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Texto y fotos por Bronce Romano

Nunca dejaron de existir. Algunos ilusos creyeron que recuperar el derecho a voto también significaba la desaparición de todos los tentáculos de la opresión. Pero no fue así. Lo cierto es que al nuevo Chile le acomodaba bastante aquella industria de la vigilancia que había levantado Pinochet. Claro, algunos chivos expiatorios debieron pagar con cárcel sus “excesos”, pero tras bambalinas la dotación de policías en las calles crecía por miles cada año, el presupuesto destinado para combatir la delincuencia se multiplicaba gobierno tras gobierno, y la tecnología del espionaje se perfeccionaba a pasos agigantados, impulsada por la moda mundial anti terrorista que literalmente explotó después del 11 S. Es por eso que el oficio del soplón nunca quedó en desuso. Al contrario. En una o dos ocasiones la ANI (agencia nacional de inteligencia) publicó avisos en diversos diarios, ofreciendo puestos de trabajo para profesionales de las ciencias sociales, sin duda alguna, los mejores “sapos”, como se les llama en este lugar a quienes se infiltran y conviven camuflados allí donde surgen las ideas, donde el ser humano hecha a volar su imaginación, donde bulle el potencial creador y transformador de los jóvenes, en fin, en los recintos de la insurrección.

Las fuerzas de la ley y el orden hacía meses que sabían de la existencia de La Escena, pero no habían querido reventarla pues creían que tarde o temprano podrían sacar algún provecho de lo que allí se conversaba y tramaba.

Fue uno de los tantos comensales que llegaba cada noche, uno de aquellos a los que se les invitaba personalmente con mensajes de texto en sus teléfonos celulares. El les comunicó a los detectives a cargo de la investigación lo que había sucedido esa noche y como Andrés López había amenazado de muerte a Maximiliano Edwards.

La PDI no tomó en cuenta de inmediato estos informes porque seguían otra pista relacionada con extorsión y grupos de activismo anarquista. Pero cuando Maximiliano apareció muerto, todas esas pistas de desinflaron y rodaron cabezas al interior del cuartel. Muy pintor callejero podría haber sido, algunos incluso lo llamaron “graffitero”, pero al fin y al cabo estábamos hablando de un miembro de la familia Edwards. Era como si hubiera fallecido un sobrino lejano del rey. Y todos sabemos a quien le debe lealtad la policía. No podía quedar así, alguien tendría que pagar esa infamia.

Un día después de la muerte de Nod clausuraron La Escena. No vincularon directamente al bar con las causas del asesinato, pero en la edición central de las noticias del 9 dedicaron una sección completa a desenmascarar el oscuro mundo de los clandestinos en Santiago Centro, caracterizándolos como supuestos focos de delincuencia, microtráfico y venta de alcohol a menores. Muy amarillista como siempre.

Se había podrido todo para el graffiti y el arte callejero. Nadie hablaba del tema, pero todos sabíamos que nunca volvería a ser lo mismo. Los pacos iban a estar más aguja que nunca. Ahora tenían una excusa para reprimir, arrestar, allanar y desarmar centros culturales, boicotear festivales al aire libre o todo lo que oliera a “no oficial” o contracultura.

Fuimos a tocar la puerta a la oficina de Gino pero no estaba y no pudimos ubicarlo en ninguno de sus números. Se lo había tragado la tierra. ¡Que chucha íbamos a hacer ahora!

Para variar, no me quedaba ni un peso en el bolsillo. El Shinto me acompañó al cajero y rescaté las últimas diez lucas de mi cuenta de ahorro. Lo invité a comer un as italiano con queso para olvidar esa inminente condición de pobreza que aguardaba por mí a la vuelta de la esquina.

Iba en la segunda mascada cuando sonó mi celular. Era un mensaje y el número no estaba registrado.

Hey! Kieres saber q paso con tu amigo el Abad? Hoy a las 10 en el galpón de La Maestranza. Anda solo.

Un pedazo de tomate se me fue por el camino viejo y casi me ahogo. Empecé a toser como si me fuera a morir. El Shinto tuvo que pegarme fuerte en la espalda para que pudiera escupirlo. Saqué un par de lucas y se las pasé para que pagara la cuenta. Me fui de inmediato. No tenía idea donde quedaba esa maldita Maestranza pero tenía unas cuantas horas para averiguarlo. Si existía alguna posibilidad de encontrar a mi amigo, entonces este era el momento para jugársela. Se lo debía a su hermano chico.

-    ¡Hey Bronce, que weá loco!
-    Después te explico Shinto ¡Por favor llama al hospital para saber cuando dan de alta a la Claudia! –

Arrebatado como siempre, debería haberle contado. Shinto siempre tenía consejos juiciosos y me bajaba las revoluciones.

El negro es el color del terror, de la sorpresa y el impacto. Cuando los criminales lo ven al alba entonces saben que no hay nada que hacer y que deben rendirse. Así lo describía el teniente Jorge Cataldo de Operaciones Especiales, también conocido como “El Perro” entre sus subalternos de cuartel.GREECELAWLESSVILLAGE

Una vez que la inteligencia reunió los antecedentes que individualizaban a los sospechosos en los asesinatos de graffiteros y en el secuestro de Maximiliano Edwards, se dio la orden de allanar tres domicilios en distintas partes de Santiago. Uno de ellos correspondía a la casa de Andrés López ubicada en la población Conquista del Morro en la Comuna del Bosque.

La operación fue programada un cuarto para las cinco de la madrugada, la hora del quinto sueño. Justo antes de que empiecen a cantar los pajaritos. Entonces se incrementa la efectividad y el trauma del ingreso en función de neutralizar al “objetivo” y contrarrestar su capacidad de resistencia.

Un carro celular  de la policía, una camioneta de civil y una radiopatrulla se estacionaron a dos cuadras de distancia. No había gente en las calles salvo un grupo de drogadictos esperando asaltar a algún madrugador, pero huyeron en el acto.

Nueve soldados con pasamontañas, cascos y chalecos antibalas bajaron armados de pistolas automáticas y sub ametralladoras. Un décimo soldado más fornido cargaba con el ariete. El teniente Cataldo iba al frente dando instrucciones silenciosas y asignando posiciones con sus manos. Apuraron el paso a través de los angostos pasajes hasta que llegaron al punto crítico.

El plan era bastante simple pero no admitía descoordinaciones. Dos soldados subieron al techo de una casa vecina y desde allí cubrieron las posibles vías de escape.

El que llevaba el ariete se apostó junto a la puerta principal y recibió la ayuda de un compañero. El teniente dio la orden y a la cuenta de tres echaron abajo el portón metálico. En un par de segundos estaban todos adentro gritando, sembrando el pánico y pillando a todos los moradores por sorpresa. Los perros del barrio comenzaron a ladrar agudizando aun más el escándalo.


A punta de golpes e insultos  juntaron al núcleo familiar en el comedor. La madre y sus cinco hijos.

- Aquí está el que buscamos mi teniente- Dijo uno.

Mientras un grupo de soldados daba vuelta la casa buscando evidencia, el teniente y dos más escoltaron a Andrés en calzoncillos y lo metieron en la parte trasera de la radiopatrulla.

-    ¡Pacos culiáos fascistas! ¡Me están cargando! ¡No van a encontrar ni un pito en mi casa!  Si le hacen algo a mi mami…

No alcanzó a terminar la frase pues un certero rodillazo en las costillas le quitó el aire y las ganas de seguir alegando.

El operativo no tardó más de diez minutos, pero siempre podría durar menos. Algunas dueñas de casa se asomaron para ver que sucedía, luego salieron los más jóvenes y entonces la cosa se puso complicada. Primero fue una, luego dos y entonces una lluvia de piedras comenzó a caer sobre las cabezas del escuadrón. Cuando rompieron los vidrios de los vehículos policiales, el más joven de los soldados, evidentemente estresado, sacó una escopeta de su bolso y comenzó a disparar bombas lacrimógenas contra la turba.

-    ¡Sube hueón! ¡Larguémonos de aquí! – Gritó el teniente.

La camioneta avanzó hasta el pasaje, frenó en seco, rescató al solitario tirador y se fueron a toda velocidad rumbo a la comisaría.

No me gustó mucho comprender que la misteriosa Maestranza quedaba cerca de San Bernardo yendo por la vía del Metrotren. Claro que la conocía. Se trataba de una estructura enorme de cemento y fierro que en su tiempo había sido utilizada como corral de vagones y centro de mantención del tren al sur. Desde hace unos años se hallaba en  desuso y era un verdadero basural. También se había transformado en una galería improvisada del arte callejero. Sus paredes y columnas monumentales se hallaban saturadas de bombas, tags y también de producciones, con personajes muy extraños, altísimos, mutantes y ultra locos. Dependiendo del punto de vista con el que se mirara, podría haber sido un lugar increíble, ideal para grabar un video clip. Pero también era cierto que daba miedo. Ni en mis peores borracheras se me habría ocurrido ir allí de noche.

Cualquier otro habría llamado a la policía o habría hecho una denuncia. Pero yo no era cualquier otro. No me caracterizaba por pensar racionalmente o por tener las mejores ideas. Además había heredado de mi padre una extraña fobia hacia todo tipo de personaje uniformado. Recuerdo cuando era chico, cuando iba por la calle con mi viejo y el daba media vuelta o doblaba en u apenas veía una patrulla o la luz de una baliza. Debe haber sido algún trauma de que le dejó la dictadura. Nunca me dio detalles, pero se que era muralista del MIR. Parece que una vez estuvo preso y antes de eso llegó a estar a cargo de todo su grupo en la Facultad de Artes de la Chile, no porque fuera un tipo importante en la jerarquía, sino porque todos los demás ya estaban muertos o los habían sapeado. Bueno, la cosa es que, al igual que mi padre, yo no podía ver a los pacos. Me repugna la yuta a más no poder y jamás los habría llamado para avisar que tenía una pista del paradero del Abad. En vez de eso me conseguí un arma, pero solo para usarla en mí auto defensa. A todas luces esto era una trampa. No era tan iluso. Parecía como si los acontecimientos de los últimos meses, los asesinatos de los graffiteros, mi propia historia en La Escena, Nod, el Abad… todo parecía insanamente conectado. Y ahora era evidente que algún enfermo, alguien pitiado de la mente me la quería hacer, me quería involucrar en toda esa mierda. Pero no se la iba a llevar gratis. Si le habían hecho algo al Abad, entonces iban a volar las patadas y los combos. Pero no se asusten. No soy de los que matan, pero si de los que cobran venganza. Además, de mi madre había heredado una aguda intuición estomacal, y en ese momento las tripas me decían que el Abad estaba vivo.

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Ígneo abrió los ojos y tardó unos cuantos segundos en recordar el lugar en el que se encontraba. No podía enfocar bien las cosas, sentía sus parpados pegajosos e irritados. Estaba sentado. Quiso mover sus brazos pero algo se lo impedía. Al hacer ese esfuerzo sintió cómo un dolor horrible recorría cada centímetro de su cuerpo. Pudo distinguir una sombra que se acercaba. Poco a poco sus bordes comenzaron a definirse, la luz y la sombra dieron paso a un torso, ropas y  un rostro masculino que lo escrutaba de cerca. Una luz verdosa recorrió su ojo derecho y luego el izquierdo. Entonces un chorro de agua helada lo impactó directo en la nuca y lo hizo volver en sí.

-    Ya está despertando mi teniente

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que los policías irrumpieron violentamente en su hogar? No era posible asegurarlo, al menos no lo era para Ígneo. Podían haber sido unas cinco horas, un día o incluso dos.

¿Cómo estará mi mami  y mis hermanos? Se preguntaba.

Una segunda sombra se le acercó. Ahora ya podía ver con un poco más de nitidez. Se trataba sin duda del Teniente Jorge Cataldo.

-    Mira hijo. Podemos estar en esta pieza por mucho tiempo más. Depende de ti que nos vayamos todos para la casa. Ya sabemos que fuiste tú. Hay testigos que te vieron amenazando a Maximiliano en ese bar que frecuentaban.
-    Pe… pero… ya les dije que no fui yo. No tengo idea de que me están hablando.- Dijo casi llorando.

El primer hombre que se le acercó le dio una fuerte bofetada y luego con la misma mano lo agarró de la mandíbula inferior obligándolo a mirar al teniente de frente.

-    ¿Y si no fuiste tú entonces quien? Te aseguro que de aquí no nos movemos sin un nombre. Mi trabajo depende de eso ¿O tú quieres que pierda mi trabajo?
-    No, no, no, claro que no.

Ígneo no sabía que Nod había sido secuestrado y luego asesinado. Tuvo que deducir una serie de acontecimientos en un contexto de mucha presión. Atando cabos comprendió que, efectivamente, el parecía ser el principal sospechoso. Pero había un detalle que aun no amarraba al resto de la cadena.

-    ¡Hey! ¡No! ¡Esperen! Ya recordé algo. Había un tipo esa noche, uno raro. Se sentó con nosotros, vio la pelea y después nos acompañó en el taxi.
-    ¿Y de pronto te acuerdas de el?
-    No se como se me había olvidado. Me dijo que le daría una lección a Nod, o algo así. Que me haría un regalo.
-    ¿Y como era? ¿Cómo se llamaba?
-    No tengo idea, usaba lentes oscuros y un gorro. Dijo que se llamaba Cobre… ¡No! Bronce, si eso, que le decían Bronce.
-    ¿Y esperas que me crea esa mierda?
-    Los cabros que iban conmigo en el taxi lo pueden confirmar. Tal vez el chofer también se acuerda.
-    El barman de La Escena era conocido como Bronce en el ambiente mi teniente. Estaba allí esa noche. – Dijo el subalterno
-    ¡Si, si! ¡Ese!- Gritó Ígneo.

Tan solo pensaba en su madre y sus hermanos.

Continuará…

Capítulos previos de Toy Killah

1. La escena

2. After Hour

3. El agua busca su curso

4. Todo movido

5. De Viaje

6. Los arcanos

7. La Coartada