En el mercado negro de la bendición rondan presas y depredadores. Un trago más de esta historia en la cuarta entrega de “La fiebre suicida“
Por Pablo Pinto Canales
Tomé mi chaqueta y salí del departamento, queriendo dejar atrás los símbolos y metáforas del sacerdote.
Demasiado ansioso como para esperar el ascensor, decidí correr escaleras abajo, ¡necesitaba esa maldita píldora! Iba saltando los escalones en masa, ululando como sirena patrullera hasta que logré llegar a la calle y callarme mientras recobraba el aliento en mitad de la noche.
Casi solo en la ciudad, llamé a mi contacto por celular mientras apuraba el trote. Entre tanto alboroto, hospital, Raúl y policía, me había quedado sin reservas. Yo nunca me quedo sin reservas. Entiendo perfectamente los riesgos de la fiebre. En una ocasión, salvé ileso de una demolición ¡y eso que me preocupé de buscar el punto de mayor impacto!
Por suerte, el Canario nunca falla. Rubio, flaco y siempre silbando, el Canario podía conseguir hasta cincuenta pastillas por un precio razonable. Un favor, una mano amiga, un movimiento de influencias y hasta un plato de comida, podían ser paga por sus servicios. Nunca frecuentaba un mismo lugar dos veces, y es que conocía el negocio como el verdugo conoce el filo de su guillotina. El peligro de elegir mal un cliente, podía significarle involucrarse como tercero en muertes ajenas y en más de una oportunidad escuché policías dando su descripción en las calles. Y sólo su descripción, o su alias, porque nadie sabía su nombre ni él lo había pronunciado nunca. Bien decía el flaco: “hoy te vendo, mañana me vendes”. Estoy casi seguro de que él mismo lo había olvidado ya. Era otro ser anónimo de callejón oscuro y mala vida.
Cuando llegué a la plaza, estaba sentado a la sombra de una de las tantas farolas rotas. Reposando sobre la banca de acero con las piernas extendidas y cruzadas, podía escuchar su silbido al ritmo de Sinatra y su New York, New York. Un irónico himno para esta ciudad marchita, pero que no dejó de alegrarme un poco. Su ubicación me la fue dando de manera progresiva, cada tres minutos como de costumbre, aunque estoy seguro que ya confiaba en mí. Sabía que, a diferencia de otros, tenía un cerebro fresco y un bolsillo generoso. O quizás solo le simpatizaba.
“Buena, Soldado”, me dijo cuando me acerqué y me extendió la mano para saludarme. Tampoco cargaba con la droga, eso lo sabía. Me enviaría a alguno de sus tantos escondites de dosis exacta. No sé cuántos tenía puntualmente, pero no eran números cerrados: podías encontrar desde dos pastillas en el escape de un chevette derruido, hasta sesenta y siete pastillas camufladas como macetero de un departamento en el centro. Con el Canario, no se podía saber. Se hablaba de enfermos indigentes que pasaban días enteros buscando los escondrijos, sin mayor suerte que su propia muerte. Cuando me senté, me preguntó por Raúl. Lo conocía y lo estimaba mucho y me pareció que sugería mi influencia en su desenlace.
Intentando sonar convincente, le dije como lo había notado cada vez más perdido y que al sugerirle internarse había reaccionado mal, luego la pelea y lo que ya sabemos. Aún en la oscuridad pude notar que me calaba con los ojos, dos esferas blancas saltonas, irritadas. Dijo “bueno” y “listo, a lo nuestro”. Ahí empecé a impacientarme de nuevo. Metí la mano en mi chaqueta y antes de sacar el dinero, le pedí que me adelantara una bendición. Se quedó tieso y me miró sin decir nada. Repetí mi petición y me dijo que no andaba cargado. Sí, yo lo sabía, pero no razonaba. Era sólo una pastilla. Con el dinero me diría donde estaba mi dosis, pero no podía esperar. Necesitaba bendecirme ahora. Silencio. Entonces, un foco nos encandiló a ambos. Saqué rápidamente la mano de la chaqueta y el Canario me saltó encima, agarrando mis brazos, para someter la pistola que imaginó en mi mano. Con la mayor cara de asombro se vio sobre mí en el pasto, mientras los policías corrían a reducirlo por la espalda. Antes de que lograran tomarme, me zafé de una patada y salí corriendo como pude. Podía escuchar al flaco gritar “¡mi amigo no es narco!, ¡mi amigo no es narco!”
Multipliqué mis piernas en el escape y partí directo a mi casa. En la angustia de la fiebre olvidé que me tenían vigilado y ahí estaba el resultado. Que mala suerte para el Canario. Si están buscando culpables, seguro van a intentar meterlo en algo. Entré casi pateando la puerta y como pude armé un bolso con lo que pillé a la vista, y lo más importante, me aseguré de llevar toda la información de Clemencia. Acto seguido, me colé por la escalera de emergencia y busqué los callejones más turbios hasta llegar a un barrio de calles húmedas manchadas de suciedad. Tiritaba. No de frío, de angustia, de la necesidad imperiosa de matarme. Me senté contra una pared abrazándome las piernas con los brazos, apretando el cuerpo para no ponerme de pie y buscar el suicidio. Un vagabundo apareció a la vista siguiendo un rastro invisible que lo llevó a pasos de mí, hasta una alcantarilla. Introdujo su dedo negro en el agujero de la tapa metálica. Con algo dentro de su mano empuñada se me acercó, ¿me robaría?, no, me tendía en su palma abierta una de dos píldoras que encontró. La tragué con urgencia y comenzó la asfixia. Pude sentir como se me sentaba al lado y compartía su manta conmigo, me arropaba, luego dormía. Después de todo, existen algunos que logran engañar al Canario, pensé al recuperarme. Y entonces, ahí, bajo la tenue luz de las ventanas despiertas, tomé las carpetas entre mis manos, decidido a encontrar la verdad.
Continuará…


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