Antes de morir, su amigo Raúl escondió una clave en el departamento del protagonista de “La fiebre suicida“, el velo comienza a levantarse en el tercer capítulo.
por Pablo Pinto Canales
Ilustraciones: Armando Torrealba
Desperté cinco días más tarde en el Hospital Clínico General después de que Raúl me golpeara hasta el punto de la inconsciencia. Poco después de despertar me enteré que, seguramente con cierto cargo de conciencia o quizás por un brote de la enfermedad, se tiró desde el balcón de mi departamento ubicado en el doceavo piso.
Por suerte, antes de volverse loco, tuvo un minuto de claridad y ocultó los documentos del difunto Clemencia, quizás pensando en no dejar evidencias, pero sin las agallas suficientes para deshacerse de ellos por completo. De ahí que, gracias al espectáculo de Raúl, encontraran lo que quedó de mi cuerpo a eso de las cuatro de la tarde, lo que le valió un desmayo a doña Clotilda, que tiene el corazón muy flojo, y una entrevista con carabineros a la mayor parte de los inquilinos.
Pobre Raúl. Debo reconocer que no sentía culpa por su desenlace fatal; más de alguna vez imaginé que si él no terminaba con su vida, quizás tendría que hacerlo yo en su lugar. Sí, hoy me tocó ser el sobreviviente. Quizás porque soy buen vecino, porque tengo mis contribuciones al día, porque miro a ambos lados antes de cruzar la calle y no dejo la basura afuera cuando no corresponde, ¿será que la vida nos da otra oportunidad cuando nos la merecemos?
- No deje de luchar, amigo – me dijo el médico y yo le sonreí cómplice de su vibra positiva, aunque me importaba un carajo. Nada podía saber él sobre mi sino. Aunque las enfermeras se compadecían de mí y me daban la comida en la boca. Era algo así como un héroe, sólo por el hecho de sobrevivir a mi fiebre y a la de mi suicidado compañero. Pobre Raúl.
Tras nueve días de recuperación (Raúl me golpeó con todo lo que encontró a su alrededor, sillas, cuadros y otros), el doctor me dejó volver a mi casa, eso sí con prescripción médica y una secreta vigilancia policíaca. De inmediato pude notar que a más de una semana desde la muerte del benefactor, la polémica continuaba y con ella la tensión ambiental cargada de desconfianza: radiopatrullas dando vueltas constantemente, vigilantes uniformados perfectamente planchados y almidonados y mucho, mucho temor.
Llegando a mi departamento encontré una nota de un tal Dtve. Muñoz, pidiendo una llamada informativa. Como si no bastara con todo lo que hablé con carabineros, investigaciones y el psiquiatra del grupo de terapia optimista. Prendí la luz y mi departamento estaba hecho un desastre. Como no faltaba nada, supuse que fue obra de Raúl y no de ladrones ni de la fuerza policial. Claro que nadie se tomó el cuidado de limpiar y ordenar. Como si tuviera las fuerzas para agacharme a levantar algo. Fui a la cocina a calentar agua en un intento por reprimir mis deseos de examinar los documentos, pero me fue imposible. Desordené aún más mi departamento buscando las sagradas escrituras y poco a poco olvidé el dolor de espalda, piernas, cuello y hombros, ¡si hasta olvidé quien era! Fue en ese instante cuando las encontré.
El ingenio del Padre Clemencia llegaba a límites incomprensibles. Después de leer una y otra vez sus notas e investigaciones, seguía sin entender casi nada. Yo personalmente no me considero una persona de pocas luces y francamente me sorprendía el hecho de encontrarme con algo, en mi propio idioma, que no podía comprender. Llegué a pensar que Raúl había escrito todo en un arranque de locura y que mi intento por comprender el texto era vano, pues nada decía realmente. Pensaba que de nada me servía el tener toda esta información, si no podía darle un uso práctico e indicado, pero lamentablemente la única persona que podía hacerlo estaba muerta, y yo lo estaría muy pronto si no consiguía más bendición. ¡Que alentador!, cada vez era más difícil conseguirla.
continuará…

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