El destino no quiere dejar en paz a Fernanda y Flavio que siguen en fuga por los canales de Aysen, ahora ayudados por fuerzas más allá de su comprensión en el 8° capítulo de “Perseguida“.
por Malva Chacana
Los habitantes de Caleta Tortel nos miraban raro. La misma señora Lola de la “Casa de té” nos había alojado en la pensión que tenía detrás del local.
Durante los desayunos nos enfrentábamos al interrogatorio de los demás pensionistas, que a su vez nos contaban nuevos detalles del mito de Frienship: Que rescataban náufragos, que aparecían en medio de las tormentas para ofrecer refugio a las naves en peligro, que eran gringos de una secta, que eran extraterrestres, que eran del futuro, que se comunicaban por telepatía, que eran ángeles, nazis, médicos telépatas. Incluso nos mostraron mapas oficiales donde figuraba “isla Friendship” pero nos contaron que cada vez que alguien iba en esa dirección no encontraba más que mar.
- Pero eso es bastante más al norte que aquí, si pue. –Nos dijo un día un comensal de la señora Lola, ella se había vuelto algo así como nuestro manager en el pueblito. Como recitando una poesía bien aprendida le respondimos completando las frases el uno del otro.
- Señor: si supiéramos donde estábamos siquiera, quizás tendríamos alguna explicación.
- Eso fue lo que nos dijeron los gringos: que eran de Europa, de una religión especial y que en la punta del cerro de la isla donde estábamos varados…
- Que le repito: no sabemos dónde queda.
- …Ellos tienen un sitio para rezar o algo así.
- Todo lo demás nos lo han contado aquí, nosotros sólo estamos felices que nos hayan sacado, pensábamos que íbamos a dejar los huesos ahí.
El viejo nos quedó mirando un buen rato mientras untábamos humeantes panes blancos con margarina y mermelada de moras, y sorbíamos como cabros chicos nuestra leche caliente con café.
- Yo también me he encontrado con los gringos por ahí ¿sabe? Pero más pa’rriba sipo, pal Archipiélago de los Chonos. Por ahí por el 84 se vio su nave, mucha gente la vio, hasta pal lado de la Argentina. Todos la vieron, pero como que a la gente se le olvida, si hasta los marinos estaban llamando a la Fuerza Aérea esa noche, yo los oí por la radio de mi lanchón. A los gringos los vi cerca de la isla Stokes una vez, arriba de ese zodiac que ustedes cuentan. Pasaron por el lado mío y me quedaron mirando con las tremendas sonrisas, primero pensé que eran turistas ¿ve que uno a veces se topa con de esos tipos en kayac? De ese tipo de gente, pensé yo, pero después me fijé en cómo se llamaba la lancha y me cayó la teja. Pero creo que nunca había escuchado que se los viera tan al sur, oiga.
Su “oiga” era de suspicacia. Esta gente era hostil y desconfiada aún cuando ni siquiera se les ocurría de qué, sólo desconfiaba de todo lo que no fuera absolutamente familiar, de nosotros “santiaguinos” por ejemplo.
A veces me ponía a pensar en Santiago y parecía que había salido hace años, que era otra vida, una de película, pensaba en mis zapatos de taco juntando polvo en el closet, en mi gato Telín, moría de ganas de hundirme en mi almohada, en mi colchón, quedarme toda la tarde viendo tele y comiendo comida china… pensaba en arroyados primavera crujientes con salsa de soya, en helados de máquina, en ir a discoteques con las chiquillas, conocer minos diferentes y patéticos, terminar comiendo ases en un carrito antes de tomar la micro mientras sale el sol y acostarse con los pajaritos, la gente que sale a trabajar y las viejas que van a misa. Pensaba que me hubiese comido con desesperación una marraqueta crujiente con palta madura, no estas huevás hilachentas y machucadas que comen acá. Y por sobre todo pensaba en mi mamá y mi hermana que deben haber estado muriendo de preocupación, mi mamá con jaquecas y el colón inflado como una pelota, ojalá los chinos no la hubiesen seguido hueviando, estaba convencida de que haberme arrancado lejos y que ellos supieran que estaba lejos, la protegía, porque sabían que no la contactaría. Probablemente mi hermana estaba furiosa conmigo por asustar a mi mamá, y estaría convenciéndola que esto tenía que ver con algún mino, que en alguna locura andaba metida, que ella le había dicho que yo era muy regalona, que cómo a ella nunca la había dejado irse a vivir sola antes de casarse, etc. Había escuchado la misma cantinela, no sé cuantas veces.
De los Ruíz Alvarado nadie parecía saber nada, por lo que aún no aclarábamos donde habíamos estado todo ese tiempo antes de que nos rescataran los Friendship. Un día la señora Lola nos dijo que teníamos que hablar con su mamá, una señora que parecía de mil años, que había sido colona con su marido. Originalmente eran de Chillán, llegó “haciendo patria”, como había escuchado decir tantas veces.
Entre los viejos que se emborrachaban en el salón de té se escuchaba más o menos las mismas historias: que muchos de los que llegaron de colonos venían arrancados de otros lados, de la ley, que muchos murieron de frío, de soledad o de locura y que antiguamente no era como ahora que está todo conectado por tierra y por mar, sino que era la soledad más absoluta, que la gente tenía sus lanchas y cada cierto tiempo, cuando el clima lo permitía, navegaban hasta Puerto Edén o Quellón, que después que se abrió la Carretera
Austral y se fundó la caleta Tortel empezó a llegar más gente a esta zona y que muchos de los recién llegados eran del norte, es decir del archipiélago de los Chonos, al otro lado del Golfo de Penas, o de Chiloé que era sinónimo de metrópolis casi. La cosa es que la viejita mamá de la señora Lola, sabía quiénes eran los Ruiz Alvarado:
- Uuy mijita, esa es una historia muy triste. Era una familia de colonos chilotes, él trabajaba el ciprés por ahí por península Swett, eso es bien al surwueste. Vivían solos en una islita, tenían dos cabros chicos, la señora era bien trabajadora, iba a aserrar con el marido y los niños ayudaban también. Se los veía a veces en su bote, en esos años, la gente que se conocía aunque fuera un poco, pasaba a visitar cuando andaba cerca porque sino uno no se veía nunca y era como estar abandonado en el poto del mundo. Ellos habían llegado antes que nosotros, eran un poco mayores: yo tenía unos 28 cuando llegué, la señora Irma debe haber tenido unos 40, no más. Nosotros estábamos instalados a los pies del cerro Catedral, harto más al norte pero igual nos veíamos de cuando en vez. En una ocasión llegaron los marinos preguntando si teníamos noticias de ellos, pero no sabíamos na desde hacía varios meses, pensamos que a don Joaquín le habría ido bien y que no habrían salido de su isla en el invierno. Los marinos nos dijeron que habían quedado de llevar un pedido a Aguirre y que nunca habían llegado, que los quedaron esperando cómo dos meses, y que el comprador había dado aviso para que los buscaran. Los marinos siguieron pal sur y a los pocos días llegaron con la noticia de que se habían encontrado con la casa quemada y tres cruces, pero nada más, no estaba su lancha y nunca se supo que pasó. Hace un par de años declararon Parque Nacional todo eso y mucha gente voló de sus casas a lugares más poblados, de vida menos dura. Nunca se supo que fue del cuarto integrante de esa familia o quien fue el que se salvó, si la señora, el marido o alguno de los niños; se corrieron muchas historias: que alguno de los papás se volvió loco y los mató a todos, que murieron en el incendio mientras el caballero andaba de faena, tantas cosas se dijeron.
Nos quedamos a tomar tecito con la abuelita, conversando de las dificultades y penurias que pasaban antiguamente. Resultó que no tenía más de 75 años, pero era una anciana calva y arrugada como pasa, que cuando se levantaba quedaba tan doblada como cuando estaba sentada.
La señora Lola se fue a abrir su boliche y Flavio y yo nos volvimos caminando por las oscuras calles de Tortel con el viento golpeándonos la cara.
- Hay hartas cosas que no me cuadran en el relato de la señora. –Lanzó. Yo iba pensando lo mismo.- Pa’ empezar eso fue hace mucho tiempo como 50 años atrás, los gringos no pueden haber ni nacido cuando eso pasó ¿cómo van a haberlos enterrado ellos? ¿Cómo siquiera sabían de su existencia si casi nadie los recuerda?
- Bueno, ya estamos claros que los gringos son raros. ¿Qué habrá pasado con el cuarto Ruiz Álvarez, ah? ¿Se lo habrán llevado ellos? ¿Tendrá esto que ver con esa plataforma de piedra arriba del cerro?
- Por suerte salimos de ahí mujer, que nervios. ¿Te imaginas que esa rumita de piedras haya sido como una antena pa llamarlos?
- ¡Ay cállate, que miedo! –Le pegué un palmazo y me respondió abrazándome la cabeza fuerte. Así nos fuimos hasta la pensión, caminando lento, abrazados. –Vámonos de aquí, creo que ya estamos repuestos y como que me quiero ir.
- Acuérdate que no andamos apurados, tenemos que encontrar un lugar donde quedarnos para siempre, donde los chinos no nos pillen. Pero podemos dejar este pueblo como refugio, veamos si pillamos un lugar que sea menos perdido por aquí, sino nos volvemos pacá, nos compramos una casita y nos quedamos un rato. Claro que tendríamos que buscarnos una pega pa’ pasar piola, sino van a cachar altiro que tenemos lucas.
- Vamos a Coyahique un par de días, hacemos como que vamos a buscar plata, vivimos un rato y volvemos.
- Me parece un buen plan, entonces destino: pasear un poco y volver a echar raíces en Tortel.
- Ya, pero tampoco así como for ever, no te pasís rollos, me tenís que pedir matrimonio pa’ eso.
Al día siguiente contactamos a una pareja de franceses que iba de paso por Tortel, venían de Villa O’Higgins, andaban haciendo la Carretera Austral pero ya iban de vuelta, partirían a medio día a Coyahique, les ofrecimos algo de plata para el combustible de su 4×4 arrendada, echamos los bultos arriba y partimos. No dejamos nada en Tortel, nos habíamos acostumbrado a andar con nuestra casa a cuestas.
Llegar a Coyahique fue como renacer. Me podía imaginar perfecto lo que sentían los colonos cuando navegaban a Quellón o Melinka años atrás y se sentían en la metrópolis. Al fin elementos conocidos: la misma cadena de farmacias que había a media cuadra de mi edificio en Santiago, con los mismo productos ordenados de la misma forma: mi marca de shampoo, de crema para la cara. Vimos servicentros, con M&M, jugos Afe, todas esas cosas familiares. Fuimos a restaurantes con mozos impersonales que nos servían platos “internacionales” como papas duquesas, cortes conocidos de carne –no como en Tortel donde la carne era solo carne, nada de lomo, posta o malaya, sino que todo era una sola mezcla de trozos desordenados. Nos instalamos en un hotel pequeño, de 3 o 4 estrellas, con servicio a la habitación y desayuno continental, todas esas cosas que casi había olvidado. Por las noches salíamos a bailar, a comer, a tomar, y durante el día seguíamos tomando o consumiendo.
Nos hicimos amigos de gente de nuestra edad, despreocupada y alegre para los que éramos los hermanos Mariela y Albert Movillo, las chapas que nos habíamos inventado hace más de dos meses cuando llegamos a Puerto Natales. Fuimos a sus casas, conocimos a sus familias, se hicieron asados con la excusa de mostrarnos la patagonian way of life. En resumen, nos dedicamos a puro carretear durante dos semanas, incluso anduve medio pinchando con un sureño de ojitos azules y físico reforzado al que le encantaba tomarme en brazos después de la segunda piscola: llegaba por detrás y me levantaba entre risas y palmazos.
- Es que eres tan menudita, flaquita rica.
- ¡Ya Matías! ¡Bájame, bájame! ¡Se me va a dar vuelta el vaso!
- Le servimos otro pos mija linda, en que topamos ¿ah?
El Flavio miraba de reojo no más, con cara lo más de hermano posible. Es que no tenía muchas opciones de nada: al lado de estos patagones corpulentos se veía como un niñito flaquito, inexperto y medio pavo con su ropa super tecnológica y sus chascas ralas.
Una tarde estábamos con este grupo tomándonos unas cervezas en El Cuervo, un local todo de madera con chimenea encendida, cuando vimos lo que más temíamos: al chino. Dudamos si era el mismo sicario de Hao Wei, el chino del bus a Natales que dijo que se llamaba Hans Chaug. Nos quedamos helados y no pudimos recuperar el buen humor. Nos fuimos temprano para el hotel con una botella de vodka y otra de tónica bajo el brazo. Emborracharnos empezaba a ser la mejor forma de tomar decisiones, como una cábala para que todo saliera bien.
- No tenía mucha pinta de saber que estábamos ahí mismo.
- Yo no creo que fuera el mismo ¿sabes?
- ¿Pero y si es? ¿O si es de los mismos? ¿Cómo hacemos para volvernos a Tortel sin que nos vea?
- Hemos circulado todos estos días sin que nos pillen, no creo que tengamos tan mala cueva.
Pero teníamos. Al día siguiente íbamos en dirección al terminal de buses cuando nos volvimos a topar con el chino, esta vez casi de frente en la calle, nos quedamos helados. Llevaba un palm en la mano, pudimos verlo bien y definitivamente no era Chaug, pero pareció reconocernos. Levantó el palm y lo miró, nos miró a nosotros y lo volvió a mirar mientras su expresión cambiaba y comenzaba a acercársenos ¡nos estaba comparando con una foto! Nos largamos a correr por la calle hasta perderlo, seguramente había llegado hace poco y aún no se familiarizaba con la ciudad, en cambio nosotros ya casi éramos locales después de dos semanas de aplanar las calles, carreteando.
- ¡Plan B. Plan B. Plan B! –Gritaba Flavio corriendo.
Teníamos un plan B y lo pusimos en curso. Corrimos a arrendar una 4×4 con vidrios polarizados que teníamos vista y nos fuimos volando a puerto Chacabuco que quedaba a pocas horas de distancia, ahí encontramos a punto de zarpar a la Alejandrina, una barcaza que va desde Chacabuco a Quellón pasando por varios puertecitos parecidos a Tortel, pero más desconectados aún. Si lográbamos partir en una barcaza libre de chinos, compraríamos por lo menos un par de días para perdernos entre bosques y otros lugares. La Alejandrina era como una micro flotante llena de chilotes, colonos y trabajadores salmoneros, ningún chino por lo pronto. Pero una vez más está persecución nos había lanzado a la vida sin rumbo fijo, sin destino, sin raíces ni mucha esperanza de verle algún final.
Continuará…

21 Diciembre, 2009
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11 Noviembre, 2009

1 Comentario en "Alejandrina"
he quedado prendada…anonadada…extraorinariamente embobada….jajajaj…eso creo que resume todo….
felicitaciones por la historia…el espacio….debo reconocer que acabo de descubrirlo..y la verdad es que me encantó….
me encanta tu forma de escribir malva…es la forma precisa para dejar que la imaginación vuele…..
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