Fernanda Rocher se despide definitivamente de su vida en el tercer capítulo de “Perseguida o cómo perdí mi apasible vida

Esa noche en el bus fue como una pesadilla. No pude dormir y Flavio a mi lado tampoco, sin embargo no hablamos, ni siquiera nos miramos. La oscuridad al interior de la cabina del bus era ocasionalmente interrumpida por las luces amarillas de un peaje o pueblo que rápidamente dejábamos atrás. Se sentían los movimientos incómodos de los demás pasajeros intentando mantener un sueño porfiado, también ronquidos, peos y toses de distintas gargantas, además del ronroneo del motor y las sacudidas del pavimento. El chofer conducía la maquina muy rápido, seguramente, lejos del limite legal, a 120 o 130 km por hora, se escuchaba un murmullo de reggaeton saliendo de su cabina insomne.
Por mi cabeza circulaban oscuros presagios y cada tanto mi corazón se aceleraba y me zumbaban los oídos al pensar que los honkoneses le podían hacer algo a mi mamá, a mi hermana o a mis sobrinos chicos. Me daba cabezazos contra un muro invisible odiando mi suerte y la estupidez que cometí al responder ese primer mail dirigido a Flavio. Pensaba en estrategias evasivas: robarle el dinero a este pije y sacar a mi familia del país para cambiar nuestros nombres y hacernos cirugía, no trabajar nunca más y disfrutar de los millones del general iraquí. Otra opción era matar a Flavio y suicidarme, poner fin a esta locura. O comprar muchas armas y enfrentar a los hongkoneses en una balacera como en las películas, guarecidos detrás de un pilar en el estacionamiento de un edificio: que se mueran ellos o nosotros, pero de una u otra forma terminar con esto.
Con la luz del alba vino la lucidez, las fantasías de la noche se disiparon. El reloj marcaba las 6 y media, no estaba segura si había dormido o no. En esos momentos mis compañeras estaban llegando al call center, de a una dejando sus carteras debajo del escritorio, desayunando café de máquina y galletas compradas en el carrito de la esquina. Estarían contándose, entre bostezos, de la noche anterior y calándose el cintillo con audífono y el micrófono, preparando la barrera psicológica para escuchar gente enojada todo el día. Saber que no iba a llegar a la oficina me alivió un poco, sería un inesperado día libre, aunque probablemente nunca volvería.
Flavio se despertó cuando le tiraron una bandeja de plumavit con un sobre de café y un pedazo de queque: el “desayuno”.
–    Hola. Al final parece que me dormí – No le respondí, solo lo miré mordisqueando mi queque de nada.
–    Nos vamos a bajar en Osorno y vamos a tomar otro bus hacia Punta Arenas. ¿andas con tu carnet cierto?
–    Si. ¿En bus a Punta Arenas? ¿No es muy lejos eso?
–    Si, nos vamos por Argentina, se demora como dos días, pero viajar en avión deja más rastro.
–    Y cruzar la frontera no, seguramente.
–    Pero es menos probable que tengan acceso a esa información que a la de la línea aérea.
Estaba de mal genio y no quería pensar más en este asunto, ya me dolía la cabeza. Me callé y me concentré en el paisaje: habían corrido las cortinas y el sobrecargo limpiaba los vidrios sudados por los vapores de la cuarentena de pasajeros. Cuando estaba en el colegio pololié con un sobrecargo, nunca lo veía y jamás tenía plata el pobre, lo trataban pésimo y tenía varices porque dormía sentado toda la semana al lado del chofer. Se suponía que con ese sueldo mínimo iba a pagar los estudios, pero me di cuenta que le pasaba toda la plata a la mamá para la casa.
Lo más al sur que había viajado era a Los Ángeles; cuando estaba como en octavo básico, fui a ver a una prima de mi mamá que se estaba muriendo de cáncer, la tía Evelyn. Pero esto era muy distinto: vacas, árboles, todo se veía húmedo y brilloso, la gente envuelta en parkas y mantas caminando con herramientas por la berma, el humo de las chimeneas mezclado con nubes bajas y una leve llovizna, era como un sueño o como the fog en la película Los Otros.
Llegamos al terminal de Osorno y compramos pasajes para Puerto Natales, y de Puerto Natales a Punta Arenas. Teníamos que esperar dos horas para abordar el bus Pacheco. Mientras tanto nos fuimos a desayunar – esta vez de verdad – al segundo piso desde donde veíamos a la gente con cajas de verduras (habas, papas, zanahorias, cochayuyo) que se subía a pequeñas micos interurbanas, con destino a quien sabe donde. Sentía como si hubiese salido hace meses de mi casa.
–    Voy a llamar a mi mamá.
–    ¡La vas a poner en peligro! ¿Como se te ocurre? ¡Bota tu celular!
–    No la voy a llamar de mi celular. Deja de tratarme como si fuera tonta ¿ya? Cuando cabra chica mi papá se fue, nos quedamos sin plata así que tuvimos que desconectar el teléfono, cuando alguien nos tenía que ubicar dábamos el número del almacén de la esquina, que aun está ahí. Voy a llamar p’allá, mi mamá se va a enfermar si no sabe que fue de mí.
–    No le vayas a decir donde estamos ni para donde vamos.
No le respondí, solo lo miré muy feo y seguí soplando mi café, mirando a la gente moverse con sus bultos.
De un teléfono público llamé al almacén de don Carlos. No me había olvidado del número.
–    Don Carlos, hola, habla la Fernanda Rocher, la hija de la señora Yoya.
–    ¡Fernandita! Tanto tiempo ya casi no se la ve por estos lados ¿cómo ha estado usted?
–    Muy bien, gracias – mentí – necesito pedirle un favor. Sabe que no me puedo comunicar con mi mami y es una emergencia, ¿usted me haría el favor de ir a llamarla para que se ponga al teléfono un segundito?
–    ¿Está bien mi niña?
–    Si, bien, pero no se que le pasó al teléfono de la casa.
–    No se preocupe, aquí mi nieto le va a ir a avisar, si quiere llame de nuevo en unos tres minutos para que no le salga tan caro.
Mientras esperaba me asomé a la calle: micros y colectivos se perseguían desaforados, en la puerta una señora vendía empanadas y sopaipillas, me dieron ganas de fumar aunque desde el colegio que no lo hacía, me compré una cajetilla y encendí uno, le di dos quemadas y me dio nauseas, lo boté a la calle y me quedé contemplando como se consumía. Volví a los teléfonos públicos a llamar.
–    ¡Mijita linda! Qué le pasó, me dicen que una emergencia ¿donde está?
–    Tranquila mamita, no le puedo contar mucho, pero quería dejarle claro que estoy bien. Me tuve que ir corriendo de la casa sin avisarle a nadie, me metí en un tete medio peligroso, pero no se preocupe que lo estoy solucionando. -Escuché un quejido ahogado del otro lado, probablemente estaba empezando a llorar de angustia mi pobre vieja- En serio no se preocupe mamita, voy a tratar de llamarla cuando pueda pero siempre a donde Don Carlos, dígale que su teléfono está medio malo para que no sospeche. Tengo que pedirle dos favores.
–    ¿Cuando vas a volver? ¿Dónde estás?
–    No le puedo decir mamita, pero estoy bien, y no sé cuando volveré. Tengo que pedirle un par de cosas. El más importante es que no le de información de mi a nadie, ni encuestas, ni cobranzas ni nada, no tienen porque preguntarle nada a usted.
–    ¿Estás endeudada? Mija, yo puedo pedir un préstamo…
–    No mamá. Y por favor no diga nada para que don Carlos ahí no se pase rollos, es otro tema, plata no me falta. Por favor no confíe en ningún desconocido estos días, menos si es medio chino. Lo otro es que vaya a mi departamento, usted tiene las llaves de repuesto, y se lleve al Telín que debe estar desesperado porque ayer no le di de comer, corte la luz y el agua, saque todo del refrigerador, bote todo si quiere y avísele al conserje que me fui de viaje y que por favor no se de ninguna información sobre mi a nadie. ¿Puede llamar a mi trabajo también? Llame a la Soledad Arrieta, que es una compañera, en mi agenda, que está encima de la mesa, está el número, y dígale que no voy a volver a la pega, que de ahí la llamo. Llevese usted mi agenda, que no quede ahí. Eso es todo mamita.
–    Ya mijita, lo voy a hacer.
–    No se preocupe, yo la voy a estar llamando para que esté tranquila, sepa que estoy bien, que no me pasa nada malo, solo que me tuve que ir, ¿estamos? La quiero mucho mami, váyase donde la Vero mejor unos días, pero no le vaya a contar nada de mi por teléfono, a nadie, ¿ya?
–    ¡Qué miedo Fernandita!
–    Tranquila mamita, ya no ponga más nervioso a don Carlos, la llamo en un par de días, quédese tranquila, de verdad.
Le corté bastante perturbada y me fui al andén donde me esperaba Flavio.
–    Necesito que me des algo de plata para manejarla yo, tengo que comprarme algunas cosas. No te preocupes no me voy a arrancar con la plata.
Me pasó 50 mil pesos con los que me compré unas zapatillas en una tienda de la plaza, algunas cosas de tocador y farmacia y dos novelitas románicas. Cuando volví ya era hora de partir hacia Argentina, acomodamos los bolsos y nos subimos. Estábamos buscando la numeración cuando nos topamos con los ojos rasgados del pasajero del asiento 13. Era un tipo joven, evidentemente oriental, con pinta de turista: pantalones caqui, zapatillas de montaña y cámara fotográfica colgada al cuello. Se me aceleró el corazón y miré a Flavio al borde del pánico, me hizo un gesto imperceptible con los ojos que interpreté como “disimula”. El chino ni nos miró, estaba concentrado contando dólares y otros billetes raros, con una calculadora muy pequeña sobre el regazo.
Me senté y quedé petrificada hasta que llegaron a tomarnos los datos y recoger los carnets para cruzar la frontera. Dimos nuestros nombre murmurando casi imperceptiblemente para que el chino del 13 no escuchara pero este sobrecargo no era de muy buenas ganas y repitió todo lo que le dijimos a voz en cuello, por lo que a todos en el bus les quedó claro que en el 18 y 19 viajaban Flavio y Fernanda Rocher; el chino, si no sabia de antes, se enteró.
Las aduanas quedaban en la montaña, en medio de un bosque a lo Jurassic Park con nieve y helechos, los pacos andaban vestidos con buzos como los de los motoristas de Santiago pero más abrigados todavía, con unos gorros con chiporro. El camino de bajada hacia Argentina era sinuoso pero no por eso el chofer iba lento, un par de veces pensé que nos íbamos a desbarrancar. Pasamos por Bariloche y tomamos una ruta hacia el sur. La primera mañana desperté en medio de un paisaje completamente extraño: era la famosa pampa, a veces con algunos árboles y arbustos, otras seco como cerca de La Serena. Cada tanto el bus se detenía en alguna posada y nos bajábamos a estirar las piernas, comprar golosinas y hacer caca, porque en el baño del bus estaba prohibido. En esas ocasiones observaba cuidadosamente al chino para ver si nosotros éramos el motivo de su viaje: no socializaba con nadie, miraba el paisaje con curiosidad, y daba las gracias por todo, a veces lo encontraba sacando fotos a las montañas o revisando un aparato.
–    Es un GPS. – Me dijo Flavio en una ocasión que me sorprendió concentrada en el hombre. Desde el desayuno de la mañana anterior apenas habíamos cruzado un par de palabras, yo iba concentrada en mi culebrón español y el en una ruma de revistas o durmiendo con los audífonos puestos.
–    ¿Qué es eso?
–    Un aparato que te dice en que lugar del mundo estás parado, hace una medición en referencia a algún satélite.
Imaginé un satélite justo sobre nosotros siguiendo cada paso que dábamos. El dolor de cabeza persistía, y aun me sentía de mal genio.
–    No te preocupes debe ser un turista que va a Patagonia, Torres del Paine y eso. No creo que nos esté siguiendo. No te olvides que en mundo, lo que mas hay son chinos, en realidad lo que más hay son hormigas, después vienen los chinos, lo menos probable es que este tenga algo que ver con Hui Tsai o su “representante”, Hao Wei .
–    Si sé. Qué quieres que le haga, estoy un poco histérica, se ve como turista, se comporta como turista, debe ser turista.
–    Claro, igual que nosotros. Cuando volvamos a Chile vamos a empezar a usar otros nombres así que anda pensando como te quieres llamar. ¿Qué prefieres: que nos hagamos pasar por pareja y nos pongamos distinto apellido, o por hermanos o primos y mantenemos un apellido igual?
–    Primos, me tinca más fácil. – No me imaginaba de la manito o durmiendo en la misma cama con este pije mandón. Me volví al bus enojada nuevamente: más encima perder la identidad por culpa de este pastel.
El viaje continuó todo el día y la noche. A la mañana siguiente llegamos a la frontera nuevamente, esta vez de vuelta a Chile. En la aduana nos revisaron todo el equipaje, que en mi caso no era mucho. En la fila me preocupé de ver bien lo que el chino acarreaba en su mochila cuando le tocó el turno de revisión: mucha ropa concienzudamente doblada, alguna guardada en bolsas zipploc, paquetes de fideos chinos, cepillo, pasta, toalla, ni un arma ni siquiera un teléfono celular. Me quedé más tranquila.
En Puerto Natales debíamos cambiar de bus para llegar a Punta Arenas, teníamos 45 minutos. Caminamos un par de cuadras y al parecer recorrimos todo el centro. Natales era un pueblo pequeño, con comercio a la antigua y muchas agencias de turismo. El cielo era de un azul impactante, mucho más que el cielo de la playa o del cajón del Maipo, este era azulino, calipso, igual que el mar en el que nadaban cisnes de cuello negro y unos pájaros como pingüinos pero que volaban.
–    Vamos a comprarte unos lentes de sol buenos, aquí casi no hay ozono – dijo Flavio.

De verdad el brillo a penas me dejaba abrir los ojos, era como estar en un sueño encandilado, en el que las imágenes aparecen de pronto frente a uno.
Mientras Flavio (que ahora se llamaría Alberto Movillo para el resto del mundo) pagaba nuestros nuevos lentes de sol y unas zapatillas hiper tecnológicas para ambos, salí a fumarme un cigarrillo a la calle. Vitrineaba y miraba turistas cuando sentí un golpecito en el hombro, me di vuelta y ahí estaba el chino del bus.
–    Hola Fernanda –dijo en un perfecto español con acento chileno- Tengan claro que no les hemos perdido la pista. Dile a Flavio que puede hacer la transferencia desde cualquier cyber café de la ciudad y después continúan tranquilamente su improvisada luna de miel. Saludos de parte del señor Hao Wei. -sonrrió, se inclinó levemente y pasó por mi lado. Yo no me había movido desde que dijo “hola Fernanda”, estaba petrificada dentro de mis zapatillas nuevas, balaceándome con el fuerte viento magallánico que consumió casi todo mi cigarrillo.

continuará…

Todos los capítulos de “Perseguida

1. Un mail inconveniente

2. El Pije

3. La Huída

4. A la Deriva

5. Laguna Azul

6. Al Natural

7. Friendship

8. Alejandrina

9. El mar está echado

10. Atada

11. 2 millones de dólares