilla. Amarré con ganas la cuerda y se la aventé a Muñoz, quien aún sin salir de su sorpresa, se deslizaba como un mono hasta donde yo estaba, para luego liberar el nudo del otro extremo. Estábamos dentro. Antes de seguirlo arrastrándome tras sus pasos eché un vistazo a la proeza. ¡Había saltado casi siete metros en caída! ¿Sería este el secreto de Dan Osman? Que en paz descanse.
Muñoz guiaba la marcha por los tubos hasta que decidió descolgarse en una oficina que parecía segura. Con el mayor de los sigilos y revólver en mano abrió apenas la puerta y espió al pasillo: Sin movimiento. Sabíamos que el edificio debía estar deshabitado, pero no sabíamos si algún guardia estaría haciendo rondas en su interior. Como las luces aún permanecían encendidas, seríamos fácilmente descubiertos y estaríamos encerrados (recordemos que no había ventanas). De ningún modo podríamos evitar nuestra captura y habríamos fracasado. No podíamos correr riesgos; sólo teníamos una oportunidad. Siempre atento a las cámaras de seguridad, Muñoz dio finalmente con los elevadores, casi celebrando su descubrimiento. Rápidamente, llamamos uno y nos montamos presionando el “260”. Cuando el ascensor se detuvo en el doscientos treinta y nueve supimos que algo no andaba bien. “Puta mierda, olvidé la central de seguridad”, dijo el tuerto buscando una cámara oculta tras el panel numérico. Deberíamos haber bajado al primer piso a cerciorarnos que no hubiese vigilantes en la central de cámaras, pero ya era demasiado tarde. Sin demora abrimos la puertilla en el techo metálico y buscamos nuestra salida al exterior: deberíamos subir los pisos restantes por las escaleras. Una vez arriba trancaríamos la puerta y ya pensaríamos en cómo salir. ¿O no saldríamos con vida?
Veinte pisos por las escaleras. Debía darme fuerzas. Eché la mano al bolsillo con la intención de tragar otra consagración, pero Muñoz me detuvo, “no abuse, podría detener su corazón”. Me sentí un asqueroso adicto y corrí tras sus pasos, escalando peldaños hasta reventar de cansancio. Pero logramos llegar arriba, a una puerta doble, dorada, mágica, que parecía contener los secretos del universo detrás de sus ribetes. Giré ambas manillas y con una sinfonía de diez cerrojos, la puerta se abrió, revelando una habitación circular totalmente blanca y luminosa. Sin luz artificial, se llenaba plenamente por el sol a través de sus paredes vidriadas y transparentes. En el centro había un computador y un sillón, ambos igual de blancos.
Me acerqué y toqué algunas teclas. En pantalla apareció claramente CONTRASEÑA.
- ¿Cómo entramos? -pregunté a Muñoz.
- Pensé que Ud. sabría. -Respondió el hombre preocupado.
- Evangelio es muy evidente, intente con ILUMINADO. -Dijo mirando por encima de mi hombro. Seguí el consejo del detective.
- ERROR, QUEDAN 2 INTENTOS.
- Mierda. -Dijo Muñoz.
- Por favor, deben estar cerca, ¡piense! -Las manos me sudaban y creía escuchar los pasos subiendo las escaleras, tecleé CLEMENCIA. Nuevamente “ERROR, QUEDA 1 INTENTO”. Maldita sea, si no descubríamos la contraseña, toda la información se perdería para siempre. Entonces saqué las carpetas y busqué tirando las hojas por los aires, ¡tenía que estar ahí! Tic tac, tic tac.
Cada carta enviada por el Iluminado tenía un número al principio. Qué estúpido. La primera vez que las leí me había parecido una numeración sin sentido “carta 1, carta 8, carta 3, carta 3…”, pero ahora entendía ERA UNA CLAVE. La digité en el orden siguiendo las fechas de los encabezados, un total de veinticinco dígitos, CONTRASEÑA CORRECTA. Gritamos y nos abrazamos con Muñoz. Entonces, pude ver sobre su hombro, a pasos de la puerta, una figura conocida que casi me hizo desmayar: Raúl.
Solté a Muñoz en un intento por interponerme entre ambos, pero no parecía asustado. De hecho, retrocedió algunos pasos hasta donde estaba Raúl y se quedó al lado de la puerta, como si la custodiara. Esto no estaba bien. En el intertanto, Raúl, con una actitud extrañamente calmada se acercaba hacia mí.
- Tranquilo, escúchame. -Decía tan centrado y cuerdo que parecía ser otra persona.
- Raúl -dije con mucho miedo aún lejos de él -estabas muerto.
- Así debía ser, por lo menos para ti y para ellos. No esperaba que nos encontráramos acá, maldita sea.
Parecía lamentarlo de verdad. No entendía nada, Entonces ¿no debí haber venido? Raúl se quedó quieto y miró hacia el infinito.
- Sabía que esos documentos te bastarían para ir atando cabos hasta llegar aquí. Claro que en el fondo de mi alma deseaba que te deshicieras de los documentos y olvidaras tus delirios científicos y místicos para siempre.
- ¡¿De qué mierda estas hablando, Raúl?! -ya me estaba enojando. Él, absorto, con la cara casi quebrada en llanto, no podía siquiera mirarme al decir las siguientes palabras.
- Tú eres el Padre Clemencia. Tú eres Evangelio, El Iluminado. Todos ellos eres tú, ¡tú eres el creador de la bendición y de la cura! -Me gritó y cayó al piso. ¿Qué? ¿¡QUÉ?! debía estar bromeando…¡tenía que estar bromeando! Reí histéricamente.
- Eso es imposible, enfermo mental ¿Qué carajo le pasó a tu cabeza? ¿Acaso no queda nada ahí dentro que te haga pensar? ¡Clemencia y Evangelio están muertos! ¿Cómo voy a ser yo uno de ellos? ¡¿Cómo voy a ser yo los dos a la vez?! -tomé a Raúl de la polera y lo levanté del piso, furioso. Quizás esta vez lo ayudaría a tirarse por la ventana. Miré de reojo al detective. Muñoz que seguía en el mismo lugar, buscando alguna reacción, pero no negaba lo dicho por Raúl ni intervenía de modo alguno. Lo solté y me lamenté con un llanto desolado y mudo, ¿Qué es lo que pasa?
- Es verdad que yo fui el primero en enfermar, de hecho, fui el primer caso confirmado de fiebre suicida, eso no lo sabías. Antes de enfermar con la fiebre, de arruinar tu vida, tú eras un científico brillante, un genio. Al verme abrumado como estaba, tomamos una decisión: yo sería tu principal sujeto de pruebas. Así, hiciste lo imposible por ayudarme y lo lograste: descubriste la bendición. Sabías, sin embargo, que este descubrimiento podría costarte la vida y lo enmascaraste en una organización, la G.A.R ¿Nunca te preguntaste lo que significa? Gen Aislado Raúl. Sí, lo lograste. Entonces, te apartaste de las primeras filas y dejaste a cargo a Clemencia. Los enfermos necesitaban creer en un remedio místico, mientras te encerrabas en esta torre a buscar la cura definitiva, pero ésta no apareció nunca. Pronto la fiebre se fue expandiendo y la bendición no fue suficiente para detenerla. Por otra parte, el grupo de los Suicidas Colectivos, estaba un paso detrás de ti, intentando echar tierra encima de cada descubrimiento. Nunca han querido que la fiebre acabe y pronto convencieron a las cabezas de la G.A.R del mercado gigantesco que tenían en sus manos. Cuando el peligro llegó al límite y el complot era inminente, decidiste abandonar el proyecto en manos de otro fantasma, Evangelio el Iluminado, y tú mismo accediste a contraer la fiebre para proteger tus descubrimientos de las manos malvadas. Lamentablemente, ocurrió el atentado contra Clemencia. Y bueno, el resto ya lo sabes.
Escuchaba todo lo que Raúl decía y fragmentos de memoria susurraban en mi mente, ¿podía ser cierto?
- Lo habías hecho muy bien, amigo mío. Realmente habías logrado despistarlos. Sólo tú sabías donde quedaba la Torre Laboratorio. Envié la ayuda que pude con una mujer anónima para no ponerte en peligro. -La mujer del tren, pensé inmediatamente.
- Pensé que ella trabajaba para usted -dije mirando a Muñoz.
- Ese fue su error. No estábamos seguros que usted fuera el hombre que buscábamos, pero usted mismo despejó todas mis dudas en el hospital. Eso es la suerte. Estar en el lugar preciso en el momento justo. Sabrá que yo sólo tomaba algo en aquel bar, intentando recolectar información sobre la muerte de Evangelio. Al día siguiente nos marcharíamos, pues todo parecía haber acabado. Entonces, apareció usted y yo sólo decidí ayudarlo, desinteresadamente. Que hermosa coincidencia, ¿no? -Terminó de decir sin disimular su sonrisa.
- Hijo de puta -Grité corriendo hacia él
- ¡Ep! quieto ahí -dijo desenfundado su revólver. Me detuve.
- Ya tenemos lo que queremos. -Dijo el corrupto detective -Los archivos de ese computador ahora están en manos de la G.A.R. Ellos sabrán qué hacer con su sabiduría. -continuó. Raúl me miró
- Ahora que tienen lo que quieren y te dejarán tranquilo con una condición: debes deshacerte de los documentos físicos. -Miré las hojas repartidas por todos lados.
- ¡¿Es esto lo que quieren?! -grité contra Muñoz. -¡Pues ahí está! ¡Ya! -Y los lancé, esta vez hacia el cielo azul. Los papeles cayeron y volaron lentamente, alejando para siempre la receta olvidada de la bendición, pero Muñoz no cesaba de apuntar.
- Cuanto lamento decirles que no será tan fácil. Debemos eliminar todo rastro de la investigación y eso los incluye a ustedes: el primer sujeto de la fiebre y el creador del fármaco. Pero no se preocupen, que no morirán en mis manos. Por fin cumplirán su sueño suicida junto a otros tantos hombres y mujeres que en este momento están en la base del edificio forrados en explosivo plástico. Lamento tener que dejarlos, pero prefiero ver todo desde los aires. -Dicho esto saltó a través de los cristales, liberando un paracaídas oculto. Con determinación saqué mi propio revólver y le di una y otra vez, descargando todos los tiros entre la cabeza y la espalda, reventando su cuerpo en una estela de sangre.
Miré a Raúl sin entender por qué había venido, pero contento de tenerlo ahí. No podía recordar todo lo que me había contado, pero estaba seguro que era verdad y eso me bastaba. Comenzamos a escuchar las explosiones sacudiendo el edificio, los cristales estallando, la estructura cediendo bajo su propio peso, los suicidas entregando su vida por una causa equivocada, los bolsillos de los poderosos más llenos, las mentes de los enfermos más perdidas y como un murmullo, el llanto de todos los que morirían hoy, mañana y en adelante, hasta que la G.A.R decidiera que fue suficiente. Sin siquiera ponernos de acuerdo, saltamos al vacío. Por fin, me sentí libre. Y pude volar.


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