Sin los chinos pisandoles las cola ¿Qué será de Flavio y Fernanda Rocher? ¿Podrán retomar su vida tal como la dejaron? Lealo en el último capítulo de “Perseguida o cómo perdí mi apacible vida“
por Malva Chacana
Si los últimos días fueron duros, tortuosos físicamente, lo que vino después fue el peor laberinto mental que me ha tocado.
A las 5 y media de la mañana, cuando aún era de noche llegaron los carabineros. Don Urbistondo no pudo aguantarse con el muerto en el bote y fue a contarles la historia. Por supuesto el viejo no cachó nada y estaba aterrorizado con estos santiaguinos fatales que tenía metidos en su casa.
Con los chinos ya muertos decidimos que nada perdíamos contándole toda la historia a la policía, de alguna forma teníamos que justificar nuestra presencia en este baño de sangre. Nos sentamos en la mesita junto a la estufa a leña de la casa de don Urbistondo que a ratos hacía pasar una calabaza con un mate tan amargo y caliente que se me contraía la cara cada vez que chupaba la bombilla.
Le contamos a los pacos primero y a los detectives que llegaron dos horas después, toda la historia, desde cómo nos conocimos, los mails de Fernando que me llegaban a mi por casualidad, del general iraquí y la estafa del hongkonés, las amenazas, la huida de Santiago y todas la peripecias que habíamos pasado a medida que subíamos desde Magallanes hasta encontrarnos chapoteando en sangre en esta isla perdida en la digresión territorial al sur del Golfo de Penas. Les contamos de los friendship, solo para que nos miraran encima de sus libretas y sonrieran, pensando que estábamos ocultando algo bajo esta historia fantástica.
- Créame que si estuviera ocultando algo, lo que menos le diría es que nos ayudaron misioneros supermodelos del espacio exterior. A mí también me parece ridículo y probablemente hay una explicación perfectamente plausible para la presencia de estas personas en la isla de los Ruiz Alvarado y la advertencia que nos hicieron en Puyuhapi, yo solo le estoy contando lo que sé.
- Ajá –Decía el detective que había dejado de tomar nota y nos miraba.
Cuando llegamos a la parte de Puyuhuapi y de la traición del Nacho, don Urbistondo lanzó un gruñido, ya no tenía sentido mantenerlo convencido de que éramos amigos del argentino. Mientras Flavio seguía declarando yo le pedía disculpas. Igual se fue preso un rato el viejo por cargarse a los chinos, pero salió a la semana, cuando se demostró que su acción nos salvó la vida.
El fiscal y el juez nos retaron por no acudir a la justicia antes. La investigación fue develando toda una parte de la historia que nunca nos imaginamos: George Hui Tsai, el hongkonés que había iniciado la estafa para apropiarse de la cuenta del tío iraquí muerto de Flavio, había sido asesinado en prisión hace más de un mes. Un banco más grande había tomado control de su corporación y en la auditoría había descubierto su negocio paralelo de extorsión. En la cárcel lo mató la mafia a la que debía dinero por sus favores, entre ellos el servicio de personal extra continental como los sicarios Hans Chaug y Mei el suche, que, desde que Hui Tsai salió del mapa corrían con colores propios, supuestamente. Por lo tanto, muertos ellos nadie nos perseguía.
Lo primero que hice al enterarme de eso fue llamar a mi vieja, como no la ubiqué en su casa llamé a mi hermana que gritó cuando escuchó mi voz y empezó a increparme por desalmada, que a mi mamita le había dado un infarto que estaba hospitalizada hacía varias semanas, que un chino chico y flaco (Mei probablemente) había estado siguiéndola, esperando a sus niños afuera del colegio para preguntarles por mí, que estaban cagados de susto, que habían puesto alarma y que les había salido recaro así que le debía más de un millón de pesos entre eso y la enfermedad de mi mamá. No me dejó hablar mucho, dar explicaciones o decirle que casi me muero varias veces. Llamé a mi vieja al hospital y nos pusimos a llorar las dos. Ella pensó que había muerto, estaba tan asustada, angustiada y desesperada por no saber de mi paradero, porque había desaparecido así. Alguien había entrado a su casa y se habían llevado solo mi agenda, la que le dije que sacara de mi departamento. La pobre vieja hipaba, le dije que pronto la iba a abrazar, que estaba en Chiloé (una mentira para no enredarla con una explicación más precisa). Y ahí dejé a mi pobre vieja, tan buena, cartucha y buena.
Mientras todo esto pasaba nos quedamos en una pensión en el pueblo de Melinka, dos piezas en el segundo piso de una casona antigua de tablones, un incendio en ciernes: antigua, seca, llena de estufas a leña, braseros y salamandras para las piezas ocupadas por trabajadores de las salmoneras, gente húmeda, conversadora y alcoholizada, campesinos de distintas procedencias, la mayoría chilotes reconvertidos a obreros industriales. Casi todos hombres de overol. Nos dieron piezas separadas y una llave para el baño que compartíamos con cuatro tipos que tenían pésima puntería para mear y que dejaban medio pelambre en cada ducha, un asco pero ya empezaba a curtirme en asquerosidades, después de los ratones y la lona podrida del Zodiac. No podía sacarme el episodio de la cabeza, los olores, la maldita desesperación de la mordaza, de las manos inmóviles amarradas a la espalad. El dolor en las costillas persistía, no estaban fracturadas pero si “traccionadas” me dijo el doc, debido a la posición, y las muñecas aun estaban moradas y heridas por la fricción de las cuerdas mojadas.
A pesar de todo comencé a relajarme poco a poco, con Flavio nos quedábamos largas horas conversando cajas de Gato Negro que era lo mejorcito que se podía conseguir mientras esperábamos que la policía nos diera el salvoconducto para irnos.
Pasaron más de quince días antes de abordar una pequeña avioneta en el aeródromo de Melinka, nada glamoroso como un aeropuerto, nada de maletitas con ruedas, boarding passes, azafatas o climatización, era apenas poco más que un terminal de buses y la avioneta poco más que una micro. El verano había pasado y el otoño estaba bastante avanzado, los árboles se veían rojos y amarillos bajo las ruedas del biplano. Con el corazón en la mano por encumbrarme bajo ese cielo borrascoso en esa pequeña cafetera, fuimos dejando atrás la paranoia, los cuerpos en descomposición de los chinos, las horas de navegaciones inciertas y los oscuros personajes que para bien o para mal se cruzaron en nuestro camino.
Cuando el avión comenzaba a descender Flavio dijo:
- Aun tengo más millones de los que puedo gastar en la vida. Me gustaría darte una parte, había pensado en dos millones de dólares. No puedo hacer menos, si no fuera por ti probablemente había dejado los huesos en una isla perdida por ahí, además me ayudarás a sacarme de la conciencia la culpa que siento por hacerte pasar por todo esto.
- No tienes que darme nada. Toco fue una desafortunada e inconveniente coincidencia.
- Creo que después de todo, este dinero es tan mío como tuyo, te lo mereces. ¡Vamos! ¿Quién no querría ganarse un premio como este? Puedes hacer lo quieres, cambiar tu vida y la de tu familia.
- Has lo que quieras Flavio. Por ahora solo quiero llegar a mi casa.
Eso es lo que dije pero en el fondo me inquietaba qué sería de mí encerrada en ese pequeño departamento, de vuelta a la rutina, incapaz de distinguir un día de otro, retomar los viernes de happy hour con las chiquillas a hablar de pequeñeces, copuchas insignificantes. No me sentía capaz de enrielarme en esa vida nuevamente. Me sentiría atrapada, quizás más perseguida aun que con los chinos pisándome los talones.
La avioneta aterrizó en Castro a última hora de la tarde mientras el sol aparecía en el horizonte por primera vez ese día, amarillo y suave, tiñendo las islas y la metálica superficie del mar con un brillo de oro naranjo.
Desde Coyahique que no estaba en una ciudad grande, con todos los servicios, farmacias, supermercados y graficas familiares. Le pedimos a un taxista que nos llevara al mejor hotel de la ciudad. No teníamos planes fijos, solo queríamos descansar y consentirnos un poco. Nos dejó en un hotel nuevito, todo orgánico y progre, especialmente pensado para gringos. Pedimos las dos mejores habitaciones que estaban en el cuarto piso una junto a la otra y se comunicaban por una puerta doble en el baño. Pedimos comida y vino a la habitación y cenamos en bata en su pieza.
Estábamos descorchando la tercera botella de vino emergente cuando Flavio me tomó de la cintura para lanzarme suavemente sobre la cama y antes de que alcanzara a soltar el sacacorchos, me dio un beso. Y otro más, me besó el cuello, las orejas, fue corriendo la bata mientras bajaba la velocidad para ir descendiendo por mi hombro. Le seguí la corriente porque era muy rico, tenía los labios como helados, frescos, y me tenía tomada firme de las caderas. Era una escena irreal y yo era la protagonista, pero como que no me convencía de lo que estaba pasando hasta que la cosa se puso seria: se abrió la bata y lo vi. El pijecito medio calvo tenía la media verga, probablemente aporte de su sangre paisana, era un garrote ancho, largo y perfectamente parado. Lo había tenido al lado todo ese tiempo y me lo había perdido, es el desastre de los prejuicios de clase, me convencí finalmente. Y el loco no se quedaba quieto: en poco rato tenía la nariz metida en mi entrepierna, me lamía con pericia y ya no quise resistirme.
Nos quedamos otra semana en Castro puro perdiendo el tiempo, tirando, comiendo, tomando. Gracias a la cuenta primium cortesía del difunto Hui Tsai, Flavio me traspasó los dos millones de dólares prometidos, en total más de mil millones de pesos para mi solita.
El sexo era increíble, muy bueno, insuperable. A cualquier hora me tomaba, me llevaba a su pieza, me desvestía y recorría mi cuerpo hasta convencérmelo. No sé cuantas veces nos revolcamos ni cuantas piruetas hicimos, creo que inventamos varias nuevas. Nos entendimos perfectamente, fue el corolario perfecto, la paranoia poco a poco fe abandonando mi cuerpo, sudé todo el miedo y las inseguridades que me quedaban. Una tarde estábamos disfrutando de la tremenda vista al mar de mi pieza, en pelotas, enredados tomándonos una cerveza importada escarchada directa del frigobar y me salió con que quería que nos fuéramos a vivir juntos.
- Podemos irnos a donde tú quieras, no tiene para que ser Santiago, podría ser Buenos Aires, México ¿Qué país te gusta?
- ¿No crees que te estás apresurando un poco?
- ¿Esto te parece apresurado? Levamos cuatro meses de aventura en que no nos hemos separado ni un minuto, hemos estado al borde de la muerte ¡Te salvé la vida dos veces o más! ¡Estuvimos en una isla desierta! Hay gente que lleva toda una vida juntos y no puede contar la mitad de las aventuras que nosotros acumulamos en este poco tiempo.
- Lo siento Flavio pero ¿Tú realmente crees que lejos de este paisaje marino tenemos algún futuro? ¿Te imaginas vivir conmigo, conocer a mi familia, al tarado de mi cuñado verme llegar todos los días del gimnasio, conocer a mis compañeras de colegio? Yo no me veo saliendo con tus amigos universitarios, conociendo a tu ex, conocer a tus tías, abuela y familia, hacer vida de pololos… ¿nosotros? No me parece. Creo que no es buena idea. Mejor dejémoslo aquí, alarguemos este tiempo lo más posible y después tomemos cada uno su rumbo.
No me lo aceptó. No quería, quería que nos fuéramos juntos, que hiciéramos vida normal, lejos de todo, que pasáramos la vida encerrados en la pieza, pero no creo que hubiese podido. ¿Casarme con este tipo y retomar la calma de una vidita burguesa multimillonaria? ¡Qué lata! Ahí mismo decidí que con mis millones me buscaría alguna ocupación riesgosa, quizás invertiría en buscar el tesoro de Juan Fernández o me compraría una alcaldía, hacer un pueblito a mi pinta, como Cardoen… armas, también es un negocio que podría hacerme viajar y jamás me haría salir para atrás. Algún proyecto excitante, más excitante que vivir a costillas de este niñito bien.
En mi mente me veía como Lara Croft, regia, armada, millonaria, aventurera y peligrosa recorriendo el mundo en busca de los misterios más jugosos, haciéndole el quite al peligro.
Al día siguiente se había ido, tomó sus cosas y se chequeó de madrugada. Yo me quedé unos días más decidiendo mis próximos pasos. Volví a Santiago a ver a mi vieja, la aseguré hasta la muerte, le compré la casota que siempre había querido y otra al lado para mi hermana para que la cuidara. A pesar de que la muy yegua me estaba puro odiando, ante las 6 habitaciones y 5 baños no se pudo negar. Vendí todas mis cosas y me fui, supongo que me acostumbré a vivir en la ruta, a la deriva, a despertar cada día para decidir qué sería de mí, no solo me acostumbré sino que me gustó, echaré de menos a Flavio, mi partner, pero quien sabe, en una de esas lo vuelvo a encontrar y se quiere subir a mi carro, tengo su mail, quizás le escriba.

21 Diciembre, 2009
7 Diciembre, 2009
5 Diciembre, 2009
11 Noviembre, 2009

1 Comentario en "2 millones de dólares"
ooo esta muy genial mi novela jajaja pensar que todo eso me ocurrio hace unos días, realmente no olvidaré lo bien que la pase con Flavio
Comenta ahora!