Las vidas de Flavia y Fernando son una seguidilla de aventuras en el 7° capítulo de “Perseguida“
por Malva Chacana
Fotos: Daniel Anuch y Cristián Piwonka
- Ese maldito pájaro me tiene chata.
- Es un chucao, se supone que trae buena suerte.
- Vieras la buena suerte que tengo. Si lo pillo lo mato ¿Cómo es?
- Es un pajarito chiquitito, apenas un poco más grande un chincol, tiene naranjo en la cabeza.
- Me asusta. Además suena como un eco hacia el bosque.
- Tranqui mujer. Fue ese entierro arriba en el cerro el que te dejó espirituada. Pero te aseguro que bajo las calles de Santiago hay más esqueletos que en toda esta región.
- Uuuu. Eso me tranquiliza. Vieras.
- ¿Te dan miedo los fantasmas? O sea ¿Crees en fantasmas?
- Es que no es una cosa de creer o no creer, puedes pensar q son fantasmas, que es la energía de la gente que está muerta, que son duendes, elfos o corrientes de viento medio caprichosas pero de que convivimos con algo, convivimos con algo, no lo puedes negar.
- Jajajajaja. Que divertida eres. Pero tú lo has dicho: sea como sea, convivimos con ese algo, no es nuestro enemigo ni nos quiere hacer daño, así que relájate y convive con naturalidad.
- ¿Y si es alguien que murió violentamente?
- ¿Qué con eso? No es como que podamos arrancar a nado para estar lejos del alcance de unos posibles fantasmas que ni siquiera se han manifestado.
- Ya, déjame tranquila. –Me sacudió el pelo y me dio un beso en la frente, gesto que me irritó un poco por lo condescendiente y por otro lado me gustó porque sentía que necesitaba algo de consuelo, un poco de apapachamiento para alejar la angustia que me estaba invadiendo.
Esa tarde nos cambiamos de playa, salimos de nuestro reducto protegido para aumentar las posibilidades de que nos encontraran o de encontrar a alguien ya que la otra playa era más abierta hacia el mar, se veían otras islas.
Flavio preparó concienzudamente el nuevo campamento: hizo como una cueva entre las quilas, acomodó un fogón profundo con piedras, acarreó unas rocas planas para que hicieran de asientos y con algunas tablas de la ramada abandonada hizo una mesa de poca altura. Instaló la carpa y con arena y piedritas reforzó todo el borde.
- Para que no se moje o vuele.
Fue casi un presagio. Esa noche se largó la lluvia, primero comenzó suave, apenas se sentía en la carpa
oculta entre las quilas, pero a eso de las 5 de la mañana el temporal estaba desatado y el agua azotaba nuestro refugio con furia, se escuchaba como se estrellaban las gotas contra la superficie del mar y la arena, los árboles crujían y la arena de la playa volaba. Los relámpagos iluminaban el interior de la carpa y podía ver que Flavio estaba tan despierto y callado como yo. No sé si teníamos miedo o solo estábamos sobrecogidos, empequeñecidos. Que digo: estaba cagada de miedo. Amaneció y el temporal seguía desatado, quizás ya no tan virulento como durante la noche, o es solo que la luz lo hacía más soportable. Los pájaros no cantaron esa mañana, o no los oímos. Las nubes estaban a un par de metros del nivel del mar, y a penas se veía la isla del frente, el agua estaba negra y cubierta de una espuma que el viento levantaba en remolinos húmedos que golpeaban nuestras caras.
Desayunamos manzanas cocidas y choritos fríos que quedaron del día anterior. Me dejó encargada de cuidar el fuego, que luchaba contra el viento y el agua en el aire, mientras él se iba a revisar sus trampas sacadas del Discovery. Volvió con muchos pescados.
- Este mar revuelto es pésimo pa pescar pero me llenó las trampas, más del que podemos comer yo creo. Se entretuvo durante la mañana en destripar los pescados con su cuchillo. Se notaba que le encantaba usar su herramienta. Lo clavaba en un palo con fuerza y rajaba la guata de los animalitos de un tajo rápido. Juntó las tripas en una hoja y las fue a tirar a un hoyo que había cavado para cagar y para tirar basura, se había demorado toda una mañana con una palita enana que compró junto con el equipo de camping.
A medio día el viento se calmó completamente, las nubes bajaron un poco más y la lluvia siguió cayendo ahora verticalmente, en goterones gruesos y suaves. Se sentía rico cuando escurría entre mi pelo.
Los días siguieron así, brumosos, sin viento y con una lluvia constante, a veces fina, otras, más gruesa. Casi todo lo que teníamos se fue humedeciendo, salvo la muda pijama que guardábamos en bolsas plásticas. Habíamos metido nuestros sacos de dormir también en bolsas de basura porque la carpa ya comenzaba a pasarse, todo estaba pegote y medio azumagado.
Nos habíamos hecho una rutina bien aceitada, ya casi no teníamos que hablar de cosas prácticas, la idea era estar bien cansados al llegar la noche para dormir bien y no pensar huevás. Yo había retomado la práctica diaria de ejercicios, trotaba por la playa, bajo la lluvia, hacia abdominales y flexiones contra la pendiente, elongaba y me inventaba cualquier ejercicio, en eso me pasaba la mañana mientras Flavio revisaba sus trampas o se metía al mar a sacar locos y choros o pateaba la arena donde saltaba un chorrito de agua para desenterrar un par de almejas. En las tardes nos metíamos al bosque a buscar palos lo más secos posible que después apilábamos medio colgados.
- Para que se sequen. –Explicó Flavio.
- ¿Por qué sabes tantas cosas del wildlife?
- Porque fui scout y porque cuando chico íbamos a acampar con mis viejos y mis hermanos, entonces igual engrupíos con la huevá.
Era tan pánfilo.
En la noche animábamos el fuego y comíamos como chanchos, principalmente pescado y mariscos, que después de dos semanas ya me tenían chata pero buscábamos formas nuevas de hacerlo, como ahogar el fuego con corteza y ramitas secas y tapar el hoyo para que quedara como un horno y ahumar el pescado: quedaba mortal, a eso le decíamos sahumerio y nos dejaba a oscuras durante un par de minutos cuando tapábamos el fuego. Generalmente el tiempo a oscuras lo pasábamos en silencio. En eso estábamos una noche que me dijo que quería explorar un poco más cerro arriba, no solo para buscar cultivos sino otras cosas que nos pudieran servir: utensilios, quizás algunos animales, unos chanchos perdidos por ejemplo,
que sé yo.
- Yo no voy a usar la olla de una señora muerta y enterrada por aquí cerca. Olvídalo.
- Sí, bueno, ahí vemos, pero ¿me acompañarías?
No le podía decir que no. Me imaginaba que le pasaba algo subiendo el cerro y que no llegaba a dormir y que tenía que pasar la noche sola, y quedarme sola para siempre sin saber que le habría pasado. Me imaginaba el pánico que eso me daría. Así que decidí acompañarlo. En realidad la que casi se desbarranca un par de veces fui yo, nunca había sido muy de cerro y eso del barrial y el pasto mojado no iba muy bien con mis sketchers. Porque abandonados estaríamos, pero yo siempre digna: lo más guapa posible, con las pestañas encrespadas y los músculos tonificados. No me quería poner esos horrorosos bototos de montaña que el Flavio me compró en Natales. Llegamos a la planicie que habíamos alcanzado antes, cosechamos más manzanas y las dejamos esperándonos para la vuelta. Si es que volvíamos. Flavio se puso a escarbar entre los palos calcinados que asomaban entre la hierba. Al poco rato estaba desenterrando cucharas y cuchillos, chocas enlozadas y otros cachureos.
- ¡Deja ahí, huevón porfiado! No te metas con los muertos. –Se enderezó pero siguió escarbando con el pie.- Tenemos todo lo que necesitamos de enceres. No te vas a pillar con un saco de harina o una malla de limones, menos con un celular cargado y con señal, nada. Así que deja.
- No puedo evitarlo, quiero saber que pasó aquí.
- Esta claro: vivía una familia, hubo incendio, tres murieron, algún sobreviviente los enterró y se fue lejos de sus amargos recuerdos.
- ¿Tú crees?
- Es lo más probable, y no vas a encontrar evidencia de lo contrario escarbando en el barro. Vamos, sigamos subiendo.
Desde la planicie hacia arriba, el cero se internaba en las nubes bajas y era como estar metida en un sueño. Las voces se escuchaban cerquita, como si estuviéramos al interior de una habitación.
En la punta del cerro había una especie de piso de piedra laja, como un suelo redondo y plano, una “circunferencia” le puso Flavio.
- Parece un helipuerto, o esas huellas marcianas de los campos cultivados.
- Puta que eres tétrico. Debe ser para vigilar algo, secar algo, no creo que estos chilotes tuvieran un helicóptero.
Al centro de la circunferencia había un par de piedras planas redondas dispersas.
- ¡Yo sé lo que es eso! Se usa para señalar ubicación, por ejemplo en los vados de los ríos, o en los caminos no muy transitados se ponen estas piedras así –Hizo una ruma con la más grande abajo y las demás en tamaño descendente hacia arriba, hasta que quedó como una pirámide.
Yo me senté en una roca que asomaba debajo de tierra y me puse a mirar la niebla, era como quedarse viendo la pared.
- Y pensar que debe haber la media vista delante mío.
- Veamos si podemos bajar por el otro lado. –El loquito estaba excitado.- Es que todo esto es muy raro, Fernanda.
- Si, si. Estamos en Lost. Bajemos mejor ¿ya?. Tengo hambre y te apuesto que no falta mucho para que sea de noche. -Mientras le decía esto pasé a su lado apurada, con cara de eficiencia y emprendí el descenso por la ladera contraria, pero dos pasos más allá unas rocas cedieron a mi paso y cayeron al infinito, escuchamos el crujido esponjoso de las quilas varios segundos después. Flavio me tomó bruscamente de la cintura y se tumbó de espaldas en el suelo conmigo encima. Pude escuchar su corazón latir a toda velocidad mientras me aferraba contra su pecho. Pasaron un par de minutos hasta que dijo:
- Hay un precipicio, Fernanda. Muévete lento, trepa por mí, vamos a bajar por el camino conocido mejor.
Nos encontramos gateando en el radier de piedra laja. Estábamos pálidos y con los ojos muy abiertos. Nos quedamos un rato sentados recuperando el aliento y emprendimos la marcha en silencio. Las rodillas apenas me respondían y sentí que la bajada fue eterna.
Pasamos a recoger las manzanas y nos fuimos a la carpa.
Esa noche comimos pescado, ulte, locos y erizos. Teníamos mucha hambre y estábamos cansados y rasmillados, aun no se me pasaba el susto. A la mañana siguiente las nubes se habían disipado bastante, por lo menos ya no estaban bajas y se podían ver manchones azules entre los algodones que corrían acelerados por el cielo. En vez de nuestra rutina, dedicamos esa mañana a secar nuestra ropa al sol, sobre las rocas que comenzaban a tomar algo de la agradable temperatura.
A media mañana un ruido extraño me sobresalto, era como un zumbido que aumentaba de intensidad, no sabía bien de donde provenía porque las islas y el mar hacían de caja de resonancia y a veces se escuchaba de un lado o del otro.
- ¿Flavio?
- Si lo escucho. O es una avioneta o una lancha, pero ese es el ruido de un motor Fernanda. Hay que avivar el fuego, busca espejos, amarra una polera ¡todo lo que sirva para llamar la atención!
Corríamos como locos por la playa tratando de ver por donde aparecería el motor que se escuchaba cada vez más cerca. De pronto, desde la izquierda, como si viniera de la otra playa, donde nos quedábamos primero apreció una lancha a motor. No un lanchón, no una barcaza, sino una lancha rápida, como un zodiac o algo así. Nosotros saltábamos y batíamos trozos de ropa y un espejo para que nos viera, pero no era necesario porque iba derecho hacia nosotros. El piloto Aceleraroó hasta que lo frenó la arena y se bajaron de un salto 3 gringos apolíneos como diría Yerko. Altos, flacos, vestidos con unos overoles grises. Venían sonrientes hacia nosotros. En un costado de la lancha se leía “Friendship”.
- ¡Hola! ¿Qué tal? ¿Necesitan ayuda?
- ¡Si por favor! Sáquennos de aquí, quedamos botados hace como tres semanas y no ha pasado nadie cerca.
- Claro, no es un lugar muy concurrido, pero algo nos dijo que debíamos venir por aquí esta mañana. ¡Vayan a ordenar sus cosas! nosotros los sacamos hasta Caleta Tortel.
Corrimos por nuestro campamento, en quince minutos lo desarmamos y llegamos donde los gringos con los cachetes colorados y todos nuestros bultos al hombro. Mientras nos esperaban se habían sentado en la playa a contemplar el mar. Ni siquiera conversaban entre ellos, solo miraban el paisaje con una sonrisa en la cara. Cuando estuvimos listos se pusieron de pie de un salto. Eran como demasiado felices. Tiraron nuestros bultos a la lancha y saltaron dentro después de empujarla un poco hacia el agua.
- ¿No se les queda nada? Nos vamos entonces. En ese cooler van a encontrar sándwiches, coman todo lo que quieran, me imagino que deben estar cansados del pescado y comer choritos.
Se rieron alegremente aunque no creo que hayan captado el doble sentido de su propia talla, hablaban perfecto español sin acento, ni siquiera chileno. En el cooler había de todo lo que había estado antojando estos días: hamburguesas, sándwiches de ave, coca cola. Nos llenamos la panza como chanchos. Los gringos ni nos miraban, iban con los ojos puestos en el horizonte y la misma sonrisa impertérrita que tenían en la playa. Mientras masticaba los miré mejor. Eran de estatura similar y colores parecidos, como amarillentos, bien rubios, pero no parecían hermanos, sus facciones eran bien distintas: uno era medio calvo y tenía los dedos largos y huesudos, la nariz prominente y el mentón fino, el otro era como de película: tenía la nariz perfecta, con un cototito y la punta medio respingada, el pelo era denso, sedoso, liso y se movía con el viento como en un comercial de shampoo. Al que iba manejando no tuve oportunidad de analizarlo tanto, pero parecía un poco más viejo que los otros, lo que si le vi bien visto fue el poto: guau. Angosto, redondo, paradito, como hundido a los lados. Para dibujarlo. Claro que se me hacía que lo tenía super blanco, siendo gringo y más encima viviendo en estas latitudes, era lo más probable. Estaba concentrada en el músculo de la parte posterior de su muslo cuando sentí una mirada intensa y levanté la cabeza: era el gringo que manejaba sin mirar, me estaba observando detenidamente. Me puse roja y bajé la vista.
- Entonces. Llevaban casi un mes en esa isla. ¿Cómo fue que llegaron ahí?
Flavio les contó toda la historia omitiendo la parte de los hongkoneses, dijo que éramos amigos que andábamos de vacaciones, que nos habíamos lanzado a la aventura y que desgraciadamente nos habíamos topado con gente poco honesta que nos había abandonado. Nos miraron sin hacer más preguntas, parecía que no había forma de borrarles la insufriblemente feliz sonrisa de la cara perfecta. Me llamó la atención lo azul de los ojos de los tres: el mismo azul turquesa y que su piel luciera perfectamente blanca y lisa como si pasaran su tiempo en una oficina en lugar de navegando los canales de Aysen. Flavio seguí su perorata casi sin respirar. Les contó de la quinta de manzanas y de las cruces.
- Los Ruiz Alvarado. Una familia que murió en un incendio, eran colonos en esa islita. Nosotros los enterramos.
- ¿Y saben que es esa planicie de piedra en la punta del cerro? –Los gringos se miraron y sonrieron aun más marcado.
- Esa la pusimos nosotros. Somos de una religión especial y ahí vamos a rezar, es un cerro maravilloso con una vista espectacular.
- Desgraciadamente no pudimos ver nada porque cuando subimos estaba nublado, pero casi nos desbarrancamos así que nos hicimos una idea bien clara del entorno. ¿Y ustedes de donde son? ¿Dónde viven?
- Somos europeos de distintas partes, vivimos en una comunidad religiosa en una isla por aquí cerca que se llama Friendship.
- Como su bote. –Dije abriendo por primera vez la boca desde que nos subimos a la lancha.
- Exacto, es el nombre de nuestra comunidad.
- ¿Y cómo fue que nos encontraron?
- Cómo te decía, algo nos llevó para allá, quizás rezaron y Dios nos mandó el mensaje.
¡Canutos! Pensé. ¡Detesto a los canutos! Desde que la Magda, una compañera de básica que jamás se cortaba el pelo y nunca se puso desodorante me decía “pecadora, redímete, tienes que ser una esclava del señor” y yo me imaginaba vestida con sacos y grilletes, arrastrando cadenas y un romano gordo y sudado dándome de latigazos. Como si me hubiese leído la mente, el gringo más pelado dijo.
- No somos cristianos. Nuestro Dios es el cosmos, la energía universal, la conciencia de la totalidad.
Ok, eran más new age, pachamamicos, quizás chamánicos o quién sabe qué.
Caleta Tortel quedaba lejos. Navegamos todo el día (sin recargar combustible). A mí me la ganó el sueño y a media tarde me recosté sobre las piernas del Flavio que iba cabeceando a mi lado y me dormí. Soñé con los gringos que nos daban la espalda con sus potos perfectos y nos defendían de una manga de chinos con cuchillos curvos y antifaces que nos querían sacar la cresta, los gringos eran mucho más altos y fuertes que ellos y los hacían lulitos con un par de movimientos.
Cuando desperté era de noche ya. Frente a nosotros se veían un par de luces artificiales.
- Esto es Caleta Tortel. No es muy grande pero van a poder dormir en cama y desayunar con pan. Van a estar bien chiquillos.
Se acercaron al muelle que a esa hora estaba vacío y nos ayudaron a bajar los bultos.
- Pensamos que vendrían con nosotros. ¿Cómo van a navegar de noche? ¡Es muy peligroso!
- No se preocupen, estamos cerca y conocemos el camino como la palma de la mano, tenemos buenas luces además. Vayan al Salón de té, es más bien una cantina, pero ahí les va a decir donde pasar la noche. Cuídense.
Quería abrazarlos, agradecerles mucho, pero no me dieron tiempo, solo alcancé a gritarles:
- ¡Gracias por salvarnos! ¡Recen por mostros! –Flavio me miró con las cejas levantadas y una sonrisa socarrona.
- No sabía que fueras religiosa.
- No lo soy, fue una cosa del momento, y bueno, ellos si son religiosos, y creo que como están nuestras vidas, o lo que queda de ellas, cualquier ayudita no está de más.
- Eres muy divertida.
Caminamos por las calles oscuras de Caleta Tortel hasta que llegamos a un lugar donde se escuchaba bullicio: el salón de té. Adentro el aire era espeso y olía a cervezas recién destapadas y comida: cebolla, orégano y comino. En las mesas había una veintena de personajes, la mayoría hombres con pinta de pescadores, muy parecido todo a Puerto Edén. Nos miraban disimulando a medida que nos acercábamos al mesón, estaban todos con las orejas paradas cuando pedimos un plato de carbonada que nos sirvieron con unas cañas de vino y tremendos pedazos de pan. Comimos como perros, sin hablar ni mirarnos. Compramos unos cigarros sueltos y pedimos más vino después de comer, teníamos que conseguir alojamiento pero antes, un relajo. Se nos acercó un tipo joven medio achispado que estaba haciendo caso omiso del partido de fútbol que los tenía a todos absortos.
- ¿Vienen llegando?
- Si.
- ¿Y de donde vienen?
- No sé, de una isla donde nos dejaron botados, nos rescataron en la mañana y nos acaban de dejar en el muelle.
La señora del mesón había bajado disimuladamente un par de puntos el volumen de la televisión, nadie se quejó porque estaban pendientes de lo que les decíamos.
- ¿Cómo es eso oiga?
- Salimos de Puerto Edén hace casi un mes con un mariscador que nos abandonó en una isla donde vivía la familia Ruiz Alvarado. Hoy nos sacaron de ahí unos gringos que nos dijeron que vivían en una isla que se llama Frienship.
Ya sin disimulo, la señora de la barra terminó de bajarle el volumen a la tele.
- ¿Usted sabe lo que está diciendo mijo? –dijo colgándose el repasador del hombro y apoyando las dos manos sobre el mesón.
- ¿De qué?
- Esa isla no existe. Es un mito. La han buscado hasta con satélite. Dicen que en realidad es una nave extraterrestre con forma de isla, por eso aparece y desaparece. Hay varios que cuentan que se han topado con esos gringos, pero es una pura leyenda pues… a menos que crea en marcianos.
continuará…


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1 Comentario en "Friendship"
BUEEEEEEEEENA, HACE TIEMPO QUE UNA LECTURA DE FICCIÓN NO ME ENTRETENÍA TANTO. AGRADEZCO LA SIMPLICIDAD DEL RELATO, QUE PERMITE “METERSE” JUNTO A LOS PERSONAJES EN SU AVENTURA Y BDISFRUTAR CADA EPISODIO AL MÁXIMO. ESPERO EL PRÓXIMO CAPITULO CON ANSIAS.
Bien Malva Chacana.
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