Fernanda y Flavio intentan sobrevivir en una isla desierta del sur de Chile en el 6° capítulo de “Perseguida o cómo perdí mi apacible vida”
por Malva Chaca
fotos de Francisco Pardo
Mi primera reacción fue de desesperación. Me puse a correr por la playa puteando a todo pulmón, Flavio se dejó caer de poto y se agarró la cabeza con las dos manos mirando el mar.
Ya no me sentía perseguida sino fatalmente condenada.
- ¡Hijos de puta! ¡Conchas de su madre! ¡Asesinos de mierda! ¡Ojalá se los coma una orca! ¡Cuando los encuentre les voy a hacer parir el hoyo!
Llevaba en eso unos veinte minutos cuando Flavio se puso lentamente de pie y me atajó por los hombros. Tenía la voz ronca, profunda y calmada, pero pude notar que dentro de él hervía un caldero de ira aun más profunda que la que yo estaba echando fuera.
- Cálmate. Aun existe la posibilidad de que vuelvan. Remota, pero existe, quizás andan buscando agua a la vuelta de la isla. De todas formas aquí sí que no tenemos que preocuparnos del chino. Preparemos algo para comer y organicémonos, vamos a esperar hasta las 4 de la tarde. Tenemos provisiones para un buen tiempo y el mar nos puede dar otras tantas.
- ¿¡Cómo me voy a calmar si estos rechuchas de su madre nos dejaron varados en medio de la nada!? ¿¡Qué vamos a hacer cuando se nos acaben las provisiones!? ¡Nos vamos a morir de hambre! Estas islas están llenas de historias de gente abandonada a su suerte que termina comiéndose los dedos de desesperación. – En ese punto me quebré, me puse a llorar imaginándome la escena: en invierno, cagados de frío y hambre, sin poder meternos ya más al mar, con los músculos agarrotados de hambre, con las encías recogidas por el escorbuto, mirando obsesivamente el agua, esperando que algún bote pasara frente a nuestra playa para que nos sacara de la miseria, nos imaginé muriendo en esa espera y dejando los huesos regados por la playa, la carne devorada por las gaviotas. Estaba hiperventilando y vomité. Flavio me sobó la espalda.
- Cálmate Fernanda. Nada de eso va a pasar, ya vas a ver. Estamos super aperados, tengo hasta un GPS, claro q no tengo como cargarlo… pero tenemos provisiones, seguro que hay agua en esta isla, hay restos de una
ramada, quiere decir que se debe saber de esta isla, en algún minuto alguien va a pasar por aquí. O se nos va a ocurrir como hacerlo para salir.
Pasó el día y nadie nos llegó a buscar. A medio día bajó la marea, la playa creció varios metros y apareció ante nosotros un jardín de choritos de todos los tamaños.
- Voy a poder pescar. – Flavio parecía entusiasmado – Estos choritos no son sólo para que comamos nosotros, también son carnada para sacar algún pescadito rico. Tengo buena suerte pescando, ya vas a ver. Pero vamos a tener que comer todo al natural, sin limón.
En la tarde nos dedicamos a recorrer el borde costero buscando algún cursillo de agua dulce. La playa se acababa pronto, pero pudimos seguir rodeándola trepando por ramas que rozaban el agua y rocas con impresiones de choros zapato prehistóricos. No nos demoramos mucho en oír el ruido cantarín de un estero, venía desde el interior del bosque cerrado y caía al mar como una mini cascada, era agua dulce y fresca, me imaginé que probablemente jamás había probado agua más pura. Llenamos las Nalgene (unas viles botellas plásticas tipo cantimploras que usan los gringos en las excursiones) y los camelbags (unas bolsas plásticas con una manguerita que Flavio compró en Natales, se usan para llevar agua en la mochila e ir tomando mientras caminas).
Nos volvimos al campamento y preparamos choritos y arroz.
- Tengo unas papas y unas cebollas, voy a poner algunas en la tierra porsiacaso pasamos mucho tiempo aquí, para que no nos falten carbohidratos. Mañana voy a tratar de darle la vuelta a la isla para ver si hay un lugar mejor para tirar la carpa, quizás más protegido o con una visión más amplia. Tratemos de mantener el fuego siempre prendido para cuidar los fósforos y el encendedor. No nos veo frotando palitos.
Esa noche no pude dormir, estaba atenta a los crujidos provenientes del interior de la isla, del bosque, a chapoteo rítmico del suave oleaje, a veces me parecía escuchar que se estrellaba contra otra cosa, pero probablemente solo eran lobos de mar o pescados asomando la cabeza, en algún minuto, aun de noche, comenzaron a cantar los pájaros estrepitosamente.
Ya de día, me sentía cansada, pero Flavio, que había dormido toda la noche, se levantó con la energía de un perrito nuevo.
- Voy a darle esa vuelta a la isla.
- Te acompaño, si te pasa algo y me dejas sola me suicido.
- Bruta. No te dejaría sola. Pero si quieres venir, dale. Tenís que aperrar eso sí.
Partimos en la dirección contraria a la del día anterior con las mochilas chicas en las que cargábamos choritos cocidos y los camellbags con agua. Pasado el roquerío que marcaba el límite de nuestra playita, había otra playa, más grande, con olas más fuertes pero una vista más amplia: se podían divisar tres islas más, de ninguna salía un hilillo de humo.
- Estaría bueno instalarse en este lugar pero estamos un poco más lejos del agua, veamos si encontramos otra vertiente más adelante.
No respondí. No tenía ganas de hablar, sentía la depresión invadiéndome, aun no se me pasaba lo ofuscada que quedé cuando me di cuenta de que nos habían abandonado, que nadie nos andaba buscando y que nadie nos encontraría.
- Qué callada estás. ¿Te pasa algo?
- ¿Te parece poco? Estoy deprimida y anoche no pude dormir, el bosque me inquieta, el mar me inquieta, la soledad y la impotencia ¿realmente te parece poco? De todas formas ya estoy entregada, qué más puedo hacer… pero no esperes que ande feliz.
- Como quieras. En todo caso un poco de resiliencia no nos haría nada de mal.
- No sé de qué mierda estás hablando ni me interesa.
Un poco más allá de la segunda playa encontramos otro arroyo que provenía del centro de la isla, un poco menos acelerado y saltarín, pero igual de puro y transparente. Intentamos seguir su curso pero una maraña cada vez más cerrada de nalcas, helechos y quilas nos cerró el paso así que tuvimos que volver al recorrido costero. Un par de horas después nos topamos con el primer arroyo, el que habíamos encontrado el día anterior.
- Estamos llegando al campamento, dimos la vuelta entera, ya falta poco.
Una hora después estábamos de regreso en nuestra carpa.
- Voy a tratar de pescar desde las rocas, podrías preparar alguno de esos tallarines 3 minutos, espero para un par de días tener más solucionado el tema alimentación, podemos darnos el lujo.
- ¡Uh! Tremendo lujo. Por lo menos no voy a engordar como vaca.
Volvió cuando anochecía ya. Estaba cagada de miedo y enojada por estar cagada de miedo. El bosque a mi espalda hacía horas que estaba oscuro como boca de lobo. Me había dedicado a juntar todos los palos grises y secos esparcidos por la playa en una ruma pensando en una provisión de leña a mano para mantener la fogata como había dicho Flavio. Cuando lo vi bajar por el roquerío del final de la playa y caminar en dirección a mí, bronceado y con la barba crecida, me pareció extrañamente familiar. Me di cuenta de que era la única persona en el mundo que sabía de mi paradero y se preocuparía por mí.
- Conseguí pescar unos robalitos con unas almejas que encontré, hice un anzuelo con un alambre de un sostén tuyo que encontré en mi mochila, espero que no te enojes, pero es lo mejor que teníamos.
- Está bien, para que quiero andar con las pechugas paradas ¿para seducir a un lobo marino?
- También hice una trampita que vi en el Discovery una vez, así que mañana veremos si sale algo. En la otra playa hay un rincón protegido del sur donde podemos poner la carpa, es menos cálido que acá pero si aun estamos aquí cuando pase el verano, siempre podemos volver a esta playa.
- El verano está recién comenzando Flavio.
- Bueno, hay que estar preparados para lo peor. Encontré locos también, cuando bajó la marea. No los saqué porque creo que con esto tenemos suficiente por hoy. Lo que si traje, para mantener la salud, es un poco de ulte, no sé si te gusta, ojalá tuviéramos limón, pero algo de empeño le podemos hacer.
- ¿Qué es eso? – Me estaba alcanzando unos palos verdes y babosos.
- Ulte, tallo de huiro.
- Yo sabía que los huiros se fuman, no que se comen.
- Jajajaja. De cochayuyo. Creo que sería bueno que te relajaras, que te pongas constructiva. Mañana vamos a explorar el interior de la isla, creo que ya sé por dónde entrar. No tengo huiros para que te pongas de mejor humor pero tenemos mucho vino.
Habíamos comido tan poco que tras los primeros vasos ya me sentía completamente ebria y encontraba
hermoso el lugar, la luna, el mar aceitoso, el chapoteo de las olitas, el aleteo de los pájaros en el bosque, Flavio, todo era bello ahora.
Desperté en la carpa, con mi pijama de franela, dentro del saco, con sed. Flavio roncaba un poco tendido a mi lado. No recordaba haberme acostado.
Los días seguían maravillosamente bellos y el lugar me seguía pareciendo igual de hermoso que la noche anterior. Me estaba reconciliando con mi suerte una vez más, quien sabe por cuánto tiempo esta vez.
Me senté en calzones en una roca con los pies en el agua. El mar era helado pero hacía que la caña se me disipara perfectamente.
- Se te apagó la tele anoche.
Flavio se estaba estirando junto a la carpa con el torso desnudo.
- ¿Tú me acostaste?
- Si po, no te iba a dejar durmiendo junto a la fogata. No te preocupes, se veía menos de lo que veo ahora.
- Anda acostumbrándote porque pronto se me va a ir todo lo que me queda de señorita. Aquí no tengo donde enchufar la epilady.
Desayunamos pescado frío. Estaba empezando a soñar con un buen bife, una hamburguesa, el ajiaco de mi mamá. Nunca había sido muy de pescado y mariscos, con cueva camarones o reineta con harto limón, pero era lo que había y mejor que nada, pero las 6 bolsas de Caracoquesos me estaban cerrando los ojos.
Flavio me condujo en la misma dirección que el día anterior, hacia la otra playa, pero a mitad de camino se detuvo y me indicó hacia el bosque:
- Si te fijas bien hay como un corredor sin árboles. Si alguien ha venido a esta isla antes, anduvo por aquí, por ahí nos vamos a meter nosotros, cuando la veas por dentro le vas a perder el miedo completamente.
Sacó un cuchillo muy grande con dientes, calados y filos por todos lados. Lo usó para ir cortando algunas ramitas pequeñas que se interponían en nuestro camino.
- Me siento como en Lost. –Dije jadeando por la subida. Realmente me hacía falta ir al gimnasio.
- Es algo así, ojalá tuviéramos todos los recursos que esos huevones.
- Mira esas bolitas moradas, podrían ser maqui, pero no estoy seguro y no me quiero arriesgar. Podríamos comer nalca también.
- Podríamos encontrar a una familia mejor. Con un bote, un par de pollos y pan en el horno.
- Creo que ya habríamos visto ese bote.
- Déjame soñar ¿quieres?
La isla seguía ascendiendo, si miraba a mis espaldas veía el mar varios metros abajo.
- Según el GPS estamos a 60 metros sobre el nivel del mar, hemos subido mucho.
Aun no llegábamos a la cima cuando nos encontramos en un plano. Alrededor había pasto, suave hierba peinada por el viento que aquí daba con toda sus fuerzas. Nos quedamos mudos y revisando el entorno dimos con unos árboles de otro verde que el intenso bosque oscuro, unos árboles de troncos delgados con líquenes grises, de sus ramas colgaban unas bolitas… ¡manzanas! ¡Era una quinta de manzanas!
- ¿Una quinta de manzanas? Pero está re abandonada, debe haber vivido un chilote aquí alguna vez. ¡Cosechemos, mujer! Quizás encontremos restos de su huerto de papas por aquí.
Recogimos algunas manzanas minúsculas, las menos verdes, y las echamos en la mochila, encontramos unas matas de moras con flores, en unos meses más nos darían frutos si es que aun estábamos por aquí. Un poco más alegres, nos pusimos a buscar otros remanentes de vida, quizás encontraríamos la casa que yo decía, con los pollos y el pan en el horno. En lugar de ello encontramos palos calcinados ya casi completamente podridos y sepultados por el pasto y un par de metros más allá, al borde de un acantilado mirando al mar, tres cruces de madera gris sin nombres ni fechas.
Un escalofrío recorrió mi columna y se me salió:
- Más que la Laguna azul parece que estamos en El señor de las moscas, Flavio.
- Alguien tiene que haber enterrado a estas personas. -Remató con su lógica aplastante.
continuará…

21 Diciembre, 2009
7 Diciembre, 2009
5 Diciembre, 2009
11 Noviembre, 2009

1 Comentario en "Al Natural"
Espero ansioso la continuación…
Comenta ahora!