El autor de esta historia ha desaparecido, aparentemente producto de esta misma aventura. Bronce, si nos estás leyendo, esperamos que te encuentres a salvo.

Texto y fotos por Bronce Romano

En el sur de Santiago existen muchas villas que nacieron como resultado de la erradicación de campamentos extremadamente pobres. Algunas pertenecen al período que comprende los últimos años de la dictadura de Pinochet, pero la mayoría surgió durante los primeros años de la democracia. Una de estas últimas se llama Conquista del Morro, ubicada en la comuna del El Bosque. Aunque la condición socio económica de todo ese sector es más o menos similar (existen los mismos problemas y necesidades) las identidades territoriales son muy marcadas, por lo que no es lo mismo haber nacido en una villa o en otra. Los habitantes de la Conquista siempre fueron estigmatizados por sus vecinos ya que su villa se encontraba cercada por un gigantesco muro perimetral. Era literalmente un gueto y nadie ingresaba allí si no era residente, entonces todos se conocían e identificaban inmediatamente a los que venían desde afuera. La villa fue construida sin colectores de agua subterráneos, por eso se inundaba en invierno durante los meses de lluvia y también en verano cuando los niños y jóvenes abrían los grifos por el calor que se hacía insoportable. Por esa razón sus habitantes debían convivir todo el año con el barro, y por eso eran llamados “los guarenes” dentro de la comuna. Como suele suceder cuando un grupo humano es discriminado, lo que gatilla un estigma suele ser resignificado por quienes lo padecen como mecanismo de defensa, entonces lo que en principio se supone una vergüenza (ser un guarén) luego se convierte en razón de orgullo. Así muchos jóvenes de la villa crecieron y forjaron su identidad aludiendo simbólicamente a los ratones y sus cualidades.

A mediados de los años 90 el fenómeno de las barras bravas de fútbol cobró mucha fuerza en este lugar y se formaron varios grupos o “piños”, la gran mayoría fanáticos de Colo-Colo, algunos con mucha influencia en la Garra Blanca como “Los Colalarga”, “Los Venenos”, “Albo Guarenes” y “Los Plaga”. Todos los postes del alumbrado público fueron pintados de blanco y negro como signo de control territorial. Lo mismo sucedió con el muro perimetral de la villa en donde se pintaron varios murales de barra brava. Rostros de caciques guerreros enfurecidos, espadas, pistolas, tipografías góticas y del tipo Old English marcaban la tónica de aquellas producciones. En ese tiempo hizo su primera aparición en el barrio la pasta base, causando un impacto nunca antes visto, sin precedentes, algo que jamás habían experimentado los volados o los adeptos al vino. Ese algo se llamaba “angustia” y fue la responsable de todas las tragedias y de que los niños comenzaran a robarle a su prójimo, a matar por un par de monedas. Cuando la droga se mezcló con algunos de estos “piños” entonces nacieron verdaderas pandillas, es decir organizaciones que se hacían respetar mediante el uso de la violencia, al mismo tiempo que captaban recursos del tráfico u otras actividades ilícitas. Por ese entonces se puso de moda el hip-hop y unos pocos jóvenes que antes pintaban para representar el nombre de sus “piños” comenzaron a hacer graffiti y a alejarse de la estética futbolera, sentando así las bases del movimiento en la zona sur. Si bien los murales de graffiti y los de las barras brava podían parecer muy similares para un ojo inexperto, para quienes utilizaban las paredes como medio de comunicación la diferencia era evidente: así como el graffiti pone el énfasis en el estilo original y en ganar fama, los murales de los “piños” no están hechos para verse bonitos, sino para marcar el territorio y avisar donde uno se está metiendo.

Andrés López también conocido como “Ígneo” fue uno de los pioneros en su barrio, y junto a un grupo de amigos formó una conocida crew de graffiti llamada PDR o Portadores De Rabia. Si bien el ser barra brava no era el móvil de sus vidas, en sus corazones siempre se sintieron unos guarenes.

Nos juntamos en un café a dos cuadras de mi casa y volví a contarle todo, esta vez sin omitir los detalles. Todo lo que recordaba de la noche anterior y lo que sucedió durante la mañana.

Me miró fijamente durante unos segundos, escudriñando, como buscando algún indicio. Entonces dijo

– Traje mis cartas, vamos a ver que dicen.

Shinto veía el Tarot. Tenía un mazo súper viejo y sus cartas estaban gastadas de tanto uso. En algún momento deben haber estado impresos en ellas los símbolos y personajes de los arcanos, pero yo solo veía manchas. Más que leerlas, Shinto las escuchaba, las cartas le hablaban. No era una interpretación lo que entonces sucedía, sino una transferencia de información, un sentimiento. Harta gente lo visitaba y le pedía ese favor y el nunca cobró por hacerlo.

- Gracias hueón, la dura, pero no tengo ganas ahora loco ¡Estoy pal pico!

- Pidamos té. Tienes que tranquilizarte para que puedas recordar lo que pasó. Por mientras puedes barajar. Lo peor que puede pasar es que no nos digan nada. Y como sabes, en una de esas se nos aclara la película.

- Pero y si dicen que… que hice algo penca, que fui responsable de algún accidente o peor ¡Que cometí un crimen!

- Entonces te pones a trabajar en una coartada y te vas de la ciudad

- ¿Me estai agarrando pal hueveo?

- Creo saber lo que pasó, es un presentimiento y quiero comprobarlo. Así que pregunta algo y elige tres cartas de una vez.

Y eso hice. La pregunta era obvia: ¿Qué pasó con Claudia? Las cartas que saqué fueron El Colgado, La Emperatriz y La Torre en ese orden. Shinto abrió sus ojos con expresión de asombro.

- Claudia no está bien, pero está viva, incluso más viva que muchos de los que andan caminando por ahí en la calle. Tú estás en peligro, te estás involucrando en asuntos que no te incumben. Debemos actuar rápido.

- ¿Y qué significa eso?

- Puede significar muchas cosas, las cartas no entregan respuestas concretas, solo perfilan una situación en marcos generales.

- ¿Y qué hago ahora?

- Tenemos que ir a tu casa. Allí están las respuestas. Personalmente quiero ver ese jugo que tomaste, voy a examinarlo. También le voy a echar un ojo a la bolsa de basura con la ropa ensangrentada. Creo saber por donde va la cosa. Tenemos que resolver este misterio antes de entrar a la pega.

- ¿Y qué hay de Javier? ¿Qué tiene que ver el con todo esto?

- Esa es otra pregunta. No hay tiempo ahora, luego nos ocuparemos de eso.

Caminamos en dirección a mi casa. Quise detenerme en un quiosco para comprar una cajetilla de cigarros pero Shinto me lo impidió. Me ordenó que acelerara el paso. A medida que nos acercábamos mi preocupación iba en aumento, comencé a ponerme ansioso y a dudar de los consejos mágicos de mi amigo.

- Sabes Shitno, agradezco mucho tu ayuda pero creo que lo mejor ahora es ir a buscar a Claudia. Fuimos al Parque Pucará y tal vez allí haya algún rastro de…

- ¡Te digo que no hay tiempo hueón! ¡Tú me llamaste para que te ayudara! ¡Hazte cargo de tus acciones!

Nunca lo había escuchado hablar en ese tono. Me dejó perplejo y simplemente obedecí.

Una vez que llegamos, Shinto fue directamente a revisar el tacho de la basura, mientras, me dirigí a la cocina a buscar el jarro con restos de jugo. En ese momento escuché un ruido que venía desde el segundo piso. Parecía un gemido o un lamento. Subí lo más rápido que pude. El sonido venía desde mi habitación. Abrí la puerta y casi me muero del susto al verla. ¡Era Claudia Téllez! Estaba acostada en mi cama, desnuda, viva pero en pésimas condiciones. Tenía los ojos desorbitados, su piel tenía una tonalidad azulada, sudaba frío y tenía mucha fiebre. Grité pidiendo ayuda. Shinto me ayudó a vestirla y luego llamó a un taxi. Entre esa llamada y el bocinazo que anunciaba su llegada deben haber pasado unos cinco minutos que me parecieron una eternidad. Llevé a Claudia a la sala de urgencias del Hospital Salvador, Shinto se quedó en mi casa para seguir atando cabos sueltos.

En un principio los PDR solo registraban tags, bombas y producciones en su villa y en los alrededores. Luego se fueron aventurando un poco más hacia el norte hasta dominar Gran Avenida a la altura de Departamental. Pero aun así su área de acción seguía circunscrita a la zona sur. El resto de la ciudad era una incógnita para ellos, ya que ninguno tenía excusas para viajar hacia el centro. Con el paso de los años, los integrantes de esta crew comenzaron a adquirir responsabilidades, algunos se convirtieron en padres, otros ingresaron de lleno en el mundo laboral y unos pocos tuvieron el privilegio de seguir estudiando. Ígneo obtuvo un crédito del estado y así pudo matricularse en la Universidad Técnica Metropolitana en la carrera de diseño gráfico. Solo entonces comenzó a circular por Providencia y Recoleta, a tomar el metro en estación Baquedano y a frecuentar los bares de Pío Nono. Caminando por barrio Bellavista y Patronato descubrió un mundo totalmente nuevo en lo que a graffiti se refiere. Otros estilos, otras letras, colores vistosos, figuras abstractas y personajes extravagantes. Muchos de esos dibujos ni siquiera estaban hechos con pintura spray, sino con pincel, rodillo y brocha. “¿Qué es esto?” Se preguntó Ígneo al verlos por primera vez – ¿Son murales o son graffitis? Pero no había tiempo para detenerse en preguntas necias. Tan pronto descubrió que muchos escritores ganaban fama pintando en murallas así de vistosas, el también quiso hacerse parte en la batalla y reclamar para si una tajada del pastel.

En un par de meses lo consiguió. Su osadía y currículum callejero lo posicionaron rápidamente como uno de los graffiteros con mayor presencia en el barrio. Dejó impreso su tag en cuanta superficie encontró, hizo bombas en todas las cortinas metálicas y realizó un par de producciones monumentales en la rivera del río Mapocho que era imposible no ver para cualquier transeúnte que atravesara la costanera.

Cuando por fin se sintió satisfecho, Ígneo reunió a sus amigos para celebrar el nuevo reinado de los PDR en Bellavista. Asistieron a una tocata en Chucre Manzur, allí bebieron alcohol y fumaron marihuana hasta decir basta. A eso de las cinco de la mañana caminaron en dirección a la Alameda para tomar la micro de vuelta a casa. Iban haciendo big box e improvisando rimas cuando de pronto uno de los graffiteros puso la voz de alarma “¡Cabros miren! ¡Ese hueón nos está tapando! ¡Vamos a pegarle! “

Unos veinte metros más adelante se encontraba un joven pintando un fondo justo encima de unas letras de los PDR. Al verlo Ígneo creyó reconocerlo, se trataba de un compañero de carrera cuyo nombre era Maximiliano Edwards. No tenía idea de que pintara en las calles. Se apresuró a detener a sus amigos que se alistaban a darle una paliza y entonces les dijo “Esperen cabros, yo conozco a ese loco. Es un cuico cuilao. Déjenmelo a mí, después me lo voy a servir.”

Estaba repleto de gente, la mayoría mujeres con sus bebes tosiendo y llorando. Aun así Claudia fue ingresada al instante. Tuve que salir de la sala pues el olor a hospital me descompone.

No entendía nada ¿En que momento nos separamos? ¿Donde estuvo? ¿Y por qué volvió a aparecer luego en mi cama moribunda?

En eso me llamó el Shitno.

- Bronce ¿Cómo está ella?

- La están atendiendo y va a quedar hospitalizada hasta que se recupere. Shinto tengo que darte las gracias. Si no hubiera sido por ti…

- Después me das las gracias. Ahora tienes que venir a trabajar, no te desmorones, hay mucho que hacer aquí. Después tenemos que ver como reconstruir el lapsus que olvidaste. Lo que pasó es grave, ella podría haber muerto y para un juez tú habrías sido el responsable.

- Si, ahora voy para allá.

- Y te tengo una sorpresa ¿Sabes lo que encontré en la bolsa?

- Mi ropa y las sábanas.

- Si pero adivina qué. Estaban limpias, botaste ropa limpia.

- ¿Qué? ¡Eso es imposible!

- Y el jugo parece que está hecho con hongos, con algún tipo de psilocybe. La mezcla está potentísima, peligrosa diría yo. Es muy posible que al despertar aun estuvieras drogado.

continuará…

Todos los capítulos de “Toy Killah

1. La escena

2. After Hour

3. El agua busca su curso

4. Todo movido

5. De Viaje

6. Los arcanos