Una serie de muertes violentas rodea la escena grafitera de la capital, Bronce ya no puede dormir tranquilo, su vida está enrarecida por la desaparición de su amigo y la aparición de su ex con sus malos habitos, todo en el 5° capítulo de “Toy Killah“

Llegué a casa a eso de las 10. Al entrar pude comprobar que Claudia conservaba los mismos hábitos. La encontré dormida en el sillón del living y junto a ella estaban desparramadas las evidencias de su antiguo vicio: la jeringa y el frasquito de ketamina. Pensé que la había dejado, pero no. La ketamina es una droga de moda entre los electrónicos y los cuicos reventados. Es una anestesia para animales y es como la versión barata de la heroína, aunque sus efectos son muy distintos. Es más que nada sentir el placer tránsfugo de pincharse la vena. Es tan tóxica como la pasta, pero posee una connotación de alto vuelo, un estilo rockstar. El ex novio de Claudia consumía esa mierda y por eso era tan piante. Varias veces Claudia me llamó drogada, a veces a las tres de la mañana, llorando porque le habían sacado la cresta. Después cuando iba a su departamento para ayudarla me gritaba desde la ventana y me decía que me fuera. En una ocasión me tiró un vaso de whisky y me cortó la ceja. Ese fue el fin, hasta ahora.
Le saqué las zapatillas y la arropé para que no pescara un resfrío. Fui a la cocina a calentar algo de comida china que sobró del día anterior. Abrí el refri. Mi huésped yonki había preparado jugo de pomelo, me serví un vaso. Subí a mi pieza y empecé a pedir información a mis contactos sobre el paradero del Abad. Nadie sabía nada. Su hermano chico seguía siendo el último en verlo con vida.
Desde hacía un tiempo ya no usaba mis lentes ópticos, no por vanidad sino por la profunda crisis económica que se había dejado caer en mi hogar: No tenía el dinero suficiente para comprar unos nuevos. Por esa razón no soportaba mucho tiempo mirando el monitor del computador, me dolía la cabeza. Reclinado en la silla con ruedas me impulsé y me alejé del escritorio. Algo extraño pasó: El impulso fue desmedido y la silla me llevó muy lejos. Lo curioso era que mi pieza no medía más de dos metros de ancho. Era absurdo y yo estaba conciente de eso. Me dio un ataque de risa. La silla seguía girando. De pronto me encontraba de pie en el baño mirándome frente al espejo. No reconocía mi rostro, era como si fuera otra persona. Luego de un instante me encontraba en el patio junto al naranjo. Todo sucedía en escenas, como en una película, sin cámara continua.
El naranjo era un árbol muy viejo, ya estaba cuando arrendamos la casa. Me pareció realmente hermoso, sus hojas de un verde oscuro parecían muy firmes y saludables. Una fila de hormigas subía y otra bajaba por su tronco y se tocaban con sus antenas al encontrarse.
- Nunca he probado tus naranjas amigo, cuando me duela la garganta lo haré – Dije en voz alta.
- Deberías hacer jugo Bronce. Los cítricos ayudan en el viaje. Pero mejores son los pomelos –Respondió Claudia. Estaba detrás de mí y llevaba una frazada que cubría su cabeza y el resto de su cuerpo. Un destello violeta fosforescente delineaba los contornos de sus ojos.
- Te pareces a la Virgen.
- Eso es lo que soy.
- ¿Qué tenía el jugo que saqué del refri? Me siento muy dopado, pero bien.
- Ese menjunge es una receta familiar.
- Puta que eres cuática Claudia, no has aprendido nada de …
- ¡Shhhhhhhhhh! ¡A callar! Levántate porque vamos a caminar pedacito de cobre.
- ¿A esta hora? ¿Y a donde quieres ir?
- Al parque ¿Dónde más? ¡Poh, poh, poh! – Comenzó a molestarme imitando los movimientos y sonidos de una gallina. La pantomima fue ejecutada con perfección, casi parecía que iba a poner un huevo. Era una escena muy graciosa y ridícula, aunque no por eso Claudia dejaba de verse sexy. La seguí en su juego. No debería haberlo hecho, pero como dice Shinto “el debería no existe, es el artilugio lingüístico mediante el cual vislumbramos el pasado intentando manipular los acontecimientos”.
No solo está la escena consolidada, que cuenta con apoyo del estado, de universidades, alcaldías y otras instituciones, lujosas galerías del sector oriente o salas de exposiciones en el primer piso de edificios corporativos. Existe también una escena que sobrevive bajo tierra, amparada fundamentalmente en la autogestión. Dentro de ella se desenvuelve un círculo heterogéneo de jóvenes artistas. Están aquellos que coquetean con el orden imperante esperando algún día ganarse el Fondart o el Altazor. Otros en cambio prefieren ir un paso más allá, siempre rupturistas, insolentes y sarcásticos, buscan la vanguardia en publicaciones extranjeras y en los flickrs de algún polaco o tailandés desconocido al cual se le pueda copiar sin ser descubierto. Son los que quieren vivir una temporada en Europa y miran en menos la inocencia provinciana de esta larga y estrecha franja de tierra. Por último están los que reactualizan el folclore y se inspiran en la creación popular del Chile profundo, son investigadores, observadores y recolectores como lo era Víctor o la Violeta. En ellos se conjuga el discurso social, el proyecto político y la imaginación. Un centro cultural que agrupaba a varios de este último tipo era la ocupa de Av. España 505, el cual se preparaba para abrir sus puertas al barrio con una muestra de graffiti realizada en los muros interiores de la enorme casa. Ese día viernes por la noche los escritores de graffiti estaban retocando y agregando detalles en el segundo piso. El volumen del rap que animaba la sesión era muy alto, por eso no escucharon cuando la pareja de sombras ingresó tranquilamente por la puerta principal. Ella esperó apoyada en el portal, fumando mentolado vio con desgano como su compañero escondía el artefacto explosivo en el fondo del pasillo. Con esa bomba casera se hizo presente en la exposición una obra titulada “tha toy killa” que una hora después derramó en las paredes la sangre y las vísceras de cinco personas.
Desperté en mi cama, boca arriba. Los rayos de sol que entraban por mi ventana me indicaron que era pasado el medio día. No tenía dolor de cabeza ni rastros de una resaca, pero me sentía profundamente cansado y sin energía, no podía ni levantar el cuello. Recordé salir con Claudia la noche anterior e ir a caminar al parque Pucará. Aquel parque se encuentra cerrado durantes las noches pero yo conocía una manera de entrar utilizando como apoyo la pandereta de una casa aledaña. Antes de entrar nos besamos, en un tramo de la calle donde los árboles tapan los focos y la oscuridad es total. Recordé ir mirando al suelo para no pisar algún caracol, y que Claudia sacaba unas flores blancas y alargadas para sorber su néctar. Mi defecto de la visión desapareció, o eso imaginé. Pude distinguir los pájaros durmiendo en sus escondites de altura, a los gatos escabulléndose sobre los techos y las cucarachas hurgando entre las baldosas. Pero ahí acababan mis recuerdos. No sabía que pasó luego ni como había llegado a mi casa. Miré hacia la izquierda buscando mi celular sobre el velador. Al tomarlo vi mi mano manchada con sangre. Sentí pánico. Me incorporé de inmediato. Todo mi torso estaba manchado y las sábanas también.
Las reacciones no se hicieron esperar. El clima social estaba bastante convulsionado y las autoridades no estaban dispuestas a ceder terreno al caos y la incertidumbre. Por ese entonces los medios de comunicación se empeñaban en levantar una atmósfera de temor en la ciudadanía fomentando en sus líneas editoriales crónicas dedicadas a una delincuencia supuestamente fuera de control, bombazos en sucursales bancarias o McDonalds ligados a la reactivación de células anarquistas o antisistémicas, el lumpen vandálico infiltrado en las protestas estudiantiles o la toma de terrenos en predios de la Araucanía. Desde el fin de la dictadura que el graffiti no era considerado un problema grave; incluso existía una creciente tolerancia y aceptación institucional hacia las manifestaciones del arte callejero. Pero eso no iba a seguir así por mucho tiempo. El fatal incidente en Av. España, el secuestro de Maximiliano Edwards y la muerte de dos jóvenes graffiteros en las inmediaciones del metro fueron razones más que suficientes para activar procedimientos de inteligencia al interior de la policía de investigaciones, pues lo que en un principio fueron casos aislados ahora parecían peligrosamente conectados.
¡Conchesumadre! ¿Qué mierda pasó aquí? – Fueron mis primeros pensamientos después del impacto. Claudia no estaba en mi habitación, ni tampoco estaba en las demás habitaciones de la casa. Tampoco se encontraban los otros arrendatarios por lo que aun tenía tiempo para solucionar lo ocurrido sin que alguien se enterase, fuera lo que fuera. A veces, en situaciones de extremo strees (como aquella) afloraba en mí un mecanismo de defensa lógico que anulaba toda sensibilidad o pensamiento que obstaculizara tomar decisiones ejecutivas. Lo primero que hice fue limpiar el desastre en mi cama. Boté las sábanas a la basura y todo lo que no se pudiera recuperar. Después trapeé el piso y busqué otras manchas en la casa pero parecía que el único lugar donde se había derramado sangre era en mi pieza, lo cual era muy raro. Una vez en la ducha me calmé un poco e intenté reconstruir los hechos de la noche anterior. Sentí miedo porque la pregunta principal no era qué, sino de quien era toda esa sangre. Todo parecía sacado de una novela de Norman Mailer. Necesitaba contárselo a alguien que no me juzgara, alguien que me ayudara.
Salí en busca de un teléfono público y llamé a Shinto. Mientras esperaba a que contestara vi en el titular de un diario una pequeña reseña sobre la desaparición de Nod. Todo iba de mal en peor, igual que el invierno.
Los movimientos, las modas y las tendencias fluyen como un torrente que se derrama en el mundo gracias a los medios de comunicación masivos como son el cine, la televisión, la prensa escrita y por sobre todo Internet. Es así como la globalización se materializa, primero incrustándose en las clases medias y luego expandiéndose al resto de los estratos sociales. Pero no siempre sucede así, de manera anónima y generalizada. En ocasiones existen personajes reales, con nombres y apellidos que se encargan, tal vez sin proponérselo, de difundir conocimientos trasatlánticos o intercontinentales. Son portadores de cultura y por eso al viajar van dejando pistas, rumores de lo que sucede, lo que se dice, se usa, hace, come, fuma y escucha en los distintos epicentros del imperio. Suele ser el caso de lo hijos de exiliados políticos en Latinoamérica. Individuos que nacieron y crecieron en países europeos y luego (algunos) retornaron junto a sus padres una vez que las dictaduras ya habían retrocedido. Era el caso de Marco Almeyda, también conocido como Shinto. Vivió hasta los catorce años en Austria y llegó a Chile el 92. Nunca supo adaptarse nuestra idiosincrasia sexualmente perturbada. – Cuando recorrí la Alameda por primera vez, una de las cosas que más me llamó la atención fue la enorme cantidad de penes dibujados en las paredes. Algún trauma tienen los chilenos con el pico –Le comentó una vez a Paloma, su novia de la escuela.
Siempre fue un adelantado en lo que a estética se trataba y también era uno de los mejores dj en Santiago, un especie de Ricardo Villalobos de bajo perfil. Sin embargo nunca se sintió muy cómodo en el circuito local ya que en Chile, a diferencia del lugar en el cual Shinto nació, la música electrónica es signo de distinción, por lo tanto es un capital dominado por la clase alta, o en palabras simples “es gusto de cuicos”. Para Shinto la electrónica no era una moda sino un estilo de vida, parte de su identidad y su cultura.
Fue un marginal mientras estudió en la Universidad de Chile pues mientras todos escuchaban a los Fiscales Ad Hok, Mauricio Redolés y Sol y Lluvia o hablaban de Bororo y Benmayor, Shinto vivía en otra dimensión. Lo suyo eran las máquinas, el tecno, el animismo digital, el wabi japonés o como el llamaba “la belleza de lo imperfecto”, Alfredo Jaar, Hundertwasser, Alva Noto, los jardines de luces artificiales y cosas por el estilo. Por eso pasó a ser uno de los freaks que pululaban por los pastos de Juan Gómez Millas. La mayoría de las veces estaba solo, ensimismado y aparte, en algún lugar al otro lado de sus audífonos.
- ¿La llamaste?
- Fue lo primero que hice.
- ¿Y?
- Su celular está apagado.
- Suena como algo grave. La perdiste y no sabes de donde salió la sangre.
- Lo sé Shinto, no tienes que recordármelo, estoy al borde del colapso.
- ¿Conoces a sus amigos? ¿Sabes en que otro lugar podría estar?
- Si se fue a mi casa es porque no tenía otro lugar a donde ir.
- O tal vez era una excusa para volver a estar contigo.
- No se que pensar.
- ¿Y su ex? ¿Sabes donde vive?
- Si pero… espera.
- ¿Qué pasa?
- Me estoy acordando de algo. ¡Creo que anoche vimos a Javier! ¡Estuvimos con el! ¿Pero como es eso posible?
- Calma, calma. Eso es lo que vamos a hacer ahora. Vamos a escarbar en tu cabeza y vamos a ordenar los acontecimientos, como las escenas de un guión. Yo te voy a ayudar.
continuará…

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