Flavia y Fernando no pueden confiar en quienes se le cruzan en el camino, menos ahora que el circulo se estrecha en torno a ellos en el 10° capítulo de “Perseguida

Por Malva Chacana

El Nacho desaceleró la lancha para apuntar a la cabeza de Flavio y obligarlo a amarrarme las manos en la espalda, después lo amarró a él y nos ató los pies a los dos.

- No se lo tomen a mal chicos. Ustedes me caen re bien, pero el chino ese me ofreció cinco millones por llevarlos donde él y bueno, ustedes saben, la cosa está mala, tengo que pensar en mi futuro, no tengo fondos de pensión ni nada por el estilo.

- Yo te puedo pagar más que el chino si no nos entregas. –Le dijo Flavio- tengo miles de millones, por eso andan detrás mío, te doi 10. En efectivo.

Nacho lo miró con una ceja levantada y volvió al timón. El canal Moraleda se había engrifado y saltábamos como si estuviéramos en el Tagadá sin poder afirmarnos. Se me vino a la mente una vez que me llevaron en cana, debo haber tenido 16 o 17 y nos pillaron tomando vino en la plaza cerca de la casa de la Muriel, una amiga bien loca del colegio, nos subieron a la cuca y se fueron por Vespucio a todo chancho, era como ir en una batidora, cuando nos sacaron estábamos mucho mas borrachas que cuando nos encontraron.

En un par de horas habíamos llegado a Melinka, no se acercó al embarcadero principal en el que se veía movimiento de lanchas y gente, en vez de ello se dio una vuelta por la bahía y rodeando la isla buscó una playa donde detenerse. Aparte de unas casuchas humeantes en los cerros no se veía movimiento de gente cerca. Amarró la lancha a una roca y se volvió a subir, se sentó junto a nosotros y nos miró sonriendo durante algunos minutos. Su sonrisa me hizo pensar en los frienship “Tengan cuidado en quien confían”.

Sacó un pan del cooler y nos dio un par de mordidas, se lo hubiese escupido en la cara pero estaba cagada de hambre y de verdad que estaban ricos. Mientras masticábamos comenzó a revelar sus planes.

- Bueno che, ¿Cómo es eso de los 10 millones? Porque el chino los tenía, los vi. ¿Qué tenés que hacer tú para pasarme la guita?

- Solo tienes que desamarrarme y te los doy. Si quieres 10 por cada uno, tendrás que llevarnos a un banco para que retire el resto.

- Mirá que saliste listo, con esa cara quien hubiera pensado. Ya que estás tan hábil, ¿qué hacemos con los chinos?

-¡Diles que nos arrancamos!

- Si claro. –Sonrió.

Se puso a trajinar la lancha y sacó una lona engomada. Apretó las amarras que nos sostenían y nos amarró cada uno a un baúl que a su vez estaba amarrado al bote, nos aseguró las mordazas, nos cubrió y se fue. El olor debajo de la carpa era insoportable, como a pescado podrido, a agua estancada, algo así. Intenté quejarme y gritar pero fue demasiado rápido. Nos dejó así y se fue caminando por la playa, pude escuchar cuando saltó del bote y sus pisadas en la arena gruesa de la playa.

No sé cuánto tiempo pasó, incluso puede que me haya desmayado un poco, estaba tan desesperada con el olor, la sensación de las cuerdas ásperas y mojadas que comprimían mi piel y la desgarraban ante cualquier movimiento y la mordaza que olía a bencina o pintura que creo que hiperventilé un poco y pasé un tiempo inconsciente. Cuando me desperté tenía la cabeza colgando y el cuello acalambrado, estaba mareada, me latían las sienes y sentía puntadas en los ojos. No me sentía bien ni para desesperarme, vomité un poco y me lo tragué de vuelta, fue horrible, lo más asqueroso que me ha pasado en años y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. Decidí dormitar, me dejé caer en la inconsciencia podríamos decir, o así se sintió.

Estaba casi oscuro y el aire bajo la carpa insoportable, cuando sentí pasos en la playa nuevamente. Nacho sacó la carpa de un tirón y un aire helado me despertó completamente, fue como tirarse al agua, Flavio estaba frente a mí, pálido y con cara de desesperado. Nos sacó las mordazas y nos enchufó un Manqueque a cada uno, después sostuvo una caja de jugo con bombilla para que bebiéramos.

- Para que vean que no soy un monstruo. Ahora que están más repuestos les explico cómo va la cosa. Le dije al chino que Flavio se me había escapado pero que tenía a la mina, ya tengo dos millones aquí en el bolsillo, cuando la entregue me pasará el resto. Tu Flavio te vas a quedar aquí, supongo que tienes el dinero encima o en tu mochila, de ahí me lo vas a pasar. Mañana vamos a ir al banco y me pasas el resto, a ver qué tantos miles son esos que tienes.

- El trato es por los dos, nos liberas a los dos o no transamos.

- Claro, podría ser, pero no estás en muy buena posición para negociar ¿cierto? ¡Silencio!

Sentimos unos pasos suaves que se acercaban por la playa.

- Callados o los machuco.

Nos metió la mordaza en la boca y nos cubrió con la lona infesta que igual me vino bien porque estaba tiritando de frío, no podía sentir mis pies, mis manos ni mi nariz. Se movió por el bote buscando la linterna y pasó a pisar la lona, eso descubrió por lo menos uno de mis ojos y pude ver bajo el haz de la linterna los ojos rajados y la piel amarillenta de Hans Chaug, el chino del bus, de natales y la hostería, detrás de él venía el último chino, el de Coyahique, que así junto a Chaug se notaba que era más joven y sus ojos aun más cerrados. Aguanté un poco la respiración para que ni siquiera notara que estaba ahí, aun no tenía muy claro que era menos malo, si estar en las manos del Nacho o de los chinos.

- La chica, señol Dieguez.

- Aquí la tengo señor Chaug, vivita y coleando, tal como me la pidió. ¿La van a usar para atraer al otro?

- Eso no le importa a usted señor Dieguez.

- Bueno ¿Y la guita?

El chino dejó caer un fajo en la arena entre los dos. Nacho me desamarró cuidando de no destapar a Flavio, me tomó de las manos atadas a la espada y del pantalón, jamás me había dolido algo tanto como me dolieron las muñecas en ese momento, fue como si me trituraran los huesos de la muñeca, me dejó en el suelo de rodillas, pero no pude mantener el equilibrio y caí de hocico a la arena pedregosa y fría, trate de gritar, pero entre la mordaza y la arena que se metía por mi nariz fue imposible. Era de noche y una leve llovizna opacaba el haz de luz de la linterna del Nacho.

- No era necesario que me siguiera hasta aquí, se las iba a llevar a donde habíamos quedado. -Dijo eso mientras se agachaba a recoger el dinero, pero la respuesta fue una bala directo al cráneo que le voló la mitad de la cabeza. No hizo ningún ruido, quedó como suspendido con los brazos colgándole de los hombros y cayó junto a mí, casi encima, su rostro tan cerca que podía sentir el calor que se escapaba del enorme boquete escarlata en su coronilla. Un chorro de sangre había salpicado sobre mi cara, finalmente petrificada de miedo, un solo pensamiento se encendía intermitentemente en mi propia cabeza: que no encontraran a Flavio. Por él mismo y para que yo no perdiera la utilidad para estos chinos de mierda, era también el ticket a los más horrorosas torturas, según lo que Chaug me había advertido la primera vez que hablamos en Puerto Natales hacía casi dos meses atrás.

El chino suche tiró el cuerpo del Nacho arriba del zodiac, lo desamarró tras una orden en lenguas de Chaug y lo empujó mar adentro. Pronto se perdió en la negrura. A mi me desamarraron los pies y me pusieron de pie con rudeza, apenas podía poner una zapatilla frente a la otra, mi cabeza daba vueltas y creo que me desmayé otro par de veces, estaba todo tan negro alrededor que no podría hacer la diferencia.

Me llevaron a una cabaña de una pieza con unos tambores de petróleo y un par de sillas entre fierros como partes de un motor o algo así. Me soltaron las manos y me sacaron la mordaza. Hans Chaug se sentó frente a mí.

- ¿Mejor?

-Algo. ¿Por qué me persigue ah? Yo no he hecho nada. –Quería sonar enfática pero estaba abatida, peleaba por reflejo porque en realidad ya me había entregado a mi suerte, estaba a punto de desprenderme de mi cuerpo e irme a mi lugar feliz.

- No sea tonta, o más bien, no se haga la tonta. Ahora, dígame donde está Flavio.

- Oiga ya pare, si sabe que la plata está programada para transferirse a Hong Kong, en poco tiempo va a estar todo en la cuenta de su jefe.

- Debe estar medio confundida usted, la vamos a dejar aquí para que pase la noche, mañana con el día le recomiendo que haya recapacitado y recuerde donde está su socio.

Mientras decía esto el chino suche, que no había abierto la boca me ató a la silla, mucho más rápido, apretado e imposible de soltar que el Nacho, apagaron la luz y se fueron. Tenía la boca destapada pero no me salía la voz, apenas un hilito, mis costillas estaban tan lastimadas después de tanto tiempo con las manos atrás y me dolía hasta respirar. Me estaba escabullendo a la inconsciencia cuando sentí una carrerilla, algo andaba ahí. Otra carrerilla y un chillido, muchas carrerillas simultaneas… ¡Eran ratones!

Miles, muchos ratones que empezaban a salir de quien sabe dónde y circulaban entre mis pies y por toda la casucha, ahí me salió la voz y me puse a gritar, eso pareció alejarlos de mi por un momento pero al rato se acostumbraron a mis berridos y pasaban sobre mí como un obstáculo más o se paraban en mis rodillas como si fueran un mirador. No soy capaz de describir el asco y el terror que esas patitas heladas duras y leves me hicieron sentir, el roce de esos bigotes ásperos y solo imaginarme las bacterias, el hanta virus, las cacas y que me iban a comer viva como en una película horrorosa que no me dejaban ver cuando chica, una donde caía una cascada de lauchas por una escalera. Grité y me sacudí pero ninguna amarra cedió ni medio milímetro, el chino condenado me había amortajado como una momia. Escuchaba mi corazón bombeando a rabear y no lograba pensar, tenía la boca amarga y cada segundo era más insoportable que el anterior, quería morir de pánico. Era tanta mi desesperación que no escuché un golpeteo en una minúscula y sucia ventanita a mis espaldas. Logré serenarme lo suficiente como para controlar la silla pegada a mi poto y darme vueltas, ahí estaba Flavio, podía reconocer su casi calva iluminada por la luna, era como si una lámpara se hubiese encendido en la pequeña bodega. Pero los ratones seguían usándome de alfombra y no pude para de gritar, entre alaridos le dije que estaba sola ayúdame, ayúdame.

Entró sin encender la luz, los ratones corrieron entre sus pies, traía su cuchillo en la mano, zapateó para espantar a los ratones y a los rezagados los pateó para afuera, cortó mis amarras y me levantó, creo que me desplomé en sus brazos y me puse a llorar.

- ¿Ve Mei? Los tenemos a los dos sin gastar un solo peso.

Hans Chaug había encendido la luz y nos apuntaba desde su cintura con una pistola, detrás de él, Mei, el suche, también. En sus caras se dibujaban horribles sonrisas.

- Al fin Flavio. Se acabaron las indulgencias y los porfavores, aquí tengo un computador e internet, me traspasa ahora mismo la totalidad de ese dinero, sin más dilaciones.

- ¡Es imposible! No me permite el banco mover esas cantidades por eso las transferencias parciales… ¡Entienda!

- Eso ya lo arregló el señor Hui Tsai, ahora usted tiene una cuenta Premium que le permite hacer cualquier transacción, aquí están su dispositivo generador de códigos. ¡Jajaja! Nuestro banco tiene el mejor servicio de todos.

Flavio me tenía rodeada con sus brazos y me apartaba levemente hacia atrás, yo flotaba como en un sueño donde la protagonista no era yo, todo ocurría como en una película, como si estuviera al borde de una pálida. Hui Tsai le alcanzó un maletín sin dejar de apuntarlo a la cara.

- No va a ser necesario Chaug. –Respondió mi pijecito.

Sonaron dos disparos estruendosos que removieron cada clavo de la casucha e hicieron vibrar los tambores de petróleo. Los pocos ratones que quedaban abandonaron a toda carrera antes de que los cuerpos de los chinos tocaran el suelo. Un hombre bajo de jeans aceitosos, botas de goma y manta de lana sostenía una pistola con ambas manos delante de su cara.

El Flavio me había tirado a un rincón y me cubría con su cuerpo. Me abrazó mientras besaba mi cabeza y me decía.

- Ya pasó, tranquila, ya pasó, ya pasó.

Me puse a llorar como una cabra chica, con hipos, sollozos, gritos, arcadas, baboseando y lagrimeando.

El hombre nos daba la espalda y cuidaba la puerta con la pistola en la mano mientras Flavio me explicaba algunas cosas en voz alta y otras en susurros al oído.

- ¡Es el mecánico del Nacho, el que le iba a arreglar ese motor, vio pasar el zodiac en la tarde y vino a ver en que andaba! ¡Él nos encontró a la deriva, el piso del bote se llenó de sangre Fernanda, y el olor, no te imaginas el olor de la sangre mezclado con la fetidez de la lona! (Le pagué y cree que éramos amigos del Nacho, hay que hablar bien del, más ahora que está muerto por culpa de este entuerto). Tranquila mi niña, tranquila, aquí don Urbistondo nos va a ayudar, tranquila ya pasó.

Pero esa noche no pude parar de llorar, ni cuando Urbistondo nos llevó a su casa, ni con la cazuela de luche y cordero, ni cuando nos acostamos juntos en una cama improvisada en un sillón, ni con el abrazo apretado de Flavio que me envolvió toda la noche.

Continuará…

Todos los capítulos de “Perseguida

1. Un mail inconveniente

2. El Pije

3. La Huída

4. A la Deriva

5. Laguna Azul

6. Al Natural

7. Friendship

8. Alejandrina

9. El mar está echado

10. Atada

11. 2 millones de dólares