Cuando llueve en Santiago las paredes se mojan y los artistas del muro se sumerjen bajo tierra con sus brochas y latas. La tranquila vida de Bronce se empapa de misterios en el tercer capítulo de “Toy Killah

Texto y fotos por Bronce Romano

“Todo es distinto desde aquí arriba, has la cuenta de todas las esquinas, miles de luces alumbran las avenidas mientras la gente está dormida” reza una lírica del mc Tremendo Menda. Era la escenografía que envolvía el drama protagonizado por aquellas tres sombras felinas, ágiles y sigilosas, la historia tramada en la profunda noche.

Sudando de ansiedad y disfrutando el sabor narcótico de la adrenalina, tomaron sus pesados bolsos, un par de baldes y cruzaron rápidamente la autopista. Se agacharon unos segundos haciéndose invisibles cuando pasó un automóvil policial a toda velocidad rumbo al sur. Sortearon una reja de metal, bajaron con cuidado e ingresaron al sector de los rieles de la vía subterránea. Una cabina con cables iluminada por la luz violeta de unos tubos alójenos indicaba dónde fallaban las cámaras en su misión de seguridad. Caminaron uno tras otro a través de la estrecha vereda de cemento, lentamente al principio, imaginando los miles de voltios que les esperaban si perdían el equilibrio, un poco más rápido luego de ganar confianza. El primero de la fila encendió una linterna y entraron al túnel rumbo a Los Héroes. El más joven del grupo iba último. Fue él quien escuchó pasos unos metros más atrás. Se detuvo intentando discernir los rasgos del que se acercaba. Alguien los seguía y conocía el plan que iban a ejecutar, la empresa bandida, pero no era precisamente la policía.

Ya en esa época del año comenzaba a llover feo en Santiago. La ciudad se mostraba desnuda en toda su majestuosa desigualdad. Mientras que el centro y oriente de la ciudad se mantenían en relativa normalidad, las periferias sufrían las inundaciones, anegamientos y barriales. Eso pasa cuando la especulación inmobiliaria juega con las venas de un valle maldito como el nuestro: tarde o temprano el agua busca su antiguo curso dejando muerte y destrucción a su paso.

En tales condiciones ni siquiera las treguas del cielo significan un alivio pues es sabido que después del chaparrón cae la horrible helada.

Esto se traduce en un alto al fuego en la guerra que se desarrolla en las calles ya que las paredes húmedas no se llevan bien con la pintura. El invierno es la estación del boceto en el cuaderno, de las tardes de humo, de la camba, la tela y la introspección en el estudio. Pero no para todos los pintores, no para los más inquietos o pelusones.

La noche anterior habíamos tenido una juerga legendaria en La Escena. Cerca de las nueve de la mañana me fui a casa (en ese tiempo vivía en Marín: “la calle de los moteles”) con mis hermanos ZPC. Desperté en la cocina con una cerveza llena y abierta en la mano, sin gas claro. Mi socio, Pintó, se encontraba en el segundo piso tomando té y fumando un cigarrillo. Estaba re diseñando mi habitación, dibujaba con esmalte negro una versión gigante de un cuadro suyo titulado “Dos sacos de huevas unidos por el mal gusto” que básicamente consistía en un par de siameses asquerosos vestidos con chalecos de rombos y corbatas. Tenían el signo peso impreso en la cabeza y desde un orificio en sus sienes salían moscas simbolizando lo hueco y estúpido de sus vidas. Hipso estaba en el living jugando Grand Theft Auto “San Andreas”.

Fui al baño con el laptop para revisar mis cosas en Internet. Me dio un dolor de guata terrible al leer el resumen de una crónica roja acerca de la muerte de dos escritores de graffiti que supuestamente se vieron involucrados en una bronca de pandillas rivales. El hecho había sucedido dos noches atrás al interior de la estación del metro Toesca en donde se produjo una balacera fatal a eso de las cuatro de la madrugada. No supe realmente de quienes se trataba porque la noticia solo citaba sus nombres reales y yo solo conocía chapas, solo me sabía el nombre de mis más cercanos.

Todo parecía muy extraño, un tanto sensacionalista. –Periodista culiao- Pensé. Los escritores de graffiti en Santiago nunca o muy raras veces se metían en hechos de violencia. Eso pasaba en los años 90 cuando estaba de moda el rap y los cabros chicos escuchaban 2pac. Las pandillas y las crews son cosas distintas. La lucha del graffiti se resuelve en los muros. Algo me olía a podrido y no era precisamente lo que estaba haciendo en ese momento en el WC. Ni siquiera imaginaba lo que vendría después. Estoy hablando de un par de semanas antes de que mataran a Nod, ahí sí que quedó la mansa cagada y se produjo una especie de pánico colectivo con todo lo que tuviera que ver con el arte callejero y el graffiti… pero bueno, creo que me estoy adelantando un poco pues cosas aun más desconcertantes se sumarían a esta historia.

En ese momento sonó el citófono -¡Te buscan!– Gritó el Hipso desde abajo. Bajé, tomé el auricular y cuando escuché esa voz no supe cómo reaccionar, casi me da un ataque o un soponcio, me puse helado. Era Claudia Tellez.

No sabía nada de ella desde hacía un año o año y medio, desde que habíamos terminado o más bien desde que ella me había terminado. Fue uno de mis amores en la universidad, uno de esos que te dejan cagado y pegado. Ella estudiaba danza pero nunca terminó. Realmente no necesitaba un título que acreditara el don con el que había nacido. Recuerdo el día que la conocí. Fuimos al Bella con unos amigo, a la Maestra Vida y Claudia interpretaba un baile afro con un candelabro y una vela encendida en la mano. Me dejó hipnotizado. Me pareció una mujer poderosa, que manejaba su cuerpo con absoluta libertad, destreza y gracia. Se movía al ritmo de los tambores con los ojos cerrados, parecía que nada le importaba, que nadie más existía en ese momento, estaba como poseída – Tengo que hablarle, tengo que conocerla – Me dije.

- ¿Me vas a abrir o qué? Está lloviendo y tengo mucho frío.

- Si, si claro disculpa.

No supe cómo prepararme, fue demasiado sorpresivo. Abrí la puerta y allí estaba con su hermoso pelo largo mojado color azabache contrastando con su piel blanquísima como la nieve. Me miró con expresión seria, con esos ojos negros y achinados que siempre me gustaron y sin más entró en mi casa como si fuera suya. Olía a perfume y a humo. Mis amigos se despidieron pensando que querría estar solo.

- ¿Tienes algo caliente que me convides? ¿Un café o una agüita? Estoy muerta de frío.

Le pasé una toalla para que se secara y le serví un café con leche. Mientras calentaba el agua en la cocina intenté pensar en algo que decir pero no pude, estaba en blanco. Se sentó en un cojín grande sobre la alfombra del living y bebió en silencio hasta que lentamente el color comenzó a poblar sus mejillas. Evitaba mirarme de frente.

- Se te ve bien Bronce, has subido de peso.

- Si es cierto, en mi caso creo que eso es un piropo pues antes estaba en los huesos.

- ¿Y sigues escribiendo? ¿Estás trabajando?

- Últimamente no he podido escribir nada, creo que estoy pasando por uno de esos vacíos creativos. Además estoy trabajando de noche en un bar y eso desgasta bastante, me levanto muy tarde y todo mi tiempo antes de salir lo invierto en vagar y escuchar música. El Shinto dejó un par de tornas y el Denon así que puedo entretenerme mezclando. ¿Y tú? Lo último que supe de ti es que estabas dando clases de yoga en ese centro cultural de La Granja.

- Este año no pudimos conseguir fondos para seguir financiando la casa así que de momento estoy buscando pega.

Entonces me la soltó, ocultando la mirada, con falsa vergüenza. En el fondo yo intuía por qué estaba en mi casa. Era la Claudia de siempre, más atractiva tal vez, pero la misma. En algún tipo de problema se había metido, seguramente había discutido con el artista que tenía por novio. De otra forma no habría acudido a mí.

- Voy necesitar que me hagas un favor. No vendría para acá si no fuera una emergencia, sabes que no tengo a nadie más en Santiago.

- ¿Y que pasó con tu novio el pintor?

No debí haber dicho eso pero el sarcasmo brotó desde mis poros. Claudia no respondió, como nunca lo hizo ante mis comentarios de ese tipo. Ella si sabía comportarse, venía de una buena familia. A su lado yo parecía impulsivo y violento, un poco bruto. Luego dijo:

- Solo serán unos días, hasta que arregle mis cosas, no más de una semana. Luego volveré a la casa de mis padres en Valdivia o arrendaré algo en Niebla, aun no lo sé.

- Sabes que si, Claudia. ¿Crees que te voy a decir que no? El Shinto ya no vive aquí, ahora es exitoso y vive solo en un departamento en el Forestal. Su ex pieza aun no tiene ocupante así que puedes quedarte ahí por mientras.

Entonces me miró de frente y sonrío. Cuando sonería sus ojos de niña casi desaparecían formando una línea, eso me encantaba. Estaba bellísima. Obviamente me fijé en el moretón que tenía entre el ojo derecho y el pómulo.

- Gracias, iré a buscar un par de cosas entonces, un poco de ropa. Volveré en la noche y entonces te cuento con más detalle mis problemas.

- No tienes que contarme nada Claudia. Te pasaré un par de llaves para que puedas entrar porque seguramente a esa hora estaré en La Escena sirviendo tragos.

Mil cosas pasaban por mi cabeza mientras viajaba al trabajo. Lo de Claudia me había dejado descolocado. Aunque el cálculo racional indicaba que todo saldría mal y que su llegada solo me traería más problemas, la verdad es que inconscientemente, de vez en cuando yo mismo me buscaba los problemas. Superar las vicisitudes y salir airoso era mi droga preferida. Cada cierto tiempo necesitaba tenderme trampas para poder recordar lo bien que se siente estar vivo. También estaba preocupado por la identidad de los graffiteros que habían fallecido, quería saber quiénes eran realmente, si es que los conocía o no. Mirando por la ventana de la micro veía el caos, el poder del agua atacando en la calles y reflexionaba en torno a cómo los hechos se iban desarrollando, pero ninguna conclusión llegaba para darme alivio. No andaba muy genial en ese tiempo. Bebiendo mucho, comiendo mal y con poco sueño la verdad es que no tenía tiempo para deliberar, solo para actuar y sobrevivir. Había cuentas que pagar.

Se estaba cayendo el cielo. La radio alertaba sobre el peligro de aluviones en la Quebrada de Macul y el desborde del río Mapocho. Que la gente no saliera de sus casas y todo eso.

Me bajé en Brasil con la Alameda para poder caminar y quemar algo en la pipa antes de entrar. No me desagradaba andar bajo la lluvia cuando estaba cerca de una de mis bases y tenía ropa de recambio. Saqué uno de mis plumones y fui taqueando mi nombre y el de mi crew en los quioscos cerrados. De pequeño no hacía eso, adquirí ese hábito con ZPC. Justo antes de llegar a la esquina de La Escena taquié un disco pare y al parecer apreté demasiado el plumón porque la tinta zapatera chorrió y le cayeron unas gotitas a mis zapatillas Niké. Las había comprado la semana pasada. Ese fue un mal augurio. Cuando llegué al bar estaba el Shinto en la puerta con una expresión poco alentadora, parecía nervioso o alterado.

–Hey Bronce, hay un tipo allí adentro, un cabro chico te está esperando, dice que necesita hablar contigo urgente.

Continuará…

Todos los capítulos de “Toy Killah

1. La escena

2. After Hour

3. El agua busca su curso

4. Todo movido

5. De Viaje

6. Los arcanos