Texto y fotos por Bronce Romano

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Yo insistía, preguntaba y seguía a cuanta enfermera o doctor cruzara por el pasillo, pero no me dejaban ver a Claudia. Me decían que seguía grave y que intentaban estabilizarla. Yo no podía seguir esperando pues pronto comenzaría mi turno. Atravesé largos y fríos pasillos, hasta que por fin salí de aquella tétrica ciudadela-hospital. Caminé hasta Providencia y descendí al sub mundo en Metro Salvador con rumbo a La Escena, intentando seguir con mi rutina normal de obrero asalariado. Seguramente era mi estado de ánimo alterado el que generaba aquella perspectiva de las cosas, o quizás eran los resabios del jugo que aun circulaban por mi sangre. El hecho era que todos los rostros que me rodeaban en el vagón me parecían caricaturas grotescas y desencajadas. Había un gringo hippi que miraba para todos lados con cara de hueón, como preguntándose donde estaban los indios. A su lado, un hombre murmuraba y gesticulaba indeciso, de a poco iba subiendo el tono de voz hasta que por fin se decidió a impartir una versión apócrifa del evangelio según Jim Morrison. Apoyado en uno de los pilares metálicos, un borrachito que olía a meáo fruncía la boca y escupía al suelo como si estuviera en la calle. Unos flaytes cabezas de pestaña (como llamaba al corte de pelo de algunos especimenes de la fauna capitalina) escuchaban reggaetón en sus celulares a todo volumen, solidarizando con el resto de los aburridos pasajeros. También estaba la típica mina rica que se mira en el reflejo del vidrio y que está conciente de las miradas que arrastra. Un par de oficinistas treintones y calvos comentaban los carretes a los que habían asistido el fin de semana anterior. Un grupo de escolares púberes molestaba y golpeaba en la nuca a un estudiante más débil, haciendo valer la ley de la selva.

Me bajé una estación antes y seguí a pie. Me carga viajar en metro.

Los círculos sociales son muy pequeños en Santiago. Todos tienen amigos o conocidos en común, se ubican de vista o han oído hablar de este o del otro. Aun más con los pintores y graffiteros, que se leen en las paredes sin conocerse en persona. Aquella noche cayó un aguacero de manera imprevista, llovía de abajo para arriba y los bares de la Plaza Brasil y el Barrio Yungay se repletaron de gente buscando refugio, calor y bebida. Los PDR venían saliendo de una tocata en el Galpón Víctor Jara  y no les costó mucho ponerse de acuerdo para ir al after hour en La Escena. Grande fue la sorpresa de Ígneo cuando al entrar vio sentado en una mesa de esquina a Nod, acompañado de su bella novia francesa y un pequeño séquito de seguidores.

- Mira hueón  donde nos venimos a encontrar – Pensó.

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De pronto, un comensal de una mesa contigua se acercó a saludar y conversar con Espanto (otro miembro de PDR). Al principio la situación fue un tanto incómoda, ya que era un desconocido de apariencia era algo extraña. Usaba una gorra de género con visera y lentes oscuros al interior de un bar en penumbras. Se sentó sin ser invitado y comenzó diciendo que conocía la obra de la crew, que le gustaban mucho las letras y los personajes que los caracterizaban como pintores y otras alabanzas similares. La tensión desapareció cuando el hombre sacó unos billetes de su bolsillo y ofreció pagar la siguiente ronda.

Las cervezas corrían sobre la mesa, el grupo de amigos conversaba a gritos (era la única manera de hacerse escuchar) pero Ígneo no participaba, solo bebía y miraba absorto a Nod y a su grupo. Rellenó su undécimo vaso, se levantó y caminó enceguecido por el odio en dirección a la mesa de la esquina.

El ácido influjo del dubstep, la distorsión de la estática y los bajos tonos se conjugaban invocando la violencia. El dj se hallaba en trance, la gente bailaba en éxtasis. El barman fue testigo del curso que tomaban los acontecimientos y del momento preciso en que Ígneo le arrojó el vaso de cerveza en la cara a la novia de Nod. Shinto no quiso detenerlo, sus ojos se abrieron y deseó de ver una gresca. Nod reaccionó agarrando con fuerza el cuello del intruso, Ígneo le acertó un potente cabezazo y entonces todo se salió de control. El público comenzó a aullar, los luchadores comenzaron a dar vueltas y a intercambiar golpes en la sala hasta que llegaron al pasillo. Entonces el barman y un grupo de garzones intervinieron para separarlos y detener a los exaltados amigos de uno y otro bando.

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Shinto volvió en si y corrió a darle una mano a su compañero que intentaba imponer la paz. Al momento de interponerse entre los cuerpos, un puño fue a dar en su ojo izquierdo y medio mareado cayó sobre Ígneo que, trastabillando, llegó hasta la puerta de entrada. Nod logró liberarse de los brazos del barman, tomó impulso, se abalanzó sobre Ígneo y le dio de lleno con una patada voladora en el pecho que lo hizo llegar hasta la calle. Mientras intentaba incorporarse, Nod le arrebató una botella de cerveza a unos chicos que tomaban apoyados en el capó de un automóvil estacionado enfrente del bar. Ígneo no pudo reaccionar, Nod le reventó la botella en la frente. Cualquier otro habría quedado knock out, pero Ígneo era un tipo duro. Algo desorientado por el golpe recibido, empuñó un cuchillo que siempre llevaba consigo e intentó infructuosamente herir a su enemigo. Todo pasó en cosa de segundos. En ese momento el barman, uno de los guardias y el dj salieron a la calle y lograron separar a los pintores, deteniendo la pelea antes de que alguien quedara inconsciente o algo peor. La novia de Nod salió del bar gritando y dando arañazos al guardia, luego sacó su celular y marcó el 133. Los amigos de Ígneo hicieron parar un taxi y lo arrastraron para escapar del lugar.

- ¡Caben cuatro no mah!- Gritó el chofer.

- Vamos a subir todos y pobre de voh. – Contestó Espanto.

Enfurecido y humillado antes de partir, Ígneo lanzó su amenaza:

-¡Esto no ha terminado! Voy a volver a cobrar y ahí la vas a ver. ¡Porque voh erí un toy, un maldito y asqueroso toy!

A bordo del taxi todos iban alterados y discutían, se echaban la culpa mutuamente, maldecían, se reconciliaban y volvían a pelear. De pronto alguien preguntó al chofer si podía encender un cigarrillo. Entonces los demás pasajeros se dieron cuenta de que el invitado de piedra en el bar se había subido con ellos. Se produjo un silencio general. Nadie sabía que hacer o decir, si echarlo a la calle con el auto andando o largarse a reír por lo absurdo de la situación. El tipo aspiró la primera bocanada y lanzó el humo por la ventanilla semi abierta.

- Yo también detesto a ese pintorcito, no eres el único en esta ciudad ¿Y sabes qué? Te voy a hacer un regalo, yo lo voy a poner en su lugar. A todo esto no me he presentado como corresponde, mis amigos me dicen Bronce, vivo por acá cerquita.

El turno estuvo bueno, lo pasé bacán. Logré distraerme y además pude conocer a un personaje muy interesante. No imaginaba que esa sería mi última noche trabajando en La Escena, La noche de las chaquetas de cuero. Era el nombre de la fiesta temática organizada por el Colectivo Venas, un grupo de roqueros, artistas y diseñadores que editaban mensualmente una revista de música y tendencias en cultura visual. Subieron a reventar el escenario varios grupos, entre ellos Zonora Point, Gente Muerta, Sucumbes y La Vihuela en Mala. Estos últimos siempre me gustaron, porque combinaban la choreza de la cueca brava con sintetizadores, samplers y guitarras eléctricas. De vj oficiaba la pintora Nonó! Pereira (así se escribe, con un signo de exclamación), una flaquita bien bonita salida de la Universidad Finas Perras. En realidad daba lo mismo donde había estudiando. Yo la admiraba por su trabajo. Esa chica es una de las pocas personas auténticas que existen en toda esta moda del street art. Un tiempo seguí su obra, precisamente porque sus pinturas de la serie Roja Diabla formaban una historia de secuencia callejera, con sentidos y desenlaces que se bifurcaban. Me fumaba un pito por la mañana y salía a caminar por el Barrio Yungay para ver si la Nonó! había pintado algo nuevo. Tengo fotos de toda la serie en las calles Catedral, García Reyes, General Bulnes y San  Pablo. Las de Libertad y Cueto se cayeron a pedazos o las rayaron encima.

Es difícil imaginar una historia que pueda ser contada de esta manera, pues toda historia debe tener un público cautivo o al menos atento; atención de transeúnte que suele ser escasa en el arte callejero de Chilito. Y no basta con eso, porque las historias de la Nono! son construidas, luego seccionadas y por último revueltas en las paredes de un barrio. A su vez, cada barrio representa una serie con personajes, escenas y tramas. Entonces el público de la Nonó! debe caminar atento, pero también debe andar aguja para poder encontrar las pinturas. Una suerte de caminata coleccionista.

Recuerdo la del Barrio Yungay, la serie Roja. Giraba en torno a  una prostituta que aparecía en las esquinas o a un costado de las puertas de las casas semi derruidas, y seducía a sus clientes o les decía cosas al oído cuando pasaban junto a ella.  Luego, en otras murallas aparecía llevando de la mano a distintos hombres y también mujeres. La Nonó! solo utilizó tipografías en esta fase. Textos simples y sugerentes como ven conmigo, quiero mostrarte algo, sigue mis pasos o ya verás. Los envolvía en un globito blanco como si fueran los parlamentos de un comic.

Al pasar al tercer conjunto de imágenes, la cosa se ponía complicada porque las pinturas ya no estaban a la vista del peatón. Si alguien quería seguir la historia, debía adentrarse en los sitios eriazos o en las casas abandonadas del sector. Y para qué estamos con cosas, la gente común y corriente no hace eso. Simbólicamente esos espacios son designados como acopios de suciedad, violaciones, fuentes de peligro indeterminado, nidos de ratas o refugios de vagabundos. Son lugares en donde la urbanidad ha sido vencida, donde no existe memoria, como manchas oscuras o trozos de interferencia. En fin, espacios más allá de la seguridad, la vigilancia y el control civil.

Yo me metía cara e’ palo. Me gustaba la volá, la expectación, la espera, lo tránsfugo de la situación, la genialidad de la Nono!

Una vez adentro, la prostituta les mostraba a sus clientes de lo que era capaz, eso que la hacía única entre todas las demás chiquillas de la calle. Tendrían que verlo, era hermoso, tomado de las mechas.

Yo andaba prendido, mi vida andaba como el pico últimamente, solo quería pasarlo bien un rato, así que bueno ¿Qué hueá? Le preparé un copete bien cabezón y se lo llevé personalmente hasta el escenario. Le hice un comentario sobre sus dibujos, algo inteligente, nada jote. Luego volví a la pega. Tan solo lancé el anzuelo, como un caballero que no tiene nada que perder.

Y pasaron las horas, eran como las cinco. Entonces llegaron los clientes habituales del trasnoche. Gino, el dueño del bar, tenía un sistema para hacerles cariño a los más fieles, y de paso para cuidar que no llegaran ratis o sapos: mandaba mensajes de texto avisando que esa noche habría after hour y que la entrada era gratis mostrando dicho mensaje en la entrada.

Me puse a servir tragos como loco. No me di cuenta cuando llegó a mi lado la Nonó! Se ofreció para ayudarme hasta que pasara la tormenta. El Shinto que es muy observador, debe haber sacado todo el fallo. Yo le hablaba al oído, ella se reía y me respondía de la misma manera. Había onda. Entonces comenzó a poner música más sensual. Yo creo que me estaba dando una mano porque justo pinchó Quítatelo Todo de Chacho Brodas, uno de mis favoritos.

A las siete estábamos los dos muy curados y cagados de la risa. Le dije a Gino que me iba para la casa. Me puso cara de patrón de fundo y luego en tono de broma me dio el visto bueno.

- ¿Y querí que sirva tragos yo hueón?

- No te queda ni copete pa vender, maricón, te lo tomaste todo.

En el taxi la Nono! me comió a besos. Cuando llegamos a mi casa no podía encontrar las malditas llaves. Estuve a punto de sacarle la ropa en el portal.

- No! Alguien nos puede ver. -Dijo con su última cuota de pudor.

Al final entramos por la ventana de una pieza de atrás. Había un loco durmiendo y no cachó nada.

En el pasillo la Nonó! tomó mi mano, subimos la escalera, hicimos un alto en el penúltimo escalón, forcejeamos, se dejó ver algo de ropa interior, los peinados se despeinaron, sus dientes se clavaron en mis labios y me hicieron sangrar, descubrí su cuerpo con mis manos, tropezamos, casi nos caemos y luego continuamos en dirección a mi habitación. Saqué de mi closet las luces rojas que aun no se llevaba el Shinto y puse algo de música para disimular el sonido de la pasión. En ese momento vino a mi cabeza una imagen cliché y no pude aguantar la risa. Imaginé a un espectador televisivo siguiendo con su mirada el plato de ostras, la botella vacía de champaña, la chimenea prendida y el rastro de ropa subiendo por la escalera, sin dejar de mencionar el sonido del saxofón erótico.

- ¿Y cual es el chiste?

- Nada baby, sigamos en lo que estábamos.

Ella llevaba la batuta. Sabía como desabotonar, sacar cinturones, calcetines y zapatillas en tiempo record sin desperdiciar ni una sola gota de estilo. Al fin y al cabo ella era la artista. Y el resto forma parte de mi vida privada. Como toda la gente con sentido común, le rindo un mínimo tributo a la intimidad.

Lo gracioso (desde una extraña revisión del humor negro) fue que esa noche de relajo terminaría convirtiéndose en mi coartada ante la policía. Muy pronto mi vida se iba a cruzar con la de tipos muy malos. Después supe que a la misma hora en que descargaba mi estrés y me olvidaba del mundo, encontraban el cadáver de Nod en una calle del Bella. Lo habían hecho pebre.

Continuará…