Fernanda y Flavio se pierden en los solitarios archipielagos de la patagonia chilena en el quinto capítulo de “Perseguida, o cómo perdí mi apacible vida“
Por Malva Chacana
Fotos: Marcelo Bernhardt desde Aysen

- Ahora si que cagamos – le dije a Flavio
-Tranquila, si funciona el equipo de radio quiere decir que la batería está viva, esto es igual que una auto, tengo que hacer contacto sin la llave y después echar a andar el motor a mano. Algo cacho de baterías, mi tío tiene casa en Hornitos.
- ¿Dónde?
- Hornitos, un balneario en el norte que no tiene energía eléctrica porque la gente no quiere que nadie más se instale. Todas las casas se iluminan con batería en la noche, cuando es necesario. Sólo tengo que encontrar los cables…
Los encontró debajo del panel. Estábamos cada vez más lejos de la orilla y la voz del Merce chicharreando insultos y amenazas espantosas se escuchaba cada vez más entrecortada. La corriente del río enorme nos estaba arrastrando mar adentro hacia el centro del canal. Luego de un par de intentos jalando de una cuerda que salía del motor, Flavio/Alberto logró hacerlo andar, la lancha se llenó de humo azuloso y rugió potente. Nos abrazamos espontáneamente. Era la primera vez que estábamos tan cerca, pude sentir su olor, era como a piel bronceada, a verano.
- Queda bencina pero no tanta, así que nos vamos a puerto Toro y esperamos a la “21 de mayo”.
No dije nada y lo dejé conducir ese aparato frágil por las acerosas aguas del fiordo de Última Esperanza. Iba como hipnotizada por el golpeteo rítmico de la guata plana de la lancha cabalgando sobre el suave oleaje del medio día.
- ¡Ahí viene la 21! – gritó y me sobresalté. Miré en la dirección que me indicaba y vi una cabeza asomar entre el agua
- ¡Alguien viene nadando hacia nosotros! ¡Debe ser el chino!
- No creo, tranquila, muéstrame. Es un lobito de mar. Calma, por hoy estamos salvados.
Llegamos un poco antes que el barco de turismo al pequeño muelle de puerto Toro. Justo al frente de la hostería. Le explicamos en pocas palabras al capitán lo que había pasado, omitiendo el encuentro con el chino. Le dijimos que en la noche el administrador se había emborrachado y vuelto loco y que había tratado de violarme.
- Ese tipo es un problema para el turismo, desgraciadamente cobra dos chauchas y lo tienen ahí porque les sale barato. No se preocupen, yo los saco a Natales.
- Le agradeceríamos que no comente entre el personal de la hostería que se encontraron con nosotros, fue una situación muy incómoda y estamos pensando en poner una denuncia, ademas tememos por nuestra integridad.
- No se preocupe, no vamos a ir a almorzar allá hoy. Que bueno que se vinieron ustedes para acá. Trajimos box lunch porque andamos con pocos pasajeros y nos resulta más conveniente, además que hemos recibidos varias quejas por la comida. Y si necesitan un testigo, llámenme.
Esa tarde volvimos a Puerto Natales asustados y hambrientos, fuimos a un restaurante y comimos como cerdos: ostiones, congrios, cordero, papas fritas y mucho, mucho vino tinto. Volvimos a registrarnos al hostal de donde habíamos salido la mañana anterior y Flavio bajó a usar Internet mientras yo me desparramaba en la cama medio ebria. Por primera vez en mucho tiempo sentía algo de relajo. Volvió un hora después con dos botellas más de Casillero y una tabla de quesos.
- Ya guapa. Creo que nos compré dos meses más de vida.
Me dio un ataque de risa incontenible y se lo contagié a Flavio, estuvimos mucho rato carcajeando, mientras yo rodaba sobre la cama él hacía lo mismo por el piso. Me corrían las lagrimas y un poco de baba, me dolían los abdominales (hacía mil que no iba al gimnasio y se empezaba a notar) y las quijadas. Flavio estaba colorado como una jaiba y empezaba a parecer un niño. Entre ¡ays! Fuimos parando de reír pero quedamos en un estado medio flotando.
- No puedo creer toda esta historia, no puedo creerla, sinceramente, jamás me había pasado nada similar, en ninguna de sus partes, jamás había estado tan lejos de mi casa, jamás había siquiera hablado con un chino, quizás por teléfono en el call center.. pero jamás… jamás…
- Es insólito de verdad. La cagaron los huevones turbios, ladrones, pero bueno, ya vamos a salir de ésta, de alguna forma. No pueden ser tan omnipresentes como parecen. Lo que hice fue depositar 50 millones de pesos que es mi límite diario de transferencias. Le mandé un mensaje al jefe mafioso explicándole que voy a hacer lo mismo todos los días durante casi tres meses hasta completar el monto. Dejé mi cuenta programada para que transfiera día por medio automáticamente durante dos meses, en ese tiempo se va a ir la mitad de la plata. Mientras, vamos a tomar un barco hacia el norte, nos vamos a bajar en Puerto Edén, un rincón perdido en los fiordos donde viven los kawueskar, unos indios navegantes, a ver si nos conseguimos a alguien para que nos lleve caleteando a perdernos en alguna isla desierta.
- ¿Nos vamos a ir a vivir una isla desierta? ¿Onda Laguna Azul?
- Algo así, pero cagados de frío – dijo aguantando las carcajadas.
- Bueno, que más da, mas vale que piensen que nos tragó el mar, que nos mató alguien por ahí. Lo único que me preocupa es mi familia. – Las risas cesaron como por encanto, se hizo un silencio más espeso que la falta de palabras.
- Lo único que se me ocurre es reprogramar las transferencias para que efectivamente le llegue todo el dinero a este tipo y nosotros desaparecer para siempre, cambiar de nombre y de vida y nunca dar un paso atrás. Olvidarnos no sólo de nuestras familias, sino de las carreras, amigos, cualquier vínculo con el mundo. Empezar de cero.
- Insisto. Qué más da.
Nos tomamos todo el vino y despertamos vestidos, abrazados y con caña.
Era lunes, pero el barco hacia Edén no partía hasta el jueves, así que como primera medida Flavio fue a programar las benditas transferencias hasta completar 14 millones de dólares. Nos estábamos quedando con un millón y un poco más, capital que necesitábamos para empezar una vida nueva según Flavio, demasiado según yo.
Del chino no supimos más, pero yo tenía la certeza de que no podía estar muy lejos. Teníamos tres días completos antes de embarcarnos así que nos dedicamos a comer y beber, hacer compras y seguir bebiendo. El pijecito resultó ser de lo más conversador, y un tipo comprensivo finalmente, un poco desordenado como para compartir pieza con él pero un curado ejemplar.
El martes estábamos haciendo sobremesa eterno en un restaurante junto al borde costero, con una botella de Casa Silva blanco entre los dos después de comer todos los ostiones que nos entraron y fui a un tema que me daba vueltas hacía tiempo.
- La otra vez mencionaste algo de tu polola. ¿Qué onda ella?
- Supongo que tras desaparecer como un delincuente ya no debo tener más polola, pero tenía antes de que esta locura empezara. La Ange.
- ¿Angélica?
- Ángeles, María de los Ángeles. Estuvo como un año en mi U, me tocó mechonearla, pero se salió, está terminando psicología, igual llevamos su resto. Llevábamos. Pero filo, tampoco es como que nos fuéramos a casar. La verdad sea dicha, es que era más bien una relación por costumbre.
- Wuau. ¿Y es cuiquita también?
- ¿Cómo que también, flaitona? – no me ofendí porque se estaba riendo con los ojos.
- ¡Pero si erís cuico po! ¡Entero cuico! Y yo no soy pa na flaite, soy bien normal, de clase media, esforzada pero bien educada. Pa que sepai estoy en isapre no en fonasa. Estaba…
- Qué loco como tenemos que poner todos nuestros parámetros en pasado. ¡Salud por la vida nueva! Ahora nos podremos sacar todas estas chapas de encima.
- Igual siempre vas a haber crecido mas cuico que yo.
- Pero ahora vamos a andar a la par así que córtala con la wueaita. Y si. La Ange es enferma de cuica, no me lo prestó hasta como el tercer año de pololeo, dijo que era virgen pero… pido por abajo. – dijo esto último con los mismos ojitos de risa, escondiendolos en el vino que se estaba empinando.
Así se nos pasaron los días volando, por primera vez relajados.
El miércoles llamé a mi mamá donde el almacenero de la esquina una vez más. Me contó que habían llamado buscándome de una oficina de cobranza pero que no había dicho nada como le había pedido, también habían llamado donde mi hermana. No la había visitado ningún chino pero me confesó que andaba perseguida con todos los ojos rasgados, hasta con los peruanos de la plaza.
- ¿En qué anda metida, mijita?
- En nada mamita, pero voy a seguir desaparecida un rato, va a tener que saber calmarse, las cosas están mucho mejor, pero no voy a poder volver a Santiago, así que tranquilita no más. La llamaré cada vez que pueda. La quiero mucho mamita.
Nos embarcamos el miércoles en la noche, el barco zarpaba durante la madrugada. Flavio había comprado un camarote doble, de los más caros, con ventana, un lujo. Nunca en mi vida había navegado, menos aun en un barco de este porte, con ocho pisos de pasajeros más tres de carga, una cosa enorme. A lo más había dado la vuelta a la bahía de Valparaíso en esas lanchitas con banderas. Me sentía como en el Titanic.
Llevábamos provisión de copete, comida, equipo de camping y ropa para todos los climas, todo liviano y tecnológico, hasta las toallas eran especiales. La noche fue mágica y el amanecer más aun, desgraciadamente duró poco porque al día siguiente desembarcamos en Puerto Edén, un pueblito minúsculo en medio de bosques herméticos, donde la gente tiene cara de depresión profunda y lo que más hay en las
calles es silencio y humo de chimeneas.
Si no viniera de la fantasía dorada de tres días opíparos y una noche holywoodense, me hubiese parecido rústico, encantador, pero la verdad es que me deprimió horriblemente, sólo quería salir de ahí.
- Este lugar es tan precario – explicaba Flavio mientas buscábamos donde alojar – que el único teléfono publico que hay funciona durante algunas horas de la mañana y hay que hacer tremenda cola para usarlo, estaríamos más accesibles en África, pero te anuncio que nos vamos a perder aun más.
- Mierda, por suerte que estamos en Puerto Edén y no en Puerto Infierno.
Encontros una pensión bien rasca a precio de cinco estrellas pero nos quedamos igual, andábamos derrochadores, total donde íbamos probablemente no podríamos gastar nuestros billetes, era más probable que se pudrieran con la humedad antes de que los gastáramos.
En la noche Flavio me pidió que me quedara en la pieza y se llevó una de vino, se fue a conversar con el dueño de la pensión, un viejo mestizo arrugado y oscuro, muy callado, con pinta de borrachín de caleta. Tranzó un precio con él para que nos llevara caleteando hasta Villa O’Higgins en su lanchón de pesca. Debíamos darle la vuelta a Campos de Hielo y meternos por infinitos canales y fiordos que Flavio me mostró en un mapa que había comprado en Natales.
Al día siguiente embarcamos en el lanchón del viejo: un wuater. Era poco más que un bote con techo, un motor fuera de borda y una bodega que quedaba bajo la cubierta: en ella se almacenaba la bencina, los mariscos que por las noches el viejo volvía a tirar al mar en sacos para que se mantuvieran vivos, y ahí también dormíamos los cuatro, con su hijo que también embarcó. No había baño, las necesidades se hacían en un balde de pintura y se tiraban al mar. Era peor que estar en la penitenciaría. Para más remate el viejo no nos hablaba mucho y cada vez que lo hacía deslizaba esa palabrita que ya se me empezaba a hacer conocida
“santiaguinos”.
En esas condiciones nos internamos por fiordos y canales.
Disipada la borrachera de derroche natalino, la belleza de ese entorno empezó a aparecer ente mis ojos finalmente: vi lobos de mar y delfines jugueteando alrededor de la lancha, comí peces que saltaron al sartén aun coleteando, y oí pájaros que me remecieron hasta la última fibra. A veces parábamos por un par de días en alguna playa y el viejo con su hijo descargaban un saco de cholgas de las muchas que a esas alturas habían cosechado para ahumarlas en unas ramadas que ya estaban ahí como esperándolos, se me ocurrió que debía ser una ruta concurrida. Se sentaban los dos junto a un fuego y enhebraban los mariscos con aguja y pastos mientras bajaban litros de chicha y cajas de vino. A penas se hablaban mientras hacían esto, a penas hablaban en general, eran como mecánicos. En todo el viaje no topamos a nadie más, ni en tierra ni en el mar.
El viejo se llamaba Manuel, el hijo nunca supe porque ni siquiera me miraba a la cara. Con Flavio eran un poco más abiertos pero no mucho más tampoco. Habíamos quedado de acuerdo en que uno de los dos siempre tenía que estar cerca de las mochilas porque los habíamos visto mirando con curiosidad nuestras cosas, seguramente esperando que cargaramos provisiones o dinero, y así era. Llevábamos cuatro semanas de navegación aproximadamente cuando nos detuvimos por tercera vez en una playa, la ramada para ahumar mariscos se veía mas derruida que la anterior, era tarde ya y después de ayudarlos a tirar los sacos de mariscos al mar, desembarcamos con todas nuestras cosas y nos preparamos para pasar la noche, el clima había sido benigno todo el tiempo y el mar en los fiordos era muy tranquilo. Armamos nuestra carpa y don Manuel anunció que dado el estado de la ramada, ellos dormirían en el bote. Había una luna brillante y la noche estaba casi cálida. Dormimos regio y despertamos con el silencio. Era extraño no oír a los pescadores afanando alguna de sus muchas tareas: arreglando la lancha, limpiando algún pescado, amarrando o desamarrando algo, el rugido del compresor de aire para el que estuviera buceando mariscos. Desperezamos gozando la paz hasta que nos dimos cuenta de que algo no estaba bien y salimos a medio vestir de la carpa para encontrarnos con que el lanchón no estaba, tampoco estaban las cadenas de cholgas colgadas sobre la hoguera, ni rastros de los pescadores, nos habían abandonado en esa playa perdida en la última frontera de nada con nada. Tecnología y provisiones más, esto era exactamente como la Laguna azul pero en Aysen.
continuará…

21 Diciembre, 2009
7 Diciembre, 2009
5 Diciembre, 2009
11 Noviembre, 2009

O Comentarios en "Laguna Azul"
Comenta ahora!