Tras la muerte del padre Clemencia y con él el secreto del antidoto antisuicida, nuestro cruzado abandona la ciudad por prmera vez en su vida tras los pasos de un obscuro benefactor en el 6° capítulo de “La fiebre suicida“
Por Pablo Pinto Canales
El tren se detuvo y mi corazón volvió a latir. Escuché las puertas corredizas abriéndose de par en par celebrando la llegada al destino final. Seguía vivo y no entendía por qué. Bueno, tampoco entendía por qué iba a morir, pero lo había aceptado de tan buena gana. Quizás era el alivio que buscaba para evitarme los próximos días que podía adivinar llenos de problemas y peligro. Abrí un ojo y eché una mirada alrededor. Estaba solo y frente a mi yacía el revolver y un pastillero de señorita. Que detalle. Me incorporé algo decepcionado (después de todo era una buena oportunidad para morir, recordémoslo una vez más, soy un enfermo suicida) y tomé el arma fría y cargada (aún sigue siendo una buena oportunidad, pensé), y luego el pastillero ¡lleno de bendiciones, aleluya! (toma una pastilla imbécil, ¿o quieres una bala de boca a nuca?) y tragué dos de golpe. Soporté la asfixia recostado en uno de los asientos y luego corrí con mi bolso como si me esperaran para una fiesta, ¡pero qué alegre estaba! Claro que todo se esfumó cuando al descender del tren me vi solo frente a la mole de metal, cuando la gente que bajó antes que yo, ya se había escabullido por sus corredores largo rato atrás. Ciudad gris, solitaria y oscura. Y yo que pensé que la luz estaba al final del camino. Qué infantil.
Miré la ciudad desde la boca negra de una callejuela, esperando que se revelara alguna pista clara, un haz de luz que me señalara mi destino, pero todo era brea cubierta de metal. Y sin indicaciones en las paredes, como si nadie precisara de orientación. Con los cojones en la mano, empecé a adentrarme, como un gato cagado avanzando en una perrera. El revólver que guardaba entre chaqueta y pecho me transmitía una sensación mínima de seguridad, aún cuando nunca en mi vida había tirado más que piedras al mar. Paso tras paso, fui buscando señales de Evangelio. Paredes prácticamente lisas, puertas abandonadas cada decenas de metros y ventanas a alturas insólitas, sólo alimentaban mis fantasías de estar perdiéndome en un laberinto de gigantes, en una maqueta ¿y si así fuera? Lo averiguaría al entrar al siguiente lugar, el único hito iluminado y sonoro entremedio de la angustiosa noche que me devoraba.
La blanca puerta de madera se abría apenas en la banda de metal. Una hilera de faroles tiesos y oxidados me habían dirigido a este lugar o al menos eso creía yo. Podía escuchar murmullos, voces de muchas personas hablando a la vez o de una persona hablando con mil voces. Intenté espiar por la ranura, pero limitaba completamente mi visión, ¡realmente estaba aterrado por lo que podía develar! Tenía la sólida impresión que gritaría espantado por lo que vería ahí dentro, que me arrepentiría de abrir esa puerta, blanca, única, esa entrada al cielo que me cegaría por mi insolencia. Dios, estaba delirando.
Entré de una vez. Sí, había personas allí ¡cientos de personas! Hombres y mujeres que mascullaban palabras encorvados sobre mesas pequeñísimas con las cabezas reunidas en el centro. Resultaba difícil saber si las mesas eran tan pequeñas, o las personas tan grandes, pero algo allí no cuadraba. Por lo menos, las lámparas que descendían de los cielos sobre cada mesa, las nubes de humo elevándose y el olor a alcohol sudado en el aire me convenció de que debía tratarse de un bar, ¡tan enorme que toda la ciudad debía estar reunida! Y allí estaba el dependiente, tras una barra que se perdía en la inmensidad del galpón hacia el fondo y sí, fuera de dudas, era un oso de traje gris. Lo bueno es que hasta el momento a nadie parecía importarle mi presencia ¿o sería que no la habían notado? No me extrañaría en vista que estaban dedicados a su discusión, que parecía más un monólogo cruzado, pues todos hablaban a la vez y nadie parecía escucharse. Incluso cuando se detenían a tomar no disminuían su verborrea, porque lo aseguro, vi a muchos beber y hablar al mismo tiempo. Me preguntaba si en este tumulto estaría también quien yo buscaba.
Me acerqué con mi mejor cara de local y levanté mi mano con el índice tieso, gesto universal para pedir “uno” o para pedir la palabra o para indicar hacia arriba. En este caso, el tipo detrás de la barra se acercó y me agarró con ambas manos de la camisa, creo que levantándome un poco del suelo. Miré nervioso alrededor para ver si alguien intervendría y pude notar como otros que estaban cerca podrían hacerlo (colocaron sus ojos sobre nosotros dos sin nunca detener el palabreo). Juro que intenté aclarar el malentendido. Y culpo a la tensión del momento de lo que ocurrió a continuación.
Tomé la cabeza del tipo con ambas manos y presioné sin compasión sus ojos con mis pulgares. Me soltó gritando y llevándose las manos a la cara, incluso retrocedió, pero no lo perdoné y le estallé una botella en la cabeza, ¡podía sentir energía pura en cada parte de mi ser!, ¡yo era la luz! Cuando me vi libre, giré llamando con las manos al que quisiera medirse conmigo, “¡no les tengo miedo, hijos de puta!” grité con ganas y rebotó entre las paredes el eco de mi coraje por encima del murmullo. No supe como cayeron sobre mí, pero pude sentir todo el aire abandonar mis pulmones bajo una montaña humana. Pronto perdería el conocimiento. Luego, ¡dos tiros al aire!, carajo, ¿se me soltaría el revólver?, porque de seguro me habría volado el estómago. Una figura me cargó sobre su hombro hasta el exterior, y yo seguía preguntándome si iba regando mis tripas sobre su pecho.
Continuará…

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