La Perseguida Fernanda Rocher  se aventura por la monumental geografía de la patagonia

Por Malva Chacana

Fotografías: Francisco Pardo y Natalia Araya

Tiritando de miedo, le conté a Flavio (ahora llamado Alberto Movillo) mi encuentro con el chino. Al principio no me creía. Ya me estaba empezando a enfermar de los nervios la poca confianza que me tenía este pendejo. Se convenció cuando lo volvimos a topar. Estaba detrás de la vitrina de una pizzería con un fanshop pequeño en frente, cuando nos vio inclinó la cabeza y sonrió con sarcasmo.
–    Se me ocurre algo pero debemos actuar con sigilo esta vez.
–    Hasta el minuto te he dejado a ti tomar todas las decisiones y no ha sido muy útil que digamos, “Alberto”. Vas a tener que empezar a compartir tus planes y acostumbrarte a tomar decisiones en conjunto, no me importa lo machista que seas o la plata que tengas, es mi vida la que está en riesgo gratuitamente. – Me miró casi furioso, pero mis manos en las caderas y los aleteos de mi nariz  lo convencieron de que iba en serio mi advertencia.
–    Ya. Hay un barquito que sale del muelle en las mañanas rumbo a un glaciar, se detiene en una hostería perdida en la montaña, casi incomunicada, vamos a quedarnos ahí un par de días para organizarnos en paz.
–    Regio. Así nos pueden matar y tirar al mar o dejarnos pa que nos coman los pumas sin que nadie se entere. Brillante tu plan cabrito
–    Bien poco nos ayuda la ironía Fernanda…
–    ¡Mariela! Ahora me llamo Mariela Movillo, “Alberto”.
–    He estado antes ahí, una vez navegué en Zodiac hasta Torres del Paine, pasé por esa hostería. De ahí nos movemos río arriba o podríamos ver la posibilidad de refugiarnos en alguna estancia. Es una zona inaccesible, nos nos van a poder encontrar si cubrimos bien nuestras huellas.
–    ¿Con cuanta plata andas? – Me miró con desconfianza – Mira Alberto: yo puse mi vida en tus manos, todo esto es culpa tuya. Si quisiera matarte y robarte lo hubiese hecho en Argentina, ya no lo hice. Vas a tener que aprender a confiar en mi, me da lo mismo que seas el niñito mimado de tus tías paisanas, estamos en esto juntos, metidos en partes iguales así que ándate haciendo la idea no más, no te queda otra.
–    ¡No me hables así! ¡Tú no sabes nada de mi vida!
–    Uno: no me grites, te lo advierto. Dos: sé harto más de ti de lo que crees, tus correos me llegan hace años.
Nos quedamos mirando varios minutos, cuando era chica a eso le llamábamos “jugar a quemarse”: el que bajara la vista primero perdía. Yo gané.
Nos fuimos masticando la rabia a buscar un hostal. En el camino murmuró:
–    Ando con 20 palos en efectivo
Nos registramos en un hotelito bien new age junto al mar. El recepcionista, luego de tomarnos los datos – todos falsos – dijo:
–    Bienvenidos a Última Esperanza.
–    ¿Cómo? – respondimos al unísono, igual de alarmados.
–    Bienvenidos a la provincia de Última Esperanza, región de Magallanes y la Antártica chilena. Ultima Esperanza también se llama este brazo de mar que pueden ver por la ventana. – El que cruzaríamos al día siguiente. La Vero, mi hermana, diría que ese era un buen signo, un presagio de que el hombre este tenía razón.
–    A propósito de ironías …– mascullé camino a la habitación.
Me sentía muy incomoda dejando todas las decisiones en manos de Flavio/Alberto, pero él conocía la zona y yo me sentía a merced, sin nadie a quien recurrir, perseguida, lejos de mis rutinas, sin poder revisar siquiera mi mail. Podía imaginarme como se estaría llenado de mensajes: las chiquillas preguntando qué onda, la Hermi preguntándome si iría al Happy Hour (¡ya era viernes de nuevo!)para que les cuente. La Hermi no soporta no estar al tanto de todas las copuchas, debe haber estado desesperada, seguro que mi perfil de datingchile.cl se había llenado de solicitudes.
–    ¿Y no que nos íbamos a Punta Arenas? – Le pregunté mientras comíamos unos rebuscados sándwiches que pedimos a la habitación.
–    Punta Arenas en una ciudad pequeña donde todos se conocen, si nos vamos para allá, nos van a encontrar en 2 minutos.
–    Ya po, moriremos en las montañas entonces, por lo menos tendremos linda vista.
–    ¿Qué te pasa conmigo? Cambia la actitud , yo tampoco ando feliz y contento viajando contigo. Dejé a mi familia re preocupada, nos podrían torturar y matar en cualquier momento, dejé mi trabajo, mis amigos, a mi polola.
Así que el pijecito mandón tenía polola.
–    Bueno lo intentaré, pero que quieres, no puedo tener una actitud positiva sabiendo que los hongkoneses nos pisan los talones, ademas siempre está la posibilidad de hacerles la puta transferencia, aunque después nos quieran matar. Agradece que no soy una mina histérica de esas que viven a punta de ataques de pánico. Entiende también que tengo miedo por mi familia.
–    ¡Yo también!
–    Pero la tuya tiene plata, seguro vive en un barrio con guardia, si llaman a los pacos llegan en 3 minutos, estarás de acuerdo en que la situación de mi familia es bastante más vulnerable.
–    Es lo mismo, no vengai con tonteras. Ya, filo con esta conversación.
Al día siguiente nos despertamos a las 6 de la mañana, a las 7 estábamos en el muelle tratando de subirnos al barco “21 de mayo”. Finalmente encontramos cupo y nos subimos. Había un viento muy fuerte, jamás había sentido algo así, si hablaba en dirección contraria no escuchaba mis propias palabras. Mi pelo, con una permanente perfectamente lisa, giraba alrededor de mi cara.  Flavio/Alberto parecía  disfrutarlo. El barquito se movía como una micro acelerando por avenida Matta y una gringa pronto estaba vomitando su desayuno por la borda. Nos rodeaba una espesa neblina que a ratos dejaba ver nubes grises azulosas, casi negras, el mar estaba color acero y cada vez más agitado mientras nos alejábamos de la costa. Pasamos muy cerca de un cerro que se hundía en el agua y se perdía en la niebla, un guía explicó
–    Aquí estamos a los pies del cerro Balmaceda, un glaciar desciende desde la montaña hasta el mar en este punto, hoy desgraciadamente no podemos verlo, pero mas adelante desembarcaremos para que conozcan otro glaciar, el Serrano.
Un par de millas más adelante descendimos como pudimos en un muelle, entre zangoloteos y ventarrones. Visitamos un glaciar: fue mi primer encuentro con masas de hielo, en realidad esperaba más. Pensaba que vería gigantescos icebergs azules, del tamaño de la torre Entel desprendiéndose en un lago y formando tsunamis. En lugar de eso era un valle protegido del viento y bloques de hielo negro, cubierto de tierra, esparcidos, derritiéndose por todo el lugar.
De vuelta al muelle, nos pasaron salvavidas y un zodiac nos cruzó a la otra orilla de lo que, según supe, era la desembocadura de un río enorme. Íbamos a almorzar. Llegamos a una hostería en medio de un bosque: era más bien como el casino de una empresa, un poco más decorado y con una chimenea, la gente que atendía apenas nos pescó y nos dieron un arroz duro y frío que debe haber tenido una semana con una hamburguesa y una rodaja de tomate. Me quedé sentada junto a la gringa vomitona que miraba verdosa, su plato de comida, mientras Flavio/Alberto se fue a hablar con el capitán del barco que lo llevó donde un tipo gordo como un tonel, con aspecto descuidado y roído, la ponchera manchada con grasa, comida o quien sabe qué.
–    Era el administrador – dijo Alberto cuando volvió  mi lado – un amor. No está abierta la hostería para alojar aun, pero nos podemos quedar, nos va a pasar una pieza.
Era una habitación en el primer piso, al lado del comedor, la cama de dos plazas estaba húmeda, y había polvo por todos lados, claramente no entraba nadie hacía mucho tiempo. Tenía una ventana pequeña que daba al bosque y dos puertas además de la que acabábamos de usar. Una era el clóset y la otra daba a un pasillo.
Nos dieron un guatero para deshumedecer la cama, y salimos a recorrer. Había  un pequeño circuito alrededor de la hostería que se internaba por el bosque y volvía a un herbario abandonado, nos demoramos una hora en caminarlo. Bajamos al muelle a mirar el paisaje que ya comenzaba a despejarse y nos encontramos con una montaña enorme que se elevaba a pocos metros de nosotros. Recién ahí comprendí que estaba metida en la nada misma, perdida en la montaña.
Volvimos a la hostería para la cena. Ya sin turistas alrededor, aparecieron los demás habitantes: la encargada del aseo: una niña joven con el pelo grasoso y cicatrices de tajos en los antebrazos. El baqueano (encargado de los caballos y el transporte de víveres desde quien sabe donde hasta esa puntilla perdida) un tipo chico con las patas chuecas y las manos negras que llevaba un cuchillo de 30 centímetros en la espalda, afirmado con el cinturón. El cocinero, un viejo de bigotes y cara de aburrimiento que sorbía ruidosamente su sopa de fideos; y el administrador, que a esa hora ya estaba borracho y tenía delante una caja de Gato Negro solo para él. Nadie nos habló pero todos nos miraban encima de sus cucharas, hasta que el administrador nos gritó desde su borrachera insidiosa:
–    Oigan esto… huevones ¿y a ustedes que les dio? ¿Andan perdidos acaso? Mira que venir a perderse a Puerto Toro – Y lanzó una carcajada desdentada que no le hizo gracia a nadie más
–    Queremos conocer la zona en detalle – Le respondió Alberto casi sin mirarlo, yo no podía sacarle los ojos de encima, ¡era tan grotesco!
–    Estos santiaguinos culiaos están locos. Son todos unos conchadesumadre, andarán buscando alguna forma de cagarnos seguramente, a ver qué nos pueden robar. Ni piensen en venir a poner una de sus cagás de empresas ecológicas de la concha de tu puta madre porque me los cargo a los dos y a toda la manga de santiaguinos maricones que traigan pacá, esto es la república independiente de Magallanes, y nos nos gustan los mijitines huecos. ¡Aquí es la ley del facón!
Alberto lo miraba con cara de nada.
–    Tranquilo, solo andamos conociendo, no pensamos quedarnos.- El tipo siguió hablando con la lengua cada vez mas pegada al paladar y con ese acento endemoniado de los magallánicos que es como un murmullo con los labios cerrados. Terminamos nuestra sopa y Alberto tomó su pan.
–    ¿Vamos a acostarnos Mariela? Tengo sueño.
–    Anda a tirártela será mejor, maricón culiao.
–    Es mi hermana.
–    ¿Y qué? si no te la tirai tú, me la tiro yo.
Corrí hacia la pieza espantada, jamás me habían hablado así. Intentamos trancar las puertas de la pieza pero ambas abrían hacia afuera y no tenían pestillo. Escuchamos al administrador subir a su habitación que quedaba justo sobre la nuestra. Seguía gritando sus amenazas contra los santiaguinos y las mujeres, escuchamos que caminó por un pasillo y entró a una pieza, se escucharon los gritos enojados de la chica de la limpieza y después el golpeteo rítmico de una cacha, a ratos interrumpida por los gritos del cerdo:
–    ¡Así se hace maricón culiao, así me voy a tirar a tu hermana y a ti también, maricón del hoyo!
–    ¿Adonde me trajiste imbécil? – Le dije en el colmo de mi pánico. No podía sacar el rostro de Jack Nicholson de mi mente, lo imaginaba abriendo una puerta “Mariela, I’m home!”.
–    Lo siento, perdóname, jamás se me hubiese ocurrido… nunca pensé que… – Estaba que lloraba y por primera vez desde que esta locura comenzó, le tuve algo de pena.
Al poco rato la hostería quedó en silencio, probablemente el gordo asqueroso se había quedado dormido después de tirar o durante el acto. Con Alberto estábamos metidos en la cama sin rozarnos siquiera un pie, tensos como cuerda de guitarra, escuchando todo lo que pasaba. Yo tenía una botella de pisco vacía que había encontrado en el clóset, junto a la mano, por si alguien entraba, Alberto tenía su cortaplumas en el velador. Debe haber sido las cuatro de la mañana cuando escuchamos un motor: alguien se acercaba por el mar hacia la puntilla. Escuchamos como amarraban la embarcación al muelle y después solo silencio. Con Alberto nos miramos y eso me mantuvo tranquila. El gordo desquiciado había quedado en el recuerdo. Media hora después oímos que el motor se encendía y la lancha se alejaba. Volvimos a sumergirnos en el profundo silencio.
Amaneció y sentimos que la gente se comenzaba a mover. Unos golpes suaves en la puerta nos hicieron saltar de la cama, estábamos casi vestidos. Era la niña del aseo con su cara de loca y el pelo grasiento pegado a la cara.
–    Vamos a tomar desayuno en un rato más, no se preocupen por el Merce, va a dormir hasta medio día. Pero yo que ustedes, me voy con la “21” hoy mismo, ya le echó el ojo a la señorita y créame que no es de los que pregunta antes de meterla, yo ya estoy acostumbrada, pero creo que a usted no le va a gustar ná. Anoche llegó otro pasajero, el Merce no va a estar nada contento, pero el tipo anda a pie y lo tuvimos que recibir, además que sus dólares nos van a servir para reponer la bodega de licores que este guatón asqueroso se tomó durante el invierno.
–    ¿Otro pasajero?
–    Si, pero es un hombre solo, un chino, el no va a tener problemas, y si el Merce lo huevea, no va a entender porque casi no habla español. Aguántense hasta el almuerzo y se van con la “21”. Que conste que yo les advertí.
Sentí que la habitación giraba alrededor mío. ¡El chino! ¡El maldito chino nos había seguido hasta el mismísimo infierno! Armamos nuestras mochilas en dos minutos. El plan era llevar el desayuno a la pieza para no toparnos con el chino, y bajar al muelle. Cuando llegara el Zodiac de la “21”y nos largaríamos sin que el chino se enterara. Pero cuando fuimos por el desayuno lo vimos, era el chino del asiento 13 del bus con su sonrisa socarrona, nos hizo una reverencia y se acercó.
–    Nos encontramos de nuevo. ¿No habrán pensado que se iban a arrancar, cierto? – Yo tiritaba, Alberto se hacía el huevón.
–    Hola, ¿Nos conocemos? – El chino lanzó una carcajada.
–    No formalmente, son míster Hans Chaug, trabajo para míster John Hao Wei que trabaja para míster George Hui Tsai de Hui Bancking Corporation de Hong Kong. No se haga el sorprendido Flavio, Tiene que entender que para nosotros su país es como un libro abierto, solo tenemos que pasar la página y todo lo que queremos saber está a la vista. No quiero tener que hacerles daño, pero usted tiene que hacer caso a lo que se le pide y todos contentos.
–    Para que después nos maten…
–    No debiera ser necesario. Supongo que ya se habrá dado cuenta de los recursos de que disponemos, si su discreción comienza a fallar, podemos hacerlos padecer peores horrores que la muerte. – Dijo esto último mirándonos alternadamente: la amenaza iba para los dos. La sangre se me heló en las venas.
–    OK míster Chaug, hoy mismo tendrán el depósito, nos quedaremos con algunos miles de dólares que ya nos gastamos y que necesitamos para volver a casa, espero que eso no sea un problema.
–    Somos gente generosa señor Rocher, sino ya estarían muertos.
Pasamos la mañana caminando entre la hostería y el muelle, vimos el barco atracar al frente y la fila de turistas caminar hacia el glaciar de hielo negro.
–    Mis sospechas se confirman con esta conversación, este tipo nos tiene que matar después del traspaso.
–    Claramente. ¿Qué piensas hacer?
–    Un traspaso ridículo, que se yo, U$150.000 para comprarnos un par de días y salir hacia el norte, hacia Aysen en barco, perdernos en los fiordos, eso se me ocurre por ahora, salir de Magallanes que aun es demasiado tecnológico, esta demasiado comunicado, nos vamos a ir a la mitad de la nada, a ver si ahí pueden seguir rastreándonos como en un libro abierto.
Estábamos en eso cuando vimos aparecer al Merce por el sendero, con una escopeta en la mano, caminando a penas, con la misma polera manchada del día anterior. Nos vio y disparó al aire.
–    ¡Qué se han creído santiaguinos hijos de puta! ¿Qué se van a arrancar? Aquí mismo van a dejar los huesos, los voy a llenar de piedras y los voy a fondear en el mar. ¡Nadie me sapea, maricones y la conchadesumadre!
Venía a unos 400 metros de distancia. Corrimos hacia el muelle donde había una pequeña lancha blanca, medio techada, llena de hojas muertas. Alberto la desamarró, empujó y saltó dentro. La corriente del río nos agarró rápidamente y nos alejamos de la orilla. No había remos pero si un motor fuera de borda, del que no teníamos la llave… estábamos a la deriva en una desembocadura helada y brava del fin del mundo. El Merce comenzó a disparar desde la orilla hacia nosotros, una radio VHF ubicada en los controles chicharreaba con su su voz rasposa.
–    ¡Se van a morir hijos de puta, el mar se los va  tragar! ¡Mi mar, santiaguinos culiaos!¡Mi mar se los va a comer!
No solo nos estábamos alejando de la puntilla, del chino, del Merce y de su escopeta, también nos estábamos alejando de la “21” y de la posibilidad de volver con vida a la ciudad, íbamos sin remos, sin motor y sin rumbo.

continuará…

Todos los capítulos de “Perseguida

1. Un mail inconveniente

2. El Pije

3. La Huída

4. A la Deriva

5. Laguna Azul

6. Al Natural

7. Friendship

8. Alejandrina

9. El mar está echado

10. Atada

11. 2 millones de dólares