El segundo capítulo de la nueva vida de de Fernanda Rocher en “Perseguida“
por Malva Chacana
fotos: Danny Alveal

- ¿Sabes cuál es el lugar clásico de reunión de los santiaguinos? – Me dijo con una inflexión especial en la palabra clásico que aun no entendía. Pensé que solo podía estar hablando del Telepizza de Plaza Italia o el pilucho del Estadio Nacional.
- ¿Zona sur o centro?
- Sur – Tenía que ser el pilucho.
- El domingo media hora antes del evento. – ¿De qué evento me estaba hablando? El titular del diario gratuito del metro me dio la pista: anunciaba que un conocido pololo de modelo actuaría en el partido del domingo, y comprendí: clásico + Estadio Nacional + domingo + evento, debe haber un partido importante, excelente idea: juntarnos rodeados de una muchedumbre en la que perdernos.
- Ok – dije y le colgué inmediatamente.
Todo el asunto me parecía de lo más incómodo y no veía como podía resultarme provechoso, solo quería dejar esto atrás.
Pasé el sábado en casa de mi madre: la acompañé a la feria, la ayudé a hacer aseo. Era la misma casa en que había crecido: aun estaba mi delantal de cuadrillé y jumper en el closet de la que fuera mi pieza, mi pequeño escritorio blanco con calcomanías y unos besos con rouge.
Mi mamá vive sola ahora. Mi hermana le deja a sus hijos algunos fines de semana y se va al Quisco con el marido y amigos. La Javiera, mi sobrina de ocho años duerme en mi pieza y el Carlitos de seis en la de mi hermana. Al pobre le pusieron Carlitos por el relator de la WWF que mi cuñado no se pierde los sábados, el niño sabe que a eso debe su nombre y también queda pegado en ese programa para lobotomizados.
En la tarde comimos unas empanadas que habíamos pasado a comprar al Paipas y a las nueve me fui porque mi mamá se ponía nerviosa de que anduviera en el metro muy tarde.
- Está tan peligrosa esta ciudad mijita.
No le conté nada del general iraquí, de los 16 millones de dólares ni de las amenazas de los hongkoneses para no alimentar aun más las fantasías paranoicas que la perseguían desde que comenzó a ver matinales y las noticias del Mega.
- ¿Vienes a almorzar mañana Fernandita?
- No mami, tengo un compromiso. Vaya donde la Vero no más, aproveche de descansar.
- Bueno, si te desocupas anda pallá po, tu hermana estaba alegando que hace tiempo que no te ve.
Esa noche casi no dormí. A la mañana siguiente no quice encender el computador, temía encontrarme con otro mail indeseable. Almorcé una ensalada con crutones y una pechuga de pollo, la verdad es que no tenía mucha hambre, solo comí como excusa para tomarme algunas copas de vino. Cada ruido en el pasillo me hacía saltar y clavar la vista en la puerta esperando ver un papel que se deslizara por debajo. Después de la segunda copa estaba decidida a abrirla de golpe si eso pasaba, quería ver la cara del desgraciado que me tenía los nervios de punta.
El partido era a las 4 de la tarde en el Estadio Nacional así que a las 3 tomé mi carterita rosada, y partí al estadio. Junto al pilucho había un mar de gente, todos con camisetas de la U y de la UC: por Grecia venía bajando una columna de hinchas cantando y golpeando las rejas con botellas plásticas. Jamás me había relacionado con cabezas de pelota, crecí con puras mujeres y todos estos energumenos se veían bastante flaites a mis ojos encaramados en delgados tacos, aun más cuando pasaban al lado mío susurrando ordinarieces: “Guaguita, pa que anda tan seria si yo podría hacerla feliz”, “¿Anda solita? ¿No tiene miedo de encontrarse conmigo?”, “Aquí le tengo un regalito”, “¿Por qué no me baila en el caño?”.
De pronto un rucio alto y flaco se me acercó y me dijo:
- ¿Fernanda? Soy Flavio.
- ¿Como me reconociste?
- Andas sola y no precisamente vestida como para el estadio.
Era bastante guapo si te gustan los pendejos cuicos: pelo castaño claro, ojos verdes ojerosos y piel bronceada, con cara de paisano de esos perfectos de película, pero con hombros angostos, dedos largos y flacos, y una frente demasiado amplia, ya casi una pelada. Llevaba una polera celeste con blanco, los colores de la UC, sin insignias. Tenía el poco pelo que le quedaba medio largo y desordenado, unos pantalones caídos que escondían el escaso poto que debe haber tenido y de una presilla colgaba una cadena que se perdía en su bolsillo.
- ¿Entremos?
- ¿Cómo?
-Tengo entradas para los dos, adentro vamos poder hablar más discretamente, nos podemos perder en la multitud.
Me dejé conducir entre la muchedumbre hasta la puerta donde una paca me revisó casi ginecológicamente y trajinó mi cartera. Mientras entrábamos por pasillos bordeados de tipos meando en los árboles y vendedores de dudosos completos, mi miedo empezaba a transformarse en furia: ¿Qué estoy haciendo aquí? Me repetía mientras miraba al pije mal agestado que caminaba en silencio al lado mío.
- Compré Andes porque es más familiar, me imaginé que no eras mucho de estos trotes, vine con mis amigos que están en lateral sur, después me junto con ellos.
- ¿Supongo que no pretenderás que me vaya sola? Por lo menos me tienes que dejar en un taxi.
- No te preocupes, aunque lo mejor es que nos vean lo menos posible juntos.
- ¡Me da lo mismo! – le dije mirándolo a la cara con pánico – ¡Estoy metida en un tete en el que no tengo nada que ver! ¡Me tienes que ayudar!
- Si tranquila, hablemos. Supongo que esto tiene que ver con la carta del banco de Hong Kong. Mira, yo me he carteado con este tipo un par de veces más, tratando de salirme del tema, le dije que no me interesaba, que no me parecía correcto lo que me proponía, que mi abuela es una señora muy mayor, que casi no ve, pero insiste, dice que si no retiramos esa plata se la va a quedar el banco, que eso no es justo, que son los ahorros de este general iraquí muerto y que lo correcto en realidad sería que no se perdieran. Yo ya caché que lo que el quiere es su 60%, que le da lo mismo lo que es correcto y lo que no.
- Me llegó una amenaza.
- ¿Cómo?
- El viernes llegué en la noche de tomar unos tragos con unas amigas y había una nota debajo de mi puerta diciéndome que había cometido un error, que me olvidara por el bien de mi familia y de mis amigas de las que me acababa de separar ¡sabía hasta lo que había tomado con ellas!
Sonó el pitazo inicial del partido y los peloteros de la farándula comenzaron a correr mientras las barras lanzaban bengalas, encendían fuego y le daban a los bombos. Nosotros estábamos en la parte más alta de la tribuna, sentados muy juntos para poder escucharnos sin gritar. Ante la revelación, me quedó mirando como analizando cada centímetro de mi cara.
- También el viernes, me fue a ver un señor llamado John Hao Wei. Dijo que era el representante del Hui Bancking Corporation y me entregó los papeles que tengo que llevarle a mi abuela para que los firme.
Nos quedamos callados un rato, él miraba absorto el partido, yo analizaba al publico alrededor de nosotros buscando ojos rasgados o alguien que nos observara. No encontré a nadie, solo padres con sus hijos, grupos de niñitos bien de la UC fumando pitos y parejas fanáticas. A los 15 minutos Flavio abrió la boca nuevamente.
- Siento mucho haberte arrastrado a esta situación, pero para mí tampoco es justo ni me lo busqué, no tenía idea de este pariente en Iraq, ni de sus millones, y me da mucha lata que por un simple alcance de nombre…
- ¡Bueno no importa! – rugí impaciente – ¿Qué vamos a hacer?
- Voy a tener que cobrar ese dinero para que este tipo deje de molestar. Creo que con los más de 10 millones de dólares que le tocan, este señor se va a quedar tranquilo y nos va a dejar en paz. Lo que me toque a mi se lo daré a mi abuela para que se reparta entre la familia el día que ella fallezca, no creo que le queden años como para gastarse casi siete millones de dólares.
- Bueno, espero que eso sea el fin de esto, que ando con los nervios tomados. Fijemos un lugar de reunión por cualquier eventualidad, si tenemos que juntarnos lo hacemos ahí. Ojalá sea algo bien lleno de gente como esto, fue una buena idea.
- Tiene que ser algo poco obvio… ¿te tinca el Boulevar del Parque Arauco?
- Me queda un poco lejos, yo vivo en el centro – dije odiando un poco su mapa mental de barrio alto. – ¿Qué tal el terminal de buses de la Alameda? siempre está lleno y se puede llegar en metro.
- ¿El de Tur Bus? Perfecto, anden… ¿12? Por poner un número
- Ok
En silencio esperé que terminara el partido, mal que mal el chico había comprado entradas. A la salida cambiamos números de celular mientras hacía parar un taxi, me pasó $5000 pesos, iba a protestar, pero dijo:
- Por haberte metido en este rollo, te pido disculpas una vez más
A la mañana siguiente, ya más tranquila por la reunión con Flavio, atendía llamadas en el Call Center. A las 10 en punto tomé la vigésima del día y una voz con un leve acento nasal dijo del otro lado:
- ¿Qué tal el partido Fernanda?
- ¿Disculpe?
- Te dijimos que no te metieras en lo que no te corresponde.
- No me voy a meter en nada señor, sólo era una cita romántica, por lo demás le agradecería que dejara de acosarme. No quiero saber nada con este tema. – escuché un bufido que debe haber sido una risa sarcástica mal lograda.
- No me engañas mujer. Tú quieres tu parte. Ándate con cuidado y no vuelvas a ver a Flavio.
Y cortó.
Volví a sentir la paranoia de la semana anterior, esa noche llegué agotada y asustada a mi casa. Traté de olvidarme de todo pero el miércoles temprano fue Flavio el que me llamó. Su voz sonaba alterada.
- A las 9 de la noche – dijo solamente.
Cuando llegué al andén 12 encontré a Flavio junto a dos bolsos.
- Le saqué la firma a mi abuela y devolví los papeles, pero fue peor. Me llegó el depósito y a las dos horas tenía a Hao Wei con dos matones en mi puerta. Quieren el resto. Me pidieron que transfiera el dinero restante
antes del viernes a una cuenta pero no creo que se queden tranquilos con eso. Además te mencionó a ti, dijo que no te metiera en este asunto, qué podía ser peligroso para ti. Aun me necesitan para que les de ese dinero, pero creo que si lo hago, después nos van a matar, sabemos demasiado. Espero que estés lista para partir, tengo pasajes, llevo mucho efectivo para que no puedan rastrear movimientos bancarios y compré algunas cosas para ti, adonde vamos te puedes comprar toda la ropa que quieras. Lo siento pero no puedo dejarte atrás, si te pasa algo no podría vivir con mi conciencia.
Dijo esto mientras un bus con destino a Puerto Montt entraba en el andén. Aun no reaccionaba cuando estaba instalada en el asiento 10 con este desconocido, en el que por alguna extraña razón confiaba, sentado a mi lado. Mientras las luces de Santiago quedaban atrás pensaba en mi mamá, en qué pensarían mis compañeras de trabajo cuando no llegara en la mañana y en mi pobre gato Telín que me estaba esperando para que le diera su lata de Whiskas.
continuará…

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